5
S
e tendió otra vez en la cama, se palpó las muñecas y la frente; desde hacía dos días, tenía fiebre. Retiró la mano, no quería tocarse ni palparse, el pecado del propio cuerpo; al fin, lo que había dicho Felipe no era del todo inexacto. No lo discernía con claridad, pero en un momento dado estuvo dispuesta a entregarse. La ola de vergüenza la hizo temblar. ¿Era o había dejado de ser honesta? Tendría que llamar al doctor Monge. Soltó el sollozo que la ahogaba desde el cuartel; no entendía cómo podía contener tanto tiempo las emociones y, después, cuando en los demás desaparecían, en ella estallaban. Dávila la había conducido hasta la puerta, con dulzura susurró: «Lo ha desterrado al Bracho, junto con Únzaga; por lo menos, estarán acompañados y podrán protegerse». Lo miró con espanto y agradecimiento; esa rara mezcla de sensaciones que estaba aprendiendo y sustituían a las antiguas de la dicha, que no se amalgamaban con ninguna pena. Pudiera que el Bracho no fuera tan horrible; existía un fortín, aunque a los confinados los enviaran más afuera, hacia los bosques, los indios y los jaguares. Se revolvió en la cama. Estaba atada al poste y no José. Ardía, el sol la quemaba por dentro. Judith y Holofernes.
La voz apagada de su hermano Santiago la nombraba en la penumbra.
—¡Alégrate, tengo un mensaje!
Tomó el papelillo arrugado, corrió hacia la ventana y la abrió. El resplandor la cegó un momento, comenzó a reconocer los rasgos, la letra de su marido: «No dejes venir a Agustina y envíame ropa, estoy desnudo». La estremeció y avergonzó como siempre la palabra desnudo.
—Me lo trajo ocultamente un mensajero. Bien sabes lo que arriesga.
—¡Qué más dijo, por favor!
—Vive y eso es mucho. Durante la marcha, varias veces hizo el acto de contrición creyéndose a punto de morir. A Únzaga y a él los ataban a troncos de árboles, anunciándoles que los matarían a lanzazos… Lo hacían por orden de Ibarra. Te lo cuento yo, antes que los sepas por otras bocas… El mensajero vuelve para el Bracho al amanecer.
Sin que le temblara la mano, que lo pasado fuera pasado, colocó el papelito en el guardapelo, junto a un rulo de él, de cuando era chico. El suave y cálido clic del cierre del medallón de oro terminó el acto; lo guardó en la mesa de luz. Olvidó la fiebre. No existía.
Tendría tiempo de repasar las palabras de su hermano. Salió de prisa, con Lubina y una maleta de cuero, para la otra casa. Al llegar, la perfumada soledad le golpeó el corazón. Reunió tal cantidad de ropa, que la criada comentó:
—Señora ¿y cómo va a hacer el chasqui para llevar tanta impedimenta?
Cuando se trataba de dar o servir o amar a José no tenía medida. Redujo el montón a ropa de campaña liviana y alguna de abrigo.
—Esas botas son demasiado lindas, no hay que tentar al diablo, mi señora.
Lubina era como el fiel de su balanza, el sentido común del pueblo. Eligió unas botas más ordinarias; en lugar de utilizar la maleta colocó todo en una bolsa de cuero, más fácil de llevar. Aprender su papel de mujer de un confinado. Nadie había tocado el escritorio de su marido: del doble fondo de un cajón, sacó un bolsillo con monedas de oro y plata. El cofrecito de las joyas; se prometió regalarlas a la Virgen de la Merced, de Tucumán, si lo salvaba. No todas, porque algo tendría que dejarle a sus hijas; por causa del padre las olvidaba, pero ellas no estaban en peligro.
De nuevo en la casa familiar, la bolsa bajo su cama, se recostó después de amamantar a Lucinda. Tendría que buscarle un ama, estaba demasiado nerviosa y esto dañaría su leche. ¿Y si el mensajero no volvía? ¿Si Ibarra lo hubiera descubierto? Una moneda de plata para él, ¿y cuántas de oro para José? ¿Y si el mensajero se robaba la ropa y el dinero? Le agregó otras cuatro de plata, de las que había acuñado Ibarra, también podían serle útiles. Sí, tenía fiebre. Pero ¿cómo y para que viviría ella aquí y su marido en el Bracho? Sus niñas podían ser cuidadas por su madre, habían heredado su fortaleza; en cambio, José no podía vivir sin ella. Los labios y el paladar secos, pero no llamaría al médico.
Escribir la carta antes que llegara el mensajero. Conocía su enfermedad: precisaba a su marido, vivir con él, tenía dieciocho años; alguna de sus amigas había casado a los catorce y, en el campo, solía pasar a los trece, sin necesidad del cura.
«Mi bien amado: Que Dios lo proteja y nos proteja a todos los que sólo vivimos para usted y por usted. Yo no puedo permanecer sola, mientras usted está solo, porque en tal separación no obró su voluntad ni la mía. Hoy fui a nuestra casa, ¡lo fue por tan contado tiempo!, el perfume de los azahares me recordó la noche —¿podría o no escribir la palabra noche o sería muy osado?— de nuestras bodas, en casa de mi padre. El patio de baldosas rojas, y mi blanca falda de encaje y la cola recogida, y si usted me lo permite, el calor un poquitito húmedo de su mano al acariciar la mía. Y sus botines muy brillantes y mis blancos chapines, y usted me dijo, al pasar de un patrio al otro, que era el ser más feliz, y yo lo miré porque usted mentía a sabiendas, mi amor, pues yo era el ser más feliz de los dos. Y las mujeres sabemos más de la felicidad y el dolor, más que los hombres. Y hoy que estoy sola y con fiebre ¿me permitiría usted que le dijera que se trata de la fiebre que en mí despertó su mirada? Sucedió en el baile de la casa de los Aráoz, y usted me miró, mi bien amado, y yo me había colocado en el primer patrio junto a la gran enredadera florida de jazmín del país, para que usted tuviera que encontrar mi mirada entre las flores menuditas y mis ojos claros le parecieran más grandes y extasiados. Quizá usted no lo adivinara, mas cuando yo lo vi dije para mi corazón: este hombre será mío y yo seré de él; porque una mujer a los catorce sabe más que un hombre, de diez años más como los suyos. Y yo había estado vistiéndome y adonosándome como tres horas con mi madre y las criadas, pues era mi primer baile y yo sabía que usted estaría con su aire de cachorro triste y displicente. Y usted lo está hoy como perdido y sin dueño… Nuestros dos años de amor en Tucumán».
Le dolió, no, no eran cosas para escritas, mejor para insinuadas y acariciadas, además, eran tan hermosos los dos juntos, él y ella. No; tenía que ir al Bracho, hundirse en el mundo de su marido. El cura Gallo les había dicho que la mujer debía seguir al marido. No, sólo tendría que escribir:
«Mi bienamado marido y señor: Le ruego me permita realizar lo que mi deber y mi amor me exigen, acompañarle en el Bracho. Su obediente esposa, Agustina». Su primera esquela, la primera vez que estaban separadas. Sí, esto se estilaba entre su gente, las pasiones no se mencionaban siquiera. La alcoba era un tabernáculo, a veces con varias puertas, sonrió.
Cuando el médico la dio de alta, llegó un nuevo mensaje: «El Bracho no es lugar seguro para una señora joven, pues hay que temer las partidas de indios que erran siempre por sus contornos. Los tormentos serían dobles, sufriríamos hambre y sed en estos montes y alpatacos estériles, y sobre todo, ¿no eres necesaria a nuestras niñas?». Los argumentos le parecieron inconsistentes, los conocía y nos los temía. La caligrafía de su marido ya no era tan perfecta ni preciosa. Releyó ansiosamente, le pareció que deseaba ser convencido, que ella ganara la partida. Tampoco se atrevía a decirle que la amaba y que extrañaba su cuerpo, como ella el suyo. Se avergonzó de lo que pensaba, el matrimonio era un sacramento.
Lo más difícil resultaba convencer a su familia.
—¡No me hables de ese desatino! —clamaba su madre, para agregar con verismo que la paralizaba—: Si quieres y prefieres tu papel de esposa al de madre, yo he terminado con el mío y no tengo por qué serlo de nuevo sin motivo valedero.
Obstinada inflexibilidad o cubría con ella el temor de verla robada por los indios; el gran miedo de la generación de su madre eran los malones, el de la suya los montoneros. Santiago, su hermano mayor, no daba opiniones que la gente podía transformar en ideas políticas. Pese a esto, sabía que en todos los empréstitos y contribuciones extraordinarias para pagar las tropas, unitarias o federales, con gusto o con rabia, ellos debían aportar el máximo por su fama de ricos. Tendría que resolverlo ella misma.
Menudeaban los mensajeros; pero las respuestas de José no cambiaban. La desesperanza la empecinaba en el deseo de unirse a él. Santiago terminó por ceder.
—Te dejaré partir siempre que vayas bajo la protección de Gregorio, nuestro hermano menor.
Imposible creer tanta dicha. Fácilmente encontró un ama para Lucinda: Lubina continuaría de niñera para Elisa bajo la vigilancia de sus hermanas. Simple y realizable, hasta que supo que necesitaba una licencia especial de Ibarra. Los miró consternada; su madre no pudo ocultar la alegría. Gregorio, ante la sorpresa de todos, dijo que él mismo iría a solicitarla al gobernador, que se arreglaría para conseguir la audiencia.
Esperó dos días muerta de angustia, con «Las moradas» de Santa Teresa en las manos y sin lograr dar vuelta una hoja. Gregorio repitió, con solemnidad que aun les extrañó más, las palabras de Ibarra:
—¡Que se vaya al bracho, se está loca, y que se la roben los salvajes si esa es su voluntad! —en boca de su hermano, creyó escuchar la voz que la había injuriado en el cuartel.
Pero ya nada le importaba, ni la forma en que Santiago había apretado los carrillos. Podía correr a los brazos de José.