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L

a mano de Elisita brillaba al reflejo del sol naciente; giró la cara hacia su marido, dormía con placidez; escuchó los pájaros, había recuperado su mundo. No importaba que la cama de pellones y mantas sobre la tierra fuera dura; sólo faltaba Lucinda. Acarició la mano de su hija; se incorporó asustada la tenía tan hinchada como la mejilla izquierda.

—¡Las vinchucas! —exclamó su marido.

Al imaginar sobre la carita de ella esa especie de cucarachas negras voladoras, que se ganaban en los intersticios de los ranchos y por la noche se metían entre las ropas de la cama para chupar la sangre de los durmientes, se le revolvió el estómago. La expresión de José le hizo comprender, su cara también estaré abotagada; por mirar a su hija, no había notado su mano hinchada. Las picaduras podían producir llagas y hasta fiebres malignas y, a la larga, atacar el corazón.

—Ya lo ves, es imposible que permanezcan aquí. Esto es un infierno y ya dicen que nos van a internar más, del otro lado del río, bosque adentro. Jaguares, víboras, hormigas y los indios. Los indios, porque siempre estamos bajo la vigilancia, pero no la protección de los soldados que, en caso de peligro, se encierran en el fortín y nos dejan solos. Tienes que regresar, te lo ruego.

Gregorio, que había despedido a Pelagio y su compañía, y para su asombro, se unió al ruego. Se negaba a escuchar racionalmente las argumentaciones; eran las suyas propias, hasta podía agregarles otras más. En silencio trataba de ordenar el rancho, Elisita lloraba refunfuñando. No sabía cuantas vinchucas con la panza llena de sangre negruzca había matado; tendría que dormir fuera. Era inútil, no daría su brazo a torcer, se quedaría, aunque fuera sola, mientras José la necesitara como ella lo necesitaba a él. Si la gente de la región se adaptaba, haría lo mismo. Los vientos también solían llevar las vinchucas a Santiago, y todo el norte y el oeste del país estaba infectado. La receta india del barro sobre la picaduras las deshinchaba. La carita y la mano de Elisa iban recuperando la horma. Echaría agua hirviendo en los recovecos y rendijas del rancho para quemar los nidos.

Durante dos días no cesaron las súplicas de José: «No puedes imaginar cuánto me atormenta, más que antes cuando estaba solo, ser testigo de las privaciones y miserias de toda clase que sufren». Sólo el juez Únzaga permanecía callado; pretendiendo ser imparcial, debía juzgar útil lo que ella hacía, imprescindible, como para perderla.

Gregorio, que rondaba por los alrededores y siempre traía alimentos para reforzar la despensa, confirmó los rumores.

—Los indios se están juntando y no tardarán en atacarnos.

José la miró con desesperación; acaso por instinto, encontró el argumento irrrebatible, capaz de convencerla.

—Si estuviera solo podría huir; pero ¿cómo escaparé a los indios contigo y con la niña?

La salvaba al precio de destruir algo interior, muy dulce y sutil. Las palabras cobraban otro valor entre quienes las utilizan cotidianamente porque se aman. Tenía, además, razón, y la razón mudaba la relación entre ellos. Sí, no podría soportar una larga carrera a caballo entre los montes, menos con Elisa. Por primera vez inerme ante su marido; habría utilizado ese lenguaje realista, egoísta, que los hombres valoran entre ellos: ahora comprendía el canon.

La despedida en el amanecer fue muda y angustiosa. Las ojeras, los ojos insomnes; por un instante, creyó notar un brillo extraño en los de su marido, fuera de la realidad. Quiso grabar la imagen de ese hombre, al que había recortado la barba y el pelo con algo de ritual pagano, y que de pie entre dos altos algarrobos se le escapaba y diluía. Quizá no lo vería nunca más y era el padre de sus hijas, el único hombre que había amado en la vida. El único que amaría; no le costó comprenderlo, como señalar la órbita constante de la luna, la luna de su patio con jazmines.

Más atrás, Únzaga repetía los mensajes para su mujer; asentía sin escucharlos casi; tampoco debía creer él en la posibilidad de que ella viniera a verlo, aunque más no fuera por unos días; del amor sólo debía restarles la costumbre del matrimonio y los hijos.

Gregorio inició la marcha. Con la rienda suelta, su caballo siguió al de su hermano. La manita de Elisa esbozaba un adiós, no podría entender lo que en verdad significaba; veía de soslayo esos deditos. En la semipenumbra, los árboles borraron la figura. El estirado ladrido de un perro la encrespó, los ojos se le llenaron de lágrimas. Las voces de los centinelas. Perder el mundo en un pestañeo. Tendió la mano revolviendo la lana del pellón, sabía que no estaba José.

El viaje fue más largo, contra la esperanza. Menudeaban las detenciones; le costaba, cada vez más, agregar distancia entre su marido y ella; la distancia tenía otro sentido. La duda entre el amor y el desamor.

Hablaron poquísimo; ni siquiera se animó a decirle cuánto le agradecía, más aún, cuánto le debía y cuánto había mudado la idea y la imagen que ella tenía del hermano menor. Si llegara a tener un hijo, aunque fuera en los bosques donde estaba su marido, le pondría Gregorio por nombre.

Los indios no maloquearon en el Bracho; pero sí se produjo la internación de José y Únzaga en los bosques. Su viaje habría demostrado a Felipe que no era tan tremendo un lugar donde podía estar algunos días una señora copetuda con su hijita. Los internaron en el Chaco santiagueño, en la zona más infectada de vinchucas. O, quizá, las vinchucas no significaran nada para ellos.

Su regreso se le transformaba en abandono cobarde, no podía soportarlo. En vano su familia le rogaba que supiera esperar, que el ejército unitario de la Coalición del Norte invadiría la provincia y libertaría a los confinados; no quería creer ni mezclarse más con la política, no podía aplicar sus plazos que se basaban en otras formas de la espera.

Estaba decidida a compartir la vida y la suerte de su marido, cuando recibió una carta desesperada. Era tan horrible el lugar, que le preguntaba si lo acompañaría para fugarse en ancas de su caballo; tratarían de atravesar el Chaco y escapar no sólo a la patrulla vigilante sino y, también, a los indios. Sabía lo que era el anca de un caballo criollo; su marido lo estaba aprendiendo por causa suya. Los españoles podían saber de un toro, pero nada de un caballo. Le respondió al instante y sin consultar a los suyos: «¿Cómo puedes haber dudado?, esto me sorprende pues sabes que mi voluntad no ha cambiado, ni cambiará; estoy decidida, más aún, deseo ardientemente vivir y morir contigo». En las corridas de toros, se abría la panza de un caballo del arjonero, pero los españoles no sabía de qué se trataba, sólo pensaban en el diestro.

Esperó el momento que José considerara propicio, la orden de marcha. Ninguna noticia, si partía sin esperarlas, podía desencontrarse con el mensajero y hacer fracasar la fuga. Comenzó a recorrer las casas de los otros proscritos, semillero de rumores descabellados; pero, al menos, era posible hablar de ellos, mantener vivo el recuerdo, más que eso, la presencia. Sin embargo, no encontró a nadie que en verdad pensara como ella. Debían considerarla una exaltada peligrosa, terminarían por no recibirla. No sabía exactamente cuál era, pero llegaba una edad en que la gente se sometía a la injusticia y a los mandones, a esto le llamaban la madurez.

Sorprendió una conversación en casa de una parienta de Únzaga; José había renunciado al proyecto. Les exigió detalles. Al leer su contestación, su marido había exclamado llorando: «¿Por qué abusar de su firme voluntad y de su ternura? ¿Acaso no sé yo lo que es desafiar y sufrir la muerte? Sería una barbaridad exponer a Agustina a tan grandes peligros». Luego, se había apoderado de él una profunda melancolía, que se transformó en grave enfermedad. Recomendó y rogó que no la advirtieran a ella, ni tampoco a su familia.

Si no hubiera sido tan tremendo lo que esa mujer se atrevía a narrar, la hubiese golpeado de rabia y vergüenza por saber más que ella misma de su marido. Con aparente bondad y ternura su marido la traicionaba, ocultándole palabras de amor que otras conocían; la dejaba inerme ante la mirada curiosa de las otras mujeres, la peor de las miradas. No podía contenerse ante las formas, la angustia había mudado su amor en tan pura esencia, que todas envidiarían lo que sucedía entre ella y José, por terrible que fuera. ¿Qué era el amor sino palabras repetidas y muy antiguas que uno se atrevía a soltar como si fueran espantosamente nuevas?

Sus presentimientos tenían razón de ser. Imposible permanecer en Santiago, su mundo se había esfumado. Se avergonzó al descubrir que incluía a sus hijas; ellas tenían la protección de la familia, los niños se acostumbraban fácilmente a cambiar de amor. Se aterró, si sus hijas murieran, ella y José podrían engendrar otras. No quiso pensar más, estaba decidida.

Inútiles fueron las órdenes, súplicas y llantos. Partió acompañada de un baqueano. Viajó noche y día. Ante la capilla de Matará se persignó, por allí no volvería a pasar sin su marido; entendía a los santos que dejaban los bienes terrenales para calcinar su sangre y su carne en los desiertos y la soledad. A ellos también los guiaba el amor. Con o sin el amor de ellos era capaz de crear otro. La certeza de que José estaba gravemente enfermo debía ser más o peor de lo que esa mujer había confesado, le quitaba cualquier resto de carnalidad a su amor; pero le quitara o no, ¿qué real importancia tenía?

Ante un gran cacto candelero que se le prendió a la falda como un llamado, tuvo la intuición, la certeza, de que no nacería en el desierto ningún Gregorio. Hubiera preferido que el caballo se espantara por algún espíritu y la tirara el suelo. No le habían permitido a Gregorio que la acompañara. Ya estaban resueltos a mandarlo a Córdoba, para que se le borraran ciertas ideas que olían a punzó federal.

Pasaron el Bracho, luego de mostrar el pasaporte, badearon el Salado y se internaron en los montes. Tuvo miedo de esas chozas tétricamente iluminadas, de noche semejaban quemaduras en un mortuorio paño negro. Le señalaron la de su marido, se descolgó del caballo y corrió.

Tiritó pese al calor. Abrió los brazos sin poder ni quererse contener por causa de Únzaga, la otra sombra que lo acompañaba. Quedó clavada, estaqueada, su marido retrocedió mirándola con indiferencia. Los ojos brillosos, fríos, inexpresivos; los de vidrio de algunas imágenes de santos. Flaco, la ropa le caía como bolsa.

El espanto le impelía a gritar. Lo había imaginado, pero la realidad sobrepasaba toda premonición, poseía cuerpo.

Únzaga le hizo una señal. Ahogar o soltar un grito eran acciones de semejante mecanismo, pero no contener las lágrimas. Las lágrimas eran silenciosas, y el silencio importaba en esta clase de enfermedades. Las muñecas rotas, los cristales rotos o trizados, los trizados en particular, no tenían compostura, salvo el convencional ¿verdad que no se nota? La convención humana que acababa de abandonar en forma definitiva, se le repetía para afirmarse. Miró a la sombra de José y dijo:

—Me alegra estar de nuevo juntos. Toda la familia te envía cariñosos recuerdos —no se atrevió, por ella misma, a mencionar a las niñas—. Como te lo había prometido me quedaré contigo hasta —dudó, de nuevo el tiempo le tendía una trampa—, hasta que Dios disponga.

La miró como si la desconociera; no, ningún hombre podía mirar con tal frialdad a una mujer desconocida. Con los desconocidos, a veces sería posible decir y hacer cosas tremendas, porque seguirán siendo desconocidos. Lo trágico sería tornar desconocido a quien se ama; lo era.

Ya no sabía si pensaba ella o se le entremezclaban las palabras incoherentes de su marido; por medio del absurdo, la despojaba de las palabras que los había unido. No quiso escucharlas porque nada se refería a ellos, al antiguo lenguaje perdido. Ni siquiera figuraba su nombre ni el de sus hijas. Hubiera sido preferible que la abandonara, que la olvidara por causa de otra mujer, por causa de otra pasión, puesto que irremediablemente, quiere decir sin remedio, hubiera seguido viviendo en su memoria o en la imagen de sus hijas. Debía ser la memoria más fiel. ¿Dónde, por Dios, estaba la raíz de la memoria?

Tuvo miedo; la posibilidad de un simple contagio cualquiera, el bien o el mal, entre quienes han vivido unidos o lo creyeron. Miedo que su mente, su rueda perdiera también el ritmo, ahora que él la necesitaba más que nunca.

Tocó el brazo de Únzaga y salieron; se ahogaba, las lágrimas le corrían involuntariamente, también habían perdido sentido. Respiró el aire seco, le entró a lo más hondo. Que Únzaga narrara para ordenar sus pensamiento y las palabras, para evitar que el horror inesperado la desequilibrara.

Nunca había notado que la voz de Únzaga fuera tan plena y la dicción tan clara, un poco engolada, como la gente necesita, para creer en los fallos y consejos de un juez. Había arengado al pueblo, cuando se eligió al sustituto de Ibarra, y esto había sido su perdición.

—Comenzó por una fiebre lenta. Yo velaba siempre a su lado, salvo cuando me era preciso salir para buscar alimentos. Me hizo jurarle que no le advertiría, y yo le debía tanto —lo miró con asombro por el tiempo empleado en el verbo, se corrigió—, le debo tanto, que no me atreví a contrariarlo. Además, me hallaba muy lejos de suponer que estuviera en peligro de muerte o de… demencia.

Expuesto así, en ese tono, le parecía comprensible, tanto que no supo si debía agradecerle por cuidar de un loco o enrostrarlo por no haberla llamado. ¿Qué podría deberle el juez más importante a su marido? Quizá algo en sus declaraciones ante el sumariante o dinero. Simplemente plata, las relaciones más importantes de su familia. Secó las inútiles lágrimas. Con prisa, sin dejar resquicio para el pensamiento, para la comparación entre el suyo y el de su marido, se dedicó a preparar la comida. Todo iría bien hasta el momento en que se enfrentara a solas con ese extraño, al cual no podía dejar de amar. El más extraño ser y la más extraña acción. Nunca había amado, ni siquiera había vivido cerca de un loco. Lo de su madre había sido un ataque pasajero; en las mujeres todo lo importante, hasta la maternidad, era un estado pasajero. Necesitaba que fuera así.

Durante la comida trató que Únzaga y el baqueano hablaran entre ellos, debía repensar lo resuelto. La selva, los malones de indios, ¿de dónde habría sacado el baqueano ese costillar de chivato?; luego, sí, tomarían mate. José soltó unas palabras sin ilación y se produjo un silencio incómodo. La locura tenía hasta sabor de castigo religioso. Lo cortó el baquiano:

—Señora, si usted no manda otra cosa, antes del alba vuelvo para Santiago…

Los dos hombres la miraban, ¿por qué los dos, y el suyo qué era?: Únzaga con ansiedad que no lograba disimular. Sí, todo era distinto, tendría la noche para decidirlo, a las mujeres les estaba permitido cambiar de ideas y resoluciones, esto lo decían los hombres, y ellos a menudo cambiaban hasta en política. El general La Madrid, amigo de su familia, había pasado por Santiago enviado por el tirano Rosas como general federal y, al llegar a Tucumán, a los cuatro días, para evitar que lo apresaran, se alzó de nuevo en unitario. En su casa, nadie se había atrevido a preguntarle nada, pueda que dudaran si era necesario cambiar de ideas. Una mujer tenía derecho a variar más.

—Gracias, Anselmo. Vine para vivir con mi marido y con él me quedo. En todo caso, mañana le daré los recados para mi familia. Estaba muy bueno el costillar, gracias.

Únzaga insistió en sacar su colchoneta y alejarse del rancho. Mientras el tiempo lo permitiera, ella y su marido dormirían fuera para evitar las vinchucas: un sentimiento en el cual se mezclaban amor, miedo, piedad y curiosidad, la impulsaba hacia ese desconocido en que se había transformado. Cuando Únzaga le dio las buenas noches, tuvo ganas de huir.

José salió para hacer sus necesidades muy cerca, con impudicia que la hirió. Todos los seres humanos, ella misma, estaban obligados a hacer lo mismo; pero resultaba imposible, chocante, doloroso, menos tierno, aunque uno tuviera que admitirlo, imaginarlos en tal postura o actitud. Antes, se había negado a pensarlas, no existían ni en él ni en ella. Salvo en los pañales de sus hijas.

Cada vez parecía sorprenderse más al verla; dio unas zancadas hasta su colchoneta, que ella había colocado cerca de la suya y, con desprecio, la volvió a su rincón en el rancho. Soltó una suerte de gruñido y se echó como perro que oculta la cabeza; debía temer que lo sorprendieran dormido. Tampoco la había mencionado, ni una vez durante la comida. ¿No habría un instante en que él, estremecido hasta los tuétanos por el placer, recordara su nombre? ¿Podría ella acostarse, se atrevería a entregarse a un desconocido, aunque este hubiera sido su marido, por una tan remota posibilidad? Todos los sacramentos requerían conciencia y voluntad para ser válidos; también fe, creer en ellos. Algún día, el tiempo borraría estos interrogantes.

Se revolvió en la cama dura, tendría que acostumbrarse a esto y a mucho más. Lo acarició con la mirada. ¿Por qué Dios le había quitado el alma de su marido para dejarle sólo el cuerpo? ¿Dónde terminaba el sacramento y comenzaba el pecado? Lo vio dar un brinco nervioso, gruño angustiado, luego un largo suspiro y quedó en calma, en total lasitud. Quizá lo estuvieran picando las vinchucas, cada una picaba sólo dos veces por semana, ¿pero cuántas habría, por más que Únzaga, sin duda para afirmarla en su resolución, había regado las quinchas con agua hirviendo?

No sabía cuándo lograría dormirse, cuándo el cansancio del viaje la abrumaría y vencería el temor. Alguien, apagados, sedosos, murciélagos o una lechuza. Una astillita negra, lustrosa y brillante a la luz del fogón se deslizó por el suelo de tierra apisonada. La aplastó con el zapato; as alas membranosas se abrieron y se extendió una mancha negruzca. Esa sangre podía ser de su marido o hasta del caballo. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Tendría que rogar, pagar lo que fuera, para que viniera un médico. Ninguno se animaría a llegar a estos andurriales, a viajar tan lejos y desafiar a Ibarra como resultado. Ibarra mismo estaba enfermo del corazón, será de tantos años de estar de comandante de fronteras en Abipones, se moriría; pero esto debían ser soluciones que esperaban las gentes indecisas. La sangre de Ibarra sería capaz de envenenar a las mismas vinchucas y chinches. Un nuevo brinco nervioso de José. Ya no podría imaginar ni entender nunca lo que sucedería tras de esa frente que, para ella, no había guardado secretos. En todo, hasta en las nimiedades, la consultaba. Las vinchucas picaban y succionaban tan suavemente que el dormido no se daba cuenta; volvió a ponerse las botinas, Las imágenes comenzaron a borronearse. Se persignó para rezar.