XVI

E

l orgullo y la soberbia de Lavalle lo incitaban a acciones que lindaban con la locura, acciones a las cuales jamás se atrevería él. El comandante Ramírez, con su batallón de correntinos, había desertado del ejército unitario y se presentó íntegro a sus órdenes.

—Cómo pudo Lavalle imaginar que esa división de 500 hombres, que puso al mando tan luego del coronel Acha, podía repetir con éxito lo que no logró antes, con Solá, apresar a vuestra excelencia, es algo que ni el mismo Acha pudo entender jamás. Menos, desde el momento en que entramos en los salitrales desiertos y tórridos de su provincia.

—Conozco palmo a palmo mi provincia. Cuando el parto de los mundos, Dios olvidó en varios sitios a mi tierra. Tengo que agradecérselo, esto nos hace más autos, menos engreídos.

El comandante Ramírez entregó el mate a la Cipriana con ademán viril que l gustó; de la manera que un hombre empuñaba un mate, le servía bastante para conocerlo.

—Mi gente y yo vimos en esta loca aventura la posibilidad de pasarnos a quienes pertenecíamos de alma, a los federales. Aquí nos tiene, mi general, a su entera disposición.

Miró los rastros de salitre en las botas polvorientas. Como su general, las tropas de Lavalle ya no eran impecables en sus uniformes. Su tierra áspera y desolada había que amarla para poder conquistarla. Estos correntinos eran, pese a todo, de las tierras verdes del litoral, de los grandes ríos, inmensos, americanos, del Paraná y el Uruguay. Estarían aprendiendo a tener sed; esto se aprendía muy despacito, como los sorbos calientes en la bombilla del mate.

—A la disposición de nuestra santa causa, mi comandante. Yo no soy más que el depositario del mando absoluto de mi pueblo —los ojillos astutos de Ramírez se achisparon de sorpresa; se recuperó en el sillón como si recién comprobar que estaba ante un superior—. Como usted es del litoral, me voy a permitir una confidencia. Mi amigo, me mejor amigo, el general Garzón, me ha comunicado que para mediados del invierno el Ejército Confederado, al mando del general Manuel Oribe, llegará a Santiago. Sus tropas, las de Gutiérrez, que desertaron en Tucumán, y las mías nos incorporaremos para dar la batalla final. Mientras tanto, nosotros hostilizaremos a los salvajes unitarios en las fronteras.

—¡Aijuna, mi general! ¡Esa sí que es buena nueva! —se incorporó con elástico salto de yaguareté, inclinó la cabeza como para dar juego al movimiento de su mano derecha, que instintivamente había buscado el inexistente facón; ese tonito un poco agudo y suave que debía venirles de los indios guaraníes amansados en las misiones jesuíticas. Lo miró adusto, hasta darse cuenta que sus propios labios habían comenzado a sonreír. Gondra hubiese dado un respingo. Poquito a poco lo metería en vereda.

El 26 de agosto de 1841 entraban en la ciudad las avanzadillas del Ejército Confederado, el grueso las seguía precedido por el comandante en jefe y el estado mayor. En la medida de posibles, la ciudad estaban embanderada para recibir a sus amigos, el primero de todos el general Eugenio Garzón, quien no se cansaba de escribirle «Vos que eres mi mejor amigo», y los coroneles Hilario Lagos y Marrano Maza. Le resultaba imposible esperarlos en su casa de gobierno o en la ruinosa Casa Capitular, como por protocolo pedía Gondra al gobernador. El capitán general iría a esperarlo a las inexistentes puertas de la ciudad, por herencia y jactancia española solían llamar así al barrio de las quintas. Ya había concedido bastante con no ir a esperar a su amigo en el río Salado, porque para algo era el Saladino.

Montó su moro en uniforme de gran gala, su escolta estaba enjaezada en lo posible; lo posible era la medida de su provincia. La había revistado hasta en los mínimos detalles. Trotaron por la calle mayor empavesada, las ventanas tapizadas, los escuálidos arcos, florales sobre la tierra regada por los aguateros. Sonrió ladino, las casas de los unitarios más copetudos eran la mejor adornadas y hasta se habían ofrecido para hospedar a los jefes. Hacia el rancherío aumentaba el clamor del pueblo, de la chusma como la llamaban los unitarios, que abandonaba sus labores para aplaudirlo; señal que anunciaba la entrada de tan esperado ejército del general Oribe y su gente del litoral.

Espesa y larga columna de polvo se alzaba hacia el cielo tan azul y diáfano que le producía un calofrío de placer, no, de dicha. No le cupo duda alguna de que esa nube de polvo envolvería y aplastaría a Lavalle y La Madrid; sobre todo, ese tren pesado de artillería que él no había vuelto a ver, junto así, desde las guerras de la Independencia. Los pobres y viejos cañones de sus fortines ya no servían ni para asustar a los indios.

La nube de polvo se detuvo. Las tropas se prepararían para la acogida triunfal; si pudiera, se arrimaría a cada pescuezo para hacerles gritar el nombre de su amigo. Su moro caracoleaba de inquietud, debía comunicarle la que él experimentaba. Fuera de Ordóñez, su ayudante, no podría presentar a sus jefes ni su estado mayor; todos estaban luchando en la frontera de Tucumán con renovado brío.

El polvo se arrastraba hacia la ciudad y el río Dulce. Comenzó a distinguir los cuerpos de infantería, artillería y caballería. Otro calofrío lo recorrió, Felipe Ibarra se moriría sin haber comandado jamás un ejército semejante, era un caudillo a la medida de su tierra que no tenía más de cien leguas de norte a sur y ciento sesenta de este a oeste y que se le despoblaba como se descascaraban y arruinaban los edificios de su ciudad. El censo de 1819 había dado 46 370 habitantes para toda la provincia y 8365 para el curato rectoral, la capital. No quería sabe cuántos menos eran.

Las escoltas comenzaron a evolucionar. Las banderas e insignias y los jefes de división se reunirían con el comandante general, reconocido por Rosas, presente legal de la Banda Oriental. De nuevo, se pusieron en marcha. Ya estaban a una cuadra de distancia. Lo divisó en ese jinete con entorchados dorados que, luego de pedir la venia, se adelantaba al galope de su caballo. Salió a su encuentro.

El camino con cercos de quinchas y tunales se fue acortando entre los dos. Los caballos casi se topetaron entre los dos. Los dos se sobrepasaron con el ímpetu del galope y volvieron sobre la marcha cojo si se enlazaran en un par de boleadoras. Desmontaron. Hacía años que no se encontraban, salvo en cartas. «Vos seres mi mejor amigo». Avanzaron y se estrecharon con un abrazo de combate. Sin una palabra. Bajo los dorados alamares y charreteras le temblaba el cuerpo. El capitán general de las milicias de Santiago. El jefe del estado mayor, general Eugenio Garzón, que también había sido ayudante del general San Martín, el poncho recién enrollado en el cabezal de la montura. Volvieron a montar. Ya sabía que la suerte estaba echada, que triunfarían.

Se mezclaron las escoltas. Dio la bienvenida a Oribe en nombre de Santiago y estrechó las manos de sus otros dos amigos. Todo de a caballo como ahora correspondía.

La nube de polvo se puso de nuevo en marcha. A su derecha el general en jefe, a su izquierda el amigo. Las mujeres, los viejos y los niños, contados hombres, vivaban y aplaudían. Sus hombres, sus gauchos montoneras también estaban en la frontera. Le faltaban sus gauchos para asociarlos a su alegría, para que fuera más real. La nube de polvo entró en la ciudad. El golpetear sordo de los cascos y herraduras, luego, las botas, después el chirriar de los cañones y otra vez los cascos. Recorrerían las pocas cuadras y volverían al campamento, más afuera de la Quinta. Hubiera querido que Santiago fuese una gran ciudad, que se multiplicaran sus habitantes como en el milagro de los panes, pero ni siquiera el maná podría caer de su cielo añil. Desde las galerías exteriores o de las ventanas enrejadas tiraron algunas flores, el perfume de Santiago. Le asombró no ver en la galería de su casa a su Cipriana, ya sabría lo de la Dolo. Pero, escoltado por un ejército de verdad, no era tiempo de pensar en mujeres.

Desmontaron ante el portal alfombrado de rojo hasta la calle, la alfombra en préstamo de la iglesia de La Merced. A través de las ventanas del salón se divisaban las mujeres. Las miró en un chispazo. Tendría que dar un baile para alegrar a su amigo.

El ministro Gondra dijo un corto mensaje de bienvenida; su comprovinciano, el coronel Gutiérrez, lo aplaudió fervorosamente. No había escuchado con mucha atención lo dicho por su ministro, ya conocía sus ideas, ninguna posibilidad de sorpresa; lo único notable le pareció el entusiasmo de Gutiérrez. Manuel Oribe agradeció con poquísimas palabras. Las presentaciones. Ahora sólo esperaba y le importaba el momento en que terminada la bambolla protocolar, quedaría a solas con Garzón. De pronto, lo miró y pensó que no sabría por dónde comenzar. No sabía conversar. Tal vez la gran conversación sería cuando lucharan con sus tropas, lado a lado, teniendo en frente a Lavalle.