XX
—¡A
gustina Palacio, viuda a los 20 años! —soltó sin darse cuenta, ante el mensajero del comandante Fierro.
—Sargento Benicio González, conteste a su jefe, que la señora viuda de Libarona puede pasar a Santiago cuando lo desee y que ponga un carruaje a su disposición. En cuanto al cadáver de su marido, que lo retengan en el Bracho hasta que disponga el juez. Aquí tiene la orden por escrito.
Cuando volvió a quedar solo, releyó la detallada narración con las declaraciones de Fierro, Únzaga y el sargento Carreño. Mientras y casi involuntariamente, acariciaba el reloj de bolsillo regalo de su hermano Pancho; al terminar el simple y trágico relato, lo apretaba con fuerza en la que se mezclaban la alegría y el furor. Se cobraba otro de los lanzazos. «La joven viuda, se encuentra al parecer en buen estado de salud, aunque muy desmejorada», terminaba la declaración de Carreño. Le extrañó que supiera firmar con tanta claridad y buena caligrafía. Se lo traería para su escolta; ya le habían dicho que era famoso como guitarrero y cantor, no como para que anduviera perdido por esos andurriales.
—La viuda de Libarona tiene 20 años —repitió, caminando hacia la ventana que daba a la galería exterior.
El cadáver ya debía estar enterrado y putrefacto. Se había acabado el traidor gallego Libarona. Si ella quería el cuerpo, la carroña de su marido, tendría que venir a pedírselo personalmente. Y estaba por verse si se lo daría. De una vez por todas, los Palacio debían aprender que las cosas de la vida costaban más de lo que ellos se habían acostumbrado a pagar.
Agustina tenía dos hijitas del muerto. Tuvo ganas de volver a la casa de Águeda y mirar de nuevo a su hijo, se le ocurrió que lo haría de otro modo. La agente tenía el fanatismo de los muertos, los reclamaban como algo precioso y ya los nietos y los bisnietos del muerto lo había olvidado y ni sabían dónde habrían ido a parar los huesos o cenizas. A él, lo tenía dispuesto, lo enterrarían en la iglesia de La Merced, ¿pero si algú día volvieran los unitarios y profanaran su tumba o desparramaran sus huesos o cenizas? No sería la primera ni la última vez que sucedería. Y aunque el pueblo clamara por sus restos no se los devolverían. Sólo quedaría su memoria. Y los ricos continuarían execrándola y los pobres, tenía que ser así o su vida no tenía sentido, continuarían amándola. Pueda que la gente del pueblo, de su pueblo, no entendiera muy claro por qué la amaba; pueda que a menudo se equivocara, pero a la larga, a través de los siglos, el pueblo nunca se equivoca.
Pudiera que él mismo, con esa sed de venganza que Jehová le había metido en la sangre, se hubiere equivocado con Agustina. Sí, no lo podía negar, puesto que le hubiera gustado que ella fuera su esposa. Una mujer así era la que él hubiese precisado a su lado, como complemento de todo lo que le faltaba. Sin embargo y sin pensarlo, él le había proporcionado todo lo que era, todo lo que ella sería como símbolo. Si Felipe Ibarra no se hubiera cruzado en su destino, ella no habría pasado de ser la aristrocrática mujer de un gallego comerciante.
La Dolo, mujer para ver claro en otra mujer, tenía razón; había hecho de la Libarona un símbolo, un mito, lo más que pueden aspirar los seres humanos. Ni él mismo estaba seguro de alcanzarlo.
Con el cuerpo de su marido o no, ella y su familia se irían a Tucumán, aprovechando las buenas relaciones políticas que, aparentemente, reinaban. Se irían con Gondra y Gutiérrez, y el relato de sus penurias estremecería de horro al «jardín de la república».
—¡Se irá sin los huesos de su gallego! Y no los tendrá mientras yo viva.
Poco antes del mediodía, apareció su pariente, el oficial mayor Hernández, con el despacho para la firma. Su ahijado Gondra había propuesto en 1830 a la Legislatura que se nombrara «protector de la provincia» al general Paz, desde entonces ya andaría a la búsqueda de protectores mutables. Firmó con rabia, ante la sorpresa de su leal colaborador de tantos años. Sólo se preocupaba de los desleales, debía ser otra forma de su inseguridad.
Al abrazar a Eugenio Garzón en la despedida, ya tuvo la certeza que no lo vería más, y que algo muy sutil había empañado la amistad de ambos. No entendía por qué parecía incitar a que los amigos lo abandonaran o traicionaran. Se estaría poniendo viejo y llamaba traición a la simple evolución. No, esto siempre lo había visto muy claro.
Tomó el bicornio y el sable, salió sin saludar a nadie en la secretaría. Montó a caballo en el portal, rechazó la escolta y, al trote largo, se fue a casa de la Dolo. Quería ver qué había pasado con ella luego de su baile y su charla con Eugenio, qué le había sembrado él. Cómo empezaría abandonarlo cuando la hidropesía le dificultara la expresión, la lengua, los movimientos. Ventura le había prometido admonitoriamente: «Volveré cuando me necesites» y él, salvo a sí mismo y a su pueblo, no había necesitado a nadie realmente. Tampoco a su hijo, porque si no hubiera arrasado con su conciencia. El galope lo ocultó en una nube de polvo. Nadie creería que pasaba el gobernador. «Sólo en el desierto tendrás derecho a gobernar solo», había dicho un griego, según Wences. Era el desierto, él mismo.