Capítulo 26

Miriam pasó toda la semana recordando los días vividos en Huelva como una de las experiencias más maravillosas de su vida. Ya no tenía miedo de pronunciar la palabra amor, estaba enamorada hasta la médula y era consciente de ello.

El fin de semana siguiente regresó de nuevo y fue tan maravilloso como el anterior. Pablo se desvivía por ella, por colmarla de atenciones y de mimos y Miriam sentía su amor crecer a cada minuto que pasaban juntos.

Tenía muchas ganas de que su piso estuviera terminado para mudarse y que también él pudiera pasar algún fin de semana en Sevilla. Deseaba corresponder a todas las atenciones que tenía con ella cuando estaba en su casa.

De momento, mantenía su relación en el estricto conocimiento de sus padres y de Javier, al que sí le había hablado de Pablo brevemente, pero a medida que pasaban los días sentía más la necesidad de contárselo a todos, de que supieran lo feliz que era y lo enamorada que estaba.

Y la primera debía ser Marta. Esta venía a Sevilla con asiduidad, por lo que decidió quedar con ella para darle la feliz noticia en la primera oportunidad posible.

Marta empujó la puerta de entrada del bufete Figueroa y entró con decisión.

Como ya era habitual desde que se mudara con Sergio a Cádiz, una o dos veces a la semana se desplazaba hasta Sevilla para atender asuntos de trabajo, y de paso ver a sus padres. Unos días comía con ellos, y en otras ocasiones con Susana y Fran, o Miriam.

Por temas laborales no había podido estar tan presente como hubiera deseado en el divorcio de su amiga, y el WhatsApp que había recibido de esta a principios de semana la había dejado muy intrigada:

«Cuando pases por Sevilla, avísame y comemos juntas. Tengo novedades que contarte».

Puesto que conocía a Miriam, sabía que no iba a servir de nada que la llamase para pedirle una aclaración. Si su amiga había decidido que hablaría en un almuerzo, tendría que esperar hasta entonces para escuchar las novedades que tuviera que decirle. Confiaba en que fueran buenas noticias, ya había sufrido bastante con su desafortunado matrimonio y posterior divorcio. Por muy de mutuo acuerdo que fuera, se trataba de una separación y eso siempre pasaba factura.

El despacho de Fran tenía la puerta abierta, por lo que entró a saludarle en primer lugar. Este se levantó de la mesa para darle un abrazo.

—¡Marta, cariño! No sabía que venías hoy.

—Tenía juicio a primera hora de la mañana, y después he quedado para comer con Miriam.

—Está en su despacho, con Susana.

—¿Ocupadas?

—No para ti, ya lo sabes.

Al escuchar las voces, madre e hija salieron de la habitación y abrazaron con efusividad a la recién llegada. Tras los saludos de rigor y la promesa de Fran de organizar una barbacoa en breve, ambas amigas salieron a la calle. Caminando, se dirigieron al restaurante donde solían comer, y Marta no pudo dejar de observar el aspecto de Miriam. Una amplia sonrisa lucía su boca y un intenso brillo iluminaba su mirada, algo que no ocurría desde hacía mucho tiempo.

—¿Vas a soltarlo ya, o voy a tener que esperar hasta estar en el restaurante? Si me dejaste intrigada con el mensaje, ahora que te he visto ni te cuento. Estás…

—Feliz —dijo Miriam con una sonrisa.

—Hummm, no sé si esa es la palabra con que yo describiría tu cara, pero si tú te sientes así…

—Me siento así, feliz y pletórica.

—Y no creo que sea porque ya es efectivo el divorcio. Por muy mal que estuvieras con Ángel, que seas al fin una mujer libre no es para estar tan radiante.

—Estoy enamorada.

Marta sonrió y volvió a contemplar a su amiga.

—¿Has conocido a alguien?

—Ya le conocía… y tú también.

—¿Pablo? ¿Se trata de él?

Miriam asintió. Habían llegado al restaurante y la conversación se interrumpió hasta que ambas estuvieron sentadas a la mesa y la comida encargada.

—Me dijiste que estaba casado…

—No era así; solo mantenía una relación que ya terminó. Después de navidades decidí ir a verle con la excusa de que me hiciera las reformas de mi piso, y de paso saber de él. Me llevé la grata sorpresa de que estaba solo, libre y todavía enamorado de mí. Empezamos a vernos con frecuencia y retomamos nuestra amistad donde la dejamos. Mis sentimientos han cambiado de naturaleza durante este tiempo —Hizo una ligera pausa y añadió con una sonrisa—: Hemos pasado juntos los dos últimos fines de semana.

Marta lanzó una carcajada.

—Esa, esa es la palabra que yo quería encontrar para describir tu aspecto: «¡bienfollá!».

—¡Calla, que todo el mundo ha empezado a mirar hacia aquí!

—Ya bajo la voz. ¿Tengo razón?

Miriam rio bajito.

—Sí, en la cama es increíble. Bueno, y en el sofá, el suelo, la ducha… Hasta ahora no he comprendido aquello que decía Hugo de que cualquier sitio es bueno para hacer el amor. Yo solo había tenido cama y misionero y unos orgasmos bastante mediocres hasta ahora.

—Pues disfrútalos.

—Eso hago.

—¿Es oficial, entonces? ¿Vais en serio?

—Llevamos viéndonos solo tres meses, pero sí, vamos en serio. Lo de oficial, no del todo. Mis padres lo saben, y Javier. Y ahora también tú. Esa barbacoa que quieren organizar es para presentarlo a la familia y para que conozca a María. Hemos pensado que es mejor que lo vea en una comida y como un amigo de la familia. Que se vaya acostumbrando a él antes de decirle que es el novio de mamá.

—Sí, creo que es buena idea. ¿Ángel lo sabe?

—No creo; pero tampoco es asunto suyo. Ya no.

El tono de dureza en la voz de Miriam hizo a Marta fruncir el ceño.

—Por supuesto que no, estáis divorciados, pero podría tomárselo a mal.

—Que se lo tome como quiera. Acabó con mis sentimientos hacia él con su indiferencia, si me ha perdido ha sido su culpa. Además…

Miriam respiró hondo para seguir hablando, y tomó un sorbo de agua.

—Además, ¿qué?

—¿Recuerdas mi cumpleaños, el que celebramos en Alveares?

—Sí, claro. Aquel que Hugo pasó escondido en la cocina, por culpa de unas chicas que se estaba tirando.

—Pues una de ellas no se tiró solo a mi hermano.

Marta abrió mucho los ojos.

—¿Cómo? ¿A quién más?

—A Ángel.

—¿En serio? ¿Ángel te ha sido infiel?

—En más de una ocasión. Desde el principio de nuestro noviazgo.

—¡Caray con el pánfilo! Parecía tonto. ¿Cómo te has enterado?

—Él me lo insinuó cuando tuvimos la conversación que me llevó a pedir el divorcio. Pero hace unos días me encontré a una compañera de facultad y le comenté que me había divorciado. Me respondió que se alegraba de que al fin me hubiera dado cuenta de la clase de hombre que tenía al lado. Parece ser que ya desde novios pasaba por la facultad a recogerme y de paso a buscar rollo. ¡Me siento tan imbécil, Marta! Era de dominio público que me ponía los cuernos y yo tan ajena. Ni siquiera se molestaba en buscar fuera de mi entorno.

—¡Menudo cabronazo! ¿Y no le has dicho nada?

—¿Para qué? Ya no tiene objeto, lo he sacado de mi vida.

—A pesar de eso, yo le hubiera arreado un par de sopapos y bien gordos.

—Yo no soy tan temperamental. Me ha enfadado mucho saberlo, por la falta de respeto que supone, pero no duele porque ya no estoy enamorada de él.

—Pues yo, como se me ponga delante le arreo. Imagino cómo te sientes, aunque no le quieras.

—¿Sabes lo que más me molesta? Que mientras él se acostaba con quien le daba la gana yo me preguntaba por qué había dejado de atraerle. Lo achacaba a mi cuerpo deformado por el embarazo, al cansancio, inventaba mil excusas para justificarle. Trataba de volverme más atractiva para él, me compré ropa sexi, y me sentí muy humillada en ocasiones por su mudo rechazo. Pero lo peor de todo es que me sentía culpable por recordar a Pablo en mis noches solitarias y preguntarme cómo habría sido mi vida con él.

—Ahora lo sabes.

—Sí.

—Puedes vivirla, y disfrutarla.

—Me hace muy feliz, Marta. Me mima, se desvive por mí. Siento que estoy viviendo mi primer amor. Esto no tiene nada que ver con mi relación con Ángel, ni siquiera al principio. Estoy colgadísima —rio—. Cuento las horas que faltan para vernos como si fuese una quinceañera.

—¡Ayyy, el amor!

—¿Te burlas tú del amor? Si estás colada por mi hermano hasta la médula…

—Lo estoy. Y te tengo que contar una cosa yo también.

Miriam empezó a hacer los honores a la comida que acababan de llevarles.

—Dime.

—Sergio y yo estamos intentando quedarnos embarazados —anunció con expresión emocionada.

—¿Los dos? —preguntó con una carcajada.

—Yo llevaré la peor parte, pero él no se va a librar. Pienso hacer que participe de todo el proceso.

—No creo que quiera perdérselo. Sergio va a ser un padrazo.

—Estamos muy ilusionados.

—¡No me quiero ni imaginar a «Su Señoría» de abuelo!

—Es capaz de hacer una batida y encerrar a todos los delincuentes antes de que nazca.

Ambas rieron.

—Deberíamos brindar por tu nueva relación y por mi futuro embarazo.

Miriam miró la botella de agua que compartían.

—Pero no con agua; dice Manoli que da mala suerte.

Pidieron una copa de vino para cada una y brindaron por el futuro que les traería felicidad a ambas. Después, continuaron con su almuerzo.