Capítulo 12
Delante del ordenador Miriam no sabía cómo enfrentarse a la pantalla en blanco por primera vez en toda su vida. Pablo era su amigo desde hacía ya año y pico y con él podía hablar de todo… o casi. Sin embargo, llevaba ya un buen rato con aquel correo abierto y no sabía cómo empezarlo. Lo había estado posponiendo y él le había mandado ya varios WhatsApp preguntándole si estaba bien, a los que había respondido escuetamente que sí, que solo estaba ocupada. Pero no había sido capaz de mandarle el largo correo que tenía pendiente para contarle su situación. Se escudaba en sus muchas ocupaciones, lo que era cierto, pero eso antes nunca le había impedido escamotear unos minutos al sueño para contestar a sus mensajes. No quería mentirle, pero tampoco sabía cómo decirle que se iba a casar. Temía que la llamase por teléfono ante la falta de noticias, y prefería contárselo por escrito.
Recordaba el comentario de Ángel sobre que Pablo estaba enamorado de ella, y esa era una información que había apartado de su mente porque no sabía cómo gestionarla. Prefería ignorarla porque no quería perder al amigo, y puesto que Pablo no había dado ningún indicio de que su novio tuviera razón, lo había encerrado en algún compartimento recóndito de su memoria. Pero si era cierto, si Pablo sentía por ella algo más que amistad, iba a lastimarle con lo que estaba a punto de decirle. No quería hacerle daño, pero tampoco podía ocultárselo por más tiempo; los preparativos de la boda ya estaban en marcha. La madre de Ángel había hablado en su parroquia para conseguir fecha esas navidades y toda la familia estaba buscando un lugar apropiado para celebrarlo. Se sentía una traidora por no habérselo contado aún a Pablo, y se había prometido a sí misma que aquella noche no pasaría sin que se lo dijera. Respiró hondo y empezó a teclear.
«Hola, Pablo:
Sé que llevo unos cuantos días bastante perdida, y lo lamento, pero la verdad es que he andado muy ocupada. He tenido muchas cosas en la cabeza, han sido días complicados, de dudas y decisiones importantes que tomar, pero ya al fin puedo decirte el motivo de mi silencio. Ángel y yo vamos a casarnos. Ha sido una decisión difícil para mí porque aún soy muy joven y no entraba en mis planes perder la soltería tan pronto, pero él ha insistido mucho y ha acabado por convencerme. El motivo de todo esto es que estoy embarazada, y sí, sé que estamos en el siglo veintiuno, y que ahora eso no es motivo para casarse, pero Ángel y yo llevamos ya unos años juntos y estamos enamorados. No sería una decisión tan precipitada, solo adelantaríamos algo que llegaría más tarde o más temprano.
Él es muy tradicional y no quiere que el niño nazca y se crie fuera de un núcleo familiar, y aunque mis padres me han aconsejado que espere hasta que haya nacido la criatura, al final mi novio ha podido más. Hemos planeado la boda para estas navidades. Sé que es un poco precipitado, que falta poco más de un mes, pero es la única fecha en que mi hermano Javier puede asistir. Para mí sería impensable ir al altar sin uno de mis chicos. Javier es mi hermano favorito, siempre me he llevado mejor con él que con los demás, no puede faltar en un día tan importante en mi vida.
No vamos a hacer una gran boda, sino algo sencillo y familiar, de modo que con un mes es más que suficiente para organizarla. Y ahí está mi futura suegra buscando iglesia, restaurante y mandando invitaciones. A mí me da un poco igual, lo único importante es la presencia a mi lado de mis seres queridos, así que dejo que se ocupe y de paso le quito el disgusto de saber que me caso embarazada. La buena señora se llevó un sofocón de órdago cuando se enteró de que su hijo y yo nos acostábamos juntos sin estar casados.
Sin embargo, la vida de casados sí la hemos organizado nosotros. Yo, una vez terminado el máster, he empezado a trabajar con mis padres en el despacho a jornada completa; estamos buscando un piso de alquiler cerca del bufete y Ángel, además del trabajo con contrato en prácticas que tiene ahora mismo, va a realizar el mantenimiento informático de una empresa. Económicamente nos la arreglaremos sin problema».
Por un momento dudó si hablarle de sus miedos y dudas, de la sensación de vértigo que la embargaba desde hacía días y que no conseguía acallar por mucho que se dijera que Ángel y ella eran una pareja consolidada, que estaban enamorados y que todo iba a salir bien. Pero decidió que no, que eso era algo que debía guardar para ella y no compartirlo con Pablo. De modo que continuó simplemente dándole información.
«La boda, si la iglesia no pone pegas, la queremos celebrar el sábado 26 de diciembre y será como ya te he dicho, algo sencillo, seguido de un almuerzo con la familia y algunos amigos íntimos. Y por supuesto tú eres uno de ellos, considérate invitado.
Bueno, ya te he contado todas las novedades, de modo que solo queda despedirme y pedirte que me disculpes por la tardanza en contestarte.
Te quiere,
Miriam».
Le dio a enviar con un nudo en el estómago y se quedó esperando una respuesta que no llegó. Cuando se hizo evidente que Pablo no iba a contestarle, al menos no aquella noche, se acostó con una dolorosa opresión en el pecho y durmió desasosegada con un sueño intranquilo que hizo que se despertase con nauseas por primera vez desde hacía semanas.
Pablo contempló el correo, ese que había esperado con tanta impaciencia, sin ver la pantalla. Lo releyó dos veces más, para cerciorarse de su contenido y se cubrió la cara con las manos. Había esperado cualquier cosa, menos eso. Un exceso de trabajo, incluso que se encontrase enferma, pero no que estuviera organizando una boda precipitada.
Pensó llamarla, decirle lo que sentía y pedirle que no se casara. Que la sola idea de que lo hiciera lo destrozaba. Pero Miriam había acudido al correo para contárselo y no al teléfono y debía tener un motivo. Tampoco él estaba en condiciones de mantener una conversación en aquel momento. Ella iba a casarse en poco más de un mes y se sentía impotente. No sabía qué hacer, si confesarle que estaba loco por ella, que desde hacía muchos meses había dejado de ser su amiga para convertirse en el amor de su vida, y quizá con ello perderla para siempre, o felicitarla por su enlace y su embarazo y continuar siendo su amigo en la distancia. Apagó el ordenador, que en aquel momento suponía una tortura, y se dirigió al mueble bar para coger una botella de las que guardaba para las visitas. No era bebedor; alguna cerveza o copa de vino ocasional, pero aquella noche necesitaba algo fuerte, muy fuerte, para calmar el dolor que se había instalado en su pecho y amenazaba con estallarle dentro.
Se sirvió un vaso, ni siquiera sabía muy bien qué botella había escogido, le sabía a escayola, pero lo bebió a pequeños sorbos tratando de calmarse. O de tomar una decisión.
No consiguió ni una cosa ni la otra, solo beber hasta caer dormido en el sofá, en una postura incómoda que le hizo levantarse al día siguiente con la pierna dolorida y la cabeza a punto de estallarle. Y con la misma sensación angustiosa en el corazón.
Tardó dos largos días en contestar, y cuando lo hizo la respuesta dejó a Miriam un nudo de aprensión en el estómago. No hubo felicitaciones ni parabienes, solo un escueto:
«Hola, Miriam:
Necesito verte, tenemos que hablar. Iré a Sevilla esta semana, dime dónde y cuándo nos vemos. Solos tú y yo, no invites a Ángel, por favor.
Te quiero,
Pablo».
Miriam suspiró hondo y devolvió el mensaje citándolo para dos días después en la cafetería donde solían verse, un lugar tranquilo y poco frecuentado en el que podrían hablar con tranquilidad.
Nerviosa como pocas veces lo había estado en su vida, Miriam entró en la cafetería donde se había citado con Pablo. Él ya estaba allí, acomodado en una mesa un poco apartada, lejos de la zona más cercana a la barra. Sobre la misma reposaba un libro, una novela que estaba siendo un éxito de ventas aquel año, pero mientras se acercaba, Miriam pensó que no se lo imaginaba con aquel tipo de lecturas.
Sintió la mirada de él, fija y penetrante a medida que avanzaba entre las mesas, observándola en silencio hasta que se sentó a su lado. La cafetería estaba poco concurrida a aquella hora y el camarero se acercó, sin darles tiempo apenas a saludarse con un beso en la mejilla. Encargaron cafés y al fin Miriam se atrevió a mirarle a los ojos, serenos e insondables como todo él. Al fin Pablo abordó el asunto que lo había llevado hasta allí.
—Supongo que no es ninguna broma lo que decía tu email —No era una pregunta.
—No, no lo es. Jamás bromearía con algo tan importante.
Él respiró hondo. Apoyó las manos sobre la mesa para calmar el temblor que no podía controlar y susurró muy bajito:
—Imagino que te preguntarás por qué te he citado aquí en vez de limitarme a felicitarte.
Ella se encogió de hombros sin querer aventurar nada.
—Lo he hecho para hablarte cara a cara y sin tapujos sobre mis sentimientos. No pensaba hacerlo, quería esperar un poco más, observar si tú dabas algún indicio de sentir lo mismo…, pero ya veo que no hay tiempo para eso. O hablo ahora… o ya será tarde.
Clavó en los ojos pardos de Miriam los suyos, llenos de sentimiento, de pasión contenida, y continuó hablando muy bajito con voz cargada de emoción.
—Estoy enamorado de ti, Miriam. No, no me digas que apenas nos conocemos, sabes que no es verdad. No nos hemos visto mucho, eso es cierto, pero este año y pico de escribirnos y llamarnos por teléfono ha sido muy intenso, nos hemos desnudado el alma el uno al otro en muchas ocasiones. Es verdad que no ha habido contacto físico, pero eso es sexo, no amor. Yo te quiero, te quiero con toda mi alma. Ya desde aquel verano en la playa sentí algo especial por ti, que no ha hecho más que crecer en este tiempo. Y pensé que quizás tú… que nosotros…
Se le trabó la lengua por un instante a aquel hombre maduro y seguro de sí, y Miriam empezó a respirar con dificultad, sintiendo que el aire se le atascaba en los pulmones. Pablo continuó:
—Si estoy aquí hoy es para hacerte una pregunta, al margen de lo que decías en tu email. ¿No sientes nada por mí?
Ella se perdió en su mirada y por un momento no existió nada más. Solo los ojos anhelantes de Pablo Solís que le pedían una respuesta sincera. Y ella solo pudo responder:
—Me caso el veintiséis de diciembre.
—No es eso lo que te he preguntado.
Miriam bajó la mirada y repitió.
—Me caso el veintiséis de diciembre.
Entonces él alargó las manos y, sujetando la cara de Miriam entre las palmas, la besó. Colocó sus labios sobre los de ella, entreabrió su boca y la besó como nadie lo había hecho jamás. Llegando hasta la última fibra de su ser, con pasión, amor, ternura y también desesperación. En la boca de Pablo, en su beso ávido y exigente, Miriam saboreó el deseo de tenerla y también el miedo a perderla. Experimentó sensaciones desconocidas, prohibidas también, pero que la agitaron hasta el fondo de su ser y le hicieron temblar el alma y el cuerpo.
Cuando él se separó y volvió a clavar en ella su mirada intensa e interrogante, quiso morirse. Que la tierra se abriera y se la tragara para no tener que decidir, para no tener que decirle… lo que debía decirle.
—¿Vas a aclararme ahora si sientes algo por mí, o no?
Incapaz de responderle con sinceridad, puesto que ni ella misma sabía lo que sentía en aquel momento, contestó:
—Nunca me pregunté ni me planteé sentir por ti otra cosa que no fuera amistad.
—No es un beso de amiga el que acabas de darme.
—Lo sé. Pero aun así…
—Sigues queriendo casarte con él —No era una pregunta.
—¿No leíste mi correo? Estoy embarazada.
—Eso no importa. Para mí no supone ningún problema, yo seré un segundo padre para tu hijo, si me das la oportunidad.
Los ojos de Miriam se llenaron de lágrimas, que luchó por contener.
—No puedo… no puedo dejarlo todo; llevo con Ángel mucho tiempo, le quiero… y estoy esperando un hijo suyo. Nunca me planteé tener por ti ningún sentimiento amoroso hasta… hasta hoy que me has confesado los tuyos. Me preguntas qué siento por ti, y no lo sé. Pero sé que a él le quiero mucho, y es el padre de mi hijo.
Pablo bajó la mirada y Miriam vio la nuez del hombre subir y bajar trabajosamente, mientras un sentimiento de desolación se apoderaba de ella.
Él alargó la mano hacia el libro, abrió la tapa y, sacando un bolígrafo del bolsillo interior de la chaqueta, escribió unas palabras. Luego lo cerró y lo deslizó sobre la mesa, colocándolo delante de Miriam.
—Acepta este libro, considéralo el presente de un amigo o un regalo de bodas… como prefieras. De cualquier forma, un recuerdo mío. Porque después de hoy entenderás que no quiera que nos sigamos escribiendo, ni nos volvamos a llamar por teléfono.
—Claro —susurró con desaliento.
Alargó la mano para leer lo que le había escrito, pero Pablo colocó la suya sobre la cubierta, evitándolo.
—Ahora no, léelo después, cuando me haya ido.
—De acuerdo.
Pablo se levantó y dejó un billete sobre la mesa. Luego volvió a mirarla y susurró con voz ronca:
—Aún falta para el veintiséis de diciembre. Si cambias de opinión, sabes cómo encontrarme. Y si no, que seas muy feliz, Miriam. Te lo deseo de todo corazón.
Ella no pudo ni siquiera responderle. Le vio alejarse y salir de su vida tratando de evitar que el velo húmedo que cubría sus ojos se desbordase.
Cuando estuvo segura de que él había desaparecido del entorno de la cafetería se levantó a su vez y, cogiendo el libro, se dirigió a su coche. Solo cuando estuvo dentro del mismo, y a salvo de miradas indiscretas, se permitió leer la dedicatoria.
«El amor es el sentimiento más grande y bello que se puede dar entre un hombre y una mujer. Ennoblece al que lo siente y también al que lo recibe. No siempre es correspondido, pero eso no lo hace menos hermoso.
Pablo».
Apenas pudo distinguir las últimas palabras, las lágrimas se desbordaron y arrasaron con todo. Colocó los brazos sobre el volante y enterró la cara en ellos tratando de calmar la desolación que le producía el saber que acababa de ver a Pablo Solís por última vez en su vida. Que debía alejarse de él por el bien de los dos.