Capítulo 18

Después de llamar a Pablo, Miriam se propuso no pensar más en él. Para bien o para mal se había equivocado al seguir adelante con la boda, y decidió asumirlo y mentalizarse para tener un compañero de piso en vez de un marido. Si Pablo no se hubiera casado se habría planteado una separación, pero la noticia de su matrimonio le había minado las pocas fuerzas que le quedaban. Se dedicó en cuerpo y alma a su hija y a su trabajo, disfrutando de las alegrías que ambos le proporcionaban. No volvió a intentar seducir a Ángel ni a esperar nada de él que fuera más allá del afecto. Su matrimonio estaba muerto sin que hubiera estado nunca vivo.

María era una cría preciosa que tenía encandilada a toda la familia. Era alegre y vivaracha y crecía sana y feliz, lo que hacía que para su madre todo valiera la pena.

Echaba de menos a Marta, que se había mudado a Cádiz cuando Sergio consiguió un destino en tierra, y ambos estaban preparando su boda con mucha ilusión.

A pesar de que había dejado de creer en el matrimonio, ayudó a su amiga en todo lo que pudo: compras, menús, invitaciones…, y puso de acuerdo a sus hermanos para regalarles entre todos el viaje de novios que Marta siempre había soñado.

Cuando llegó el día, acudió a la ceremonia para contemplar emocionada cómo se casaban su hermano y su amiga. Con su hija en brazos, veía la escena bajo un velo turbio de lágrimas y no pudo evitar recordar de nuevo su boda. No se casó por elección, los acontecimientos y su embarazo impusieron una prisa de la que ahora se arrepentía. Si en vez de casarse se hubieran ido a vivir juntos Ángel y ella, con toda probabilidad esa boda no se hubiera celebrado.

Miró a los novios y rezó para que su vida de casados no supusiera una decepción como estaba siendo la suya. Su relación con Ángel era apacible y tranquila, él era un buen hombre y un padre fantástico, pero distaba mucho de lo que ella esperaba de un matrimonio y de una vida de pareja. Las relaciones sexuales eran esporádicas y cada vez más frías, tanto que ni le apetecían ya. No pudo evitar pensar en lo que habría pasado si hubiera elegido otro camino y a ese hombre que se cruzó en su vida en un determinado momento. Pero de nada servía lamentarse, había hecho su elección y le había perdido. Ahora tenía a María y a Ángel, y debía seguir luchando con uñas y dientes para que su matrimonio funcionara. Aunque se sentía cansada de hacerlo, de ser la única que intentaba sacar adelante un matrimonio que hacía aguas por todos lados. Cada vez con más frecuencia tenía ganas de tirar la toalla.

Fran, sentado junto a ella, le cogió a la niña de los brazos y le tendió un pañuelo de papel para que se enjugara las lágrimas que velaban sus ojos.

Lo hizo con cuidado, para no estropear el maquillaje, y siguió contemplando la boda. La mirada emocionada y de absoluta adoración que Sergio le dirigía a la que se estaba convirtiendo en su mujer, le hizo sentir aún más lo fría que era su relación de pareja. Jamás Ángel la había mirado así.

La ceremonia terminó y los novios se besaron. Sergio rodeó la espalda de Marta con los brazos y se apoderó de su boca con una pasión que la hizo sonreír, porque estaba claro que durante el tiempo que duró ese beso, el mundo entero había desaparecido para los novios.

También el beso que Pablo Solís le dio la última vez que se vieron era de ese tipo, de los que borran el mundo alrededor. Y ella lo había ignorado. Había apartado a ese hombre de su vida, al único que le removió el alma al besarla.

Sintió las lágrimas correr de nuevo por su cara, pero esta vez no lloraba de emoción por la boda, sino por ella misma y por la triste realidad de su existencia.

Miró a su izquierda, donde se sentaba Ángel, y lo contempló observando a los contrayentes con expresión imperturbable. Era la única persona presente que no se había emocionado ni reaccionado a ese beso cargado de pasión que se desarrollaba frente a ellos. Hugo y Manuel silbaban tratando de abochornar a los novios, Inés lloraba a moco tendido, como ella misma, y sus padres trataban también de esconder una lágrima inoportuna y emocionada. Buscó a Javier con la mirada, temerosa de su reacción, y lo vio sonreír, con una sonrisa enigmática que la desconcertó. Había temido verle triste, pero no era así.

Después, cuando los novios lograron separarse, todos se dirigieron a un restaurante donde se celebraría el almuerzo y posterior baile. Como en su propia boda. Todo igual, y tan diferente a la vez.

Se sobrepuso a la emoción y al cúmulo de sensaciones que los recuerdos le habían provocado. Comió con apetito y bailó con todos, excepto con su marido. Este permanecía sentado a la mesa con María en el regazo, dándole de comer y hablándole sin cesar.

Ya anochecía cuando Ángel le hizo una seña con la mano. En aquel momento bailaba con Javier.

—Disculpa —pidió soltándose de su abrazo—. Ángel me llama.

Ambos se acercaron a la mesa.

—¿Qué ocurre?

—La niña está cansada, Miriam.

Esta contempló a su hija, cuyos ojitos se empezaban a cerrar. La cogió de los brazos de su padre y le dio un beso.

—¿Mi niña está cansadita? Ya nos vamos, cielo.

—No hace falta que te marches, yo me la llevaré a casa y la acostaré. Sigue tú disfrutando de la boda de tu hermano —ofreció Ángel.

—No te preocupes, no me importa.

—No, en serio, quédate. Yo me ocupo de ella.

—Gracias.

Miriam se despidió de su hija con un abrazo y contempló cómo su marido se la llevaba a casa. Javier miró a su hermana en silencio.

—¿Qué ocurre, Miriam? ¿No confías en que la cuide bien?

—No es eso. Él suele acostarla muchas noches, aunque yo esté en casa. Ángel cuida de la niña perfectamente, es un padre estupendo.

—¿Entonces?

—Nada.

Él le levantó la cara con la mano y hurgó en sus ojos, en el fondo de los cuales vislumbró una sombra. Miriam desvió la mirada.

—Te conozco, pequeña; soy Javi, tu hermano mayor, ¿recuerdas? El que siempre te defendió y te cuidó. ¿Qué ocurre?

—No ocurre nada, es solo…

—¿Qué?

Miriam sacudió la cabeza y miró hacia la pista. Fran y Susana bailaban mejilla contra mejilla como dos adolescentes enamorados, los novios se besaban sin parar. Hugo apretaba a Inés contra su cuerpo, tan cerca que casi no se podían mover y le susurraba algo al oído.

—Que los Figueroa han puesto en mi vida muy alto el listón del amor y yo… bueno, Ángel es diferente. No es muy expresivo ni me persigue por la casa para darme un achuchón como hace papá con mamá, ¿recuerdas?

—Sí, claro que lo recuerdo. ¿No eres feliz, Miriam?

—No es que no sea feliz… tengo una hija maravillosa y mi marido es un buen hombre y me quiere, solo que es un poco frío a la hora de demostrarlo. He estado rodeada de Figueroas pasionales y cariñosos toda mi vida y echo de menos eso en mi matrimonio, nada más.

—¡Ven aquí! —dijo estrechándola con fuerza. Miriam se dejó abrazar como cuando eran pequeños. Javi era su hermano favorito, y sintió un nudo en la garganta cuando se refugió en sus brazos. Siempre supo que le iba a resultar muy difícil encontrar lo que veía en su casa, esa clase de amor que compartían sus padres. Pero se repitió una vez más que no todas las parejas eran iguales.

—Vamos a seguir bailando, Javi. Te echo de menos —dijo para cambiar de tema. Lo último que deseaba era cargar a Javier con sus problemas conyugales. Ya debía tener bastante con presenciar la boda de la mujer que amaba con otro hombre, aunque este fuera su hermano.

—Yo también os echo mucho de menos a vosotros, nena. A todos.

Se integraron en la pista y Miriam se olvidó de todo disfrutando de su hermano, al que tardaría meses en ver de nuevo.

Javier apenas se separó de ella en toda la noche. Una y otra vez rellenó su vaso y trató de compensar su ausencia de todo un año. Al final, cuando ya la celebración tocaba a su fin, se ofreció a llevarla a su casa.

Miriam estaba un poco bebida, ella que siempre era la sobriedad en persona, aquella noche no había rechazado ninguna de las copas que Javier le ofreció. Él la había animado a beber, deseoso de ahondar en la infelicidad de su hermana, manteniéndose sobrio para poder conducir.

Cuando el coche empezó a circular por las calles desiertas, Miriam se dio cuenta de su estado de semiembriaguez.

—Creo que me he pasado con los gin-tonic. No he debido beber tanto.

—No pasa nada. Para eso estoy yo aquí, para asegurarme de que llegas a casa sana y salva.

—Gracias.

—¿Tendrás problemas con Ángel si te ve llegar bebida? —Había cautela en la voz de Javier. Estaba decidido a llegar hasta el fondo de la tristeza de su hermana.

—¿Problemas? —Rio Miriam con una carcajada áspera—. Podría llegar como una cuba, andando a gatas y él ni se daría cuenta. Y mucho menos le importaría.

Él sacudió la cabeza ante la amargura con que estaban dichas esas palabras.

En poco rato llegaron ante el portal de Miriam. Esta alzó la vista hacia la ventana de su dormitorio y suspiró al ver la luz apagada. Alargó la mano para abrir la portezuela, pero su hermano la detuvo sujetándole el brazo.

—Aún no… vamos a hablar un rato.

Ella se giró y clavó la vista en Javier. La expresión preocupada y la mirada inquisidora le dijo que no iba a poder continuar esquivando sus preguntas.

—¿De qué quieres hablar?

—De la tristeza que veo en tus ojos.

—Ya te he dicho antes que no es nada. La boda me ha puesto tierna.

—Y yo te recuerdo que soy Javi. El que siempre adivina cuando algo te ocurre.

Miriam recordó las incontables veces que llegaba del colegio con algún problema y su hermano siempre conseguía que se lo contara. Su carácter introvertido se desvanecía antes las preguntas de su hermano mayor.

—No es tristeza.

—¿Qué es entonces?

—Resignación.

—Eso es incluso peor, Miriam.

Ella ya no pudo más. Hay un dicho que afirma que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, y Miriam se dejó llevar por el alcohol ingerido, y abrió su alma en aquel coche a oscuras en mitad de la madrugada.

—Tienes razón, no soy feliz. Mi matrimonio ha sido un gran error, nunca debí casarme con Ángel.

—Pero estabas enamorada, ¿no?

—No lo sé. De lo que sí estoy segura es de que él no. Después de la noche de bodas no volvió a tocarme en más de un año.

—Eso es mucho tiempo.

—Noche tras noche me metía en la cama y me encontraba con un hombre que fingía dormir para no hacerme el amor. Al principio pensaba que la culpa era por mi embarazo, que mi cuerpo deformado no le resultaba atractivo.

—Una mujer embarazada resulta muy atractiva, Miriam —dijo con una sonrisa enigmática.

Por un momento ella olvidó su discurso y le preguntó:

—¿Quién te ha dicho eso?

—Nadie, pero lo sé. Sigue con lo tuyo, no cambies de tema.

Ella asintió. Una vez que había comenzado a hablar, necesitaba sacar de dentro todo lo que le estaba haciendo daño.

—Cuando nació María comprendí que no era el embarazo, puesto que seguía sin tocarme. No sabía ya qué hacer ni qué pensar.

—¿No se te ha ocurrido pensar que puede ser gay y se ha casado contigo para disimular esa condición? Ya sabes lo rígidos y tradicionales que son sus padres.

—No lo sé, Javier. La verdad es que no se me había ocurrido esa posibilidad, siempre me atribuí la culpa: a mi aspecto, al embarazo… a mil cosas.

—¿Antes de casaros también era así?

—No. Aunque no nos acostábamos juntos con mucha frecuencia, yo lo achacaba a que vivíamos en casa de nuestros padres y había pocas ocasiones de hacerlo. Pero cuando se presentaban, las aprovechábamos. Antes nunca, desde que comenzamos a tener relaciones sexuales, habían pasado tantos meses sin hacerlo. Pero no es solo en el aspecto sexual donde falla mi matrimonio —admitió con voz rota. Un torrente de lágrimas acudió a sus ojos y comenzó a caer por su cara, imparable—. Tengo un compañero de piso, no un marido. Es cortés, amable, comparte las tareas de la casa, los gastos, el cuidado de María. Se levanta de noche si la niña llora para que yo siga durmiendo, pero jamás me dice una palabra cariñosa, no me da un beso ni en la mejilla salvo de forma excepcional. Nunca me pregunta por mi día, o cómo me encuentro… no es ni siquiera mi amigo.

—¿No has hablado con él del tema?

—No.

—¿Por qué? Te mereces al menos una explicación, Miriam.

—Muchas veces me he propuesto hacerlo —respondió entre sollozos—, preguntarle abiertamente, pero imagino que me da miedo la respuesta.

—¿Qué te da miedo? ¿Qué puede decirte que no sepas ya? ¿Que no te quiere? Cariño, eso te lo está diciendo cada día con su actitud. Eres una mujer preciosa, si te quisiera no compartiría tu cama sin ponerte una mano encima, te lo aseguro. Sé que estás enamorada y te duele perderle, pero ¿realmente le tienes? ¿No es mejor romper una relación que te está haciendo tanto daño?

Miriam buscó en su bolso hasta encontrar un paquete de pañuelos y se secó las lágrimas que salían a raudales, junto con su confesión. Con esas palabras que a veces se ocultaba incluso a ella misma.

—Lamento ser tan cruel, Miriam, pero tú eres una mujer fuerte y valiente. Debes afrontar la verdad, y tomar las riendas de tu vida. Habla con Ángel, averigua el motivo de su comportamiento, y si no hay forma de solucionarlo, sepárate. Eres joven y preciosa, no malgastes tu vida junto a un hombre que ni te merece ni te da lo que necesitas. El desamor se supera, cariño. Te lo aseguro, solo es cuestión de tiempo.

—¿Y me lo dices tú? —preguntó ya más serena, hurgando en los ojos de su hermano.

—Sí, te lo digo yo, que lo he superado.

—¿De verdad?

—De verdad. Hoy he asistido a la boda de mi hermano y una amiga, nada más que eso. Te aseguro que algún día dejarás de estar enamorada de Ángel de la misma forma que yo ya no lo estoy de Marta.

Miriam sacudió la cabeza.

—Yo no estoy enamorada de él; ya no. Estos tres años han acabado con ese sentimiento.

—Razón de más para poner fin a esa relación, que no es tal. Rompe la burbuja y busca la felicidad en otra parte, seguro que ahí fuera hay otro hombre esperando por ti.

Miriam negó con la cabeza.

—No lo hay —suspiró.

—Claro que sí, solo que aún no lo has conocido.

—Ah, te refieres en sentido abstracto.

—Por supuesto. ¿A qué te referías tú?

—A nada. Creí que hablabas de alguien concreto, y no, no hay nadie concreto esperando por mí.

—Esa persona aparecerá, solo tienes que darle tiempo.

Viendo a su hermana más serena, Javier giró las llaves del coche, haciendo funcionar el motor. Pisó el acelerador y arrancó con un movimiento suave.

—¿Qué haces? ¿Dónde vas?

—A casa.

—Mi casa está ahí detrás.

—No, Miriam. Ese es el lugar donde vives con Ángel, pero tu casa, al igual que la mía, está en Espartinas.

Ella se mordió el labio. Javier decía la verdad, nunca había considerado ese piso ni su casa ni su hogar.

—¿De verdad quieres dormir aquí esta noche?

—No, tienes razón; llévame a casa. Mañana será otro día, y afrontaré mi vida.

—¿Lo prometes?

—Sí, Javi, te lo prometo.

Él sonrió y continuó conduciendo hasta Espartinas. Estaba seguro de que Miriam cumpliría su promesa, y si no lo hacía, él no la dejaría en paz hasta que lo hiciera. Por muchos kilómetros que los separasen, iba a estar ahí apoyándola y animándola hasta conseguir que los bonitos ojos pardos de Miriam recobrasen la luz y la alegría.