Capítulo 3
El siguiente correo llegó tres días después. Miriam apenas tuvo tiempo de comprobar la bandeja de entrada, el poco tiempo libre que le dejaban los últimos días de clase, antes de los exámenes, lo dedicaba a ayudar a su madre en un caso de fraude. Cuando aquella noche encontró el email de Pablo ni siquiera era consciente de que hubieran pasado tres días desde el anterior.
«Hola, Miriam:
He dejado pasar un par de días para no resultar un pesado. Si te lo parezco, dímelo y espaciaré los mensajes.
Me gustaría que me contaras cosas de ti. Tampoco yo sé más allá de tu nombre y de que eres una apasionada del Derecho, como tus padres. ¿Qué te gusta? ¿Qué aficiones tienes?
A mí, además de construir casas y puentes, me gusta la música. Todo tipo de música, desde el flamenco hasta la ópera, pasando por el jazz o cualquier otro género.
Y mis aficiones favoritas son sentarme en la playa y mirar el mar, (cuando no se me desvía la atención hacia chicas bonitas). Me relaja y me da paz, lo mismo que el fuego de la chimenea.
Tengo treinta y dos años y vivo solo, en una casa que compré barata y que he acondicionado a mi gusto. No tengo pareja, pero sí muchos amigos.
Me encanta viajar, pero en este momento de mi vida apenas puedo hacerlo. Debo emplear toda mi energía y mi dinero en sacar adelante mi carrera profesional, aparte de que no es divertido viajar solo. Mientras llega el momento, ahorro. Me encantaría ir a algún país exótico, vivir una cultura diferente y ver otros tipos de construcciones. ¿Te gusta viajar a ti? Si es así quizás podamos contarnos nuestras experiencias de viaje.
Te he hablado a grandes rasgos de mis gustos y aficiones, espero que no te importe decirme los tuyos.
No quiero cansarte más, imagino que en estas fechas estarás ocupada. Espero recibir noticias tuyas pronto.
Un abrazo,
Pablo».
Pensó responder en seguida, pero se encontraba cansada y con un incipiente dolor de cabeza, por lo que decidió dejarlo para después de la cena.
Bajó a la cocina y se sirvió un vaso de zumo. Fran salió del salón al escuchar los pasos.
—Ah, eres tú —dijo—. Pensaba que era tu madre.
—Creo que está en el despacho aún. Y me temo que tiene para rato. El caso que lleva está duro de pelar, y ahora que se acercan los exámenes no podré ayudarla tanto como quisiera.
—Intentaré echarle una mano, aunque tampoco ando corto de trabajo.
—¿Cómo va el caso de Pablo?
—¿Ya sabes quién es?
—Sí. —Rio—. Marta y yo le conocimos en Ayamonte el verano que pasamos allí un mes. No sabía su nombre ni que era arquitecto, solo hablé con él una vez.
—Tiene posibilidades de conseguir la indemnización. Las lesiones son reales y hay un informe médico, eso es incuestionable. La aseguradora no tiene ninguna baza para negarse. La cuantía ya es otra cosa.
—Eso dependerá de la habilidad del abogado, ¿no?
—Así es.
—Tengo entendido que tiene uno de los mejores —bromeó.
—Al menos uno que va a ir a por todas. Ya sabes que hay unas cantidades establecidas para los diferentes tipos de lesión, y según los días de baja. Pero creo que, por la negativa a pagar, si vamos a juicio podríamos conseguir un poco más.
—¿Le aconsejas demandar?
—No si la aseguradora ofrece una cantidad aceptable. Ya sabes que un juicio siempre es arriesgado.
—Sí, lo es.
Fran abrió el frigorífico.
—¿Una cerveza antes de cenar?
—No, me acabo de tomar un zumo. Me duele un poco la cabeza y debo estudiar esta noche.
—Tienes aspecto de cansada.
—Lo estoy, papá. Y mamá ni te cuento. Voy a preparar yo la cena esta noche para que ella descanse un poco.
—¿Y si pedimos una pizza? Así descansamos todos.
—Estaría genial. Hace bastante que no la como.
Fran cogió dos cervezas del frigorífico.
—Voy a llevarle una a tu madre, seguro que le apetece.
Miriam soltó una carcajada. Cuando Susana estaba en el despacho porque se llevaba trabajo a casa, cosa que intentaba hacer lo menos posible, su padre se mostraba inquieto hasta que salía de la habitación. E inventaba mil escusas para ir a verla.
—Seguro que sí.
Con las dos botellas en la mano Fran se acercó al despacho. Susana estaba enfrascada tomando notas de un documento abierto en la pantalla.
—¿Es hora de un descanso?
Ella se volvió.
—Creo que es hora de dejarlo por hoy. Estoy agotada. —Tomó el botellín de manos de su marido y le dio un largo trago—. Gracias, cariño.
—Pues corta ya. Te echo de menos en el salón.
—Eso me termina de convencer —dijo salvando el documento y apagando el ordenador.
—He propuesto una pizza para cenar y a Miriam la ha parecido bien.
—Y a mí me parece aún mejor. No tengo ninguna gana de cocinar esta noche.
—Pues ven y siéntate conmigo un rato mientras esperamos que llegue la cena.
—De mil amores.
Se sentó y se recostó contra su hombro. A Fran le encantaba tenerla así, acurrucada contra su cuerpo. La rodeó con el brazo y empezó a acariciarle la espalda con lentitud. Miriam, sentada en uno de los butacones, sonrió para sí.
Tras la cena, todos se retiraron a sus habitaciones. Miriam, ya más despejada, se sentó a responder el correo de Pablo.
«Hola.
Me ha encantado que me cuentes cosas de ti. Ahora me corresponde a mí hacer lo mismo.
Estudio Derecho por vocación, no solo porque mis padres sean abogados. De hecho, mis hermanos mayores (tengo tres) no se dedican a la abogacía. Javier es científico; Sergio, marino, y Hugo se negó a estudiar una carrera y trabaja en un bar de copas. Pero yo me sentí fascinada por el Derecho desde pequeña. Siempre estaba preguntando a mis padres por sus casos, por los juicios y por todo lo relacionado con el mundillo judicial. Me impactó mucho cuando me enteré, a los ocho años, de que mis padres tenían que defender también a «los malos». Pero mi madre supo explicármelo muy bien, y acabé por aceptarlo. Hoy estoy preparada para ello.
Como ya sabes, me encuentro a punto de terminar la carrera, y el año que viene comenzaré el máster de especialización. Mientras siga estudiando, vivo con mis padres y después imagino que me independizaré.
Tengo novio, Ángel, desde hace casi cinco años. Nos conocíamos desde siempre porque vivimos en la misma urbanización, y empezamos a salir juntos poco después del verano en que tú y yo coincidimos en la playa. Es informático y termina la carrera también este curso.
Me gusta la música, pero soy más selectiva que tú. Prefiero el pop y la salsa, esta última para bailarla. Adoro bailar, aunque, por desgracia, mi novio no. Pero Marta y yo nos escapamos a veces a alguna discoteca especializada en este tipo de música y echamos un rato.
Viajar también me gusta, pero por ahora tampoco puedo hacerlo demasiado. Los únicos viajes largos que he hecho han sido a Estados Unidos, a visitar a mi hermano Javier, que vive allí. El resto, excursiones cortas de uno o dos días.
Todavía dependo económicamente de mis padres, y aunque me pagan las horas que echo en el bufete, no es suficiente para hacer grandes desplazamientos. Por lo tanto, no puedo intercambiar contigo experiencias de viaje, de momento.
Esto es todo lo que se me ocurre contarte sobre mí, aunque imagino que poco a poco irán surgiendo más cosas.
Ahora me despido, todavía me quedan por delante un par de horas de estudio.
Abrazos,
Miriam».
P.D. Ah, se me olvidaba… tengo veintidós años.