Capítulo 16

Tras un día en el hospital Miriam regresó a casa con su hija en brazos.

Su vida cambió de forma drástica, los días dejaron de tener veinticuatro horas, de las cuales ocho se dedicaban al descanso. María ocupaba todo su tiempo y también todo su amor. Entendía ahora lo que su madre le dijo sobre el tipo de sentimientos que provoca un hijo, tan diferente a cualquier otro y mucho más intenso. Daría la vida sin pensarlo por aquel trocito de ella que la miraba y parecía reconocerla cuando se acercaba a su cuna.

Poco a poco se fue acostumbrando a la nueva rutina de su vida, a no dormir más que de forma intermitente, a despertarse ante el menor movimiento de la pequeña y a vivir rodeada de biberones y pañales.

Ángel, como un hombre moderno, participaba de los cuidados de su hija, con la única excepción de amamantarla. Se levantaba a veces durante la noche para cambiarla, la dormía y la llevaba de paseo.

Pero su actitud hacia Miriam no cambió. Tras el posparto ella había esperado que la indiferencia de su marido acabase, pero no fue así. Los meses pasaban sin que él hubiera hecho ni siquiera el intento de besarla y al fin se había decidido a comprar un camisón sexi y a tomar la iniciativa, cansada de esperar, noche tras noche, un acercamiento que no se producía.

El intento, que había acabado en desastre y humillación, trajo a Miriam la certeza de que en su matrimonio había un grave problema, y había provocado que esta desenterrase de su mente al hombre que había relegado al fondo de su memoria al casarse.

***

A la mañana siguiente al nefasto intento de Miriam de seducir a Ángel, este se levantó como cada día para marcharse al trabajo. Su mirada rehuyó la de ella durante el desayuno, pero esta no iba a mencionar nada de lo ocurrido la noche anterior, le resultaba demasiado humillante. Tenían pendiente una conversación, pero no media hora antes de marcharse al trabajo.

Después de terminar rápidamente su café, él se levantó y ofreció:

—Puedo llevar yo a la niña a la guardería esta mañana, así dispones de un poco más de tiempo.

—De acuerdo. Aprovecharé para comprar unas cosas de camino al bufete.

Ángel cogió a su hija en brazos y salió de la habitación para terminar de vestirla, antes de llevarla a la guardería. Miriam los miró, era un gran padre, de los que se implicaban en el cuidado de los hijos y adoraba a María, eso no podía negarlo.

Se quedó un rato sentada a la mesa de la cocina, y mientras se tomaba despacio el café, su mente volvió a los pensamientos de la noche anterior, y a Pablo. Al enorme vacío que él había dejado en su vida, y del que no se había querido dar cuenta antes, y también al beso que le había dado la última vez que se vieron, antes de su boda. Un beso cargado de amor y pasión que había removido hasta la última fibra de su cuerpo y que había relegado al olvido, escondiéndolo en el fondo de su mente.

De pronto sintió que la necesidad de hablar con él, de escuchar su voz, se le hizo casi insoportable. Hasta la noche anterior no se había dado cuenta de cuánto echaba de menos sus charlas, sus correos, la impaciencia de llegar a casa para tener noticias suyas, y por primera vez se preguntó si no habría cometido un gran error al casarse.

Aún conservaba el número de Pablo en el móvil, si le llamaba estaba segura de que respondería, pero se dijo que no tenía derecho a perturbarlo. Después de que le confesara sus sentimientos, y a pesar de eso ella eligiera seguir adelante con la boda, habían decidido cortar toda comunicación y poner fin a su amistad.

Entonces lo había creído lo más conveniente para ambos, no quería hacerle daño ni alentarle en un amor que no tenía futuro. Pero aquella mañana, después de una terrible noche de insomnio en que se había permitido traerle de nuevo a su mente, se preguntó qué habría pasado si en vez de casarse hubiera esperado un poco y tratado de averiguar qué había detrás de aquel beso que le había hecho sentir cosas que nunca experimentó antes. No con Ángel.

En aquel momento, estaba segura de que habría llegado a enamorarse de aquel hombre reposado al que hasta entonces había visto como un amigo sin más, pero que, con su declaración, y sobre todo con su beso, había abierto las puertas a otro tipo de sentimientos que podrían haber aflorado si ella lo hubiera permitido.

De una cosa estaba segura, y era que no habría pasado la noche anterior acostada junto a un hombre vuelto de espaldas, humillada e insatisfecha, sino envuelta en un abrazo cálido y lleno de amor.

Se obligó a no pensar en eso, a no imaginar siquiera lo que sería su vida si le hubiera dado la oportunidad a Pablo de entrar en ella.

Se levantó de la mesa del desayuno y se permitió arreglarse sin prisas y maquillarse a fondo para tapar los estragos que la noche anterior había causado en su aspecto.

Estaba decidida a no intentar de nuevo seducir a Ángel, ni volver a sentir la humillación de su rechazo. Por eso, cuando una semana más tarde llegó a la cama después de dormir a María y se encontró a su marido despierto, se sorprendió. Hacía mucho tiempo que no se daba esa circunstancia, y no supo qué pensar.

Se desnudó y se puso el pijama mientras él la observaba con atención. Apenas se tendió a su lado, se giró y la rodeó con los brazos, para empezar a besarla de forma mecánica.

Miriam trató de apartar de su mente otro beso, lleno de pasión, y puso todo su empeño en devolver el que su marido le estaba dando, pero no le resultó fácil. No había pasión en aquella boca que cubría la suya ni en las manos que se introdujeron bajo el pijama para recorrerle el vientre. Se apretó contra Ángel dispuesta a poner de su parte todo lo que pudiera para que aquella fuera una noche memorable, el fin de una etapa y el verdadero comienzo de su matrimonio.

Pero apenas terminaron de besarse y a pesar de que ella comenzó a acariciarle el pecho dispuesta a juguetear un poco, él le bajó en un solo movimiento el pantalón de pijama y las braguitas y se colocó sobre ella. Le abrió las piernas con las rodillas y sin más prolegómenos ni mediar palabra, la penetró.

Al principio sintió un poco de molestia, no estaba preparada y hacía mucho tiempo que había tenido relaciones sexuales por última vez, pero se adaptó en seguida. Ángel se movió deprisa, y por mucho que lo intentó, Miriam no consiguió que ralentizara los movimientos. Todo terminó en unos pocos minutos y en seguida salió de ella y se tendió en la cama, jadeante. Miriam se quedó mirando al techo, insatisfecha y decepcionada. Después él se levantó para ir al baño a lavarse y al regresar la besó en la mejilla y, tras murmurar un escueto «buenas noches», se volvió hacia la pared y se echó a dormir.

Cerró los ojos mientras un sinfín de sentimientos encontrados bullían en su interior. La frustración, el deseo no satisfecho y sobre todo la decepción, hicieron una vez más que sus pensamientos vagaran hacia Pablo sin poder evitarlo. Se preguntó dónde estaría, si se acordaba de ella, si era infeliz. Su cara llena de angustia y dolor el último día que se encontraron fue lo último que recordó antes de dormirse.

Durante días no pudo dejar de pensar en él. La decepción que había supuesto para Miriam la breve y fría relación sexual que había mantenido con Ángel hizo que Pablo Solís volviera a sus pensamientos y no sentía ningún remordimiento por ello.

Las ganas de saber de su vida, de escuchar su voz iban ganando terreno a la decisión de mantener las distancias, hasta que una tarde se sintió incapaz de resistirse más y pulsó la tecla donde tenía memorizado su número.

Dos días antes había intentado hablar con su madre del desastre que era su matrimonio en la intimidad, a pesar de que todos vieran una familia feliz y una pareja bien avenida, pero en el último momento había desistido. ¿Qué podría decirle? ¿Que Ángel había cambiado desde el día de su boda? ¿Que solo habían hecho el amor dos veces en un año? ¿Que la última vez había sido tan frío y decepcionante que a ella ya ni le apetecía repetirlo? ¿Que había otro hombre que empezaba a poblar sus noches de insomnio y que cada vez recurría más a su recuerdo para aliviar su frustración? ¿Que estaba empezando a soñar con sus manos y con su boca que la había hecho temblar una vez?

Sabía lo que Susana le iba a decir: que se separara, pero la niña quería tanto a su padre y era tan pequeña… Aparte de la sensación de fracaso que sentía ella por no haber sido capaz de sacar adelante su matrimonio. Estaba segura de que contaría con el apoyo de sus padres y del resto de la familia, aunque sabía que querían mucho a Ángel; le conocían desde que era un adolescente y le consideraban casi un hijo. No como a Marta, pero sí como un miembro más de la familia.

Su mente estaba dividida entre el deseo de tener noticias de Pablo y la lealtad hacia Ángel; al final ganó el deseo y alargó el brazo hacia el móvil. Estaba sola en su piso, María estaba resfriada y no había ido al trabajo, quedándose en casa para cuidarla. Buscó el número de Pablo, un número que no había pulsado desde hacía más de un año.

El timbre sonó cuatro veces, y ya iba a cortar la llamada cuando escuchó una voz de mujer al otro lado.

—¿Diga?

Por un momento pensó que había marcado un número erróneo.

—Perdón… creo que me he equivocado.

—No, no te has equivocado —respondió la mujer con voz dura.

—¿Cómo dice?

—¿Con quién quieres hablar?

Había animadversión en su voz, un toque áspero que a Miriam le puso un nudo en el estómago.

—Estaba intentando llamar a Pablo Solís, el arquitecto.

—Es mi marido.

Miriam sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. El vértigo se apoderó de ella y por unos instantes se sintió mareada.

—¿Le llamas por motivos de trabajo?

—No, soy una amiga.

—Miriam, ¿verdad?

—Sí. Solo quería saludarle.

—Y yo voy a pedirte un favor. Déjale en paz, no vuelvas a molestarle. Estamos felizmente casados, ha pasado página y tus llamadas no son bien recibidas.

Miriam sintió como si un trozo de hielo le inundara el pecho.

—No se preocupe, señora… —dijo con voz queda—; no volveré a molestar. Disculpe.

Abatida cortó la llamada y a continuación borró el contacto para evitar la tentación de telefonearle de nuevo. Pablo se había casado y había pasado página. Deseó con el alma que fuera feliz, todo lo feliz que ella no era.

Sin poder evitarlo se dirigió al despacho, donde, en un cajón y bajo llave, guardaba el libro que él le regalara la última vez que se vieron. Pasó con suavidad los dedos por la cubierta, abrió la portada y releyó una vez más las palabras que se sabía de memoria. Después lo volvió a guardar, aunque escondiéndolo bajo un fajo de documentos para no verlo en cuanto abriera el cajón.

Mientras volvía a echar la llave, se dijo que debía cambiar de actitud, dejar de recordar a un hombre que pertenecía a un pasado que no volvería, y que tenía un matrimonio que salvar, aunque solo fuera por el bien de su hija. Ya no debía pensar más en Pablo ni en lo que podría haber sido si aquella última tarde en la cafetería ella no hubiera estado tan decidida a casarse. Pablo Solís era un capítulo cerrado y debía asumirlo.

Ángel llegó temprano aquella tarde y la encontró pálida y abatida. Le dio un beso rápido en la mejilla y la contempló con detenimiento.

—¿Cómo está María?

—Se ha dormido un rato. Todavía tiene un poco de fiebre.

—¿Has descansado tú? Se te ve agotada.

—No, apenas he dormido.

—Échate un rato, yo me ocupo de ella si se despierta.

—No te preocupes, estoy bien.

—No lo estás; acuéstate.

No siguió protestando, no tenía fuerzas. La conversación telefónica con la mujer de Pablo la tenía muy tocada emocionalmente. Había supuesto un gran esfuerzo para ella decidirse a dar el paso de llamarle, había luchado contra ello y no le resultó fácil tomar la decisión. La voz desabrida de aquella mujer, su mujer, la hizo sentir muy mal, como si fuera una buscona que tratara de romper una pareja cuando ella solo pretendía escuchar su voz.

—No me apetece acostarme —volvió a decir—. Si te quedas con ella voy a salir a dar un paseo, necesito tomar un poco el aire.

—Ve tranquila.

Hacía frío aquella tarde de noviembre, un viento helado se colaba por los huecos del abrigo, pero Miriam necesitaba sentir en la piel los elementos, el viento cortante y desapacible para sentirse viva. Porque estaba muerta por dentro. Con veinticinco años recién cumplidos se sentía cansada y era infeliz, atrapada en una vida monótona y falta de ilusiones, y la leve esperanza que aún la mantenía en pie acababa de morir unas horas antes.

Por un instante pensó en el dolor que Pablo debió sentir al saber que se casaba, que la perdía para siempre, sin siquiera haberla tenido. Algo muy parecido a lo que ella estaba sintiendo en aquel momento. No podía reprocharle que hubiera rehecho su vida, y buscado en otros brazos lo que ella por cobardía no había sabido darle.

Dejó escapar unas lágrimas de frustración y continuó caminando mientras le aguantaron las piernas. Después, viendo que estaba a punto de oscurecer, volvió a casa.

María se había despertado, era la hora de su baño y de darle la cena y, aparcando todo tipo de sentimientos, se convirtió de nuevo en madre.