Capítulo 9
Septiembre llegó con la rutina otra vez. Atrás quedó el mes de vacaciones, el levantarse tarde y la relajación en los horarios. Miriam volvió a sus actividades de clases por la mañana y tardes de trabajo. Apenas le quedaba un mes para terminar el máster y cumplir sus sueños. En medio de la actividad retomada, sacaba tiempo para animar a Marta, bastante deprimida por la ausencia de noticias de Sergio.
El comunicado de su desaparición en octubre causó una gran conmoción en la familia. Cada uno de ellos trató de soportar su propia angustia e incertidumbre para no causar más dolor en los demás. Miriam acudió a Ángel para paliar el suyo, pero el carácter práctico y frío de su novio no era lo que necesitaba su corazón angustiado. Sus «ya verás como no pasa nada» no le bastaban ni calmaban su inquietud. Necesitaba su abrazo y su presencia a su lado, pero Ángel continuó con su rutina con la única excepción de algún WhatsApp para preguntar si había noticias.
Aquella noche, terribles imágenes se colaban en su mente, hasta que no pudo aguantar más y, saltando de la cama, encendió el ordenador y abrió el correo.
«Hola, Pablo:
Sé que apenas hace unos días que te mandé el último email y que si no me has respondido es porque no habrás tenido tiempo de hacerlo. Pero ha ocurrido algo espantoso y necesito hablar contigo de ello. Mi hermano Sergio, el marino, ha desaparecido. Su barco ha sido apresado en el Índico y no se sabe nada más. Ni cuánto tiempo hace ni qué ha ocurrido con la tripulación.
Como comprenderás estamos muy preocupados, por aquellos lares la vida humana vale bien poco, y aunque todos lo sabemos, nadie dice nada para no preocupar a los demás. Tratamos de hacernos los fuertes y animarnos unos a otros, pero ahora, cuando me he metido en la cama a solas, la angustia se ha hecho fuerte, siento que me estoy derrumbando y he tenido la necesidad de contártelo.
No quiero molestarte, sé que es tarde y no espero que respondas de inmediato, pero para mí es importante compartir contigo, no solo las cosas buenas que me suceden, sino también las malas. Eres un gran amigo y puedo hablarte de todo con una facilidad que no tengo con otras personas; soy reservada y un poco introvertida, supongo que ya lo sabes.
Me admiran mis padres, mi madre sobre todo, por esa entereza que muestra a pesar de que sé lo destrozada que está; no se ha derrumbado en ningún momento, al menos delante de nosotros. Seguramente lo hará cuando se queda a solas con mi padre, o tal vez no. Ella es la más fuerte de todos, el pilar sobre el que se asienta nuestra familia, y yo espero de corazón que no tenga que seguir demostrado lo fuerte que es.
Solo quería compartir esto contigo, no puedes ni imaginar cómo me ha desahogado hacerlo. No va a pasarle nada a mi hermano, ¿verdad?
Un beso,
Miriam».
Pulsó la tecla de enviar y volvió a apagar el ordenador. Se metió en la cama más tranquila, con un poco más de confianza en que el episodio acabaría bien. Escribirle a Pablo siempre la serenaba.
Apenas habían pasado diez minutos cuando el móvil, silenciado a medias, empezó a vibrar sobre la mesilla de noche. Con un sobresalto se incorporó y comprobó la llamada. Pablo. Se sentó en la cama y respondió.
—Hola, Pablo.
—No estabas dormida ¿verdad? He visto que acabas de mandar el mensaje hace un momento.
El corazón de Miriam se sintió inundado de una sensación cálida. No esperaba que la llamase, nunca lo había hecho antes y eran casi las dos de la madrugada; solo quería hacerle partícipe de la noticia. Pero oír su voz al otro lado del teléfono la reconformó.
—Yo espero no haberte despertado a ti.
—Me acuesto tarde, no te preocupes.
—Necesitaba decírtelo.
—No sabes cómo me alegra oír eso.
—Eres mi amigo.
—Sí… lo soy. Puedes contar conmigo para cualquier cosa que quieras, de día o de noche, por emails o por teléfono. Sé que nunca te he llamado antes, que a los dos nos gusta comunicarnos por escrito, pero hay ocasiones en que se necesita escuchar una voz amiga. Creo que esta es una de ellas.
—Lo es. Estoy destrozada, Pablo. Tengo tanto miedo…
—Lo sé, pero debes pensar con frialdad. Si han sido piratas somalíes, como es lo más probable, ellos actúan por dinero. Y para conseguir dinero deben respetar las vidas de los apresados.
Ambos sabían que no era del todo cierto, que era muy probable que alguien cayera bajo una bala o víctima de un escarmiento colectivo, pero escucharlo en la voz de Pablo la reconfortó y le hizo concebir un poco más de esperanzas.
—¿Cómo están tus padres?
—Aguantando el tipo lo mejor que pueden.
—¿Y Marta? Porque ella es la novia, ¿no?
—Sí. Ella es la que peor está, porque se separaron enfadados, y la sola idea de que…
Sin poder evitarlo comenzó a llorar. La voz suave de Pablo al otro lado del teléfono la conmovió.
—Llora todo lo que quieras, porque eso te liberará de angustia, pero te prohíbo que pienses lo que acabas de insinuar. En tu email me has hecho una pregunta y te la voy a responder. No, no le va a pasar nada a tu hermano. Va a volver a casa sano y salvo, estoy seguro de ello.
—Gracias… por los ánimos… por llamarme.
—No me las des. Es un placer hablar contigo.
—¿Aunque sea a las dos de la madrugada?
—A cualquier hora, en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia. Espero que lo tengas siempre presente.
—Te he escrito, ¿no?
—Sí. Y yo espero que a partir de ahora me llames también alguna vez. Me gusta escuchar tu voz.
—Lo haré, te lo prometo.
—¿Estás más tranquila?
—Sí, mucho más.
—En ese caso deberías dormir. Mañana madrugas, y es tarde ya.
—Sí, también para ti lo es. Buenas noches.
—Buenas noches, Miriam. Te llamaré mañana para saber cómo estás.
—Gracias.
Colgó, y recostándose sobre la almohada se sintió mejor que en las veinticuatro horas anteriores. La voz cálida y sosegada de Pablo continuaba resonando en sus oídos cuando se durmió, poco después.
Cuando a la mañana siguiente salió del máster, enfiló la calle en dirección a su coche. Mientras caminada ojeó el móvil, que había silenciado, y tras comprobar que no había ninguna llamada ni mensaje nuevo, alzó la vista. Lo primero que vio fue a Pablo dirigiéndose hacia ella por la acera.
Sin pensarlo siquiera se precipitó a sus brazos, que se abrieron para recibirla. Su fuerza, su calor, la hicieron derrumbarse y derramar las lágrimas que reprimía en casa. La boca de él rozó su mejilla en un beso cálido y reconfortante mientras el llanto le empapaba la camisa.
No pronunció palabra, ninguno de los dos lo hizo. Permanecieron en la calle, abrazados, durante unos minutos, sin importarles la gente que pasaba a su alrededor.
Después, Miriam alzó la vista y lo miró a los ojos marrones.
—Has venido —susurró.
—Sentí que lo necesitabas.
Miriam aceptó el pañuelo que le ofrecía y se enjugó la cara. Pablo dejó caer los brazos separándose un poco.
—Tienes razón, necesitaba un abrazo.
Ninguno de los dos mencionó los abrazos que ella necesitaba y no había tenido.
—Gracias.
—No me las des, me tomo la amistad muy en serio. Además, siempre es un placer verte, sea en las circunstancias que sea.
Miriam sintió que la emoción la embargaba de nuevo, y parpadeó para no volver a llorar.
—No sé qué decir…
—No digas nada… invítame a comer. Recuerda que esta vez te toca pagar a ti.
La frase de Pablo consiguió arrancarle una sonrisa. Habían establecido la costumbre de pagar de forma alternativa la comida cuando se veían.
—No creo que pueda conseguir mesa en La Montanera con tan poco tiempo. Yo no tengo tus contactos.
—Una simple pizza bastará.
—En ese caso hay una pizzería aquí al lado. Pero no me puedo quedar demasiado rato, tengo mucho trabajo pendiente.
—También yo debo regresar pronto.
La comida y la charla animaron a Miriam. Comió con apetito y su mente olvidó por un rato la pesadilla que estaba viviendo. La conversación se mantuvo lejos de la desaparición de Sergio, centrándose en el trabajo de ambos.
Compartieron una pizza familiar, una botella de agua y Pablo insistió en que tomara un postre. Después, se despidieron en la puerta del restaurante con un nuevo abrazo lleno de sentimiento.
—Cuídate, ¿vale?
Miriam asintió.
—Lo haré.
—Y recuerda, si me necesitas, Huelva está a solo una hora en coche.
—Gracias.
Pablo alargó la mano y enjugó una lágrima que le empezaba a caer por la mejilla.
—No más llanto.
Ella sacudió la cabeza.
—No más llanto, te lo prometo.
Se alejaron cada uno en dirección a sus respectivos coches. Miriam, emocionada y Pablo sumamente alterado por los abrazos compartidos. La sensación cálida del cuerpo de Miriam entre sus brazos le hizo añorar aún más cosas que no podía tener.
En casa de los Figueroa vivieron de forma angustiosa durante un mes interminable. Miriam no sabía si a medida que pasaba el tiempo los tripulantes tenían más o menos posibilidades de salir vivos o no. No quería pensarlo, se limitaba a vivir cada día con la esperanza de que les liberasen cuanto antes.
Pablo estaba siendo de gran ayuda, la llamaba cada noche y le infundía las esperanzas que iba perdiendo durante el día, al comprobar que no tenían noticias. Ángel, en cambio, sumido en su nuevo trabajo, apenas había pasado por su casa un par de veces, y no durante mucho rato. No era un comportamiento inusual en él, pero debido a las circunstancias y al estado de ánimo de Miriam, esta se sentía bastante decepcionada.
Cuando al fin la llamada de que les habían liberado se produjo, mientras cenaban, se abrazó a sus padres llorando y se sintió incapaz de continuar comiendo. Se marchó corriendo a su habitación y cogió el móvil. Deslizó el dedo por la lista de contactos, pasando a Ángel y llamó a Pablo.
Él respondió de inmediato.
—Hola, Miriam, buenas noches.
—Hola, Pablo —dijo y la alegría se reflejaba en su voz—. Tengo buenas noticias, mi hermano y sus compañeros han sido liberados.
—Gracias a Dios. ¿Están bien?
—Sí, eso nos han dicho, aunque no hemos podido hablar con él. Pero en pocos días lo tendremos en casa.
—Me alegro muchísimo.
—Lo sé. Por eso has sido el primero a quien he llamado.
Por un momento se hizo un silencio en el teléfono.
—¿El primero? ¿Y tu novio?
—A él se lo diré mañana por la mañana. Es la hora de la cena y su madre es muy particular con los horarios.
—Entiendo.
—Y tú ¿cómo estás?
—Muy bien, terminando de cenar.
—Lamento haberte interrumpido, pero tenía que decírtelo.
—Me habría enfadado si no lo hubieras hecho.
—Pablo…
—¿Qué?
—No sabes lo que ha significado tu apoyo en estos momentos tan duros.
—Para eso estamos los amigos, ¿no? —Tuvo que morderse los labios para no añadir: «¿dónde demonios estaba tu novio? Era él quien debería haber estado a tu lado, aunque yo prefiera que hayas acudido a mí».
—Sí, supongo.
—No le des más vueltas, para mí ha sido un placer estar a tu lado en esto, y no dudes que estaré en cualquier otra cosa que necesites.
—Lo sé. Gracias, Pablo, infinitas gracias. Ahora te dejo que termines de cenar.
—No te preocupes por eso.
—Claro que sí, además, necesito llorar un poquito de alegría. A solas.
Pablo emitió una leve risita.
—De acuerdo. Buenas noches, Miriam.
—Buenas noches.
Colgó y se dispuso a meterse en la cama. Esa noche iba a dormir a pierna suelta, por primera vez en semanas. Antes de depositar el teléfono en la mesilla, sintió un poco de remordimientos y envió un WhatsApp a Ángel:
«Han liberado a Sergio. Se encuentra bien».
No lo vio de inmediato, pero apenas un cuarto de hora después el teléfono mostró las comillas azules que indicaban que el mensaje había sido leído y a continuación, la respuesta:
«Me alegro».
Nada más. Ni un mensaje más largo, ni una llamada para averiguar cómo estaba. Suspiró y se metió en la cama.
Confiaba en que ahora que todo volvía a la normalidad, su vida también lo hiciera.
Los nervios y la ansiedad le habían pasado factura durante el último mes. El estómago apenas le toleraba la comida, en cuanto comía algo más pesado de lo normal lo vomitaba. Segura de que se trataba de nervios y tensión lo había ocultado en casa, lo último que sus padres necesitaban era saberla enferma en aquellos momentos.