El viaje del ataúd maldito
A poco que uno se cuide de investigar sobre casos de vampirismo en España en la bibliografía existente, descubrirá que no hay prácticamente nada escrito. únicamente Miguel Gómez Aracil (ver bibliografía) ha tratado excesivamente de pasada tan interesante aspecto para quienes vivimos lejanos de Moldavia, Silesia o Valaquia.
El único suceso analizado con cierta extensión tal y como se indicó más arriba es el de Estruch, mientras que la referencia al Ugarés apenas ocupa seis líneas. También añade el autor: «Dejando Catalunya [sic], podemos hablar de algunos casos de vampirismo aislados en los Montes de Toledo, en plena época del Barroco, y en el siglo pasado, de un caso ocurrido cerca de Cartagena, originando por un noble servio, que atormentó y asustó algunas aldeas cercanas al importante puerto murciano»
Más adelante este mismo autor reproduce la silueta de la Península Ibérica, señalando con cruces y números autógrafos los diversos casos de Vampirismo en España ya citados pero añadiendo otras dos cruces para Calasparra y Santander no comentados en el texto por Aracil. ¿Qué subyace detrás de este mapa? Eso es lo que el autor se ha propuesto desvelar al lector, aunque solamente sea de forma indicativa.

En otoño de 1983, Miguel Aracil recibe cierta información sobre los trabajos de investigación de un abogado toledano residente en Madrid e interesado por la heráldica
El ataúd es devuelto a Cartagena al poco tiempo, donde se hace cargo de él un noble servio, que deja ver una falta casi total de medios económicos, puesto que durante unas noches -de día nadie lo logra ver
Miguel Montero de Espinosa [Montero de Espinosa, 1992] explica en un artículo dedicado al peligro del vampirismo publicado en la revista Ritos, dirigida en su momento por Miguel Aracil, que un cadáver balcánico apareció durante cierto tiempo en Cantabria en tiempos de la Primera Guerra Mundial hasta que un grupo de ocultistas decidió reunirse para combatirlo. Un testigo de aquella sesión refirió según Montero de Espinosa que «toda la estancia se llenó de un olor a podredumbre que apenas podía aguantarse, algo parecido a “carne podrida”. La temperatura disminuyó de manera alarmante. Se supone que unos quince grados (la sesión fue en plena canícula estival) y una de las personas asistentes cuyo nombre era Luisa, conocida médium de edad avanzada, estuvo a punto de desmayo, pues según ella, notó como todo el cuerpo parecía ser absorbido, y sus fuerzas desaparecían por varios puntos de su cuerpo, concretamente sus axilas y su plexo solar».
Un miembro de la asociación ACEF (Almería, Cataluña, España, Francia), organización que preside Miguel Gómez Aracil, señaló al autor de este libro que «sobre el extraño caso del vampiro o supuesto vampiro que acabó con varias muertes en diferentes lugares de España en el primer tercio de este siglo, tenemos conocimientos de que la documentación está en el archivo de Santillana de Mar (Cantabria)»
Esta es la información, en cierto grado contradictoria que de forma pasiva ha llegado hasta mi poder sobre tan morbosa narración. Pero escribir un libro es un motivo excelente para desempolvar maletas y actualizar conocimientos, y aunque poseedor desde tiempos ha de detalles sobre estos relatos, he querido de nuevo confirmar in situ aquello que es o ha sido y lo que no.
Como sea que la historia comienza en Cartagena, comienzo yo también en tal pago la reseña de aquello que se puede contar. Existen en dicha portuaria ciudad, dos cementerios para su uso corriente, siendo el más antiguo el de Nuestra Señora de los Remedios, en un extremo del barrio de Santa Lucia. El otro se conoce como San Antón, cogiendo su nombre todo el entorno. En los registros de dichos camposantos como es costumbre se hace constar fecha y hora de recepción de los difuntos, números de orden, datos personales del fallecido, tipo de enterramiento con anotación cronológica, tasas pagadas, así como observaciones.
Después de las comprobaciones oportunas puede afirmarse que no existe una entrada que corresponda a lo descrito en el informe remitido a Miguel Aracil. Señalar que si aparecen en dichos archivos algunas referencia a individuos desconocido que eran hallados muertos, como es le caso de un varón de unos 60 años enterrado el 20 de enero de 1915 a las trece horas de la tarde en clase general, por orden judicial. Pero como ocurrió con éste óbito, suelen terminar identificándose sin mayores dificultades. El lector tendrá en cuenta además que no se trataba de alguien no identificado, puesto que había sido reclamado desde La Coruña y luego se había hecho cargo del mismo un servio.
De responsabilizarse las autoridades de su entierro, tal y como se infiere del informe, correspondería a la tarifa general, con una tumba en el suelo con vigencia improrrogable de seis años, tras los cuales los restos pasan al osario común. Para evitar esto último debería haber costeado alguien un nuevo entierro, cosa inverosímil, por lo que no es posible que hoy permanezca tumba alguna del supuesto vampiro.
Fueron consultados diversos historiadores locales en busca de algún dato que pudiera corroborar al menos parte de la historia. Pero todo ha sido inútil. Los archivos de la Marina de Cartagena no aportan información alguna.
El jefe administrador de la Aduana Marítima de Cartagena informó que no se guardan documentos tan antiguos, puesto que los mismos son destruidos cada cierto tiempo. Expertos y administradores coinciden en que el ataúd a su llegada habría pasado por la aduana (procedía del extranjero), y deberían haberse presentado certificados sanitarios. Al regresar de La Coruña, y después de la desaparición del servio, el Gobernador habría publicado un aviso en el Diario Oficial de la Provincia para que se hiciesen cargo de su entierro. De todo esto no hay rastro alguno.
Una de las rutas para trasladar el cadáver de Cartagena a La Coruña bien podría pasar por Calasparra -donde no hay recuerdo o registro alguno de casos de vampirismo-, hacia Madrid. A una cincuentena de kilómetros al sur de Madrid, en la provincia de Toledo se encuentra Borox, un pueblo que escasamente supera los mil habitantes.
Sus vecinos viven muy orgullosos las glorias del toreo, y fue precisamente en un agradable establecimiento cuyo nombre evocan las corridas de bravos, Los Toriles, donde conocí al secretario del Ayuntamiento, quien tras invitarme cordialmente a escanciar algún brebaje con el que saciar mi sed, se ofreció a prestarme toda la colaboración posible.
No fue muy prometedor al principio puesto que nadie había jamás oído hablar de ese personaje llamado El Vampiro de Borox. Ricos en anécdotas toriles, se decepcionaban un poco los parroquianos por mi obsesión en tan descabellado tema. Pero al fin el amable secretario dio con una señora, sexagenaria que de pequeña había oído hablar del personaje. Sin recuerdos de más detalles por el paso de los años, solamente podía recordar que se trataba de un «hombre que chupaba la sangre» a sus congéneres.
Después de este pequeño éxito, me trasladé al club social para ancianos, en donde con gran amabilidad fui agasajado de atenciones, y ricamente informado sobre anécdotas e historias del pueblo y de la comarca de la Baja Sagra, mas nadie conocía la mórbida historia del vampiro. Hay quienes negaron tal narración con gran rotundidad por no haberla oído mentar jamás, aun y haberse criado en proximidad de mi querida informante.
Me marchaba de Borox con un relativo pesimismo, cuando el oportuno secretario me comunicó que otra fuente independiente confirmaba el recuerdo del Vampiro, pero que no estaba el anciano en disposición de mayor aporte de detalles. La leyenda del vampiro, fundamentada o no, había existido.
Las gestiones en Santillana del Mar y en Comillas fueron inútiles. No existe documento alguno en estas poblaciones cántabras que pueda aportar prueba alguna. Me resulta difícil de explicar, la extraña ruta que supuestamente llevaría ese ataúd de Madrid a La Coruña, para tener que desviarse a Cantabria. ¿O perseguía otros propósitos? ¿Huyó de la región como resultado de la conjura esotérica citada por Montero de Espinosa?
Desgraciadamente La Coruña no conserva rastro alguno del Paso del siniestro ataúd por sus tierras. Quizás este destino no era más que una excusa. Tras abandonar Cantabria, pudo muy bien dirigirse de nuevo al sur o al este sin tan siquiera pisar tierra gallega. Tampoco son más generosas en sus aportaciones Almería, Toledo o Alhama. Pero algo sí es seguro; en un pequeño pueblo toledano, terribles sucesos sangrientos -reales o imaginarios- forzaron a especular sobre El Vampiro de Borox.