Grecia y Roma

Estas dos culturas, ya sea por su mutua influencia o por el hecho que siempre han sido estudiadas como la cultura clásica, como si de una sola se tratase, nos presentan, probablemente, el vampiro más preciso que cualquier otro pueblo de la tierra nos pueda proporcionar. No hay lugar a dudas: se trata de un ser, humano en un primer instante, que en contacto íntimo con la muerte se transforma en bebedor de sangre. Hablamos de Lamia.

Desgraciadamente el desconocimiento del tema ha mermado hondamente el sentido verdadero del aspecto que aquí tratamos. Pierre Grimal distingue

[62] hasta cinco seres distintos, todos ellos conocidos bajo el nombre de Lamia o Lamias. Los aficionados a la mitología (y otros que en un primer momento nos parecerían algo más que simples aprendices) prefieren presentarnos a uno solo, bajo una amalgama de características, mezcla de las de cada una de las cinco originales.

Una, correspondería al equivalente de Lilith, otra sería un verdadero vampiro y una tercera se trataría de un sobrenombre de otro monstruo, también vampiro: el Gélô (Goul en francés). Las otras dos no tienen nada que ver ni con vampiros, ni siquiera con seres malignos.

La Lamia más conocida y cantada por los poetas clásicos era oriunda de Libia, hija de Belo y Libia. El dios Zeus, enamorado, se habría unido a ella. Pero los celos de Hera, la esposa de Zeus, la llevarían a vengarse en la criatura recién nacida, fruto de los amores de Zeus y Lamia. Algunas leyendas eternizan mucho más esta represalia diciendo que cada vez que Lamia traía un hijo de Zeus al mundo, Hera se las componía para que pereciese. Al fin Lamia, desesperada, fue a ocultarse en una cueva solitaria situada en el monte Cirfis, cerca de Delfos, en la Fócida (Grecia central). Aun así Hera no dejó de atormentarla y, por medio de un maleficio, la privó del sueño para el resto de sus días. La locura transformó a Lamia en un verdadero monstruo, envidiosa de la felicidad de cualquier madre y presta a paliar su desgracia robando sus hijos para devorarlos más tarde.

Zeus, aun enamorado, solo pudo concederle la gracia de poder quitarse los ojosy volver a ponérselos cuando ella lo precisara. Se decía que cuando se embriagaba de vino era inofensiva, pues dormía, dejando sus ojosen un recipiente a su lado. Pero al despertar, su rabia aumentaba, y como una sombra errante, vagaba día y noche, espiando a los recién nacidos, buscando el momento más propicio para abalanzarse sobre ellos, llevárselos y devorarlos en su refugio solitario e inhóspito.

Aristófanes, poeta cómico ateniense del siglo V a. J.C., nos describe elocuentemente éste monstruo andrógino a la sazón que defiende sus propias obras poéticas, como si lograr el reconocimiento literario representase un verdadero enfrentamiento a tan desagradable bestia:

«Antes que nada luchó [el poeta] con el propio monstruo colmilludo,

de cuyos ojos brillaban rayos más terribles que los de Cina

[63] (…)

y tenía voz de un torrente paridor de muerte

y un aliento de foca, cojones sin lavar de Lamia y culo de camello.»

[64]

Igualmente se ha dicho que el nombre de Lamia proviene de la palabra Lamios, que significa voracidad. Pero también se designaban Lamias a unos genios femeninos que se asían con fuerza a los jóvenes y no les dejaban hasta haberles absorbido toda la sangre. La literatura griega nos ha dejado numerosas historias al respecto, entre ellas las de Menipo de Licia, un joven filósofo que cayó en los brazos de una extranjera que decía poseer una gran fortuna y que lo amaba. Apolonio de Tiana, destacado filósofo y amigo de Menipo, asiste a la boda y con sus artes de la disertación consigue descubrir la verdadera identidad de la amante de su amigo:

«Y para que sepáis lo que quiero decir, la buena movía es una de la empusas, a las que la gente considera lamias o mormolicias

[65]. Esas pueden amar, y aman los placeres sexuales, pero sobre todo la carne humana, y seducen con los placeres sexuales a quienes desean devorar.»

Tras esto, todos los objetos, sirvientes y decorado de la novia desaparecen y:

«…la aparición pareció echarse a llorar y pedía que no se la torturara ni se la forzara a reconocer lo que era. Al insistir Apolonio y no dejarla escapar, reconoció que era una empusa y que cebaba de placeres a Menipo con vistas a devorar su cuerpo, pues acostumbraba a comer cuerpos hermosos y jóvenes porque la sangre de éstos era pura.»

[66]

Por último, Gélô, también conocido como Lamia, era el alma en pena de una muchacha procedente de la isla de Lesbos, que había muerto joven y que volviendo del más allá, se aparecía con la intención de raptar a los niños. La razón de incluirlo aquí estriba en que se trata del demonio sumerio Gélô y que más tarde sería recogido por el Islam (véase más abajo).

En Roma «hay unos pájaros voraces (…) [que] tienen una cabeza grande, ojos fijos, picos aptos para la rapiña, las plumas blancas y anzuelos por uñas. Vuelan de noche y atacan a los niños, desamparados de nodriza, y maltratan sus cuerpos, que desgarran en la cuna. Dicen que desgarran con el pico las vísceras de quien todavía es lactante y tienen las fauces llenas de la sangre que beben. Su nombre es Striges; pero la razón de este nombre es que acostumbra a graznar (stridere) de noche en forma escalofriante»

[67]. Con el tiempo, por tratarse de aves nocturnas, dicho concepto se mezcló fácilmente con el del depredador noctívago por excelencia: la lechuza, lo cual ha contribuido que tarde o temprano se terminara designando a ésta última como la Estrige, fundiéndose así con el mito del vampiro
[68].

Contra el Strix (nombre latino del Estrige) se tomaban medidas apotrópicas, relacionadas con la magia simpática, como eran los sacrificios sucedáneos o las bendiciones de dinteles y postigos. Por ello, lo adecuado, era invocar a la ninfa Crane o Crana, quien poseía el poder mágico sobre los goznes de las puertas, poder que ejercía con ayuda de una rama de oxiacanta florida (o sea, un espino), rama mágica destinada a eliminar todo maleficio de las aberturas de las casas, como representaban, en este caso, los vampiros Estriges. Si por el contrario se pretendía ahuyentarlos con violencia sólo se conseguía acrecentar su peligrosidad.

Crana era una ninfa que vivía en el lugar donde más tarde se construiría Roma, su misión era ahuyentar a los vampiros, esas aves semihumanas que acuden a chupetear la sangre de los recién nacidos cuando la nodriza les deja solos en la cuna. Ovidio cuenta que ella salvó de una muerte segura al mismo rey Procas (bisabuelo de Rómulo y Remo), cuando éste contaba solo cinco años.

«…llegaron [los Estriges] a meterse en la habitación de Proca. Éste, que había nacido en dicha habitación, era con sus cinco años de edad un botín fresco para los pájaros, que chuparon el pecho del niño con sus lenguas voraces; el desgraciado muchacho daba vagidos y pedía socorro. Asustada por la voz de su pupilo acudió corriendo la nodriza y halló sus mejillas arañadas por las aceradas uñas.»

Desesperados, padres y nodriza, acuden a la ninfa Crana para que evite una nueva visita de los vampiros que podría acabar irremisiblemente con la vida del pequeño:

[Crana] «tocó tres veces consecutivas las jambas de la puerta con hojas de madroño, tres veces con hojas de madroño señaló el umbral. Salpicó con agua la entrada (el agua también era medicinal) y sostenía las entrañas crudas de una marrana de dos meses. Y dijo del siguiente modo: “pájaros nocturnos, respetad el cuerpo del niño; por un pequeño es sacrificada una víctima pequeña. Tomad, os lo ruego, corazón por corazón y entrañas por entrañas. Esta vida os entregamos por otra mejor”. Cuando hubo sacrificado de esta manera, colocó al aire libre las entrañas partidas y prohibió a los que estaban presentes en la ceremonia volver la vista atrás. Colocó una vara de Jano, tomada de la espina blanca, donde una pequeña ventana daba luz a la habitación. Cuentan que, con posterioridad a aquel rito, los pájaros no ultrajaron la cuna, y el niño recobró el color que antes tenía»

[69].

Tanto Lamia, que es de origen griego, como Estrige, romano, han sobrevivido a lo largo de los siglos, encontrándonos en diferentes épocas distintos seres a los que se ha convenido en llamar de idéntica manera. Las Lamias entre los demonólogos de la Edad Media podían ser desde Lilith hasta las brujas, pasando por los efialtes, los demonios incubos que por la noche se posaban sobre los durmientes dándoles la sensación de ahogo. Y, naturalmente, siempre estuvo ligado al concepto de vampiro (véase Las tradiciones propias en España en Vampirismo en España).

Muchos autores también han incluido en el mismo saco a otros seres a los cuales se les ha atribuido características vampíricas, como son las Empusas, las Onoscelides u Onoscelotes y las Sirenas. He preferido excluirlos pues hay que señalar que éstos seres responden más a casos de necrofagia que no a verdaderos hematófagos.

Convendría también apuntar el testimonio que nos proporciona Plinio sobre la costumbre, en Roma, de beber la sangre de los gladiadores caídos en las luchas que se disputaban en el foro del anfiteatro.