DIECISIETE
Cuando volvió al auto estaba tan excitado con el sobre que llevaba entre sus manos, que pensó que eso de «volver al trabajo y entrar con mala cara, y decir que ahora se sentía mejor», era una quimera. Acomodó el sobre en el asiento de al lado y se sentó al volante. No necesitó mucho tiempo para tomar la decisión, porque cuando menos se lo pensaba estaba buscando dónde aparcar, cerca de la plazoleta. Se dirigió a su guarida a paso veloz, presuroso, todo él estaba acelerado. Pulsó el botón del ascensor pero no tuvo paciencia y en dos zancadas estaba en su casa. Casi jadeando se sentó en la mesa de la sala y abrió el sobre. Sacó las listas y las dispuso en orden, año por año, luego abrió la carpeta donde tenía el listado de los vecinos de los edificios y tachó los departamentos que daban atrás, entonces empezó a cotejar datos. Al rato de ir comparando los quince vecinos del inmueble con los listados de la Facultad ya se sabía los vecinos de memoria. Así estuvo un tiempo, mirando una hoja y cotejándola con las otras, el trabajo era mareante, no era nada sencillo, él retenía el nombre del primer vecino y lo iba comprobando, primero con la lista de los profesores que habían sido compañeros de ella, y después hoja por hoja con cada uno de los alumnos de las dos asignaturas en las que había sido profesora durante diez años su protegida, Margarita Bassand, y más que complicado era tedioso, porque en diez años dos asignaturas eran muchos alumnos. Sin embargo no pasó mucho tiempo que saltó la liebre: era el noveno vecino de la lista del edificio de al lado, el del 3.º A, Román Argutti decía, y coincidía exactamente con un alumno, otro Román Argutti que había hecho Teoría de la Historia en el año 52, además con ese apellido no podía haber fallos, era un apellido raro en la población, él nunca lo había escuchado antes. «¡Así que es un alumno!», —exclamó. La excitación escaló varios enteros, de pronto tomó consciencia que había localizado el domicilio del intruso, y no era poco, no solo era todo un acontecimiento, sino que, paralelo a la excitación que lo desbordaba, su autoestima alcanzaba cotas que no recordaba haber vivido antes, este no era un simple trabajo de «robacartas», que tampoco quería desmerecer, pero ahora, esta labor de espía y detective al mismo tiempo, lo ensalzaba aun más, y además lo impulsaba a seguir en la misma senda, ya encontraría nuevos retos donde desarrollar esta nueva profesión que había culminado su primer trabajo con tanto éxito. Encendió un cigarrillo y se sirvió un whisky. Demasiado temprano para beber, pero lo necesitaba, la excitación estaba al máximo. Tenía el nombre del individuo y sabía el departamento donde vivía, lo tenía en sus manos, pero no lo conocía, por otra parte el tipo seguiría echando cartas a la señora obligándolo a seguir buzoneando cada día. Identificarlo se le ocurrió como imprescindible antes de decidirse a tomar cualquier acción. Podría ir a su domicilio y hacerse pasar por un vendedor ambulante, de libros por ejemplo, y tocar el timbre y tener la suerte que saliera él, aunque en realidad no sabía si el tipo vivía solo o alguien más habitaba la vivienda, además, pensó luego con cierta reserva, no era una buena idea dar la cara, hacerse conocer por el intruso era de alguna manera dejar el anonimato, debía ser prudente en cuanto a esa cuestión, debía seguir siendo un desconocido, un ser anónimo, e inmediatamente desechó la idea. Era evidente que el trabajo no estaba concluido y que todo se hacía más difícil a medida que avanzaba, a medida que progresaba en la investigación, y cuando parecía que más cerca lo tenía, más obstáculos aparecían en el horizonte. No hacía todavía un mes que habitaba el departamento, y salvo los camareros de la cafetería, el presidente de la comunidad del edificio de al lado con el que había ido a hablar para pedirle el listado, y quizás alguna dependienta del supermercado, para el resto de los vecinos de la zona era un extraño, era, por así decirlo, un ser anónimo en el barrio, y eso le daba una ventaja, podía deambular con la tranquilidad del forastero, un desconocido por todos. Eran las once y media de la mañana y se le ocurrió bajar a la calle y localizar desde la acera el departamento donde vivía el intruso. No estaba mal la idea. Como buen espía que era tenía que empezar por el principio, comenzaría por estudiar el terreno, eso siempre lo había visto así en las películas. Cuando bajó, desde la acera de su edificio disimuladamente dirigió la mirada al bloque vecino. De costado y desde la posición que tenía adivinó el 3.º A, en el otro edificio era el que estaba encima del suyo. Cruzó la calle y se fue a la esquina del supermercado, se mezcló con la gente que entraba y salía, y disimuladamente clavó la mirada en el departamento, de allí la visión era más certera, pero dada su ubicación, oblicua desde donde estaba, seguía sin tener una visión clara. Encaró la marcha por la acera de enfrente hacia la otra esquina. Al pasar por la casa de la señora lo tendría de frente, allí sí fijaría su atención.
Un pequeño balcón igual que él tenía en el suyo le descubrió una mesa y un par de sillas de jardín, más atrás el mismo ventanal con unas cortinas que a esa hora permanecían cerradas, por lo demás no vio nada que le llamara la atención. Volvió a cruzar la calle, hacia su edificio, y se fue hasta la cafetería. Se sentó afuera en una mesa que le permitía, aunque de refilón, ver el balcón del departamento en cuestión. Pidió un café y se hizo de un periódico. Simularía que leía pero tendría los ojos puestos en el balcón, por si aparecía el tipo y por fin lo pudiera conocer. Conocerlo era importante porque una vez descubierto podría seguirlo y enterarse de algunos aspectos de su vida privada, pequeñas cosas personales que podrían resultar importantes a la hora de tomar alguna acción contra él. En sus manos estaba enterarlo que había sido descubierto, una carta por ejemplo, y luego ver cómo reaccionaba, quizás solo esta acción pudiera ser suficiente para que el tipo dejara de amenazar a su protegida. Debía tener paciencia, y a la vez ser muy cauto, nadie debía ni siquiera sospechar que estaba detrás de él, y menos el personaje en cuestión, incluso que no lo pudiera reconocer ni siquiera como vecino. Trabajar en la clandestinidad sería la base de su triunfo.
El día estaba soleado y era un placer a esa hora del día estar allí sentado, cuando el frío dejaba paso a la calidez de los rayos del sol. La decisión estaba tomada, no iría a la oficina, ya se había hecho demasiado tarde, esta vez se imponía la determinación de continuar con la investigación, no en vano se había convertido en espía. Ahora que ya tenía localizado el departamento debía pasar a la segunda fase, tal como lo había pensado, necesitaba reconocerlo, saber de quién se trataba. Desechada la idea de ir personalmente a tocar el timbre para tentar la suerte por si salía a atenderle, se le ocurrió que teniendo todo el día libre, desde donde estaba sentado podía vigilar el balcón todo el tiempo que fuera necesario, y si bien era un albur, existía la posibilidad que saliese al balcón y lo pudiera ver, y luego, una vez identificado, en cuanto tuviera oportunidad, seguirlo, como se lo había propuesto. En esas meditaciones estaba cuando cayó en la cuenta que le faltaban unos días para que se venciese el mes de alquiler, tendría que llamar a la propietaria para acordar el próximo pago. Se puso a pensar en la Paca y el asedio que había sufrido, y que él con maestría había sabido sortear, sin embargo tuvo que reconocer que tuvo sus momentos de debilidad, cuando ella empeñada como estaba le hacía carantoñas mientras le entornaba los ojos y le mandaba sendas indirectas que él supo interpretar perfectamente. Hasta se dio el lujo de pensar que cuando terminase «su trabajo» podría intentar alguna aventura con la Paca, ya que esta no le había desagradado, todo lo contrario, sus voluptuosas carnes lo habían llegado a excitar, lo recordaba muy bien, no dejaba de tener su atractivo, seguramente había sido una mujer hermosa en su juventud, y aunque ya rayaría los sesenta, aun conservaba sus encantos, que ella ahora sabía muy bien exhibir, con sus pinturas y sus labios rojo carmesí, y sus escotes, y su manera de andar sensual, moviendo su culo grande hacia un lado y hacia el otro. Sin embargo todas estas tentaciones que lo ocuparon en su momento, quedaron relegados al olvido con la visión de la señora, cuando en su habitación se quitaba la ropa hasta desnudarse toda. Eso lo había hechizado obnubilando sus anteriores anhelos, porque ahora sus pensamientos estaban dirigidos a ella y solo a ella. Además seguía en pie la necesidad de que la guarida quedara libre de extraños, también de la Paca, y que pudieran ser descubiertas sus actividades de espía, con el peligro que ello entrañaba. Así estaba, en la terraza de la cafetería tomando el cálido sol de invierno en un extraño mediodía de trabajo, meditando sobre la Paca y las intenciones de esta de compartir algo más que un contrato de alquiler, mirando el periódico sin ver, cuando de pronto se dio cuenta que había distraído la vigilancia al balcón, inmediatamente dirigió su mirada, y de pronto lo vio, porque ahí estaba, o bien pensó que pudiera ser él, porque apoyado en la barandilla destacaba un personaje en bata blanca, de barba recortada, mucho pelo y algo despeinado, le pareció moreno de piel, ya pasado los cuarenta, y con un cigarrillo entre los dedos; se lo imaginó recién levantado de dormir, y sacó una primera conclusión rápida y a la ligera, porque, o trabajaba de noche y recién se levantaba, o era un noctámbulo que vivía del cuento, o vaya a saber uno de qué, y también recién se levantaba. No lo podía asegurar, pero quizás estaba ante el detestable intruso. Alzó el periódico hasta los ojos permitiéndole ver por encima, y se lo puso a estudiar, tratando de captar sus rasgos y cualquier otra característica que resaltase. Desde la posición desde donde él estaba, un poco de costado y a unos cuarenta metros de distancia, si bien la visión no era la más adecuada, bien podía sacar algunas conclusiones. La bata blanca del intruso atacada por el sol desatacaba de los grises del invierno, y era posible ver con cierta luminosidad las facciones de maleante que tenía el truhan. Pero poco más. Tenía que actuar, probablemente era el tipo que buscaba, no sabía cuántos y quiénes vivían en la morada, y no tenía una visión acabada de él, y necesitaba grabarlo en su mente para poder hacer un seguimiento sin dudas, sin incertidumbres. Rápidamente se levantó y pagó el café, cruzó la calle hacia el supermercado mientras con el rabillo del ojo no lo dejaba de escrutar, ahora que estaba en la entrada del super lo tenía más de frente, se plantó y disimuladamente se lo quedó mirando, no era difícil la simulación de mirar sin ser descubierto, porque aunque no le dirigía la mirada directamente, sus ojos estaban clavados en el personaje, conocía este trabajo cuando rondaba los buzones el día antes del atraco, cuando hacía las incursiones por el barrio y estudiaba el buzón: nunca lo miraba de frente, pasaba frente a él con la cabeza dirigida hacia adelante, pero con los ojos fijos en el buzón, ya se había convertido en una costumbre eso de dirigir la cabeza a un sitio diferente a donde dirigía sus ojos, a veces desconcertaba a sus propios compañeros de trabajo, no lo podía negar, le hacía gracia esta particularidad, incluso una vez lo llegó a desconcertar al propio director, lo recordaba muy bien cuando aquella vez este le dijo:
—¿Me está escuchando Paulino?, es que ni siquiera sé si me está mirando…,
—Disculpe Sr director, —le contestó aquella vez—. Ud. perdone, a veces aunque lo parezca, no lo es, —y se despachó con una sonrisa conciliadora.
Aunque aun de costado y a la misma distancia que antes, ahora lo tenía más de frente, giró por la acera hacia la otra esquina para pasar bien frente a él, al cruzar por la casa de su protegida lo tuvo casi de frente, volvió a las mismas artes que antes, sin enderezar la cabeza directamente al balcón sus ojos se clavaron en él: efectivamente la cara era de un truhan, no se había equivocado, achinaba los ojitos cuando clavaba la vista en algo, o cuando el humo del cigarrillo se deslizaba ante sus ojos, su piel era menos morena de la que había imaginado desde la cafetería, y la barba recortada, el pelo negro y los ojos del mismo color combinaban bien en esa cara mitad arrogante y mitad simpática, seductora. De estatura mediana y de complexión fuerte le dio unos cuarenta o cuarenta y tantos años, pero necesitaba una visión más directa, aunque fuera solo por un momento, para retenerlo en la retina y fotografiarlo en su mente, y fue un instante, pero el necesario para guardar la visión exacta del individuo, ahora sí, alzó la mirada, giró la cabeza y lo miró de frente, justo en ese momento el tipo no estaba atento, fue una suerte, porque no lo estaba mirando, y él quería seguir en el anonimato total, en la clandestinidad propia de los espías, pero ahora lo pudo ver bien, tenía todo el aspecto de un perfecto vividor, un parásito de tres al cuarto, no le cupo ninguna duda, tenía que ser él. Inmediatamente giró su cabeza hacia adelante y siguió andando, ya lo tenía calado, ahora solo tenía que corroborar que este tipo era el tal Román Argutti. Si tuviera el teléfono podría llamar y preguntar por él, si lo atendía no habría dudas. Primero miraría en la guía telefónica, por si aparecía. Por fortuna no habría muchos Argutti, no era un apellido común, luego estaba el presidente de la comunidad, con él ya había estado reunido y había congeniado, podría volver a él y pedirle el teléfono de todos los vecinos, estaba seguro que cedería a tal petición, aunque en el fondo preferiría no tener que insistir, y que nunca lo pudieran relacionar con alguna acción que pudiera tomar en el futuro contra el intruso. Mientras divagaba en estos pensamientos inconscientemente había dado la vuelta a la manzana. De pronto se vio en la misma esquina del supermercado, miró al balcón y el tipo había desaparecido. Entró al super y compró una barra de pan. Subió a su departamento y se dispuso a comer algo, un súbito ataque de hambre le hizo olvidar por un momento los planes que estaba urdiendo. Abrió una cerveza y se hizo un sándwich. Al rato retomó sus pensamientos anteriores, porque ahora tocaba confirmar la identidad del vecino, y a medio comer se levantó y fue por la guía de teléfonos, como lo había pensado. Entre bocados y tragos de cerveza comenzó a buscar, la abrió en la A, y luego de un rato lo encontró, allí estaba, Argutti, Roman, calle R…, número 4, bloque B, 3.º piso A, teléfono: 7… Anotó el teléfono en un papel y lo dejó encima de la mesa. Era muy muy probable que el tipo con cara de truhan que había visto en el balcón fuera el tal Roman Argutti, pero aun no lo podía asegurar, no sabía en realidad quiénes vivían en el departamento. Volvió al sándwich y se trazó un plan. Volvería a la cafetería, volvería a vigilar desde la última mesa, como lo había hecho antes, estaría atento al balcón del intruso. Quizás pudiera descubrir con quién vivía, lo más probable una mujer, además casi descartaba que pudiera haber niños. Había algo más, con un poco de suerte esperaría verlo salir a la calle, existía la posibilidad que se dirigiese a la cafetería, y él estaría allí esperándolo, allí lo podría visionar en toda su inmensidad, tendría una idea de su fisonomía, además quizás pudiera adivinar con qué clase de tipo se tenía que enfrentar, valían los gestos, la mirada, sí, la mirada solía descubrir muchas cosas, pequeñas sutilezas que él sabía muy bien interpretar. Podría apreciar si el tipo era un arrogante, un soberbio, o por el contrario se trataba simplemente de un seductor, o ambas cosas, y que detrás de la mascarada de muchacho simpaticón se escondiera un verdadero delincuente, el abanico era amplio, no lo podía negar, pero él sabía de estas cosas, se tenía que emplear a fondo. En realidad esa esquina, con la cafetería en la punta, el supermercado enfrente, la plazoleta con las paradas de todos los buses que pasaban por allí, y los negocios de los dos bloques de edificios, habían conformado un microcentro en el barrio, donde la actividad comercial y el ajetreo excitaban los sentidos y donde más se concitaban las tertulias y los encuentros entre vecinos. Por eso Paulino pensaba que si el tipo salía a la calle se dirigiría a la única y bien ubicada cafetería de los alrededores. Permaneció sentado sin dejar de observar, siempre con el rabillo del ojo, el balcón ahora vacío. De pronto un movimiento le llamó la atención, se abrió una puerta y apareció una mujer, la veía de costado, casi de refilón, como la vez anterior con el truhan, pero pudo adivinar sus formas, se trataba de una mujer joven, más joven que el intruso, una vaporosa cabellera negra le llegaba hasta los hombros, ahora dirigió su mirada hacia la cafetería, Paulino se cubrió el rostro con el periódico y observó por encima, la veía de frente, el rostro ovalado enmarcaba unas facciones bonitas, aunque la distancia no le permitía reparar en pequeños detalles, sí pudo observar que se trataba de una hermosa mujer, no pasó mucho tiempo que volvió a entrar y cerrar la puerta. ¿Sería su pareja, o una amiga, o su compinche?, vaya uno a saber, ¿viviría allí con él o estaría de visita?, no podía imaginar otras cosas. Y aunque convencido que el tipo que había visto antes era el Román Argutti, lo tenía que confirmar. Se le ocurrió la siguiente idea: tenía el teléfono del departamento, cuando lo viera bajar —si es que en algún momento bajaba a la cafetería— llamaría por teléfono a su departamento y preguntaría por él, esperaría la respuesta. La idea era buena, no lo podía negar, se estaba comportando como un verdadero espía, o un verdadero detective, a veces dudaba, porque se le mezclaban los roles, y al final no sabía muy bien a que jugaba. Ahora le quedaba esperar allí sentado, haciendo que leía el periódico mientras bebía un café tras otro, como si estuviera de guardia, hasta verlo aparecer. Era temprano aun, y tenía toda la tarde por delante, aunque tampoco podría obstinarse en la mesa porque despertaría sospechas.
Cuando pasaron dos horas se levantó, pagó la consumición y se dirigió a su departamento. Cuando entró lo primero que hizo fue instalarse en su balcón. Se llevó una cerveza y se dispuso a esperar, haría la vigilancia desde allí. A eso de las seis el sol comenzó a apagarse sigilosamente, la temperatura bajó abruptamente, y en esas estaba, comenzando a calarse de frío, cuando de pronto lo vio salir del edificio, era él, no había duda, la misma barba recortada, el mismo pelo negro suelto ahora echado hacia atrás, la misma mirada de tramposo seductor. En el momento se echó hacia atrás, para que no lo viera, luego se asomó con mucha cautela y lo vio pasar por debajo, sin duda iba a la cafetería, ahora ya de espalda lo observó con detenimiento, y fue como una sacudida, porque sin estar completamente seguro que se trataba de su personaje, sintió hacia él un profundo odio, no soportaba el andar presumido que llevaba, la cabeza alta, la barbilla apuntando adelante, los movimientos de sus manos cuando se echaba el pelo hacia atrás. Lo odiaba de manera rotunda, era un ser despreciable, no lo soportaba. Vestía una chaqueta azul sobre una camisa blanca, lo supo bien por los puños y el cuello sin corbata que le sobresalían, luego unos pantalones grises, y encima un elegante abrigo de cachemir. Vestía como un señor. «No de tu bolsillo, sinvergüenza», se animó a decir en voz baja, mientras lo vio entrar en la cafetería.
Inmediatamente entró y se fue hasta el teléfono, se fijó en el papel con el número que ya había anotado y llamó:
—¿Hola?, —sonó del otro lado una voz melosa.
—Sí, me podría poner con Román, Román Argutti
—¿Quién le habla?
—Bueno, yo soy un compañero del colegio, de hace muchos años, era para saludarlo, porque me fui de la ciudad y voy a estar por acá unos días, me llamo Carlos.
—¡Ay!, ¡Acaba de salir! ¿Por qué no prueba más tarde?
—Bueno, si me da tiempo lo llamo, no tiene importancia, era solo para saludarlo, después de tantos años, el tiempo pasa volando, estoy acá y parece que no hubieran pasado los años, bueno, encantado de hablar con Ud.
—Encantado, le voy a decir que Ud. llamó.
—Muy bien, hasta luego.
Ya lo tenía. Era él. Bajaría a la cafetería. Quería observarlo con más detenimiento, tener una idea clara de sus facciones y sus gestos, tenía que bajar y sentarse en algún sitio desde donde lo pudiera ver claramente pero de manera disimulada, sin llamar la atención. Se calzó un abrigo y bajó a la cafetería. El frío había despoblado la terraza. Apenas entró lo vio. Estaba en una mesa con dos más, a los que se les notaba la baja calaña que tenían, no por las vestiduras, porque eran de su mismo estilo, sino por las propias facciones, por las formas, las maneras de discurrir, de hablar con las manos, moviéndolas con aspaviento, los tres fumaban, y los tres bebían, pensó que era whisky. Se sentó en el lateral de la barra, desde allí los podía ver con claridad sin ser visto. El tipo movía las manos aparatosamente mientras hablaba, dándose aires de sabelotodo, de tipo enterado, los otros dos escuchaban, a veces lo interpelaban, también con las manos, mientras uno de ellos, uno de pelo rubio, asentía con la cabeza, el otro le daba la espalda y no podía ver sus facciones, y tampoco si articulaba palabra. Como lo tenía bien de frente lo podía ver bien. Hubiera querido fotografiarlo, no ya por la necesidad de tener una foto suya, sino por el placer que le dispensaba tener su foto, y poder archivarla junto a las de su protegida, digamos que completaría un álbum, y escribiría una historia, una historia real y documentada, sería algo así como una obra de arte del espionaje, la obra de arte más consumada de todas las que había llevado a la práctica; y aunque estaba totalmente abstraído con estos pensamientos, sabía que no podía llevarlos a cabo, para su desgracia era una estupidez, un simple sueño, de todos modos no necesitaba ninguna fotografía, lo tenía grabado en su mente, ya nunca más olvidaría su rostro. Ensimismado como estaba comenzó a hacer una recopilación de lo que había sido la investigación en la que estaba inmerso: había llegado a descubrir al que escribió esa primera carta que lo había dejado pasmado, aquella primera vez que saqueó el buzón de Margarita Bassand, lo recordaba muy bien. En realidad se sentía orgulloso del trabajo bien hecho, con tanta paciencia y perseverancia, y por qué no decirlo, también con mucha astucia e inteligencia. Reforzado en su autoestima, de pronto sintió unas ansias incontenibles de obtener una fotografía suya, era algo así como una forma de burlarse de él y de desprecio hacia ser tan ruin. Se puso a pensar: la máquina llevaba zoom, y apostado por ejemplo en la plazoleta, sentado en uno de sus cómodos bancos, desde lejos, con suficiente luz, y mucho disimulo, podría tirarle un par de fotos, solo tenía que coincidir que él bajara a la cafetería, y cuando lo viese aparecer, clack, clack, un par de disparos, una de la cara solamente, y la otra, alejando un poco el zoom, de cuerpo entero. En ese momento, entusiasmado por este nuevo cometido que se había impuesto se sintió reconfortado. Ahora se pediría un café y luego se marcharía a su departamento, por hoy era suficiente.