SIETE

Con el correr de los años, aunque seguía manteniendo la agilidad de sus dedos, la mano se fue tornando cada vez más grande, y eso le supuso un aumento en las dificultades que ya de por sí tenía la sustracción de las cartas a través de la abertura de los buzones. A veces recordaba con añoranza los tiempos de la niñez, cuando era capaz de introducir en algunos buzones la mano entera, y luego más adelante, en la época de estudiante, con su mano más desarrollada pero estilizada, en algunos casos llegaba, aunque la mayor de las veces con esfuerzo, y con alguna magulladura, llegar a asir casi todas las cartas. Aunque no había perdido la destreza, al contrario, en esto había ganado muchos enteros, se daba cuenta que había perdido en condición física. Los dedos, no solo no se habían alargado, como él había pensado, a base de entrenamiento y masajes con complicados linimentos, sino que al contrario, ahora le parecían algo más rechonchos, igual que el resto de su cuerpo, lo que complicaba de sobre manera el buzoneo, única actividad que verdaderamente lo ilusionaba y lo hacía feliz, porque Paulino no tenía otros objetivos en su vida que lo pudieran complacer, y solo suspiraba por sustraer cartas en los buzones, y luego en una operación de destreza en su estudio abrirlas con la máxima delicadeza y recrearse leyéndolas. Pero el agrandamiento natural de su mano había comenzado a complicar su trabajo, trabajo que cada vez con más frecuencia solía acabar en grandes frustraciones, y ello le producía un gran abatimiento que difícilmente podía superar, porque las noches de prostitutas y alcohol en los bares de copas donde lo conocían y donde terminaba los fines de semana no lograban devolverle completamente el humor. Tenía que resolver de alguna manera este contratiempo que cada vez se hacía más acuciante, porque se veía en un callejón sin salida que minaba su estado de ánimo y le quitaba el propio sentido a su vida. Llegó a la triste conclusión que se había quedado sin respuestas, sin argumentos, que estaba en un callejón sin salida, y que debía hacer algo, sus manos ya no le eran útiles, sus dedos se habían vuelto toscos, y por nada del mundo estaba dispuesto a dejar su afición favorita, esta que le había dado tantas satisfacciones, tantas alegrías. Inmerso en un sentimiento mezcla de enfado y pesadumbre, se sirvió un whisky con hielo y encendió un cigarrillo. Se sentó en el balcón que daba al vecindario y desde su quinto piso fue siguiendo las luces de las ventanas del vecindario, de las farolas de las calles, de los autos que aun circulaban por la ciudad. Mientras así estaba, se quedó ensimismado intentando encontrar alguna solución al negro panorama que se abría ante él.

Cuando Paulino se enfrascaba en la lectura de las cartas que tenía archivadas vivía con intenso realismo las vicisitudes que allí aparecían. No todas las cartas manuscritas que él guardaba tenían como temática principal sucesos dramáticos, como podían ser el rompimiento de una relación sentimental, los reproches de una dama despechada, o la recriminación mutua en un noviazgo, algunas eran de carácter nimio, y eran cartas amigables que no iban más allá del hecho de que habían sido robadas. Pero las que más le atraían eran las de carácter intrigante y que se correspondían con sucesos trágicos y dramáticos, fundamentalmente referidos a cuestiones amorosas. Y él se recreaba en esta cuestión, porque las leía una y otra vez, reviviendo con total realismo el drama desatado en la misiva, asumiendo el rol del escribiente a veces o el rol del receptor en otras, tomando partido por alguna de las dos partes, entonces, a la par de la lectura él entristecía y languidecía, o se llenaba de furia y de ira.

«Estimada y queridísima Carol. Sé que estas líneas que ahora te escribo pueden llegar a causarte un dolor que no deseo ¡Tan lejos estoy yo de querer producirte algún daño!, ¡Dios me maldiga si sucediera algo así! Porque siempre he estado entregado a tus pies, porque has sido mi adoración y mi abnegación, Carol de mi alma, cuántas noches en solitario he pasado en vela solo imaginando tus ojos en medio de la negrura, recordando tu respiración jadeante, evocando tu perfume y la fragancia de tu piel. Pero ahora te tengo que confiar, que por asuntos muy serios y reservados que no puedo desvelar, un largo viaje a través del mundo me espera, y estaré ausente mucho tiempo, pero el suficiente como para replantearnos nuestra relación, y a fuer de ser sincero, no me importa el daño que yo mismo me inflija, pero nunca me perdonaría dañarte a ti, mi pequeña y amada Carol. Tampoco quiero que por esperarme puedas perder la oportunidad de conocer otra gente mi querida Carol, gente preferible a quien te escribe estas líneas, que por las obligaciones contraídas, se ve obligado a cumplir, y partir, y quizás por mucho mucho tiempo. No quiero que me sigas, no quiero que me busques, yo ya estoy perdido corroyéndome por dentro porque bien sé todo lo que pierdo perdiéndote. Pero así de malsana es la vida, así ha sido ella conmigo, mi querida y amada Carol. No me busques. No me sigas. Deja que el negro manto del olvido caiga sobre mí. Tu siempre amado, el Conde Landeiro».

Esa vez, cuando Paulino terminó de leer la carta, inmediatamente intuyó que el tal Landeiro era un hipócrita embustero de mucho cuidado que había estado engañando a la pobre Carol, a la que presumía, según leía la misiva, totalmente seducida por el conde, y que este había abusado de su confianza y seguramente ya habría encontrado otra a quien engañar y ahora solo le quedaba desprenderse de ella. Entonces experimentaba una verdadera furia contra el tal Conde Landeiro. Comenzaba por insultarlo en voz alta y le recriminaba el abuso que había cometido contra ella quien seducida por las falsedades y las promesas de este había caído en sus garras. Casi siempre, cuando leía este tipo de cartas, salía con rabia del estudio, luego se servía un whisky, encendía un cigarrillo y comenzaba a caminar la sala de punta a punta, mientras que imaginando al tunante frente a sí, lo abroncaba insultándolo, como si este estuviera allí presente, y señalando con el dedo la imagen imaginaria del bribón no dejaba de incriminarlo por el engaño cometido. Así de esta manera Paulino vivía apasionadamente las correspondencias que él hurtaba y que nunca llegaban a su verdadero destino, cambiando, sin ser consciente de ello, el desenlace de las relaciones que él interceptaba, porque nunca se detuvo a pensar en las consecuencias que traía que una carta de esta naturaleza no llegara al destinatario. Ajeno totalmente a la trascendencia que tenía el interferir una correspondencia cuyo alcance él no podía conocer, ya que desconocía la verdadera historia que rodeaba a la misma, él tejía con mucha facilidad y gracias a su imaginación, una fábula que solo en su mente existía, y en base esa novela que él imaginaba, culpaba a uno y excusaba al otro, haciéndose juez y parte al mismo tiempo. En el caso de la carta del Conde Landeiro a la tal Carol, el hecho de que Carol no hubiera recibido dicha correspondencia descolocaba totalmente a la enamorada, porque desconocedora del plante de Landeiro, ella continuaría manteniendo la misma relación de mujer enamorada exigiéndole a su amante la misma presencia, las mismas atenciones, y la misma deferencia. Por otra parte el tal Landeiro creyendo que Carol, su amante, había recibido la misiva, no entendería el comportamiento de ella, que seguía conduciéndose «como si nada hubiera ocurrido», confundiéndolo. Un encuentro entre ambos sería puro desconcierto, para él porque no entendería como ella no «acusaba el golpe», y para ella porque no comprendería la actitud de sorpresa de su amado, que además se mostraría, además de indiferente, desorientado y confuso. «¿Qué te ocurre conde mío? ¡Que hoy te quiero más que nunca, mi amor, ven, bésame!», mientras lujuriosa lo agarraba de las solapas de la chaqueta y lo atraía hacia sí mientras le insinuaba los labios, porque estaba enamorada y llena de pasión, y lo que más deseaba esa noche era tenerlo consigo. Él intentando desprenderse de ella, y mirando el reloj, porque a las once lo esperaba «la otra», y sin entender nada, le preguntaría un poco aturdido, «¿Recibiste mi carta Carol?». Todas estas cosas no se imaginaba Paulino, no tenía consciencia del trastorno que causaba al apoderarse de cartas que sí tenían trascendencia en el pequeño mundo que conformaban el escribiente y el receptor de una misiva. Inclusive las cartas aparentemente intrascendentes como podían ser las misivas amigables entre dos amigos, y que para él no tenían ningún atractivo especial, también estas cartas «desaparecidas» podían afectar una relación de amistad.

«Hola Juan. Te escribo estas líneas desde el convencimiento que la discusión que tuvimos hace ya un tiempo no deberían terminar con una amistad de tantos años, cultivada desde la niñez y continuada en el colegio. He estado pensando que deberíamos encontrarnos y arreglar este malentendido que nos ha desunido. Quiero que sepas que estoy dispuesto a reconocer mi falta y por eso te pido que aceptes mis disculpas y podamos continuar con nuestra hermosa relación de tantos años. Te paso mi nueva dirección y mi nuevo teléfono. Si no me llamas tendré que admitir que quieres dar por terminada nuestra amistad. Pedro, quien te estima».

«Hola Joaquín. No sé si te acordarás de mí, del colegio, yo soy Jorge Paniagua, nos hemos puesto en contacto varios ex-alumnos, hemos conseguido tu dirección y vamos a hacer una cena de reencuentro, será muy lindo porque volveremos a recordar tiempos pasados, te imaginas volver a encontrarnos todos, la vamos a pasar muy bien. Para confirmarme tu asistencia llámame al teléfono 6…

Un gustazo volver a estar en contacto, tu ex-compañero de clase, Jorge»

Pero esas otras, las más intrascendentes según él, provocaban la mayor parte de las veces perjuicios también graves, que él en su mente enferma era incapaz de asumir, porque en su mundo, en un acto de egoísmo extremo del que no era realmente consciente, solo importaba él y solo él, y no contaban «los otros», porque su meta, su verdadero propósito, no era más que el de adueñarse de las cartas ajenas, porque para él una carta era antes que nada una confesión, una confidencia, y el hurto de la carta era una manera de apoderarse ya no de un objeto por el objeto en sí, sino de una parte de la esencia de los protagonistas. De tanto leer y releer las cartas, llegado un punto, les llegaba incluso a conocer la letra a los escribientes, y además sacaba conclusiones muy particulares que su mente imaginaba, por ejemplo, si la letra era muy refinada y pareja él presumía que se trataba de una persona culta, cuando a ese tipo de letra le acompañaban unas mayúsculas muy ornamentadas, muy floridas, intuía que además de culto era una persona distinguida, por el contrario letras desgarbadas y desordenadas le daban la pauta que se trataba de personas poco cultivadas, y ni que decir cuando había faltas de ortografía. Y todas estas cosas él las tomaba en cuenta y estaba falsamente convencido que era una manera de conocer la personalidad y el carácter de los escribientes. Pero una vez ocurrió que leyendo un periódico en su casa vio un anuncio que le llamó poderosamente la atención, decía en letras mayúsculas lo siguiente: CURSO DE GRAFOLOGÍA, y luego en letra cursiva más abajo: Conozca a las personas por la letra. Y ahí dio un respingo. ¡Eso era magnífico! ¡Era lo que le faltaba!, y siguió leyendo: «Aprenda Análisis Grafológico para identificar el estado psicológico y las características de la personalidad de las personas». Luego daba una dirección y un teléfono para apuntarse al citado curso. Se levantó y se dirigió al estudio, allí en la biblioteca tenía una enciclopedia, buscó «grafología», sacó el tomo que correspondía y se sentó en el escritorio. Cuando encontró la palabra leyó: «Pseudociencia que pretende describir la personalidad del individuo, su carácter, su equilibrio mental, sus emociones y su inteligencia». «Esto es lo que necesito», se dijo Paulino, ya ansioso por lo que estaba leyendo. «Me da igual que sea una pseudociencia, es más, seguro que eso lo dicen los detractores, los médicos y los psicólogos, porque ven la competencia, ja, si voy a ser tonto, mañana llamo y me apunto al curso». Así fue como Paulino se anotó en el Curso de Grafología, curso que duró seis meses y que, demás está decir, fue el mejor alumno de la clase. Al mes ya se creía capaz de descifrar cualquier escritura, por eso comenzó a practicar con las cartas que tenía guardadas. En solitario, en su casa, sacaba las cartas que tenía archivadas y practicaba sobre ellas, sin saber si realmente eran correctas sus deducciones y sus diagnósticos, cosa que no le importaba mucho, porque él además de estar convencido de su habilidad y su destreza, daba por seguro que sus conclusiones eran las acertadas. Así de rotundo se mostraba Paulino sobre las cosas que se referían a su profesión. Cuando terminó el curso, en una pequeña ceremonia después de la cena de fin de curso, con las autoridades de la academia, se formalizó la entrega de diplomas, esa noche muy orgulloso recibió el suyo; nunca olvidará cuando fue llamado y emocionado hubo de pasar al frente a recogerlo de mano del director, en el momento de la entrega recibió además una pequeña placa por haber tenido el mejor puntaje entre todos, esa vez, embargado por la emoción se le hizo un nudo en la garganta y se le empañaron los ojos; luego hizo enmarcar el diploma y, cómo no, lo colgó en la pared frente al escritorio, justo al lado del plano de la ciudad donde programaba las excursiones a los buzones. De alguna manera comenzó a creerse que la posesión de dicho diploma le daba un carácter oficial a su actividad, como el médico, o el abogado, que cuelgan sus diplomas en sus despachos confirmando que están legalmente constituidos para ejercer su profesión. Por eso la tenencia de este título significó para él un salto cualitativo importante. Hasta ese momento él consideraba que su actividad, si bien no constituía un delito, —eso pensaba—, sí rayaba lo ilícito, por eso el miedo a ser descubierto, pero a partir del diploma, comenzó a hacerse a la idea que si bien su actividad debía seguir manteniéndola en secreto, hasta cierto punto lo avalaba el diploma que ahora tenía colgado en su estudio.

Los conocimientos de Grafología le permitieron agregar otro informe, distinto al que ya habitualmente hacía para describir el robo en sí. En otra hoja aparte, bajo el título de Estudio Grafológico, hacía primero un pequeño resumen del carácter de la carta, una especie de compendio del contenido de la misma, por ejemplo, ponía algo así: «Esta es una carta en la que se puede ver el desconsuelo de una mujer herida en sus sentimientos por haber sido traicionada por su amante. Los protagonistas son… y podemos intuir… si leemos con detenimiento la narración… que además del abatimiento que muestra la dama… deja traslucir también un deseo de venganza». Luego más abajo se explayaba en el estudio grafológico propiamente dicho, y allí hacía las consideraciones necesarias que él estimaba oportunas respecto a la personalidad, el carácter, la inteligencia, y otras peculiaridades del individuo que había escrito la carta. Y así daba por finalizado el informe.