DOCE
Aunque cada vez que meditaba sobre su protegida la comenzó a llamar de manera familiar la señora, en realidad no la conocía. No tenía idea de su aspecto físico ni de las circunstancias que la rodeaban, no sabía si era rubia o morena, alta o baja, obesa o delgada, tampoco sabía su edad, o si vivía sola, o en pareja, o si tenía hijos. Así y todo, en su imaginación, él creó una imagen por la que había comenzado a sentir un cierto afecto, y que se reflejaba por el sentimiento de protección que había nacido hacia ella, sentimiento que al fin y al cabo lo había inducido a meterse en el embrollo en el que estaba metido. Pero no iba a cejar en su empeño, se sentía muy comprometido, y estaba dispuesto a llegar hasta el final.
Dado que había sido profesora de la Facultad y ahora trabajaba en el Consejo de Investigación de Historia, se la imaginaba como una señora que rayaría los cincuenta, por el propio trabajo que tenía la suponía una mujer culta, también ganaría dinero, por lo que vestiría bien, a la moda, y no sabía muy bien por qué, pero se la figuraba no muy alta, cabello y ojos negros, cara ovalada, rasgos suaves, era en su pensamiento, el ideal de mujer. ¿Sería realmente así como se la había imaginado? ¿O se sorprendería al conocerla, porque no concordaba en nada ni en su aspecto físico ni en sus facciones, como él pensaba? De más está decir que según su imaginación ella vivía sola en su casa, no tenía marido ni hijos, y según la carta, tenía un perro. Todas estas fantasías acrecentaban el sentimiento de afecto que sentía por ella. Él, al final de cuentas, era un hombre soltero, y en el fondo, sujeto a enamorarse. No está demás decir, que pese a ser renuente a toda relación que le impusiera algún tipo de límites al libre albedrío del que disponía, de alguna manera sufría la orfandad de su departamento, siempre vacío, mudo, con la soledad esperándolo cada noche, cuando volvía de su trabajo. Cuando se aposentaba en la ventana de la cocina y ponía al alcance de sus ojos el barrio entero, y observaba las calles, los edificios, y las casas vecinas, imaginaba detrás de cada pared, de cada ventana, de cada puerta, parejas, familias, hijos correteando, y entonces, un dejo de amargura lo recorría por dentro. Luego se conformaba, porque se adentraba a la sala, se servía un whisky, encendía un cigarrillo, y se ponía a ver la televisión, y él mismo se complacía cuando decía en voz baja: «No hay nada como ser dueño de uno mismo». Pero ahora se le presentaba un nuevo reto, y tenía que resolver el problema que se había creado, totalmente novedoso en su actividad de saqueador de buzones, y del que se sentía involucrado. Era probable que el maldito intruso dejara pasar unos días antes de volver a amenazarla, eso le daba margen para estudiar qué recursos pondría en juego para vigilar lo más estrechamente posible la casa en cuestión. Inmediatamente dedujo que la vigilancia que debía ejercer para cazar al intruso estaba lejos de ser una tarea sencilla. Uno de los primeros problemas que entrevió fue que apostarse cada noche, —vaya a saber cuántas noches—, en la esquina o en algún sitio cercano, sin posibilidad de ocultarse, sería como delatarse a sí mismo, porque el intruso ante la presencia de un extraño no actuaría, la otra cuestión se relacionaba con los propios vecinos, estos, ver a alguien merodear cada noche por los alrededores, les despertaría sospechas, y no sería nada raro que en un caso así llamaran a la policía. Todos estos enigmas eran los que debía resolver si quería llevar a buen término la meta que se había fijado: descubrir al intruso.
Al otro día lo despertaron las campanadas de una iglesia. Abrió los ojos y miró el reloj, daban las nueve. Desconcertado se incorporó e inmediatamente tomó consciencia de su nuevo desafío, y eso lo despabiló. La ducha lo terminó por despejar. Mientras tomaba el desayuno intentó planear el día. No sería un día cualquiera. Tuvo la percepción que el reto que tenía por delante lo había sobrepasado. Era sábado por la mañana, y aunque hacía frío lucía un sol resplandeciente, por eso lo primero que se le ocurrió fue salir a caminar, le vendría bien, las mejores ideas se le ocurrían cuando paseaba y su mente vagaba entre el eco de sus pasos de hombre solitario. Fue no bien salir que tuvo la certeza que debía visitar la zona, el barrio en cuestión. Dado que era sábado daba por descontado que habría actividad en la barriada. Aunque él ya había estado antes, ahora se imponía un análisis más profundo, tenía que estudiar desde dónde podía ejercer la observación sin ser visto —por el momento sin atisbo de solución, según él pensaba—. Él recordaba, cuando hizo el estudio de la zona, que frente a la casa donde había encontrado la carta amenazante había unos bloques de edificios con negocios abajo, pero no había reparado con detenimiento en los detalles. Además existía la posibilidad de conocer a la protagonista principal de la historia, quizás la viera salir de su casa, no la conocía, y conocerla se le ocurrió de interés para la investigación. Del personaje solo sabía su nombre, y por ello que era mujer, todo lo demás rayaba en la ignorancia, en el desconocimiento, el resto, venía de su imaginación. Se fue derecho al auto e hizo lo que la última vez, lo dejó en el mismo sitio, un poco alejado, para no llamar la atención, y a paso corto y aparentando una total indiferencia se fue directo a la calle en cuestión. Llegó a la esquina opuesta y se detuvo. La casa estaba en el otro extremo de la calzada, que terminaba en una plazoleta amplia y arbolada. Aguzó la mirada y dio un pantallazo general de la zona, quería recoger todos los detalles que su aguda mirada le proporcionaba, porque siendo sábado y a esta hora de la mañana, —serían eso de las once—, la calle desplegaba una frenética actividad de barrio con comercios abiertos, chicos jugando en las aceras, y madres y vecinas que de manera despreocupada hacían las compras en las tiendas y negocios cercanos. Fingiendo desinterés, lentamente se fue acercando, sin perder de vista todo el paisaje que se le ofrecía a sus ojos. Frente a «la casa» se levantaban erguidos los dos bloques de edificios que ya había observado en la visita anterior, y por lo que veía, eran modernos, no muy altos, uno pegado al otro, y en los bajos una galería común a ambos con locales comerciales. Junto al último bloque, y haciendo esquina, una cafetería, grande y nueva, y enfrente, también en la esquina, un supermercado, seguramente el que mencionaba la carta, y al lado «la casa». Se notaba, que no hacía mucho de la construcción de los edificios, pero desentonaban con el resto de la barriada, al principio la gente se rebeló contra esa novedad, porque en el barrio todas las casas eran un poco coquetas, con jardín delante y su reja y su buzón, pero se venían tiempos nuevos, y la falta de espacio llevaría a muchas innovaciones en las ciudades, y la gente terminó por acostumbrarse y aceptar este tipo de edificación que chocaba con el resto. El hecho de que ambos bloques tuvieran una galería comercial con locales abajo provocó la llegada de negocios que nadie antes podría haber imaginado, y estos le dieron un ajetreo al barrio que antes no tenía. Se instalaron en ellos una pequeña boutique, —recién estaban comenzando a ponerse de moda en el centro de la ciudad—, una casa de pastas frescas, —ya no tendrían que ir al otro barrio a comprar estas exquisiteces italianas—, una mercería que tampoco había, una casa de ropa para niños, y una zapatería. Quedaban aun dos locales vacios, los más internos, los menos atractivos, pero viendo el movimiento que se veía, pronto serían ocupados. Paulino, en su despreocupada caminata, iba absorbiendo con su abierta mente todos los detalles del sitio en cuestión. En la cafetería, allí los hombres compartían mesa café por medio, entre charla y charla, algunos jugaban al dominó, y otros, los más solitarios, se enfrascaban con algún periódico del día. Hasta allí se llegó Paulino y se pidió un café. Se llevó un periódico y se sentó afuera, el sol de invierno a esa hora del día invitaba, y además de allí podía observar perfectamente «la casa», y pegado el supermercado. La calle terminaba en la hermosa, grande y arbolada plazoleta que estaba rodeada por una acera desde donde se desprendían senderos diagonales que la cruzaban y confluían en el medio en una bella y adornada fuente de agua. Viendo el movimiento que tenía el barrio se reafirmó que el maldito intruso necesariamente actuaría de noche, sería muy arriesgado durante el día llegarse al buzón e introducir una carta. Después de simular que leía el periódico, se terminó el café y se levantó. Cruzó la calle y se instaló en la esquina de enfrente, donde estaba el supermercado, allí era donde hacía las compras la señora. El hecho de estar pisando el terreno donde se desarrollarían los próximos acontecimientos le produjo un cierto placer, no en vano ahora hacía de espía, nadie podía negarlo, y cuanto más se adentraba en los vericuetos de la investigación, más gusto le sacaba a su nuevo trabajo, a su nueva tarea. Este pensamiento que él disfrutaba con verdadero deleite por un momento aplacó sus nervios, aunque solo fue por un momento, porque el problema seguía allí sin resolver, la misión de someter la casa a una observación continuada durante la noche y durante varias noches, —no sabía cuántas—, sin ser visto, no tenía solución. Por más que miraba a uno y otro lado, por más que centraba su atención en diferentes sitios desde donde otear y esconderse al mismo tiempo, todo era en vano. Con este pensamiento entró al supermercado y lo recorrió por dentro. Se fue primero a la pescadería, donde la señora compraba el pescado, y después se fue a la zona de los vinos, se los quedó mirando, en la misiva el amenazador le advertía que en la próxima carta le indicaría qué vino blanco solía llevar. Al rato salió y comenzó a recorrer la calle. Al pasar frente a «la casa» lo hizo con lentitud, quería imbuirse de todos los detalles posibles de la morada, por ello fijó su máxima atención, recogiendo toda la información posible. La casa estaba más atrás, por delante se notaba que había un jardín, porque sobresaliendo del alto muro que lo separaba de la calle asomaban por arriba las copas de dos árboles, uno a cada lado. En el medio del muro una puerta de hierro hacía de entrada impidiendo la total visión del interior, y al lado y sujeto a la pared el famoso buzón. Mientras pasaba frente a él lo miró con insistencia, y un atisbo de odio hacia el intruso le emergió de lo más profundo, ese era «su» buzón, y no aceptaba ninguna injerencia. El techo a dos aguas de tejas color pizarra de la casa surgía por arriba y la destacaban de las otras, que aunque también atractivas, no tenían, según su propia opinión, el porte de esta. Siguió caminando hasta la otra esquina y cuando llegó decidió dar toda la vuelta a la manzana, volvería a encontrarse con el supermercado, en la cafetería de enfrente quizás se tomara otro café, y luego volvería a pasar por el frente de la casa, en principio, debía familiarizarse con la zona, tomar contacto, ello le facilitaría las cosas, inclusive si en algún momento debía salir corriendo disparado de alguien. Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos por encontrar una solución a la vigilancia, comenzó a hacerse a la idea de la imposibilidad de su cometido. Le recordó cuando estuvo a punto de renunciar a su afición de roba cartas porque sus manos habían dejado de serle útiles. Recordó cuando de manera fortuita halló la solución con el descubrimiento de «la letal». Pero ahora estaba en una encrucijada, y no veía la solución, y eso lo atormentaba. Eran esos los momentos en los que la angustia lo sobrepasaba, se daba cuenta por el dolor que sentía en la boca del estómago y la sensación de nauseas que no lo dejaban en paz. Se veía en un callejón sin salida, del cual no podía ni sabía cómo salir. Cuando dio la vuelta a la manzana y se volvió a encontrar con el súper entró y compró una barra de pan, tenía que disimular. Luego cruzó y en la cafetería se pidió otro café. Se volvió a sentar en la calle, el sol le daba de lleno, se sintió acariciado por la calidez de sus rayos, por un momento gozó de este placer, y así se quedó un rato, haciendo que leía el mismo periódico, mientras le seguía dando vueltas en la cabeza el dilema que lo apabullaba. Terminó el café y ansioso se levantó de la mesa. Se dirigió nuevamente al supermercado, no sabía muy bien qué hacer. Perseguido por su paranoia temió que estos pases por el barrio durante toda la mañana llamaran la atención, porque iba y venía, del supermercado al café, del café al supermercado, luego la casa, la vuelta a la manzana. Por un momento creyó que todos lo observaban, y que pudieran desvelar sus intenciones. Volvió a pasar por el frente de la casa pero no se animó a mirar, aunque lo más que podía ver era el alto muro y la puerta de hierro, cerrándole toda posibilidad a poder ver dentro, algo que con tanta ansiedad deseaba. Volvió a cruzar al frente, donde estaba la galería de los edificios, y se metió en la mercería, aprovecharía y compraría aguja e hilo de coser blanco, recordó que los necesitaba, pero ya no sabía qué hacer para seguir justificando su presencia en el barrio. Pero fue al salir de la mercería que giró la cabeza hacia adentro, y en el mismo portal de entrada del edificio de la izquierda, le llamó la atención un cartelito pegado al cristal que decía: «Se alquila departamento, un dormitorio, precio asequible», y luego el teléfono. Se quedó estupefacto. ¡Allí estaba la solución! Una intensa emoción lo embargó por dentro. Alquilaría el departamento. Dinero no le faltaba, era soltero, poco ambicioso, lo habían ascendido y le habían aumentado el sueldo, igualmente sería poco tiempo, ¿un mes quizás?, ¿dos?, no le importaba, pero había encontrado al fin la salvación, la providencia quiso darle una oportunidad, eso pensó de inmediato; sacó unas monedas del bolsillo y con una ansiedad que ya conocía se fue a la cabina telefónica que estaba en la plazoleta, allí mismo con el número grabado en su memoria discó:
—¡Hola! ¿Quién habla?, —lo atendió una voz de mujer
—Sí, mire, he visto que tiene en alquiler un departamento, en la calle R…, en el edificio que está al lado de una cafetería, estoy interesado en él.
—¡Ah, sí!, es muy bonito ese departamento, es un segundo piso, ¿para cuántas personas?
—Mire, soy solo, es solo para mí.
—¡Ah!, muy bien, para una persona o una pareja es lo ideal, tiene un dormitorio y una salita muy linda que da a la calle, le gustará.
—Es lo que necesito, me gustaría verlo.
—Mire, hoy es sábado, si le viene bien puede ser esta misma tarde, ¿a las seis le va bien?
—Sí, sí, me va muy bien, —contestó casi temblando de emoción Paulino, que no se podía creer lo que le estaba ocurriendo.
Se volvió a su coche casi corriendo. La ansiedad que le producía el encuentro que iba a tener con la propietaria en unas pocas horas, unido a la sensación de euforia que lo acompañaba, lo mantenía en vilo. Cuando arribó a su departamento miró la hora en el reloj de pared y contó cuántas horas le restaban para la ansiada entrevista. Estaba a un paso de resolver el primer obstáculo serio desde que ejercía de espía, y aunque todo «pintaba» bien, aun debía ver si el departamento reunía las condiciones necesarias para poder espiar desde allí, y luego arreglar con la propietaria, porque aunque lo necesitaba por poco tiempo, había pensado entre uno y dos meses, lo más probable es que tuviera que arreglar por el año entero, pero poco le importaba, la propietaria le había dicho que daba a la calle, y desde allí tendría seguramente la mejor visión que podía esperar, y sin ser visto por nadie, que era lo que más le preocupaba, porque ya se imaginaba, detrás de la ventana, oteando todo el horizonte que esta le permitiera. Y todo esto lo mantenía en vilo, con el estómago cerrado, con un nerviosismo in crescendo que lo instaba a fumar sin parar y recorrer la sala de punta a punta hasta que se hiciese la hora de partir para el encuentro. Contra todo pronóstico se acercó a la nevera y sacó un fiambre para hacerse un sándwich, porque así y todo la sensación de vacío en el estómago le producía un malestar que quería evitar, abrió una cerveza y entre trago y trago devoró el sándwich. Se intentó recostar para calmarse pero no pudo. No pasaron cinco minutos que ya estaba de pie con otro cigarrillo y recorriendo la sala. Cuando el reloj dio las cinco y cuarto se preparó para salir. Se aseó como pudo, se lavó los dientes y se volvió a engominar el poco pelo que le quedaba. Se cambió de camisa, se puso corbata y una chaqueta nueva que había comprado hacía poco. Quería ir lo más elegante posible, debía inspirar confianza desde el primer instante, si lo conseguía, todo iría sobre ruedas. Alquilar el departamento le resultaba vital. A las cinco y media salió con el coche y se dirigió a su «probable» nuevo barrio. Lo volvió a dejar en el mismo sitio y de allí a pie. Como llegó más temprano se sentó en la cafetería y volvió a pedir un café. Cuando se hicieron las seis se dirigió a la puerta del edificio. Unos minutos después una señora regordeta y que no pasaría los sesenta se presentó, era la propietaria, iba muy bien vestida, con los labios muy pintados, de un rojo carmesí.
—¿Es Ud. el interesado?, —le dijo dándole a la voz un tono muy refinado.
—El mismo, —respondió Paulino, despachándose con una amplia y simpática sonrisa.
—Entonces entremos, es el 2.º A, lo más importante es que lo vea y le guste, aunque, de que le guste, ¡de eso estoy segura!, —se pavoneó la mujer, y se giró hacia adentro dándole una media vuelta al culo grande que tenía mientras entornaba llamativamente los ojos.
Era un segundo piso con ascensor, y cuando entró al departamento quedó deslumbrado, porque aunque pequeño, —una sala, un baño, una diminuta cocina y el dormitorio, y el dormitorio y la sala daban a un balcón a la calle—, estaba decorado con muy buen gusto y reducido a lo esencial, digamos que a diferencia de su departamento, este era muy moderno, de paredes blancas casi relucientes, y las aberturas, puertas y ventanas, eran de calidad, el mobiliario a su vez también era nuevo: las sillas y la mesa de la sala, de colores claros, el sofá, que al tacto daba una sensación de calidez, el televisor enfrente, incluso tenía teléfono, moderno y vanguardista, y los muebles de la cocina que daban la impresión de ser flamantes, y todo tenía el aspecto de estar muy limpio y pulcro, y hasta las cortinas eran novedosas, porque al lado de las lamas colgaba una barra que girándola a derecha o izquierda estas se ponían horizontales o verticales, permitiendo tener una perfecta vista del exterior y dejando entrar toda la luz, o bien cerrando toda posibilidad a la luminosidad externa y convirtiendo la sala en un ambiente íntimo, aun conservando una meridiana claridad.
De inmediato se fue a la ventana y desde allí pudo apreciar de lleno «la casa» de sus desvelos en toda su plenitud. Desde allí divisó el buzón, «su buzón», y pudo traspasar los altos muros y la puerta de hierro, descubriendo adelante un jardín, que dividido a derecha e izquierda por un sendero de lozas blancas, lo ocupaban dos sendos árboles, uno a cada lado, y vio entre sus ramas, ahora sin hojas por la temporada invernal, la casa entera, con sus paredes lisas de color arena, en medio una puerta de madera maciza y bien acabada, con un farolito encima, dándole un aire señorial al conjunto, y a ambos lados de la puerta dos grandes ventanales con sus cortinas descorridas que le permitían ver, no sin cierta dificultad por el ramaje de los árboles, el interior, haciéndole imaginar un ambiente soleado, con mucha luminosidad. Por entre las ramas trató de mirar dentro, pero no observó ningún movimiento, todo era quietud. No se imaginaba mejor sitio para espiar. Era perfecto. Además, que la vigilancia tuviera que hacerla en invierno era una verdadera suerte, ya que en temporada estival o en primavera el follaje de los árboles le impediría cualquier tipo de visión de la casa. Estudió por un momento el mecanismo de la cortina de lamas, muy original por cierto, él lo desconocía, pero era justo lo que necesitaba para ver sin ser visto. Digamos que a poco de haber visionado el departamento, se dio cuenta que era ideal para la misión que tenía por delante. Se giró y se dirigió a la mujer, que lo observaba detenidamente, como estudiándolo, para ella siempre era importante la primera impresión que le causaba su futuro inquilino, no quería tener problemas con los pagos, y luego de observarlo con detalle se dijo para sí, «Debe estar por los sesenta o un poco más, me da confianza, está bien vestido, impresiona bien, me gusta», fue entonces cuando Paulino, con una amabilidad sobreactuada, le expresó, aunque sin abundar en los elogios, —eso podía subir el precio del alquiler—, que el departamento le parecía bonito y que era lo que estaba buscando.
—Ud. sabe, he visto otros departamentos, y están, o mal decorados, —y comenzó a describir el suyo propio, que tenía los mismos muebles de antaño, viejos, pasados de moda, la tapicería de las sillas y del propio sofá, con algunas puntas deshilachadas, daban la impresión de ser de otro siglo, y las paredes con los mismos papeles pintados que él mismo había hecho poner, y las cortinas, que nunca habían sido renovadas, y no digamos los muebles de la cocina, y el resto del mobiliario, y entonces continuó—: o tienen una mala distribución, o son demasiado grandes, o demasiado viejos, en fin, y este departamento, —siguió Paulino—, aunque pequeño, —en algo lo tenía que desacreditar, por eso del precio—, me parece moderno y bien cuidado. ¿Cuánto pide, si se puede saber? —preguntó sin cejar en seguir con su amplia sonrisa.
—¿Estamos hablando de un contrato de un año, o más…? —volvió a canturrear la mujer, que le daba a su voz un tono que subía y bajaba como haciéndose la jovenzuela.
Aunque Paulino pensaba que no lo iba a necesitar más que por un par de meses, siguió adelante, no podía ni siquiera pensar en perder ese punto de vigilancia, y por nada del mundo lo dejaría escapar.
—Mire, sería por un año, luego si me gusta el barrio y me acostumbro al departamento ya veríamos de renovar el contrato por más tiempo, —mintió Paulino, que no veía la hora de estar en posesión de la morada para montar todo lo necesario, porque ya había comenzado a pensar en comprarse un catalejos, o quizás mejor, un telescopio, eso lo había visto en las películas de espías, inclusive podría ver de adaptar la máquina de fotos en un trípode, para poder hacer fotos y tener una constancia fotográfica, en ese caso también las encarpetaría y las archivaría, pero compraría carpetas diferentes a las amarillas que él tenía para guardar las cartas y las fotos y los informes de los asaltos a los buzones, esta actividad era muy distinta al robo de los buzones, esto era espionaje puro y duro—, se decía estúpidamente, —tendrían que ser de otro color que contraste con el amarillo de las otras carpetas, porque Paulino ahora se sentía espía al completo, y vivía esta etapa de su vida como si pudiera tener continuidad, aunque no se había planteado, que una vez acabada su misión, no tendría qué espiar.
—Perfecto, —le contestó la mujer con una amplia sonrisa de satisfacción, porque le había caído bien el personaje, además, nunca se sabía, por lo visto era soltero, y podía aprovecharse de esa circunstancia, digamos que su viudez no la hacían inaccesible, sino todo lo contrario, tan luego ella, que desde que se había quedado viuda y sola buscaba con ahínco alguna novedad que distrajera y alegrara sus carnes—. Podríamos firmar el contrato mañana, si le va bien, —le dijo toda vaporosa y entornando sus ojos como solía hacer cuando se ponía cariñosa—, aunque mañana es domingo, y a lo mejor Ud. tiene compromisos, —le endosó a la medida de intentar entresacarle sus obligaciones, por si las tenía—, y una pregunta, ¿será Ud. solo o vendrá con su pareja?, porque ¿pareja tendrá, supongo?, —le dijo con cierta incertidumbre en un último afán de conocer si podía hurgar en ese terreno.
Paulino, que estaba atento a cada palabra de su interlocutora, se dio cuenta de las intenciones de la propietaria, —a partir de este momento para sí le comenzó a llamar impúdicamente «la cazadora»—, intenciones que no eran otras que además de alquilar su departamento, tirar el anzuelo por si su futuro inquilino «picaba», porque en su soledad de viuda alegre y festiva, su carne pedía carne, y él, su inquilino, le había caído bien. Paulino se la imaginó sola y buscona, y no la subestimó, todo lo contrario, porque al final de cuentas él tampoco era un mozalbete, y a cierta edad poco importaba ser muy exclusivo. Pero la intimidad que necesitaba en el piso para poder espiar con la tranquilidad que requería el caso entraba en confrontación con cualquier posibilidad de aceptar a nadie que se pudiera inmiscuir y pudiera descubrir sus secretos. Había que tener en cuenta que él, apenas vio el piso y todas las posibilidades que tenía para la observación que pensaba hacer, concluyó que debía equiparlo, tal cual lo había visto en las películas de espionaje, con un telescopio y un trípode para su cámara de fotos, esto lo había llegado a entusiasmar muchísimo, y ya había pensado que el lunes mismo se pondría en campaña para adquirir estos instrumentos, ya había meditado que se debía traer el vaporizador para abrir las cartas, y las pinzas, y todo esto era incompatible con alentar cualquier tipo de relación con la propietaria que no sea solo la de inquilino, sin ningún otro tipo de confianza, porque necesitaba del total secretismo que su nueva aventura le exigía, y no se lo podía permitir. Entonces le contestó, como para disuadirla de cualquier intentona:
—No, estaré solo en el piso porque vengo a la ciudad a hacer un estudio para una orden religiosa, por ahora es un secreto que no puedo desvelar, pero más adelante, cuando se saquen las conclusiones y la orden me lo autorice, la comunidad se verá fortalecida en su espíritu y en su corazón, y además quizás me destinen a esta ciudad, uno nunca sabe, en ese caso, este sería el piso apropiado para mí, —mintió descaradamente Paulino que de esta manera, haciéndose pasar por un religioso, quería ahuyentar a la propietaria a que quisiera intimar con él.
—¡Ah! ¡Así que Ud. pertenece a una orden religiosa! ¡Bueno! ¡Habérmelo dicho!, jajaja, —se sonrió sin dejar de entornar los ojos y de hacerle carantoñas a Paulino—, en ese caso no me podría confesar con Ud., —siguió muy animada—, ¡porque ahora que ya lo conozco me daría vergüenza!, ¡¡Jajaja!! ¡Soy muy pecadora, sabe!, —y siguió riéndose y bajándole los ojos.
Paulino, ahora, no daba crédito a lo que escuchaba, porque la propietaria muy lejos de amilanarse, tal cual él pretendía, seguía con los ataques, sin importarle la autoridad moral de la que supuestamente él tenía, entonces puso cara de cura y la observó calvo y fingiendo una sonrisa, —así debía ser, ella debía interpretar que la sonrisa del futuro inquilino era fingida, para dar más credibilidad que se trataba de un señor muy decoroso pero al mismo tiempo muy amable y respetuoso, aunque no lo conseguía, porque la propietaria seguía en sus trece con sus caritas de mujer mimosa y alocada. Se empezó a preocupar Paulino, que veía que el departamento que con tanto júbilo había descubierto y que estaba a un tris de alquilar podía verse invadido por la «cazadora», —como la llamaba desde que había descubierto sus afanes—, esta lo intentaba seducir y vaya a saber cómo reaccionaría si él finalmente no aceptaba sus requerimientos, podría decirse, —cavilaba Paulino—, que lo estaba chantajeando, pero aunque él deseaba con toda su alma ese departamento, no podía permitir que en el alquiler fueran incluidas las visitas, aun esporádicas, de su casera, esta desvelaría todos sus secretos, y además él allí estaría abocado al cien por cien a las tareas por las que alquilaba el susodicho inmueble. Tampoco podía pensar que a cada inquilino le hiciese esta invitación al devaneo como lo estaba haciendo con él, sintiéndolo en sus propias carnes, evidentemente, algo de él le resultaba atractivo a la «cazadora», y esto no dejaba de hacerle sentir una cierta vanidad, vanidad que entraba en contradicción con sus propios intereses, de eso no cabía duda.
No había conseguido, aun con la mentira de la orden religiosa, desalentarla, porque seguía insinuándosele, y estaba metido en un brete. Pero él era un tipo sagaz y debía encontrar alguna solución para desanimarla, así que se le ocurrió de repente una idea que lanzó a bocajarro:
—Le quiero hacer una pregunta, ¿conoce algún dentista por la zona?, porque tengo toda la dentadura postiza, arriba y abajo, y creo que se ha despegado un poco y me está dando mal aliento, creo que puede ser la dentadura, ¿conoce Ud. alguien por aquí?
Paca, —que así se llamaba la propietaria—, dio un paso hacia atrás y se le trasmutó la sonrisa, «¡qué asco!», dijo para sí, no podía entender que un hombre así, ¡tan bien puesto!, ¡tan bien vestido!, no tuviera ni un solo diente, y ahora con lo del aliento, ¡y ella con la hermosa dentadura que tenía, toda propia, toda suya!, y entonces le contestó, poniendo cara de, entre compasión y desagrado, echándose aun un poco más hacia atrás:
—Sí, mire aquí a dos cuadras hay uno muy bueno, por lo menos toda la gente de este barrio va allí, es joven, pero muy capaz, eso dicen, «¡debía ir lo antes posible, no sea que este hombre le dejara el departamento lleno de olor a mal aliento!».
Pero Paca ya había dejado las sonrisas a un lado, y las carantoñas y la caída de párpados habían pasado a mejor vida, porque lo que acababa de «descubrir» de su nuevo inquilino no le había gustado nada, y menos como se lo había dicho, de esa manera tan poco elegante, por lo menos lo podría haber disimulado un poco, —se quejaba la Paca del hombre de la orden religiosa. «Bueno, —pensó luego—, parece serio, y pagará con toda seguridad, que es lo que me interesa. Vamos Paca, terminemos con esto del contrato». Entonces intervino Paulino, mientras con la boca hacía unas muecas haciendo como que con la lengua se recolocaba la dentadura que simuladamente se le había despegado:
—Bien, bien, lo tendré que ir a visitar pronto, seguramente en la cafetería de al lado tendrán la dirección del dentista, ¿si no la tiene Ud., por si acaso? Pero bueno, con respecto a firmar el contrato mañana domingo me va muy bien, dígame Ud. la hora y nos podemos ver, si a Ud. le parece bien, aquí mismo, nos podemos encontrar como hoy, en la entrada del edificio.
Un tanto desilusionada por el desencanto que le había producido el fatal descubrimiento, finalmente llegaron a un acuerdo, se encontrarían tal como él había propuesto, el domingo, en la puerta del edificio, acordaron las doce del mediodía, «Una hora plácida para un domingo caliente», se dijo Paulino, que había sorteado como bien había podido las insinuaciones de la cazadora, mientras por la mente de la Paca otros pensamientos discurrían, «¡Y yo que tengo la dentadura tan bien! ¡Cómo puede descuidarse tanto una persona!», pensaba con disgusto la desilusionada Paca.
Ya estaba anocheciendo cuando salieron. Se despidieron en la misma puerta de abajo. Se dieron la mano, ella sin acercarse mucho a él, por eso del aliento. Una vez que se separaron Paulino se dirigió a su coche. El frío del invierno se hacía más crudo a estas horas, y se tuvo que levantar las solapas de la chaqueta mientras presuroso se dirigía a su auto. Cuando llegó a su departamento lo vio viejo, deslucido y triste, y una sensación de desasosiego lo invadió. Pero tenía hambre, y allí mismo se calentó en una olla un guiso que tenía hecho del día anterior. Devoró el plato pero con desgana, cuando lo terminó, con la salsa y la grasa que había quedado en el fondo comenzó a hacer dibujos con el tenedor, mientras trataba de infundirse ánimos, no debía olvidar que el próximo día firmaría no solo el contrato de alquiler que más ilusión le había hecho, sino que comenzaba para él una nueva etapa en su vida, la vida de espía, —esto se lo imaginaba sin ningún tipo de fundamento, él ya se veía en los bajos fondos detrás de una pesquisa, sorteando obstáculos y poniendo aliento a una investigación que lo obligaba a poner en riesgo hasta su propia vida, una quimera que solo en su cabeza fantaseaba, tanto era así que esta fantasía había desplazado de su mente toda su labor de robacartas, esta había sido relegada a un segundo plano, arrinconada en algún lugar de su loco cerebro, que ahora le hacía ver un espejismo de algo que no existía. Se sentó en el sofá, que mostraba hilachas en los cuatro costados, y encendió el televisor. Fue pasando programa tras programa hasta que se hartó. De pronto una modorra intensa lo invadió. Miró el reloj de la pared y daba las doce. Afuera el mal tiempo se notaba porque el viento azotaba las ventanas y comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia. Se fue a su cama y se acostó. El día había sido intenso, también en emociones. Necesitaba descansar. Apoyó de lado la cabeza en la almohada y de inmediato se sumió en sueño profundo.