Bodas de plata
Isabel María estaba agotada con ese ir y venir a la cocina y al refectorio donde se haría el convite después de las bodas de plata de su tía. Las piernas le dolían por haber bajado y subido una y mil veces de la celda a la cocina, cuidando que las órdenes de sor Juana y las de la priora se cumplieran. El banquete sería pródigo en platillos y elaboraciones sofisticadas. Juana Inés había subrayado su deseo de hacer este festejo de cuarto de siglo de matrimonio con Dios, memorable. Pidió a Isabel María que se ocupara de supervisar el seguimiento de las recetas cuidadosamente recogidas por ella en el recetario del convento: el gigote de gallina y el turco de cacahuazintle. Y los antes de nuez y betabel que tanto gustaban al padre Núñez. No sabía Isabel María si aquel cansancio lo acentuaba la presencia ominosa del jesuita en el convento. El hombre desaliñado y severo imponía con su voz, imponía con sus palabras y con su oído inmenso donde ella, y no sólo su tía Juana Inés, tenía que depositar sus confesiones. Isabel María no estaba preparada para contarlo todo. No podía hablar de la voluntad de su cuerpo agitado de pensar en las caricias suaves de sor Andrea. Ni de la manera en que ésta aprovechaba la distracción de las otras, la oscuridad y el sueño de las hermanas para arrastrarla a la capilla del convento y allí, en el mismo confesorio donde se hincaría frente a Núñez, le metía la mano ansiosa bajo la saya que usaba en las noches. Isabel María no podía dormir ya a gusto. Esperaba la irrupción de sor Andrea y también le temía, sobre todo porque pensaba que alguien acabaría por descubrirlas y que tendría que inventar una mentira de tal tamaño que para que le creyeran y la perdonaran habría de involucrar a su tía. Diría que estaba preocupada por Juana Inés y su silencio; sus ojeras grandes antes desconocidas y su mirada vagando por las calles tras su ventana la tenían muy alarmada. Explicaría que tenía que hablar con Dios y que sor Andrea se había ofrecido a orar con ella. Sor Andrea sabría seguirle la corriente, con su piel amarilla, sus ojos avellanados, sus caderas escurridas, sus manos hábiles, sus suspiros y sus besos mordiscones, sabría mentir todavía mejor que ella. Le tendrían que creer a Isabel María porque desde el día en que condujo al padre Antonio a desmantelar la celda, no se le vio más a la madre Juana Inés buscar un libro que no fuera el Antiguo Testamento, no se le vio más esa postura inclinada frente a su mesa de trabajo —que fue lo único que se quedó—, ni llevar la plumilla de la tinta al papel ni tener la cabeza muy perdida entre los rasgos de su caligrafía, la concentración toda en las palabras que buscaba en su memoria.
¿Qué había hecho la madre Juana con aquella memoria? Si usaba a su tía para que la priora le perdonase la desobediencia no era falta de amor ni de auténtica consternación, pero no quería ser condenada a lastimar su cuerpo, a trapear la cocina, a matar gallinas y a desollar conejos. No lo hacía de mala fe. Le dolía lo que había presenciado hacía unos días. Desde la puerta de la celda, sin atreverse a dar un paso adelante, observó cómo el padre daba órdenes a las indias y a las esclavas de colocar uno a uno los tomos de la monja en aquellos baúles. Pidió que tuvieran cuidado con los laúdes, y las cornetas, y los flautines que la madre atesoraba. Y que lo hicieran también con el péndulo, la balanza y el delicado telescopio holandés. Los ojos de Isabel María se abrían muy grandes como intentando recoger la memoria de todo aquello que había amueblado la habitación y los días de su tía.
Tal vez habían sido los incidentes de Palacio, la brutalidad de las llamas y la noticia de que las habitaciones y las oficinas de aquel recinto habían ardido, que llegaron al convento al día siguiente de lo ocurrido, lo que enfermó a Juana Inés. Aunque supo que su amigo Sigüenza y Góngora había salvado parte del archivo y que los presos habían apagado el fuego, la madre no recuperó su brío guerrero, el que había empleado en su defensa contestando a sor Filotea. Juana Inés se había conmovido al saber que los presos habían sofocado aquel fuego voraz y conseguido así su libertad. Gracias a ellos el fuego no se esparció más por la ciudad. Juana Inés pidió a su hermana Josefa que viniera para contarle aquel desastre porque ni su ánimo ni su clausura le permitían salir a atestiguarlo. Lo hubiera hecho en otro momento, a petición tal vez de la virreina y con permiso de la abadesa, pero a últimas fechas las fuerzas la habían abandonado. Isabel María notó ese vencer del cuerpo y la voluntad días después de que mandó la carta al padre Fernández de Santa Cruz. Primero la vio esconderse en sus libros y escribir en sus cuadernos y dirigirle cartas a la condesa de Galve y a su amiga María Luisa y luego le miró la sombra. Era como si aquel eclipse de agosto se le hubiera quedado prendido al ánimo, porque Juana Inés se oscurecía también. De qué otra manera explicar esa decisión rotunda e inesperada de pedir al padre Núñez ser su confesor nuevamente para las bodas de plata que estaba a punto de celebrar.
Ella se lo advirtió a la tía Josefa, que esperaba a la madre Juana en el locutorio:
—No es la misma, tía. Las palabras se le han gastado y los libros no le dan el consuelo de antes.
Josefa les contó a su hermana y a su sobrina que los virreyes se habían salvado, pues el motín pescó al conde de Galve en el convento de San Francisco, y que hasta allí llevaron a doña Elvira, que entre el horror y la tristeza contempló el fulgor del cielo amarillado por las llamas. Y ella lo podía decir porque estaba en misa también en San Francisco aquella tarde infausta, porque había podido escuchar los lamentos y cerrarse la puerta de la iglesia para proteger a los fieles de aquella desbandada de indios que pedían la muerte de los virreyes, la salida de los gachupines. Juana Inés demudada preguntó por el balcón de Palacio.
—No existe más —dijo Josefa.
Ella había ido a verlo con sus propios ojos y porque Juana de San José le había contado que los presos apagaron y salvaron lo posible. El padre de Pascuala, la niña de la esclava, era uno de esos presos. Había perdido un brazo, gangrenado por el fuego, pero estaba libre y lo tenían en la casa porque no había quién le diera trabajo y lo pusieron de mozo, ahora inútil por ser manco.
Juana Inés se había santiguado mientras Josefa hablaba contando el episodio del motín y la destrucción del Palacio. Había dicho que se alegraba de que ni Leonor ni María Luisa, las virreinas amigas, hubieran tenido que pasar tal pena y que lo lamentaba por doña Elvira y por el propio Tomás que habían sabido gobernar y que no tenían la culpa de que las lluvias hubieran llevado el chahuistle al maíz, pero los pobres tampoco la tenían por el maíz aguachinado y lo poco que llegaba a la ciudad, y el hambre que provocaba su falta. Mientras escuchaba a Josefa, Juana Inés había agregado que sabía por su amigo el bachiller Sigüenza y Góngora cómo el conde de Galve había encargado a Rivera Maroto, el alguacil mayor de la ciudad, que fuese a recaudar maíz a Celaya, porque el de Chalco no bastaba. Pero que allí también se les había echado a perder. Y que ya el virrey y la virreina posiblemente veían venir el hambre de la ciudad, pero no imaginaban el odio de los gobernados. Josefa no entendía de gobiernos ni de lo que había detrás de aquel comportamiento y señalaba la ignorancia de los indios borrachos de pulque, la indecencia de los españoles vagabundos, la traición del pueblo que pateaba a quien les daba de comer. Juana Inés no salía de su pasmo.
—El balcón por donde mirábamos lo que ocurría en la plaza.
Se lo había contado numerosas veces a Isabel, cuando le daba por detenerse a evocar en Isabel María y su juventud los años de ella, arropados en vestidos de colores que jamás volvería a usar. Aunque lo suyo no era el llanto fácil, Isabel María nunca la había visto llorar, se quebró y dejó que las lágrimas salieran. Josefa le dio la mano y en ese momento le parecieron a Isabel María ser las niñas de Panoayan, Josefa la mayor y Juana Inés la menor y más necesitada de cuidados como si en el edificio extinto se le muriera a ella un pedazo, como si se quedara manca, igual que el negro de Juana de San José. Cuando salieron del locutorio y acompañaron a Josefa al portón, Juana Inés, con el paso mermado, lamentó en voz alta no haber hecho caso a la marquesa María Luisa Manrique de su propuesta de llevarla a España. Qué razones la habían dejado atada a la ciudad de México y al convento de San Jerónimo, si Dios estaba en todas partes, se quejó. Y luego, cosa que nunca había ocurrido, la miró a ella Isabel de María, su sobrina y protegida, y le dijo sentenciosa:
—Debe haber sido por ti, mi sangre, mi niña.
Y se encerró en la celda, y no le permitió la entrada. Aunque Isabel María sabía que era una ira injusta, le dolió y se desahogó con sor Andrea que sabía consolarla siempre sin palabras.
Cómo iba Isabel María a decirle todo aquello al padre Núñez. No podía contar el dolor por la injusta acusación de su tía y mucho menos las maneras que había encontrado para salir de su desconcierto. No quería confesarse. Y lo tendría que hacer antes de aquella misa celebratoria. Podría guardarse los pecados, así se lo había aconsejado sor Andrea, pero no podría disimular la rabia que le tenía al cura por aquel contento con que dirigió el desmantelamiento de la biblioteca de la tía que de cuando en cuando justificaba alegando que Aguiar y Seijas daría el dinero de la venta de esos bienes a los pobres. Uno a uno tomó los libros que habían venido de España, los que le había hecho llegar el bachiller Sigüenza y Góngora, el padre Eusebio, el padre Manuel de Argüelles, el propio Fernández de Santa Cruz, su padrino Velásquez de la Cadena, el marqués de Mancera, los que habían sido de su abuelo, los que mandaban la marquesa de la Laguna y el conde de Paredes; Góngoras y Quevedos, Lope y Alarcón, San Juan de la Cruz y el cuidado que dejó abandonado a las azucenas, Calderón y Gracián con su Agudeza y arte de ingenio que a veces ojeara ella cuando pasaba el paño para extraer el polvo y cuidar de los estragos de la humedad. Lo hacía con ceremonia, sabiendo cuánto importaban esos objetos a su tía. Y lo hacía con veneración, como si fuesen las alhajas que guardaba en un cajón y que también tomaría el cura para el mismo propósito de auxilio de pobres y desamparados. Se fue el Orlando furioso y la Arcadia de Sanazzaro, se fue El cortesano de Catiglione y el Breviario romano y Las vidas de santos, los libros de los romanos Séneca y Cicerón, y Plinio el Viejo, y sus mitologías que atesoraba como la Genealogía de los dioses de Bocaccio, el Teatro de los dioses de la gentilidad de Vitoria y las Etimologías de san Isidoro y la teoría musical de Casiodoro, y la música de las esferas en los volúmenes del padre Kircher, uno de sus favoritos. Aquella cascada de papel llenando cajas le recordaba a Isabel María la quema de los libros de Alonso Quijano en manos del bachiller y el cura, que su tía le había leído divertida del libro del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha porque el padre tomó también las novelas de caballerías que habían dañado tanto al señor como el Amadís de Gaula y las puso con desdén en el baúl. Miró satisfecho los estantes vacíos, limpiaba así la cabeza de Juana Inés de los destellos de las palabras, de los entretenimientos de la inteligencia, de la curiosidad y de las hazañas de los hombres: se fue la Grandeza mexicana de Balbuena y el Corpus hemeticum de Plotino.
Isabel María no podría hincarse en aquella ceremonia tan cerca del cura Núñez si le tenía un profundo desprecio. Cómo, si no hizo el menor intento de detener la voluntad de su tía cuando ella depositó aquel volumen enviado de España, ese segundo tomo con la reunión de su obra que la marquesa de la Laguna le había mandado como salvavidas para su ánimo pasada la acusación de sor Filotea. El padre Núñez sopesó la reunión de poesías y teatros, se fijó en la portadilla seguramente curioso de la procedencia y de quién había costeado tal edición en Sevilla, y luego, como si el peso mismo del libro le confirmara lo acertado de sus acciones, el rescate que hacía de aquella alma mundana, tan entretenida en las vanidades del mundo, en el reconocimiento de sus pares y no del esposo al que había descuidado, lo colocó en el último barreno, cerró la tapa y echó llave. Aquel éxodo de baúles parecía barcos zarpando de una costa.
—El dinero de su venta aliviará a los pobres —insistió el jesuita respondiendo a la mirada denunciante de la monja.
Aquel día, Juana Inés se quedó en silencio. Isabel María pudo contemplarla desde la parte baja de la celda; no quería dejarla sola. La vio sentarse en aquel aposento vacío salvo por la mesa frente a donde se estuvo con las manos aferradas al medallón de la Anunciación que colgaba en su pecho, con la vista ya perdida de todo deseo de lucha, y con una sonrisa de estúpida paz. Esa sonrisa es la que Isabel María no le podía perdonar a Núñez.
Esa tarde de preparativos para festejar los veinticinco años del matrimonio de Juana Inés con Cristo, entró de nuevo a la pieza de la monja con el estómago encogido por no volverla a encontrar como antes, con la plumilla y el folio.
—¿Cómo va todo? —preguntó la monja.
—El ante de betabel está en su punto —dio Isabel por respuesta.
Dejó a la novia de Cristo a solas para que repasara los votos que refrendaría y salió al pasillo pensando que confesaría a Núñez que la ira la invadía. La desolación no era un pecado. Y de ésa Juana Inés ya no la podría salvar.