Las hermanas

Josefa tomó las bragas de algodón del cajón del armario y las colocó en la cama, junto al resto de la ropa de Inés. Extendió una para ver el tamaño.

—No me vayas a dejar sin ropa —le dijo a su hermana en tono de broma.

Comprobó que no eran las suyas ni las de la María. Ella siempre heredaba las de su hermana mayor, y si estaban en buen estado (que no era lo usual por las lavadas frecuentes) llegaban a la propia Inés. Bragas de algodón bordadas por la abuela, primero, y luego por la nana Catalina, antes de que sus ojos se pusieran amarillos y torpes para colocar cenefas y encajes. El baúl estaba al pie de la cama de Inés. Al fondo habían colocado los botines que se usaban para el frío y que tenían mejor aspecto que los zapatos negros de todos los días, aunque Inés calzaría estos últimos para la travesía. Josefa miró a Inés inclinada sobre las faldas que alisaba con sus manos. Era un gesto ocioso —las pasaba afanosamente por las telas, como planchándolas—, pues al fin y al cabo no librarían dignamente las batallas de la diligencia y la embarcación. En casa de los Mata habría que plancharlas de nuevo. Tal vez eso era lo que anunciaba ese gesto distraído de Inés, una vida para la que requería otro arreglo. La vida de la ciudad. Una vida desconocida. Josefa sintió deseos de abrazarla y se sentó a su lado.

—¿Sabes qué voy a hacer con tu cama?

—Mudarte a ella; tiene mejor vista al pie de la ventana —contestó Inés, eludiendo todo sentimentalismo.

—No, es la más fría. Voy a colocar tu muñeca Serafina y por las noches, antes de dormir, le voy a contar una historia de miedo. Sobre todo cuando el viento roce las tejas y no se sepa si son piedras las que ruedan o pisadas de animales extraños —Inés se apretujó al cuerpo de su hermana, embelesada y temerosa—. Y cuando Serafina se ponga fría de miedo, voy a saltar a su cama y voy a abrazarla así —dijo apretando a su hermana— hasta que se quede dormida.

Josefa sintió el calor de su hermana. Miró a la habitación y comprendió que cuando Inés partiera quedaría un hueco en aquel cuarto para tres, y que verdaderamente tendrían que disponer de la cama vacía. Marieta, la mayor, a quien llamaban así para distinguirla de la esclava María, no se interesaba igual por las historias que Inés y ella escuchaban en la cabaña de Catalina. Aquello sobre los cocodrilos que roban los brazos de los niños perezosos, de los murciélagos que se enamoran de las doncellas desveladas, de las tuzas que sienten las vibraciones del volcán bajo la tierra y sacan la cabeza a horas extrañas avisando a los hombres que viene la lava, y de la cueva el Sacromonte donde se aparece el franciscano Martín de Valencia.

Josefa e Inés solían salir de la casa grande después de la merienda, cuando el abuelo se retiraba al salón a fumar su puro y la abuela, en el mismo lugar, tejía la ropa para el invierno. Daban las buenas noches y cuando la nana María terminaba sus labores en la cocina, ellas le pedían que las dejara acompañarla a su casa. Marieta advertía su complicidad pero, sumida en sus rezos, fingía no verlas. Salían por la parte trasera, envueltas en las capas de niebla del invierno, aunque en Panoayan no había temporada del año en que el frío de la noche no acosara el valle bajo los volcanes. Josefa sentía la mano de Inés pegada a la suya, como un imán. Las dos temían a la niebla que cubría el trigal y los robles de la vereda. A Inés le atraía el poder de ese velo en el campo. "El velo de la niebla —le había dicho a Josefa—, cuando camino y cuando muevo los brazos, se descorre." A Josefa le gustaba la imaginación de Inés, pues veía en los objetos otras cosas. En verdad la niebla era un velo, tan ligero como el tul del vestido de la Virgen, o como la mantilla de su abuela. Bastaba alzar los brazos para que se abriera un hueco que permitía ver delante la figura de la cocinera María, guiándolas hacia el calor de las cabañas. Entraban a la más grande, que tenía chimenea y en cuyo interior se alineaban algunas sillas. Las niñas se subían a la cama de Catalina, porque allí podían recargarse contra la pared y mirar el fuego trepando por la boca de la chimenea, mientras Catalina soltaba las palabras que la llevaban a una tierra de palmas y cacao, de brisa de mar, que imperaba en esa habitación y permitía que Josefa e Inés miraran olas amarillas en aquel fuego que danzaba frente a sus ojos. Fue Inés quien una noche, mientras regresaban somnolientas y embrujadas de tanto cuento poblado de animales y voces que no conocían en la montaña, puso nombre a aquella sensación. "El fuego se alzaba como el agua del mar y reventaba contra los troncos", dijo con sed de conocer otras geografías. Josefa comprendía que las palabras de Catalina pronunciadas desde su ancho tórax, desde su boca grande en la cara negra, eran en sí un lugar extranjero. Ir a la cabaña por las noches era profanar la quietud de la casa de los abuelos y habitar un mundo ajeno. Inés resistía; Josefa era quien caía dormida primero. En el camino de vuelta, tomadas de la mano de María y en voz baja, para que los abuelos no se despertaran, pedía a Inés que terminara la historia que no acabó de escuchar. Pero Inés no podía repetir la historia; pronunciaba palabras, "se deleitaba con ellas y allí se quedaba, como atrancada", pensaba Josefa. Palabras como colorado, torbellino, crepúsculo. Se quedaba con su sonido, mezclado con vocablos que no eran del castellano. Cantos de arrullo de Catalina Guatzen, Galanta, Galdunái, musicales y suaves, que Inés iba murmurando por lo bajo como una canción, para no olvidarlas, para informar a Josefa de esa historia que no podía concluir y que le tenía sin cuidado.

—Tú te cargas de palabras —le había dicho Josefa, una noche antes de dormir; pero Inés ya dormía profunda, sosegada; rellena "como el lechón navideño", pensó Josefa, nada más que de puras palabras que había recogido durante el día y guardado en su cabeza.

Ahora, aquel baúl que se llenaba de los sobretodos y los chales y las calcetas tejidas por la abuela, y las blusas de algodón y el saquito rojo de ceremonia y las bragas y enaguas bordadas, se llevaría las palabras de su hermana. Esas cuentas inconexas que le soltaba por las noches, o por las veredas, o que pronunciaba mientras rezaba porque añadía a la oración alguna cosa más que le parecía que la aderezaba, se marcharían de la casa de Panoayan, con los ojos de su hermana, con la mano que ella había guiado hasta la escuela Amiga.

La mañana que supieron que Inés se iría había amanecido nublada y la abuela les pidió que fueran a la vereda por los sanjuaneros. Pasaron a la cocina por los canastos para recoger en la vereda aquellos hongos de lluvia, extensos como sombrillas, de carne blanca y esponjosa. El bosque olía a brea y el frío le rasgaba las mejillas a Josefa. La abuela lo había dicho en el desayuno. La tía María y Juan Mata, su marido, invitaban a Juana Inés a vivir con ellos en la ciudad. Juana Inés se había sonrojado pero Josefa había resentido la elección. En todo caso ella era la mayor y a quien correspondía semejante oportunidad. La abuela Beatriz miró a Inés y recalcó que, conocedores del premio que le había sido dado en Amecameca por su loa al Santísimo, pensaban que la capital podía ser un lugar adecuado para su talento. Josefa escuchó aquellos halagos y el veredicto para el futuro de su hermana como si la yunta le atravesara el cuerpo y la convirtiera en terrones. Eso era, al fin y al cabo, lo que pasaría con ella. Se quedaría en el campo, sería labriega como sus abuelos, como su madre y el esposo que conocería en las inmediaciones; su horizonte sería la montaña y el bosque, el riachuelo que pasaba por la hacienda; mientras su hermana estaría en la ciudad de los palacios, entre carrozas y reyes, con músicos y vendedores, entre indios y negros vestidos de calle, y españoles ataviados a la moda. Lejos de la bosta de las vacas, lejos de los hongos sanjuaneros que esa mañana, mientras Inés los desprendía de la tierra y trozaba su fuste renegrido, ella pateaba encorajinada, celosa de la fortuna que no era para ella. Antes de que Inés llegara al mazo de hongos ella ya se había adelantado y los había pisoteado, desfigurando las sombrillas dentadas, haciendo un despedazadero de carne húmeda que no era posible recoger para que en la cocina les añadieran ajo y aceite y prepararan esa sopa que sólo se podía comer en lluvias. Juana Inés le reclamó y se adelantó corriendo para encontrar un claro donde los hongos estuvieran intactos. Josefa detuvo su ira y contempló la manera en que tomaba aquel hongo blanco y al trozarlo hundía sus dedos entre las laminillas del reverso.

—Mira —le mostró a Josefa cuando llegó—. Me encanta cómo son por el revés. ¡Cuántas repisas tienen!

Josefa hundió el dedo en aquella carnosidad y desbarató las láminas como quien recorre las teclas del piano con fiereza. Juana Inés, atónita, la miraba con aquella maravilla hecha polvo entre sus manos. Ese día no se hablaron más. Cada una tenía sus razones. Ninguna probó la sopa con rama de epazote que tanto les gustaba. Josefa tuvo que dejar que pasaran los días para comprender que aquella injusticia no era culpa de Inés. Pero ahora que realizaban las últimas tareas antes de la despedida, ella comprendía que había algo que la lastimaba más allá de la envidia por el destino de su Inés, y la separación de su compañera de cuarto, de juegos; la única con quien podía hablar del mismo padre al que habían dejado de ver hacía cinco años y a quien contarle lo que la chiquilla no recordaba: cómo lucía su barba espesa y cómo era suave cuando la besaba antes de dormir. Era la indiferencia de Juana Inés hacia su propio dolor, la ausencia de culpa de su hermana que no había dicho nunca: "Deberías ser tú quien se fuera", que no había tenido un miramiento con el agravio que significaba no haber sido elegida.

—Te voy a extrañar —le dijo Josefa cuando cerraron el baúl, como si al hacerlo aceptara el destino. Pero Inés no contestó, se asombró por el rigor con que la lluvia caía justo en ese momento y salió al pasillo para mirar el espectáculo. Josefa contempló a Juana Inés, con aquella larga trenza oscura cayendo en la espalda, que miraba el resbalar del agua en las tejas planas y la caída de la cascada furibunda frente al alero. Se puso a su lado para abarcar lo que los ojos de su hermana registraban en esa última tarde en Panoayan.

—Voy a extrañar la lluvia —le dijo Inés.