El cuerpo acariciado
Bernarda había notado los ojos hinchados de Juana Inés a la mañana siguiente de aquellos sollozos tras la puerta. Durante el paseo que hicieron con la marquesa a la plaza del Volador intentó estar a su lado para aliviar sus congojas. Entonces no sólo le interesaba que Juana Inés no le estorbase en su amorío con Juan Mata sino que tenía curiosidad por el origen de sus tribulaciones. Ahora no comprendía la súbita decisión de la joven, que había dejado tan triste a la virreina y que había desconcertado al virrey, a Manolo Vargas, a su tío y a ella misma. En aquel paseo con la tarde venciéndose sobre la plaza, protegidas por los parasoles de seda, Bernarda se había atrevido a preguntarle si era un mal de amores lo que la aquejaba. El silencio esquivo de Juana Inés pareció darle la razón.
—¿Acaso te besó? —se atrevió.
Parecía que Juana Inés necesitaba descargar su emoción, porque asintió.
—¿Y no te ha gustado el peso de sus labios sobre los tuyos?
Bernarda se atrevió a tomarse de su brazo, intimando. Si Juan Mata no hubiese sido su tío, le hablaría del placer de esa boca recorriendo palmo a palmo su cuerpo, deteniéndose juguetona en su escote, en sus senos, aprehendiendo a mordidas y salivazos sus pezones. Lo pensaba y ya el cuerpo se le erizaba ansioso.
—¿Acaso acarició tu talle, te apretó la cintura, te dobló como a un tul de la laguna?
Los pasos de Juana Inés se hacían más lentos como queriendo distanciarse del resto de las chicas y de la propia virreina.
—Si ya conociste el placer de las manos de un hombre no es posible dormir en paz.
¿Acaso era esa sentencia que Bernarda soltó confiando en quien ese día descubría más amiga de lo que se hubiera imaginado la que la había orillado a irse al convento? ¿Pero qué tenía que perder? A Cristóbal parecía gustarle la joven, ¿por qué abandonar esa veladora?
Tomaron hacia el Baratillo para curiosear entre lo que vendían y el alboroto de la gente. Juana Inés se detuvo y miró a Bernarda a los ojos.
—Por favor no digas nada a la virreina.
Bernarda sospechó que Cristóbal no había hecho más que disimular que no sabía del interés de Juana Inés por él y que ella había fingido distancia cuando en realidad habían estado en la intimidad de su alcoba. Juana Inés no tuvo que decir más, ni ella indagar sobre la manera en que, después de la visita de un hombre, el cuerpo desnudo ya no se contempla de la misma manera frente al espejo. La mirada lleva los ojos del otro. Uno se mira como si se espiara a sí misma. Ajena. Hay una sensación de pureza y de abismo. ¿En qué lado se habría quedado Juana Inés?
La virreina las llamó para que se acercaran. Bernarda apretó el brazo de Juana Inés y le susurró al oído:
—Estate tranquila.
Y después de aquello no hubo confidencia alguna hasta que se enteró que Juana Inés se iba con las Carmelitas Descalzas. Intentó volver a hablar con Juana Inés pero la chica había construido un muro. Fue preciso que, durante una de las conversaciones de Juana Inés con el padre Antonio, Bernarda se introdujera a su habitación y hurgara en los cajones de la cómoda para encontrar razones de aquello que la orillaba a irse y que ella no dudaba estaba relacionado con los sollozos que había escuchado tras la puerta. ¿Se protegía del mundo o de sí misma?
No tenía mucho tiempo y no quería dejar huella de su presencia, pero por más que movía ropa, hurgaba en los bargueños y en las repisas no encontraba evidencia alguna. Estaba por abandonar su propósito cuando entre un chal de lana gruesa encontró unos pergaminos. Tomó uno con ganas de llevárselo pero lo pensó torpe. Leyó lo que no debía y la transparencia de las palabras la ensombreció. Eran trazos apresurados, invocaciones a la virgen y luego palabras que revelaban que una parte de Juana Inés había sido descubierta entre las manos, y los besos, las caricias y los apretujones, y la forzada entrada de quien la hacía prometer silencio. Las palabras referían a la sangre que escurría entre sus piernas y a la brutalidad de su cuerpo tomado. En nada se parecía aquello a lo que Bernarda sentía junto a Juan Mata. Se asustó ante tal revelación y tuvo una leve sospecha de que aquel hombre no podía ser Cristóbal Pocilio. Pero quién lo podía asegurar. Escuchó voces en el pasillo y colocó de nuevo el papel entre los dobleces del chal. El corazón se le quedó adolorido. Ella, Bernarda Linares, había sido afortunada en el descubrimiento del placer y la delicadeza. Aún no conocía el abismo.
Lo cierto era que Juana Inés ya no estaba allí para hablar, para revelarle la verdad y para volverse su aliada. El pergamino sin duda había sido incinerado y era una confesión ceniza entre los escombros del fogón del cuarto vacío.