Isabel, sin hombre
Isabel Ramírez había aprendido a sumar y a restar. Su padre se había empeñado en ella desde que se establecieron en Nepantla, pero la crianza de las tres niñas la había tenido muy ocupada y además estaba el capataz, adiestrado por don Pedro, y estaban Francisca y su marido, y a todos les confiaba, aunque de números y de letras sólo el capataz era entendido. Y su padre estaba al tanto desde Panoayan de los gastos y productos a los que la hacienda obligaba. Pero las letras era cosa que ella no sabía y era preciso que el capataz le dibujara los asuntos para que Isabel supiese si se trataba de nogales o de trigo, de becerros o de ovejas. Levantó la cara y miró por la ventana de la estancia hacia la bruma mañanera de Panoayan. Cuando las niñas eran pequeñitas, venían aquí con frecuencia, para que las tres disfrutaran a los abuelos, para que ella resolviera problemas de labranza y aparcerías con su padre, y para entregar el dinero de la venta de los frutales. Le gustaba más el clima de Nepantla, cálido, floral. Aquí la melancolía se le venía de golpe, porque le ofendía su soltería involuntaria, y que Pedro de Asbaje se hubiera marchado con una despedida corta, rotunda, a resolver asuntos de familia en Vizcaya. Isabel adivinó que estaba allá la otra familia y que por eso no la había hecho su esposa por la Iglesia como estaban casados sus padres, ni había podido jurar que estaría con ella para toda la vida. Y por ser joven más ira le producía aquel abandono y esa ropa que aún colgaba en el armario de la habitación de Nepantla, que ella, después de olería repetidas veces en las noches de insomnio, pidió a Francisca quemarla, y enfatizó que no quería verla puesta en nadie, así no tuvieran trapos los negros para cubrirse el cuerpo. Su padre había sido adusto en su respuesta. Escondió la rabia por la hija abandonada, por el honor violentado, porque de caballeros era despedirse y su yerno no lo había hecho; a él le había dejado la responsabilidad de esas cuatro mujeres. "Quién hubiera pensado —le dijo a Isabel— que me tocaría cargar con hijos y los hijos de mis hijos." Isabel pidió disculpas y se aplicó a las enseñanzas de los números ahora que no había hombre en Nepantla y que el capataz no podía estar a su aire y que, además, por viejo, podía morir en cualquier descuido. Pero fue bueno que estuviera allá en Panoayan, mirando por la ventana mientras ajustaba dibujos y números para charlar con su padre, porque había visita en la biblioteca y su madre le dijo que debía esperar a que don Pedro acabara los tratos con el capitán. Isabel aprovechó para andar por el jardín brumoso y caminar hacia la vereda del río. Procuró no alejarse mucho porque en cuanto su padre dispusiera tendrían acuerdos. Escuchó las voces de las niñas; Josefa e Inés corrían hacia ella y la llamaban. Era hora de la comida, decían festivas, y había un invitado. Cuando Isabel entró por la puerta mayor, vio a lo lejos la figura de un hombre junto a la de su padre. Caminaban hacia el comedor cruzando el patio central. No sabía por qué ante ese cuerpo de hombre fornido, apenas visto de espaldas, su corazón latió de más. Comprendió que debía esperar para no ser vista y así deslizarse a la habitación que ocupaban cuando estaban de visita; quería lavarse la cara y las manos en el aguamanil, recogerse el pelo de nuevo. Miró su atuendo, la blusa de lana marrón, la falda larga y oscura. Ni un solo adorno más que aquella mantilla cruda, regalo de su madre, sobre los hombros. Pero las niñas llamaron al abuelo y los dos hombres voltearon e Isabel se sintió perdida con la orilla de la falda manchada de lodo de río. Isabel se acercó ante la llamada de su padre que le presentó al capitán Diego Ruiz Lozano. El dejó los ojos en ella más de la cuenta e Isabel pudo notar que eran intensos y oscuros y que su modo era sereno y seguro, y eso le agradó.
—Capitán, bienvenido.
Las niñas, tímidas, se pegaron a la falda de su madre, cubriéndose casi con ella, girando de tal manera que parecían quererla arrebatar de aquel hombre.
—¿Sus nietas? —preguntó el capitán a don Pedro, con desgano.
—Traviesas y deliciosas, pero viven en Nepantla. Isabel, que está tan ocupada con los menesteres de la administración, viene poco con ellas.
Isabel se alejó despacio a la habitación; quería escuchar la conversación sobre ella. Conociendo a su padre la podía imaginar. Le contaría que el padre de las niñas, un peninsular, había vuelto a su tierra, y que Isabel era muy trabajadora. Lo habría hecho de manera inocente, como quien incluye en el aro de su confianza al visitante. Lo comprobó cuando al volver al comedor, el capitán se puso de pie y le cedió el lugar al lado de él; fue amable y contó cómo había enviudado al poco de tomar mujer, antes de que le pudiera dar hijos. Alabó la gracia de las dos niñas y Juana Inés, recelosa, dijo que eran tres, pero que su hermana Marieta tomaba la siesta porque había estado mala del vientre. Y la abuela Beatriz sonrió advirtiendo que allí, en la mesa, algo se empezaba a tejer, que las mujeres del lugar —Juana Inés, contestando; Josefa, que no paraba de golpear con los pies la silla; María, que no aparecía, e Isabel, que había reconocido la complicidad de su madre— atestiguaban.
María, la propia cocinera, saludó con desmesura al capitán tras llevar el perol con las alubias y se atrevió a manifestar su aprobación cuando el invitado pidió tortillas en aquella casa donde a la mesa sólo se llevaba pan.
—En casa siempre comí en la cocina, y allí no faltaban las tortillas.
La casa de don Diego estaba en Puebla, como lo platicó, donde su padre había sido comerciante de grano; eso intrigó mucho a Isabel, que hasta entonces no conocía ciudad mayor que Amecameca.
—Pero me gusta la campiña —dijo mirando hacia la ventana y luego volviendo los ojos a Isabel.
Aquella noche, cuando hizo cuentas con su padre y éste le confesó que había pedido un préstamo a don Diego porque necesitaba invertir en crías para antes de la matanza, Isabel no pudo dormir tranquila. Compartía la habitación con sus tres hijas; a su lado en la cama estaba Juana Inés. Temía que lo desacompasado de su respiración despertara a su hija. Sentía un leve atisbo de felicidad, y pensó que había sido torpe en no invitar al capitán a Nepantla, cuando se refirió a la campiña, y tuvo miedo de que aquello fuera un espejismo.
A la mañana siguiente, procurando no despertar a las criaturas, se vistió de prisa, refrescó su rostro y se envolvió en el mantón de lana. El día apenas despuntaba y ya podía escuchar las voces de los arrieros que se llevaban a las ovejas al camino. Sobre la cúpula de la capilla distinguió el lucero de la mañana. Pensó que era una buena señal: una estrella sobre la capilla de San Miguel en Panoayan. Atravesó de prisa y sigilosa el patio; no quería que la descubriera el servicio y esperaba que su madre no estuviera metida en la capilla porque ella quería un momento de solaz con el señor. Empujó la puerta de madera desde el patio y cruzó el pequeño vestíbulo. Apoyó su rostro en la puerta contigua a la biblioteca de Pedro Ramírez para asegurarse del silencio. Los rezos de su madre eran un murmullo siempre distinguible. Pero, afortunada Isabel, la capilla era toda para ella. Se hincó frente al altar, apoyó la cara entre las manos y contuvo una rabiosa alegría que se le había metido en el cuerpo y el ánimo desde la noche anterior. Semejante alborozo sólo lo había sentido cuando ella y Nicolás, el hijo de Catalina, salían por la vereda de los nogales y, sentados después de llenar un saco con el fruto seco, le estremecía la cercanía tibia del brazo oscuro del muchacho contra el suyo. Entonces había cerrado los ojos esperando que Dios comprendiera ese amor temprano. Después de ese día, el olor poderoso que emanaba el cuerpo de Nicolás la torturaba. Los dos habían dejado de reír, de tirar piedras a los pájaros, de molestarse el uno al otro. Se respiraban y miraban al frente ignorando sus miradas, al trigal que estaba al otro lado de la cortina de árboles sin atreverse a romper el encanto de la quietud. Una de esas veces Isabel cerró los ojos un momento y se dejó flotar en el viento que corría entre los árboles. Volteó el rostro hacia Nicolás, que muy despacio y con temor recorrió los labios de Isabel. Entonces Isabel abrió los ojos y encontró los de él, atentos al meneo de sus manos, y ella miró esa mano cercana, oscura, y con la suya, blanca y contrastante, la hizo a un lado y se acercó al chico, a sus labios carnosos, y lo besó. Ella lo besó a él. Impuso su designio de patrona; eso lo supo mucho después, cuando él —el día de la Asunción en que todos, sus padres y sus hermanos, habían partido ya para Chimal, dejándola en casa, pues los dolores del mes la tenían en reposo— tocó a la puerta y sin esperar su voz entró y se lanzó sobre ella, como un animal en celo, como los caballos que montaban a las yeguas, como los perros que se peleaban feroces por la posesión de la hembra. Los ojos de Nicolás tenían un brillo inusual que asustó a Isabel. Sentado junto al camastro, sus manos recorrían su cuerpo. Ella lo alejó. Era verdad que otras veces, después de aquel beso en la nogalera, habían andado por los caminos de la mano y que ella se había dormido sobre las piernas de él, y que él la había besado suavemente, como si fuera una flor. Siempre alejados de la casa, siempre protegidos por la hierba o por la fronda de los árboles; pero Nicolás había sido cuidadoso. Y eso había encendido a Isabel, que no sólo soñaba en las noches con la negrura espesa de la piel del muchacho, sino con su protectora dulzura. Por eso su arrebato salvaje la contrarió. Pero Nicolás no hacía caso de sus ademanes; parecía pensar que eran pudores femeninos, acostumbradas negativas para que el placer dilatara. Había visto eso en su propia habitación, como María se ponía terca cuando Pedro iba sobre su cuerpo, sobre todo en las noches de sábado en que el pulque le quitaba lo callado y lo ceremonioso. Había fingido dormir cuando todavía lo creían demasiado pequeño, pero aquel forcejeo inicial que acababa en gemidos y jadeos, en contorsiones que imaginaba, lo excitaba y acababa explotando bajo las sábanas, invitado involuntario del espectáculo amatorio de los esposos. Isabel volteó el rostro hacia el lado contrario cuando Nicolás se inclinó buscando sus labios; enojado él tomó la mano de la chica y la colocó sobre su pantalón para que ella sintiera con aquella prueba del deseo cuan poderosa era la atracción por Isabel. Pero Isabel temió que Nicolás la embistiera como un toro, que aquella carne punzante entre sus piernas la perforara, la lastimara y la sangrara más de lo que en ese momento, en sus días, le ocurría. No encontró mejor manera de acallar sus temores que hiriéndolo.
—No eres más que un esclavo de la familia. Y eres negro.
Nicolás la miró, herido en su hombría, y descubrió que ahora encontraba vergüenza en su color y en su condición. Le subió las faldas mientras Isabel se revolvía. Notó una gran mancha de sangre en sus bragas blancas. La observó asustado.
—¡Yo no hice nada! ¡Yo no hice nada!
Mientras Isabel se bajaba las sayas ocultando su condición, rabiosa por el pudor violentado, Nicolás abandonaba la habitación.
—Perdóname, Jesús mío —dijo Isabel—, por haber contravenido a mis padres y por haber lastimado a Nicolás, a quien tanto quería.
Alzó los ojos hacia la luz que entraba por las aberturas de la cúpula y que bañaba suavemente la imagen del Arcángel.
—Dime, san Miguel, enviado de Dios, ¿por qué ante la vista del capitán Diego Ruiz Lozano un azoro me invade y, queriendo consultarte sobre los arrebatos de mi alma, me entregas el recuerdo de Nicolás, la negrura aromática de su piel? ¿Qué me quieres decir? ¿Me estás previniendo de mis arrebatos o de los desaires? Parece que conoces las inclinaciones de mi carne, cómo los olores de las pieles me inflaman y no me dejan dormir.
Isabel cerró los ojos porque le empezaba a doler el momento en que descubrió que Nicolás ya no estaba más en Panoayan. ¿Quién había arreglado la venta? ¿El negro Manuel o su abuelo? Fue después de aquel incidente que Isabel le pidió que la acompañara a Amecameca en el caballo, pues necesitaba comprar hilo para bordar el mantel, y como lo había hecho frente a Catalina y Manuel, sus padres, el joven no había podido negarse y todo el camino había mantenido su distancia, hasta que Isabel se detuvo en una playa del río y se apeó del caballo.
—Hay que dejarlos beber.
—Como usted mande —contestó Nicolás, punzante.
Isabel se acercó y lo abrazó, y buscó su boca, pero el chico se resistió.
—Dame un beso —pidió Isabel—, me asusté aquel día.
—Como usted mande —volvió a responder, pero el beso desmintió su distancia y su coraje, y se abandonó a la pasión que Isabel le confesaba.
Debieron haberlos visto en la caballeriza, donde solían encontrarse. Lo hacían al atardecer, cuando suponían a los otros descansando; tal vez había sido Miguel, su hermano. No lo sabrían, aunque Isabel le reclamó a Miguel y luego a Catalina y a Manuel. Les fue a manotear en la puerta de la casa por la noche cuando se dio cuenta de que Nicolás no aparecía en la caballeriza y supo, por María, que no lo vería más.
—Lo vendieron —dijo la cocinera.
—¿Dónde está el negro Nicolás? ¿Dónde está? —les reclamó llorosa.
Cuando Manuel abrió la puerta, hundió la cara en su pecho y les dijo que ella lo amaba.
Se acercó a Catalina buscando consuelo, pero la mujer no tuvo para ella gesto alguno ni lo volvió a tener. Con aquella confesión sólo aseguró el destino irreparable de Nicolás.
Hasta que Pedro de Asbaje apareció en los festejos de Chilma, invitado por los Gonzaga, a quienes compraba piel para curtir y vender en la capital, Isabel no había reparado en otro hombre. Y si se había fijado en Pedro de Asbaje, que era bastante mayor que ella, había sido porque él se apersonó, se presentó con la familia Ramírez y de inmediato la invitó a acompañarlo a los puestos de la feria, ofreciéndole su brazo. Ni sus hermanos ni sus padres chistaron; era un comerciante español. Por fin, Isabel se dejaría de tonterías. Doña Beatriz y don Pedro se miraron, asintiendo. No objetaron tampoco que ella se asentara en Nepantla con el curtidor, que para mejor fortuna era de Vizcaya y debía provenir de una familia de ricos y no de agricultores andaluces como ellos. Porque ésa era su condición, por más que el propio Pedro Ramírez se hubiera cultivado a la vera de la biblioteca del párroco de San Lucas de Barrameda, que era hombre letrado y había sido su condiscípulo de escuela. Isabel conocía los reproches que se hacía su padre por no haber instruido a su hija Isabel en el arte de la lectura. Pero, mujer al fin, don Pedro querría de ella otros servicios que no fueran la conversación, y por fortuna su hija tenía la hermosura y afabilidad que le granjeaba a un hombre y protector. Cuando se juntó con Asbaje, don Pedro se ilusionó de poder iniciar conversaciones sobre el material de su biblioteca. Isabel sabía que, de todas las hermanas, ella era la que estaba más cercana a sus padres.
Ella conoció los pensamientos de su padre cuando volvió a Panoayan, desencajada, a decir que hacía meses que Pedro de Asbaje no volvía de Vizcaya. Su padre se arrepintió de haber creído en la honorabilidad del vizcaíno, con quien, además, no había podido conversar sobre lecturas. Ser español rico no era suficiente.
Isabel se persignó cuando escuchó pasos en la biblioteca. La capilla tenía acceso por la puerta contraria y acaso su padre estaba allí haciendo anotaciones, pues no era lo suyo leer por las mañanas cuando todas las faenas del campo lo requerían. Tal vez apuntaba algo en la libreta que Isabel no podía descifrar. Debía apresurarse, pues el ruido comenzaba a arrebatarla de su conversación con el Arcángel.
—Dime —susurró por lo bajo, temiendo que la oyeran—: ¿fue acaso una señal divina la posición del lucero sobre este templo? Lo único nuevo que me ha ocurrido es mirar los ojos color miel del capitán. Y también brillaban. ¿Es el hombre que me acompañará en la vida? ¿Nos protegerá a mis hijas y a mí?
La puerta de la biblioteca se abrió.
—Hija, ¿tan temprano?
Isabel, intimidada, miró a su padre sin encontrar palabras para engañarlo. Le pareció que adivinaba lo que traía a su hija tan de mañana a los pies del mensajero.