Lejos de Palacio
A pesar de estar en una casa con muchas habitaciones, Leonor extrañaba el Palacio. A Dios gracias, se había acabado ese constante fluir de personas por los patios y las escaleras a todas horas, pues las puertas nunca se cerraban; pero con ello la vista perenne de la plaza se había esfumado. Con ello, los cantos de las cofradías que desfilaban a menudo, con ello los pregones de los vendedores, con ello el ir y venir de carretas y pasos de indios y damas, y criadas y negras y frailes. Las campanas mismas de la catedral ya no tañían en su almohada —que era así como lo sentía cada mañana— y se alegraba porque el rey de España y Dios estaban con ella, y su marido también. No importa que dudara a veces de su fidelidad; era un hombre astuto para gobernar al reino y a ella. Lo hacía con discreción, alabando su inteligencia y sus reflexiones alrededor de las lecturas que compartían, y pidiendo con cierta dulzura mimos para él, atenciones para los invitados; los del cabildo eclesiástico principalmente. Relaciones así los tenían viviendo bajo el techo del conde de Sánchez mientras la Nueva España había encontrado un efímero virrey, el duque de Vergara, que murió a menos de un mes de tomar el gobierno que ahora estaba descabezado, en espera de nuevas decisiones. A escasos meses de haber dejado Palacio, aquello la tenía aún descolocada. Tal vez debieron haberse ido de inmediato, pero la hija se esposaría en esa ciudad y había que hacer preparativos de boda y de partida. Y la verdad aún no estaba lista para dejarlo todo de golpe. Sí, aquella vista desde el balcón que llamaban de la virreina y que ahora no tenía dueña, le daba poder. La ciudad se veía desde las alturas. Qué triste se ponía su corazón al despertar por las mañanas, cuando Virgilia —de todas las mujeres a su servicio había preferido la diligencia y la personalidad de esta negra— le traía el chocolate caliente a la cama y le abría las contraventanas para que la luz de la calle entrara con sus ruidos. Por algo los cargos estaban hechos para ocuparse tres años; a los seis la virreina se había adueñado del cuerpo de Leonor, hija de embajador, española y alemana, mujer de la corte de Mariana de Austria. Y ahora que había vuelto a ser marquesa, si no fuera por las visitas que hacía al convento de San Jerónimo, un hoyo profundo la hubiera tragado.
En casa del conde de Sánchez había tocado tierra y sólo las conversaciones de Juana Inés prolongaban los placeres del espíritu. Esperaba con ansias el día de la semana en que ella y Antonio la encontraran en el locutorio, para que mientras ella se enteraba de las noticias del mundo, empezando por el destino de quienes habían sido damas de la virreina, como Bernarda que había casado y esperaba su primera criatura, y estaba rozagante y risueña —añadía la virreina—, o la boda de su hija que estaba próxima a ocurrir, ellos se llevaban noticias de lecturas recientes de la monja. No todo era miel sobre hojuelas con sor Juana. A Leonor le costó trabajo entender que Juana Inés escribiera alabanzas para otros; no comprendió aquellos sonetos escritos a la muerte del duque de Vergara. La encelaron terriblemente.
—¡Pero ni siquiera lo conociste, Juana Inés! —la increpó.
Le resultaba difícil añadir el sor, o el hermana. Para ella era casi una hija y aunque le costó tiempo acostumbrarse a verla con aquel hábito blanco, y el escapulario negro sobre el pecho, la cabeza cubierta donde ahora resaltaban las facciones que antes, en los arreglos de Palacio, se diluían, comenzaba a aceptar que Juana Inés, disimulada con el resto de las de su orden, homologada con sus hermanas, era una voz. Una inteligencia exhibida en palabras. Que las formas de su cuerpo y la coquetería de su rostro ya no deleitaban los ojos ajenos como lo hacían en Palacio. Alguna vez, cuando salieron después de ver la obra de teatro que Juana Inés había escrito y las hermanas representado, cuando merendaron aquellas gallinitas portuguesas y los antes de piñón y nuez tan propios del convento, y salieron ya tarde y cansados, la virreina preguntó a su marido si un hombre podría enamorarse de una monja. No se refería a un hombre de la iglesia, que de eso se sabía de sobra sucedía como ocurrió a sor Antonia de San José, condenada a pasar el resto de su vida en la celda del monasterio cuando se descubrió su embarazo y ella confesó los encuentros carnales con el fraile Velásquez. Se refería a un hombre como él.
—¿Estás pensando en Cristóbal? —adelantó Antonio Sebastián de Toledo.
Sí, Leonor pensaba en él, tan abrumado cuando supo que la chica insistía en el convento, que las carmelitas descalzas no habían sido suficiente lección, que volvía al encierro como elección de vida. Lo habló con ella descorazonado, antes de que Juana Inés tomara el velo, buscando en la virreina una complicidad, un hilo de esperanza. Había muchas chicas que no llegaban a profesar y preferían la compañía de un hombre a la de Cristo. Pero Leonor había sido tajante.
—Juana Inés no es para casarse más que con los libros.
Ella lo había entendido: aunque la chica escudara su vocación religiosa en los meses anteriores a la decisión de ingresar a San Jerónimo, estaba defendiendo sus horas de estudio, su tiempo con la palabra. Y Cristóbal debía saberlo. Él no le permitiría la libertad que el convento, paradójicamente, le prodigaba ahora. Comparaba la vida de Juana Inés con la de su hija, educada para comprender el latín, para leer a los poetas clásicos y a los recién publicados en España como Góngora y Quevedo, pero su vida giraba alrededor de su oficio de próxima esposa. Estaba pendiente de su arreglo, de las atenciones que debía tenerle al futuro marido, de los festejos a los que asistían, de las cofradías a las que ayudaban. Por eso preguntaba aquello a Antonio, porque era hombre y porque era inteligente.
—Tendría que ser capaz de exaltarse con la inteligencia. Tendría que privilegiar el oído a la vista —contestó Antonio después de un tramo del recorrido—. No sé si tanta pureza se lleve con el deseo. El hábito impone, Leonor.
—O provoca —contestó ella pensando en la manera en que Cristóbal podría mirarla. Sin duda, no con aquel candor ni con aquel arrebatado asombro. Tal vez el atuendo de la jerónima hiriera sus pupilas. Le gustaría saberlo, confirmar que la elocuencia de una mujer seduce más allá de su cuerpo, de sus facciones y del adorno del mismo. Juana Inés, con aquel rostro limpio, enmarcado por la toca, ponía a prueba a todas las mujeres. Su inteligencia brillaba por encima de cualquier otra cosa y en esa esfera estaba su poder. En el hogar hubiera sido imposible ejercerlo. Respiró aliviada, sobre todo al recordar cómo Cristóbal se había retraído en aquella contienda de saberes a que fue sometida Juana Inés; había sido una decisión sabia.
No habían salido de esa morada pasajera cuando Leonor cayó enferma. Resintió, más que la vista de la plaza perdida, la imposibilidad de pasear, de visitar a Juana Inés, a su hija. El encierro la sofocaba. No solía enfermarse pero una debilidad muy grande la tenía en cama. Virgilia rompió el tedio y la fatiga de esa mañana cuando entró en la habitación con una carta para ella. Primero se sorprendió de que la noticia de su mal hubiese llegado tan rápido a oídos de la reina Mariana y que ya mostrara su acostumbrada delicadeza con una misiva; pero era de Juana Inés. Hasta ahora lo epistolar no había sido modo de comunicarse; habían estado tan a la mano la una de la otra.
Y Leonor leyó. Y Leonor se volvió Laura. En aquellos sonetos escritos con perfección retórica, con rima y ritmos exactos, Juana Inés la había llamado Laura, y mientras ella se transmutaba en personaje, símbolo y mito, la cortesana, monja, hija postiza, se volvía poeta. Y para el bien de Laura ella, la poeta que le dirigía tan notables sonetos, se enfermaba. Pensó cuan egoísta había sido encelándose con aquellos poemas que le dedicó al duque de Vergara, que llegó en noviembre y murió el día de la Concepción, después de una semana de reinado. Entonces dudó de la sinceridad de sus palabras; pero ahora ante las que ella recibía rubricadas con la propia enfermedad de la monja estaba conmovida. Se sentía pecar de envidia, y dudaba si aquel monstruoso sentimiento había enfermado a Juana Inés.
Llamó a Virgilia con la campana de su habitación: necesitaba que buscaran al padre Antonio Núñez de Miranda. Seguía siendo su confesor y la muchacha temió lo peor.
—No se muera, señora.
Leonor le dijo que no pensaba hacerlo, pero que necesitaba los favores del padre, un vínculo seguro entre el convento y ella.