El arropo
Mientras caminaban hacia el templo de San Francisco, Refugio Salazar recordó las impresiones de Josefa, la hermana de Juana Inés, cuando la había visitado dos años atrás. "Hay muchos caballos y carretas en esas calzadas tan amplias. No es como aquí en Amecameca, donde apenas circulan unos cuantos y espaciados. Allá en la ciudad parece que todo es herraduras apisonando la tierra, relinchos y ruedas girando." La maestra Salazar se mareaba; Juana Inés en cambio andaba por las calles como si no le fueran ajenas, como si su pie hubiese nacido entre edificios y carretas. Los ruidos la embelesaban, el ajetreo de colores y voces la seducían. Su paso era seguro y ella era quien indicaba a Refugio cuando había que detenerse, porque las carretas y los jinetes difícilmente lo hacían. Refugio notaba cómo los muchachos que cabalgaban miraban a la jovencita que la acompañaba. Vestida de azul marino satinado, con el pelo recogido en la nuca y el óvalo perfecto de su cara fresca resaltando, Juana Inés y su andar seguro llamaban la atención. Refugio no acertaba a concentrarse en la ciudad, porque la chica, esa jovencita con paso decidido, la asombraba hasta la médula. Tal vez la Juana Inés que hoy miraba era una natural consecuencia de esas virtudes silvestres, de esa inquietud precoz que ya había revelado en el salón de clases, en el concurso, en la reverencia y en el silencioso pacto con su abuelo lector. Pero ahora en ese cuerpo de formas femeninas, con esa gracia a la que obliga el caminar con cierto garbo y calzado por la ciudad, a Refugio la tenía boquiabierta. Al llegar al atrio del templo otras chicas y otros chicos —aderezados como ella—, algunos indios católicos ataviados de blanco y uno que otro mulato y mestizo, andaban a la espera de que las últimas campanadas anunciaran el comienzo de la misa. Entre las chicas jóvenes, Refugio constató que Juana Inés seguía destacando y que llamaba la atención de algunos grupos de caballeros, por cierto no de los más tiernos, sino de los hombres en edad de casarse. No era que su ropaje fuese más exquisito y adornado, no; el único adorno que llevaba era la medalla de plata de la Virgen de Guadalupe al cuello y unos pendientes de perlas de Japón, que su padrastro le había obsequiado en este cumpleaños. Refugio había ido a la Plaza Mayor a mercarlos, siguiendo los deseos del capitán de escoger algo que adornase a la criatura, que la apartase de los libros y la encendiese a la vista de los caballeros. Por lo bajo y en tono de broma había dicho que no pensaba mantenerla eternamente y que su dote no daba para mucho; así que debía seducir con su lucimiento. A Refugio no le habían gustado los comentarios añadidos a la petición. Le bastaba con saber que su padrastro quería halagar la vanidad de una muchachita en la ciudad. Lo demás estaba de sobra. Juana Inés la distrajo de sus pensamientos y curioseó entre los asistentes a la misa que estaba por comenzar. Compraron un cucurucho de esquites y Refugio escuchó la explicación de la criatura sobre la cruz inmensa del atrio, que habían hecho con un olmo de Chapultepec: una cruz tan grande que aventajaba a la torre de la catedral, puntualizó. Y lo más gracioso, contaba Juana Inés, es que no la podían alzar entre muchos hombres hasta que alguien obligó al demonio a dejar de asirse al palo y entonces los mismos que antes habían intentado elevarla lo lograron al punto. Ante el desconcierto de Refugio, Juana Inés aclaró risueña: no comprendían que había que hacer palanca y que la colocación importaba mucho; seguramente agarraron distinto acomodo. El diablo debió retirarse para que se diera el entendimiento de las leyes para mover los objetos. Refugio la miró perpleja sin saber de cuándo acá la niña se ocupaba de palancas y leyes de movimiento. No bastaba ser muy perspicaz para reconocer que era la de Juana Inés una mirada de inteligente curiosidad, la que le daba una hermosura que la distinguía y que los hombres que pasaban los treinta apreciaban.
Ya las campanas llamaban a misa, por lo que tuvieron que apurar el maíz desgranado en la boca y echar a andar rumbo a la iglesia. La más antigua de la ciudad, le explicó Juana Inés al tiempo que Hermilo Cabrera se les unía para entrar con ellas al recinto.
Refugio no atendió el discurso del cura, que normalmente disfrutaba, pues entendía algo de latín, ni apreció los coros. A duras penas se alertó cuando llamaron a la comunión y Juana Inés echó a andar por delante de ella. Hermilo le dio el brazo y la ayudó a unirse a la larga fila que avanzaba hacia el altar para cumplir con el rito de la misa. Refugio no podía concentrarse en el cuerpo de Cristo porque el olor a madera suave de Hermilo la había devuelto al viaje en canoa y a las bondades del arropo masculino. Que Dios la perdonara, pero no estaba para arrepentirse de desear a aquel hombre discreto, sensible y gentil. Sabiendo que él la seguía, sospechando que tal vez su mirada se anclaba en su nuca, se deslizó impulsada por una levedad olvidada o jamás sentida. Cuando se hincó frente al cura y cedió su boca a la ostia, blanca y tersa, tuvo la certeza de que amar era algo bueno. Y ella se lo dijo allí, frente al altar, mientras Juana Inés hundía la cara entre las manos, concentrada en su contrición: amaba a Hermilo Cabrera. El hombre se hincó a su lado. Refugio observó sus manos toscas y oscuras, trenzadas la una en la otra, y pensaba cómo desearía que fuera en su cuello y en su talle que esas manos se empalmaran. Hermilo debió reconocer su llamado, ese silencio sonoro que alguna vez había destilado desde el fondo de su cuerpo cuando estuvo casada, porque posó los ojos en los de ella.
Al final de la misa, los tres caminaron rumbo a la Plaza Mayor. Hermilo, en medio de las dos mujeres, intentaba hablar con Juana Inés de sus planes futuros.
—¿Y qué le espera a una jovencita como tú?
Juana Inés miró los edificios de la plaza, envuelta por su señorío.
—Quedarme en la ciudad.
—Yo prefiero el campo —indicó Hermilo.
Refugio los miraba atenta al debate de sus sensibilidades.
—Aquí no me aburro —dijo Juana Inés—, y además quiero ir a la universidad.
Hermilo sonrió. Refugio observó su talante discreto que evitó pisotear las ilusiones de la joven, pues las mujeres no estudiaban, si acaso se instruían como ella y enseñaban, como las monjas; pero las mujeres no eran ingenieros ni abogadas. No construían edificios, no detenían inundaciones, no ofrecían misas, no curaban enfermos, no cobraban impuestos, no importaban vinos ni sedas. Las mujeres atendían trabajos delicados y dignos, sublimes, le explicaría luego a Refugio cuando tuvieron un rato a solas en el portal de la casa de los Mata hasta donde Hermilo las acompañó y se despidió, pues debía atender negocios. Pasaría por Refugio al atardecer para ir a tomar unas aguas, le dijo. Y cuando Juana Inés se metió de prisa como si asuntos importantes la aguardaran, Refugio preguntó si asistiría al festejo del cumpleaños de la joven en Palacio; los Mata habían extendido la invitación a ambos. Ella desde luego no podía faltar, de alguna manera era la madrina de la chica.
—Nada me gustaría más —contestó Hermilo, con cierta vaguedad.