Por tres vidas

María Ramírez no sabía cómo empezar aquella carta a su hermana Juana Inés. Por encima del torrente de culpas que sentía debía notificarle a ella y a su hermana Josefa que su madre, Isabel, había muerto. La cálida luz de abril en Panoayan no iba aparejada con aquella zozobra del alma, con la misión de dar malas nuevas y con la más grande aún de encarar a una hermana monja famosa que por demás cuidaba y se había encargado de su hija en el convento. María se levantó de la mesa del comedor donde buscaba las palabras. Sonrió pensando que alguna vez había sido María Izta de los Volcanes para su hermana. Aunque podía escribir desde lo que quedaba de la biblioteca del abuelo Pedro, prefería ese espacio doméstico y no aquella habitación que su madre Isabel había concedido como lugar de trabajo del capitán Ruiz Lozano. Y el capitán, aunque había tomado el mando de la familia, se mostró distante de las Ramírez, como si se resguardara de tener que protegerlas y muy amante de los de su sangre. Y Josefa, Juana Inés y ella eran sólo media sangre suya. Aun así, aunque no se interesase tanto en sus personas y celase tanto a su madre, María se había sentido tranquila de que su serenidad masculina timonease el barco. Le gustaba oírlo cantar y reírse cuando bebía vino de más. Entonces envidiaba a su madre la fortuna de tener hombre al lado. Era bueno que todos sus medios hermanos ya fuesen casados y tuvieran vida propia y que su madre, un año antes de morir, redactase el testamento que todos conocían. Ella, María Ramírez, era la depositaría de esa tercera vida de la hacienda que el abuelo Pedro considerara en su propio legado. Entonces, y aunque cualquier cosa pudo haber pasado entre el año que mediara en la concepción del testamento y el fenecimiento de su madre, Isabel Ramírez había decidido proteger a la más desamparada de sus hijas. Lo mismo había ocurrido con Isabel, pues de entre todos los hermanos, el abuelo Pedro le legó Panoayan y esa consideración retomaba ella con María. Su madre se sentía unida al destino de su hija mayor a quien Lope de Ulloque había dejado, no sin antes aceptar a la hija que ya había nacido a María del capitán Santolaya. Y ya no hubo tercero que se mudara a su lecho: era una mujer sin hombre.

—En peor circunstancia que yo —la propia Isabel le había dicho a María cuando leyó el testamento—. Yo tuve al capitán Diego que permaneció a mi lado y me dio hijos y seguridad, y tuve a un padre que me dio Panoayan para vivir y tener techo y dignidad. Tú, María, no tienes padre y no tienes marido. Tú, sin duda, serás la última heredera de Panoayan; sólo por tres vidas la arrendó mi padre. Tú habrás de tomar provecho de esta hacienda con sus negros y sus indios, porque tu hermana Josefa tiene quién la proteja en la capital y tu hermana sor Juana es la esposa de Dios y la amiga de la virreina y del obispo de Puebla. Escúchame, no despilfarres, y si encuentras hombre que se quiera acomodar en tu colchón que no sea para la vagancia y para acabarse lo que mi padre forjó para nosotros. Y si alguna de tus hermanas o tus sobrinas, o tus medias hermanas o la propia Juana Inés se vieran en apuros, harás lo pertinente para que quepan en este casco, en alguna habitación; que Panoayan sea morada de cualquier mujer sin techo. Y escucha, hija mía, no permitas que tus hijos Lope e Ignacio, que tanto quieres, como quiere uno a los hijos, te convenzan de deshacerte de Panoayan. No contravengas la voluntad de tu abuelo ni la de tu madre. Promete, María.

En los últimos días de Isabel, se le hundieron los ojos como si la mirada se le hubiera vuelto hacia adentro. Los miedos la despertaban de noche. Escuchaba los pasos de la muerte, le había dicho a María; ni los rezos ni la fe, ni la Virgen del Rocío, que su madre Beatriz le había dejado como protectora andaluza, lograban calmarla.

—Ha muerto mi madre —pronunció María de pronto, como si el decirlo en voz alta acentuase la certeza del hecho.

Irían a Chimal a la misa de difuntos. Irían los que quedaban y la maestra Refugio que seguía atenta a la familia. Pero sus hermanas, avisadas a destiempo, no estarían para el funeral. Y ella no pensaba trasladar a su madre a la capital aunque el convento de su hermana permitiese las oraciones fúnebres y cubriese los gastos del adiós a la madre de la muy eminente Juana Inés. Ellas, Isabel y María, pertenecían a la falda de los volcanes, a ese paraje frío y oloroso a resina, al graznido de las aves y a la suave placidez del descampado. María era demasiado tímida y temerosa para ir a la capital. Se puso de pie y avanzó al ventanal para confirmar que la belleza del paisaje la cobijara. Jacinto cruzó a lo lejos. Ya se encorvaba el muchacho; parecía que su mala hechura le presagiaba una vejez prematura. Hacía poco había muerto su madre también, la negra Francisca. Los pensamientos de María llegaron al negro que alzó la cara y descubrió a María mirándolo. Los dos inclinaron el rostro a manera de saludo, reconociéndose en la orfandad y en la pertenencia a ese paisaje que seguramente habría de verlos morir.

Cómo comenzar aquella carta a Juana Inés; tenía que olvidarse de que escribía a una experta en hilar palabras, luego admitir que le dolía la muerte de su madre y que a ella le dolía más que a nadie porque había estado cerca siempre. En cambio Juana Inés había partido de niña. Qué sabía ella de los avatares de su madre, de los tratos dispares del capitán, que cuando la sintió vieja frecuentó poco la casa. Qué sabía ella de los dolores de huesos de Isabel, con quien se sentaba en el corredor para que el sol le diera en las piernas adoloridas y las dos bordaban y recordaban anécdotas sobre la abuela, tan dicharachera, tan espontánea y tan afortunada mujer del abuelo Pedro. La única de las Ramírez verdaderamente protegida. Las demás lo habían logrado a medias o nada. Parecía que no tener padre era un sino para no encontrar marido, porque sus medias hermanas, Antonia e Inés, se habían casado decorosamente y vivían holgadas y con buena fortuna. Aunque el destino de su madre desmentía aquel precepto: ni con el abuelo Pedro, trabajador y bueno, aventurero y constante, de piedra como su nombre, había atinado a la primera a la protección de un varón. María no estaba para sacar fórmulas, porque la verdad era que su madre había estado acompañada de hombre siempre.

Era preciso meter la plumilla en el tintero y contar a su hermana que su madre había muerto como un pajarito frágil, entre sus brazos, aquella mañana del 25 de abril, apenas incorporada en su cama, pidiendo agua con la voz tan baja que era preciso estar a un palmo de su boca para entenderle. Luego la mirada del miedo y esa respiración ansiosa y la cabeza desplomada sobre su hombro, inerte. Y ella, María Ramírez, sin atreverse a despegarla de su cuerpo, agitarla, segura de que no existía más la voz ni los ojos. Se quedó mucho rato así hasta que el peso del cuerpo menudo la hizo percatarse de que abrazaba a su madre muerta. Entonces lloró, pequeños estertores que delataban el abandono, ¿qué era uno sin una madre? ¿Quién era María sin Isabel? ¿Qué haría sin su compañía, no importaba si enferma y frágil y hasta impertinente y malhumorada en los últimos años? ¿Quién sería María sin hijos que la acompañaran, sin madre, sola en tan vasta propiedad donde su único contemporáneo era el negro Jacinto? Despegó la cabeza de su madre del hombro y con cuidado la depositó en la cama, le cerró la boca, le acomodó el pelo cano alborotado sobre la frente. Seguramente le dijo: "Adiós, madre". Ya no lo recordaba, pero se supo afortunada en poder realizar ese despido íntimo. Suyo. No contaría los detalles a su hermana la poeta. No después de que seguramente la juzgaba como una mujer insensible por aquel desapego de su hija mayor, Isabel María, tan lejos. Tan hija de Juana Inés que pagaría la mismísima fiesta de la ceremonia del velo en unos meses. Una hija monja, que seguramente no pediría el cielo para su madre tan desatenta, tan poco pendiente de ella.

María comprendió por qué tardaba en hundir el cálamo en el líquido negro, por qué no avanzaba más allá de la fecha anotada, 25 de abril de 1688. Temía, al contar la muerte de Isabel Ramírez, al explicar el dolor de la pérdida, no tener razones para haber desamparado a su única hija, la mayor, la que ahora llevaba por nombre el de su abuela y el de su madre. Tamaña paradoja, la criatura abandonada por el padre, el fugaz capitán Martínez de Santolaya, en el convento de las jerónimas al cuidado de su tía Juana Inés, llevaba los nombres de sus predecesoras, tan ocupadas la una de la otra que Isabel María había resultado invisible. Por eso ni iría a la ceremonia de su hija la novicia para sentarse como una extraña en las bancas de la capilla de San Jerónimo. No iría para que los santos y las hermanas la miraran subrayando su distancia.

¿No sabíamos que IsabelMaría tenía una madre? Creímos que erahuérfana y que por eso la madreJuana se ocupaba de todos los menesteres,gastos, techo y formación de tan dulcecriatura. Eso sí, se le parece en laforma de la nariz, en el óvalode la cara. Y la propia madre Juanaguarda parecido con usted.

No, ella era de la montaña, de Panoayan, huérfana de madre; el luto no le permitiría moverse de la hacienda. La muerte de Isabel Ramírez la eximía de la vergüenza y del miedo de atravesar los canales y encarar los ruidos y la plaza, y a los desarrapados y los peligros y la inmundicia, y el encierro de Isabel María destinada a la protección de la Iglesia y de su hermana Juana Inés.

Tal vez le escribiría a su hija un día y le contaría la importancia de su nombre, cómo llevaba en él el alma equívoca y tibia de su abuela Isabel y la suya distante y cobarde. Que orara por ellas porque Dios estaba a su lado. Y Dios era hombre. Se apresuró: había que escribir de una vez por todas aquella carta. Querida hermana Juana Inés...