Vestida y alborotada

Miraba hacia el borde de la escalera de entrada porque esperaba verlo aparecer de un momento a otro. Más que el asombro por aquel salón de Palacio, ricamente decorado con tapices orientales, con cuadros alusivos a los reyes católicos, a la travesía de Colón, y en el centro el retrato de los reyes Felipe IV y Marina de Austria, Refugio esperaba halagar sus ojos con la presencia de Hermilo Cabrera. Sentada en el salón, con una copa con jerez entre las manos, la maestra sintió que el cuerpo se le vencía, que toda la tensión anterior se escurría entre su piel y la tela del vestido hasta los pies y que la abandonaba como un charco de metal derretido. El charco podría formar un cuenco de plata, pero eso que le pesaba tanto ya no era más suyo. Se sentía bien en aquel vestido rosa, con el remate de encaje verde pálido, la cintura remarcada y la botonadura de pequeñas rosas talladas en hueso al frente. Aquello no era fácil de apreciar y se necesitaba una vista delicada para notar aquel trabajo detallado, propio de una prenda sofisticada y costosa que no era suya. La carroza que había pedido Juan Mata para la ocasión había tenido que esperar a que se resolviera el drama doméstico desatado minutos antes de salir a Palacio. Refugio observó, desde el pasillo del piso segundo, que Juan y María aguardaban al resto de la comitiva en la sala de estar; tocó en la habitación de Juana Inés para que bajaran juntas. No podrían llevar a la pequeña María por su edad. En las fiestas de Palacio, por la noche no estaba bien vista la presencia de los niños. Refugio la había consolado y la encontró ahora repuesta aunque llorosa. Dijo que bordaría con su nana las letras que les había dibujado Refugio esa tarde. Así que una vez plantado el beso en la frente de la niña, Refugio observó el arreglo de Juana Inés: el vestido de seda avellana con encaje ahuesado, las mangas con remates azul cielo igual que el bajo de la falda. Las caderas se le veían más abultadas y el torso más fino por el efecto de los refajos que por primera vez usaba.

—Estás hermosa —dijo a la joven, quien le replicó que ella también.

Refugio tenía sus dudas respecto de aquel atuendo que le había comprado su marido cuando todavía vivía, doce años atrás, y que a duras penas le entró.

—No puedo respirar —se rió, y contagiada del placer juvenil de ataviarse para una fiesta, bajó detrás de Juana Inés hasta el recibidor donde Juan y María aguardaban impacientes. Escuchó los halagos que brindaron a la festejada; la tía había elegido el modelo y lo había mandado a hacer con la modista de la familia.

—Costó una fortuna, mujer; cómo no iba a lucir la sobrina con él —dijo Juan.

Pero cuando Refugio ocupó sus miradas, todo fue silencio. La mujer perdió el paso y la juventud que había estrenado en lo alto de la escalinata. Se enfundó con la capa de terciopelo oscuro pero María no pudo contener el comentario.

—Así no nos puedes acompañar —dijo tajante.

Juana Inés la miró compasiva, pero Refugio le reprochó no haberla defendido en este momento.

—¿Por qué no me lo dijiste, Juana Inés? —atacó sin saber dónde colocar su malestar.

—Me parece bien, tía —insistió Juana Inés.

—Para Palacio no, criatura —dijo Juan Mata—. Allí es puro lucimiento, última moda. La virreina ama el fasto, los atavíos, y es buena conversadora.

—No voy —insistió Refugio, subiendo ya la escalera.

—Ni yo —la siguió Juana Inés.

Ya la tía corría a su habitación buscando algo con qué resolver el desaguisado. Refugio se sintió como una niña caprichosa, absurda, y obedeció a María sabiendo que tendría que ceder a lo que ella dispusiera porque en el fondo no quería dejar de encontrarse con Hermilo, como lo habían dispuesto días antes. Los ojos se le habían enrojecido con el llanto agolpado y se sentía herida de vanidad; pero se probó, uno tras otro, los mejores vestidos de María Mata, que para la ocasión se había hecho uno especial en terciopelo vino. Pero María era más baja y más ancha, y la cintura no rimaba con el punto donde estaba la de Refugio, que tenía el torso muy largo y muy delicado, como una niña, y en el que los pechos frondosos desentonaban. No le importó estar allí en medio de tía y sobrina, con las bragas largas y el corsé luido, ajustado al talle. Se desplomó sobre la silla mecedora e insistió en que se fueran y la dejaran. La misa debía haber comenzado.

María gritó a Trini, que subió a toda prisa ante ese imperativo que denotaba el estado alterado de la señora.

—Lleva este mensaje a la señora Argüelles; aprisa, ve a caballo con Hilario, y esperas antes de volver a que te dé lo que le pido.

Juana Inés acariciaba la cabeza de Refugio vencida y avergonzada que volvía a insistir en que la dejaran. Era el cumpleaños de la niña, nada menos que en Palacio.

—Nos invitaron a todos y no podemos fallar —dijo María—. A la misa siempre llegan tarde los virreyes.

Juan Mata subió y tocó en la habitación, pero Refugio no dijo nada. Dejó que la mujer le explicara y esperó a que, por primera vez desde hacía mucho, alguien solucionara los problemas. Un problema menor si se mira bien, porque haber sido viuda temprana, tenérselas que valer con una renta mínima, tener un padre distante que no la ayudó, hermanos que se avergonzaron de su condición de viuda joven que la malcolocaba frente a los hombres, después del aborto que la dejó imposibilitada de tener hijos, qué era un vestido para una fiesta; se avergonzó de su banalidad y su pensamiento pareció cruzarse con el de Juana Inés, que disimuló su fastidio tomando el libro de Baltasar Gracián que acompañaba la mesa de noche de su tío.

María Mata se quitó los ceñidos botines y se sentó en la cama. Refugio notó que la ira de Juan, que subía de nuevo las escaleras, le arrancaba una leve sonrisa de triunfo.

—Ya vamos, ya vamos —lo tranquilizó.

Por fin los pasos descalzos de Trini irrumpieron con un traje envuelto en una funda de cuero que María extrajo con delicadeza y entregó a Refugio.

—Te esperamos abajo, esto debe quedarte. Deja el libro, criatura —tomó a Juana Inés de la mano—, hoy es tu cumpleaños. No te empaches de letras.

Cuando por fin descendió, María la miró aprobatoriamente.

—Es bueno que te deban favores —dijo a su marido—; si no pagan la deuda por lo menos que se desprendan de su ropa un rato. Claro está que si un día van a Palacio, Josefina Argüelles no podrá usar este vestido. Tal vez hasta te quedes con él, mi querida Refugio; después de todo ser maestra debe tener su recompensa.

Refugio no estaba segura, ahora que miraba ansiosa hacia la escalinata, de quién había sido la recompensa: si de la propia María que deseaba hacer esperar a su marido, vengándose de la noche anterior en que no llegó, o si de ella, que tendría la suya en breve, cuando Hermilo la tomara de la mano y la llevara al centro del salón donde algunas parejas ya bailaban, esperando la entrada de los virreyes que siempre permanecían ocultos mientras los invitados llegaban. Ellos no debían ser quienes esperaran, aseguraba Juan Mata.

—Ni con el arzobispo estaban dispuestos a llegar primero. Sólo a su muerte llegarán antes —murmuró la señora junto a Refugio, que ya le preguntaba de dónde era ella y su familia, y por qué estaba allí.

Juan Mata y su mujer estaban en una esquina conversando con Juana Inés, pero la verdad es que Refugio no resistía estar de pie con aquellos zapatos que, aunque hacían juego con el rosa del vestido prestado, le quedaban chicos y no quería moverse del sitio donde Hermilo entraría vestido elegantemente, imaginaba ella. Miró a los Mata por un rato; no sabía si le agradaban. No alcanzaba a comprender si lo suyo era una actitud generosa o una obligación que no habían tenido más remedio que cumplir. Después de todo, Juana Inés llevaba ocho años con ellos; pero estaba claro, no se podía quedar para siempre. La música calló de pronto y la puerta al fondo del salón se abrió de par en par para que entraran los marqueses de Mancera: "Antonio Sebastián de Toledo y Leonor Carreto, virreyes de la Nueva España", anunció el maestro de ceremonias y ante el aplauso la música continuó. Las mujeres hicieron discretas reverencias para saludar a la pareja y el virrey besó las manos de las señoras.

Refugio sintió temor por la tardanza de Hermilo. Y si llegara tarde, ¿qué pensarían los virreyes que no esperaban a nadie? Se afligió al punto que le dolió el estómago y estuvo pálida cuando se acercó a los Mata para ser presentada a la par que Juana Inés.

—Mi sobrina, Juana Inés Ramírez, excelencias —dijo Juan—; su maestra primera, Refugio viuda de Salazar, y mi mujer María Mata.

Ya María lo miraba ofendida por ser la última de la lista y porque el virrey y la virreina, después de saludarlas, preguntaban a Juana Inés si era verdad su sed de estudio, su deseo de haber ido a la universidad, su inteligencia.

Refugio presumió que había ganado aquel concurso en Amecameca a los ocho años con una loa al Santísimo Sacramento y la virreina aplaudió sorprendida. Mirando alrededor, dijo por lo bajo:

—Aquí lo que falta son inteligencias.

Todos rieron. Refugio notó que la virreina estaba contenta con la presencia de la pequeña y por un momento se situó en lo que allí los había traído: festejar a Juana Inés. Además, ahora que la miraba de cerca, le pareció una mujer astuta e inquieta. Eso le gustó. En cuanto los virreyes siguieron su ronda de saludos después de darles la bienvenida, Juan Mata, inquieto, se retiró para hacer otros saludos. María, incómoda, tomó del brazo a Refugio. Juana Inés, en cambio, ya conversaba animada con un grupo de bachilleres con el que la había presentado el virrey.

La tristeza le fue ganando. Aquella ligereza de la llegada a Palacio, cuando caminaron desde la catedral y entraron por la puerta mayor, entre puestos y vendedores que estaban en el patio y tomaron rumbo a la planta alta donde sólo algunos podían pasar, se le fue volviendo un polvillo estorboso. El aula de Amecameca, con sus pupitres maltrechos y la vista de los volcanes, se le fue instalando en el ánimo; se miró con su falda azul de lana frente al grupo, caminando de regreso a su casa para comer sola, durmiendo en su cama después de los rezos, pudriéndose en sus sábanas, sin anhelos, sin otro camino más que el de todos los días fríos de la montaña y se fue resquebrajando. Le dolían las rodillas. Buscó una silla para sentarse con María y esperar a que diera la hora de desprenderse de ese absurdo vestido rosa y verde de la señora Argüelles, que absurdamente ya nunca lo podría usar en Palacio.

—¿Ya lo viste? —la distrajo la pregunta de María.

Por un momento pensó en Hermilo y su corazón dio un salto, pero se refería a Juan Mata, que bailaba con una chica rubia y muy joven.

—Así son las cosas en Palacio —intentó apaciguarla Refugio.

Un mensajero se acercó titubeante, preguntó su nombre y le entregó una nota. Mientras María seguía rumiando sobre la coquetería de la chica, Refugio leyó la nota de Hermilo: "Disculpe usted que no haya podido asistir; le explicaré todo, si me perdona. Estaré esperando en la puerta de su casa el momento de su regreso para ponerme a sus pies. Suyo, Hermilo Cabrera".

Refugio se tomó de la última frase que María soltó al aire, para proponerle que se fueran.

—Pues a mí no me gusta cómo son las cosas en Palacio.

María Mata la miró sorprendida por esa respuesta inesperada. Juana Inés estaba en el centro de aquel grupo de caballeros que conversaba con ella, Juan Mata bailaba en el centro y Refugio llevaba a María Mata del brazo hacia la escalinata sin mirar atrás, sin despedirse, saliendo donde el cochero esperaba para indicarle que las devolviera a casa y estuviera de nuevo a la puerta de Palacio. Que si preguntaban por ellas dijera que se habían sentido mal. Y mientras María sollozaba sigilosa, Refugio le daba un pañuelo y pensaba ansiosa que Hermilo estaría allí esperándola, y que después de depositar a María Mata saldría a andar con él por las calles de la ciudad hasta donde el agua impidiera sus pasos, y lo seguiría hasta el fin del mundo.