Los lobos

Noviembre 17 de 1694

Querida y admirada María Luisa:

Te escribo con la certeza de que no tenemos tiempo. Es preciso que procedas de prisa para que los lobos se den cuenta de que su plan ha fallado. Han seguido acorralándome y yo he dado muestras de que me han convencido, pero tú bien sabes la verdad. Tú que has recibido de mi pluma evidencias de afecto y reverencia, de mi amistad y devoción perenne, das ahora pruebas tan altas de tu amor por mi persona que me será imposible estar a la altura de tus gestos de comprensión y tus capacidades de estratega para vencer en la batalla.

Cuantos versos te escribí en los tiempos en que estuviste en Palacio, tan cerca de mi celda en San Jerónimo, tan arropada por los volcanes como yo, son ascuas apenas, indicios vanos de la insondable emoción que tu compañía me ha brindado a lo largo del tiempo. Y que hoy, cuando los tres lobos se han puesto en mi contra, cuando quieren comer a su cordera, porque balan con palabras, me recoges en tu seno tan virtuosa como la virgen María, como la madre de Cristo, con el desinterés que sólo un amor incondicional puede proveer. Te escribo atribulada por lo que desde la publicación de la Carta atenagórica, tres años atrás, ha sucedido, y emocionada por las providencias que tú has tomado para que ellos no logren lo que se han propuesto; para que si la Santa Inquisición ha de juzgarme como al amigo Palavicino, quien en su sermón sobre las finezas en el convento de San Jerónimo osó darme la razón y llamarme la Minerva de América —lo que atesoro con agradecido honor—, encuentren que aunque mi pellejo se haga costra con las llamas y mis ojos se derritan y mi lengua no sea más que un músculo inservible, mis palabras habrán volado antes, habrán surcado mares y despreciado poderosas decisiones de que se me recuerde como a una santa, como a una arrepentida de haber dedicado al mundo palabras vanas. Tú ya sabes que mi nombre ha sido llevado al Santo Oficio anteriormente por considerar profanos mis villancicos, porque juzgan pecaminoso que incluya a los negros y sus bailes y sus rebumbes y cadencias en el estribillo final y festivo de los villancicos que se escenifican en los atrios. Cómo quieren tener la atención de los pueblos si no mezclan sus gozos con religiosos luceros. Muy a propósito he cesado las referencias a los negros cuando la persecución en los oratorios donde se reúnen a bailar ha sido tenaz, pero por más sofocos que hagan en la vía pública, los bailes se hacen a puertas cerradas, que lo supe bien por mi negra Juana de San José y por lo que se cuenta en pasillos y patios de este convento que en su encierro tiene muchas ventanas al mundo.

Ahora se añaden a la ojeriza contra mi persona, razones más poderosas para desatar un auto. Siempre pensé que tus ideas eran brillantes; lo mismo ocurrió a tu marido, las sugerencias más notables para su gobierno eran las tuyas porque tenías no sólo una cabeza clara y aguda, sino veloz. Sabías tener contento al arzobispado. En tus tiempos, Aguiar y Seixas estaba sosiego; de todas las mujeres que hubiera querido encerrar en el convento de Belén con el loco de Barcia, tú eras la prueba fehaciente de los peligros que representaba una mujer poderosa y de su impotencia. Tú pensabas. Pensabas y actuabas. Tú eras sensible y gobernabas. Eras hermosa. Tú eras la representación del rey y a su imagen y semejanza departías con los poderes de Dios sobre la tierra porque, ojo, el rey gobernaba sobre lo religioso y lo laico. Pero qué te cuento yo a ti que tú no sepas, y que aún en tu calidad de ex virreina sigues procurando lazos, libros, empaques para que las palabras sobrevivan y nos den un peso en el mapa de las ideas, y de las creaciones, de los altos vuelos del arte que son propios de lo humano y del halo divino con que fuimos insuflados.

Te confieso, María Luisa, que he bajado de peso, que la comida me ha dejado de interesar y que ya no meto mano en las decisiones de la cocina. Mi curiosidad se ha replegado ensombrecida por la ira. Soy un animal acorralado, un animal acusado de su naturaleza: tener colmillos y usarlos, tener garras y encontrar su sitio en el mundo. Si la bestia se alimenta de otros animales, lo mío es alimentarme del pensamiento de los demás, de sus maneras de mirar el mundo, lo mío es apresar el entendimiento en palabras. Encontrar las metáforas del intelecto que me hagan estirar el cuello a las alturas donde la gracia divina lo permita. Pero los hombres no son divinos, los hombres son envidiosos. A uno lo he llamado de nuevo como mi confesor, qué golpe maestro para tenerlos en paz. La cordera recapacita sobre su antigua decisión de alejarlo y lo llama suplicante. Bien sabemos él y yo que lo atenaza la envidia de que lo que yo escriba sea publicado por obra y voluntad de mi virreina amiga, que mis villancicos tengan más lustre que los suyos. El más cercano y el más alejado de los hombres de mi mundo, Núñez de Miranda, el que me trajo al convento, bien sabes que me hice religiosa por sus consejos que no eran errados porque de qué otra manera hubiera dedicado tiempo al estudio, tenido la ventaja de las conversaciones nuestras, la cercanía de tu sensibilidad y de otras inteligencias pertinentes y atrevidas como Kino, Sigüenza, mi muy leal amigo, a quien la envidia nunca ha pesado, pues siempre ha reconocido a la compañera de aula que pude haber sido.

Perdona si mi discurso es deshilado, pero la emoción me embarga, por las dolencias del espíritu, por el temor a ser castigada y por la vergüenza de haber tenido que ceder y firmar la protesta de fe renovada, y llamar a Núñez de Miranda como confesor nuevamente. Lysi, amiga que no he vuelto a ver pero que siento tan hilvanada al corazón como las venas que lo alimentan, qué año ha sido éste. ¿Hay prueba mayor de amistad que lo que tú haces conmigo en este momento de tribulación tan grande donde el desamparo de quienes me protegieron y me acompañaron es casi total? Paradoja de paradojas, quienes están más lejos son las que se me acercan para arroparme con una argucia inimaginable que convoca a las inteligencias y la diligencia de la pluma.

Me sorprendes, María Luisa. Me pregunto si el brillo de tus ojos sigue teniendo la intensidad de antaño, si cuando leas estas líneas tu corazón saltará deseoso y excitado por leer Los enigmas que he escrito y enviado a las monjas portuguesas. Ellos confortan mis tribulaciones y son una manera de agradecerte mi salvación, la única posible.

Hace unos días cumplí cuarenta y seis años y no hubo mejor regalo que el avance de tu propuesta deliciosa, acompañada todavía de la insistencia de partir hacia España. Recuerdo cuando me dijiste antes de tomar camino rumbo a Veracruz que me fuera contigo, que verías que entrara al convento más suave posible para las dedicaciones de mi estudio, para el sosiego de los libros. Lo decías con el corazón empañado, y yo no podía entonces concebir el mundo desde lejos, sin el lugar que yo había labrado en el convento y en el palacio: en mi ciudad. Desconocía entonces que el orden de las cosas dependía de tu presencia, que ya nada podría ser como cuando estabas a punto de llegar a la Nueva España y me fue encargado aquel arco para recibirte. Con cuánto gusto escribí el Neptuno alegórico sin saber aún que me toparía con la belleza de tu inteligencia y amistad. Cuan insólito fue entonces que una mujer, una monja letrada, como solían nombrarme, tuviera el estelar en la recepción de los nuevos virreyes. Qué lejos estaba yo, cuando tu partida, de presagiar el derrumbe, de saber que el reconocimiento no se sostiene sólo por méritos propios, que requiere de la aceptación y complicidad de los otros. La tuya sin lugar a dudas, que desde la distancia ha procurado ya dos inmensas alegrías a mi persona: la publicación de mi obra reunida en dos volúmenes, y la que ahora traes entre manos. ¿Será eso por lo que los lobos han cerrado el cerco con más hambre de los jirones de mi carne?

La resaca de tu cobijo y del de mi padrino duró por años; yo, ilusa, percibí que la cordialidad del espacio conquistado sería para siempre, que ya no se podía echar marcha atrás. Que no podía dejar de ser poeta, dramaturga, estudiosa. Que el alimento de mi espíritu no podía renunciar a lo que las miradas de los otros, a lo que la sabiduría de las culturas antiguas y los nuevos hallazgos me prodigaban. Ahora me piden que sea otra de la que soy, que me corte la lengua, que me nuble la vista, que me ampute los dedos, el corazón, que no piense, que no sienta más que lo que es menester y propio de una religiosa, de una esposa de Cristo. ¿Quién ha decidido que no pensar es propio de la mujer del Altísimo?

La ira me vence, me abate el ánimo disfrazarme de otra; te reitero que he aceptado a mi antiguo confesor para sosegarlos y por lo mismo he pretendido el silencio. Me alegro, María Luisa, que tú sepas que sólo es fingimiento y que lo podamos demostrar.

Me detengo aquí por las fatigas del pensamiento y los estragos que los acontecimientos recientes han producido en mi cuerpo. Proseguiré más tarde cuando el sosiego me permita el regocijo de nuestra empresa y no prive la desazón y la ira por la escenificación a la que he sido orillada.

Devota de tu persona,

Juana Inés