La libertad de Virgilia
Como si su pasado palaciego fuera un lastre, Bernarda Linares no había tenido interés alguno en hacerlo visible. Con la partida de Antonio Mancera y la muerte de Leonor Carreto, los años en la corte habían quedado reducidos a una serie de recuerdos polvosos. Juan Mata era un percance pasajero en su vida nueva de mujer casada, de madre de tres niños sanos, criollos, hijos de padres criollos, de abuelos españoles. Dos rubios como ella, uno de pelo oscuro y ojos pardos como su padre. Feliz esposada de un notario, la vida de Bernarda era como ella había esperado. Asistía a los festejos y comidas de altas personalidades de la ciudad; fray Payo, el virrey, era un hombre sensato que tenía una buena relación con su marido. Ambos asistían a misa, apoyaban a la Cofradía del Rosario, el hermano mayor de Bernarda formaba parte del cabildo eclesiástico, el menor se había casado con una española hija de condes. Estaban a bien con la Nueva España y el reino, así que no había por qué quejarse, ni por qué atender al pasado ni acordarse de aquellos días turbios de un aborto secreto. Era buena para ahuyentar los pensamientos que la ofuscaban, ocupándose o mandándose a hacer vestidos nuevos donde los guardainfantes ajustaban de nuevo su cintura y daban holgura al vuelo de la falda; o disponiendo las viandas para atender a los comensales o saliendo de paseo a las huertas de San Ángel.
No hubiera reparado en su vida anterior si Virgilia no hubiera llamado a su puerta preguntando si se acordaba de ella la señora. Bernarda, incapaz de despedirla porque temía que ello resultara peor, había bajado asustada al recibidor para hablar con ella. No contenta con la curiosidad de las cocineras en la habitación contigua, la había llevado a su recámara para escuchar lo que quería Virgilia. Si era dinero, estaba dispuesta a dárselo, pero la negra que primero alabó su belleza, lo bien que se seguía viendo y luego la hermosura de su casa, le pidió que la ocupara en algo. Leonor Carreto le había concedido la libertad antes de partir y no sabía qué hacer con ella, no tenía más casa que el Palacio y la casa del conde de Sánchez donde habían estado los virreyes antes de salir. Los señores no querían a una esclava que ya no lo era. Pensaban que era un peligro para los demás sirvientes. Querían demostrar que la libertad tenía sus riesgos, que se fuera a vivir esa vida de libre. Bernarda la escuchó preocupada porque la estimaba, pero no la quería cerca. No quería ese recordatorio en casa. Tampoco se lo podía decir.
Virgilia, con las manos nudosas entrelazadas sobre la falda, dijo que sabía cuidar niños y más miedo le dio a Bernarda el poder que podía adquirir su cercanía con las criaturas. Alguien que sabía de su pasado no podía estar allí.
—¿Y la casa de Belén? ¿Has pensado en ella?
Virgilia la miró con horror. La libertad... la libertad, masculló. La palabra pesaba y nunca había tenido la necesidad de pensar en ella porque su destino estaba trazado y ella no había hecho más que acompañarlo. Tampoco estaba dispuesta a que la negra, cómplice de su pasado, se lo arruinara.
—¿Te acuerdas de Juana Inés? —le dijo de pronto, iluminada por una idea—. Se ha vuelto una monja famosa.
Bernarda sabía que el arco para recibir a los nuevos virreyes, los marqueses de la Laguna, que llegaban en unos meses, había sido encomendado a Juana Inés. Curioso que Virgilia apareciera cuando esa noticia hacía poco circulaba: era sabido que Sigüenza y Góngora haría el muy importante de Santo Domingo y que Juana Inés de la Cruz el de la catedral misma. Una mujer, se comentaba con escándalo. Una mujer a la que el cabildo hiciera el encargo. De esas cosas se enteraba Bernarda por su marido y por las amistades de éste. Algunos decían que era impensable que una monja mereciera tan elevado honor, como lo afirmaba su propio hermano en el cabildo. Otros, en cambio, sabían que Núñez de Miranda, que los antiguos virreyes, que el gobernador Velásquez de la Cadena y su hermano Diego, y que el propio fray Payo la tenían en muy alta estima, si no cómo cometer aquel desliz de ofrecer a una dama, no importa cuán religiosa fuese, tan alta encomienda.
—En el convento reciben donadas —se acordó de pronto pensando en que los astros debían haber pactado esa intromisión del tiempo antiguo en la vida nueva de Bernarda—. Juana Inés nos dará la solución. Mi marido y yo podríamos pagar para que entraras allí; no para que te vuelvas monja, que nunca se ha visto una negra monja, pero para que te den trabajo, casa, comida, fe.
Virgilia hizo un gesto de desagrado; no pensaba que fuera la mejor solución, pero no usaría su lealtad para chantajear. Eso Bernarda lo sabía, sólo que su presencia misma bajo el mismo techo la incomodaba. Si la podía proteger era de esa manera, así se aseguraba que encerrada en el convento estuviera lejos.
Cuando la negra bajó por la escalera escoltada por Rosario, Bernarda miró aliviada la figura larga de la negra alejarse con los recuerdos negros de las horas en que su cuerpo no le perteneció y del pedazo de carne muerta guardado como prueba de su pecado y su falta. Eran peligrosos. Tendría que hablar con Juana Inés, pedir su gentileza, amén de felicitarla porque aquellos años de estudio, de encierro y latinajos, de elevadas conversaciones con los señores —que tanto aburrían a Bernarda— parecían rendir frutos. No podía evitar sentir orgullo por el honor y el reconocimiento que significaba la encomienda del arco a Juana Inés. Saber que los pasos de Juana Inés habían sido acertados, como los de ella, a pesar de los tropiezos, le produjo un regocijo cómplice que se llevó la sombra del pasado que Virgilia había traído. Le escribiría a sor Juana, pediría su apoyo y luego hablaría con su marido. O tal vez no fuera necesario, preguntaría él por qué no la empleaba en casa, siempre hacía falta alguien de confianza y quién mejor que esta mujer que había servido a la virreina. No, emplearía su propio dinero para ingresarla al convento. Pediría a su marido que comprara algunos libros de excepción para su monja amiga pues pensaba felicitarla por el encargo. Así, con Virgilia en San Jerónimo y con la anuencia de Juana Inés, el secreto estaría resguardado.