EPILOGO
Alison y Anne habían decidió aligerar las cosas.
El proceso estaba cerrado y no admitía preguntas. Fue lento y pesado, pero así tendrían que ser las cosas cuando aquellos que toman las decisiones debían estar seguros. No quedaba sitio para juicios velados, ni opiniones imprecisas y mucho menos, para prisas de última hora. El acuerdo de las partes, el sello de caucho de un segundo especialista y, finalmente, la sesión ante al juez. Esos eran los pasos a seguir necesariamente en el proceso.
Divorcio, custodia de los hijos, violencia doméstica. El Área de Familia del Tribunal Supremo ejercía su dominio sobre muchas vidas y Alison no tenía ninguna prioridad. En todo caso, su proceso se consideraría mucho menos urgente que otros. Así que llevaría algún tiempo. Alison había retomado sus conversaciones con ella dos semanas atrás y tras las lágrimas, las discusiones, las dudas, Anne tomó la determinación de hacer lo que le había pedido.
Ayudar a una amiga.
Ya estaba todo dispuesto, pero para Alison todo discurría demasiado lento.
Anne se dirigió hacia la UVI haciendo un esfuerzo por caminar cada paso, por seguir avanzando. Armándose de valor.
Jeremy iba progresando, pero necesitaría algún tiempo. La relación que había establecido con una estudiante se había ido a pique sólo unos días antes de la muerte de James; pero, aunque hubiera tenido a alguien cerca que le apoyase y le reconfortase, a Anne le habría gustado estar a su lado de todas formas. Ahora se encontraba solo y desesperado y los veinticinco años que duraba su amistad implicaban que ella siempre estaría cerca, dispuesta a ayudarle.
De igual modo, no podía volver a ver a Thorne jamás.
Era como si ambos hubieran sobrevivido a un accidente de avión pilotado por Thorne. Aliviados, pero incapaces de volver a mirarse a los ojos. El sentimiento de culpa y responsabilidad y los malos recuerdos no debían permanecer en su futuro.
Su futuro era Rachel.
Habían trasladado a Alison a una habitación cercana hacía dos semanas. No se veía directamente desde la cabina de las enfermeras y no la molestarían.
Anne abrió la puerta. Alison estaba despierta, y encantada de volver a verla.
Se desplazó hasta la ventana y corrió la cortina. La habitación era incluso más amplia y funcional que la anterior. Anne recordaba el jarrón de flores medio secas que había traído Thorne y, durante un momento, se preguntó dónde estaría y cómo se sentiría. Cerró los ojos, limpió su imagen de la cabeza y se volvió hacia Alison.
Pasaron un rato de risas y llantos, antes de que Anne se fuera a trabajar. Sus movimientos eran rápidos, precisos, muy profesionales. Apartó la cápsula del oxímetro del dedo de Alison y lo dobló, formando un ángulo de noventa grados con el cable. Era algo que nunca se comentaba, pero muchos médicos sabían que esto anularía la alarma y evitaría que sonara cuando el ventilador dejase de funcionar. En unos veinte minutos volvería a conectarlo, cuando todo hubiera pasado, y el ventilador volvería a funcionar con normalidad. Había sido idea de Alison. No te arriesgues, haz que parezca natural.
No jodas tu carrera, cariño.
Anne se inclinó sobre el ventilador y apartó la tapa de plástico que protegía el interruptor, como si fuera el botón que iniciara el lanzamiento de un misil nuclear. Miró hacia la cama.
Alison había cerrado ya los ojos.
Independientemente de la calidad de la extraña e irrisoria vida que había experimentado Alison durante los últimos meses, esta había estado acompañada permanentemente de una banda sonora de zumbidos, silbidos, pitidos, goteos... Veinticuatro horas al día. Una vida caracterizada por los sonidos.
James Bishop la había condenado a esa vida, pero Alison se negaba a convertirse en su víctima.
Ahora, finalmente, el sonido se detuvo.
Más que nunca, Anne Coburn deseaba que Alison se aferrara a la vida el tiempo suficiente para disfrutar de este silencio.