CAPÍTULO CINCO

Thorne se sentó al borde de la mesa de Tughan, en la diáfana sala de operaciones. Mientras Tughan manoseaba el ratón y aporreaba el teclado, Thorne pudo observar claramente su rigidez típicamente irlandesa. Sabía que le estaba molestando.

—¿No tienes nada que hacer, Tom?

Phil Hendricks había estado trabajando toda la noche, por lo que Thorne había recibido ya toda la información que necesitaba, incluso antes de que Keable se sentara con el superintendente en jefe a tomar un café con cruasanes. A Helen Doyle la habían drogado con una fuerte dosis de Midazolam y murió a causa de un derrame cerebral. A pesar de la localización del cuerpo y de la aparente variación en la rutina habitual, no cabía duda de que era la quinta víctima del asesino. Eso era prácticamente todo lo que sabía, además de que los forenses habían recogido algunas fibras de la falda y la blusa de Helen Doyle para su estudio. Thorne cogió el teléfono.

—¿Se ha sacado algo positivo de esas fibras?

—Danos un puto respiro.

—Está bien, dame entonces tu jodida opinión.

—Son fibras de una alfombra, probablemente del maletero del coche.

—¿Puedes deducir de qué marca?

—¿Quién te crees que somos? ¿El jodido FBI?

—¿Cómo?

—Olvídalo. Seguiremos trabajando. Sería muy útil conseguir material con el que compararlo...

El cambio en el procedimiento preocupaba a Thorne, pero ambos se hacían las mismas preguntas. ¿Cómo habría convencido a esas mujeres para que le dejaran entrar en sus casas o, en el caso de Helen Doyle, para que se metiera en su coche? El cuerpo de Helen Doyle, al igual que el de Alison Willetts y el de Susan Carlish, no mostraba ninguna marca, aunque estaba abarrotado de alcohol y drogas. El tranquilizante debía administrarse con la bebida pero cómo ¿Había permanecido el asesino observando a Helen toda la noche, hasta que abandonó el bar? Eso habría sido complicado; estaba con un numeroso grupo de amigas y, además, el cronometraje exacto de los tiempos habría sido imposible. ¿Cómo podía saber con exactitud cuándo iba a empezar a hacer efecto la droga? En cualquier caso, seguía siendo la opción más posible, así que Thorne se dedicó a interrogar a todos aquellos que estuvieron en el Marlborough a la misma hora. Eso, junto con la lona que cercaba todo el camino de vuelta de Helen, indicaba que sería absolutamente imprescindible estudiar cualquier pista que pudiese hallar Frank Keable. Si es que podía encontrar alguna. Thorne tenía la esperanza de localizar a alguien que hubiera visto a Helen después de abandonar el bar. Aún no podía entender por qué había sido tan descarado el asesino, pero se sentía mucho más optimista ahora.

—¿Puedo hacer algo para ayudarte?

Tugham sonreía mucho, pero sus ojos parecían guisantes en un plato. Era escuálido como un galgo y terriblemente inteligente. Tenía una voz que cortaba como un escalpelo a quien se pasara de listo. Thorne se imaginaba los delgados labios de Tughan, susurrando a través del auricular, a cualquier lunático que llamase a Scotland Yard para dejar alguna amenaza. No es que Thorne no apreciara el trabajo de Tughan o lo que había aportado a la investigación: Thorne podía escribir un informe, si era necesario, pero era incapaz de pasarlo al ordenador y se sentía extrañamente hipnotizado por los protectores de pantalla. Cuando aparecían nuevas pruebas, Tughan era el encargado de dar sentido a todo, con sus programas para encontrar y cotejar archivos. Thorne sabía que si hubieran tenido a Nick Tughan hace quince años, en lugar de mil clasificadores de color vainilla... si hubieran tenido un sistema computarizado Holmes, en vez de los anticuados archivadores, Calvert no habría podido hacer lo que hizo.

Oye, Tommy, a la mierda el caso Calvert, ¿qué pasa con nuestro caso?

—¿Tom?

—Sí... perdona, Nick. ¿Tienes a mano alguna copia del informe comparativo de Leicester y Londres?

Tughan articuló un sonido, movió el ratón e hizo doble clic. La impresora que había en el otro extremo de la oficina comenzó a emitir un zumbido. Thorne pensaba que Tughan tendría alguna copia en papel disponible. Habría sido más rápido que recorriese su pequeña pecera y cogiese un ejemplar del informe de su escritorio, pero no le molestaban los pequeños alardes de eficiencia. Lo que realmente le fastidiaba de él era, virtualmente, todo lo demás. El sentimiento era mutuo.

Thorne observó la lista. Media docena de doctores que habían estado rotando en el hospital Leicester Royal el día del robo del Midazolam y que ahora trabajaban en hospitales locales. La información que le había dado Anne Coburn sobre la particularidad de la fecha había contaminado el entusiasmo por esta línea de investigación; el descubrimiento del cuerpo de Helen Doyle había capturado la atención de todos, pero Thorne aún seguía pensando que aquello podía ser importante. También podía considerarse significativa la fecha del robo de la droga desde otra perspectiva. ¿No podría haber elegido adrede esa fecha el asesino (si es que, en realidad era él el asesino) para que pareciese que venía de cualquier otro sitio cuando, en realidad, trabajaba allí? Por otra parte, aún seguían elaborando la lista, mucho más extensa, de todos los médicos locales, actualmente en rotación, y tarde o temprano, tendrían que examinarla.

El nombre de Jeremy Bishop era el segundo en la lista.

Thorne observó lo que podría describirse como una sonrisita en la cara de Holland, mientras bajaban en el ascensor hasta el aparcamiento.

—¿No es el amigo de la doctora Coburn?

—Lo conoce, sí. Y, en teoría, su coartada se confirma, sí.

Incuestionablemente, Jeremy Bishop era el responsable que trató a Alison Willetts en el ala A/E.

—Pero llevaron a Alison Willetts al Royal London por alguna razón —explicó, como si estuviera hablando a un chiquillo—. Quiero comprobar el tiempo que pasó desde que Bishop se incorporó al turno hasta que la atendió.

La sonrisita seguía en la cara de Holland. Lo sabía todo sobre la visita de Thorne a Queen Square. ¿Visitaba a Alison Willetts o a la doctora que la estaba tratando? Tenía bastante claro que podían haber comprobado lo de Bishop con una simple llamada telefónica o, en último caso, enviando allí a alguien.

Thorne no se sintió en la obligación de dar más explicaciones a Holland. Mientras salía del ascensor y caminaba hacia el coche, intentó convencerse de que la amistad entre Bishop y Anne Coburn, en la que estaba pensando mucho más de lo que debía, no era la razón principal para que deseara eliminarlo de la investigación lo antes posible.

Mientras se zampaba un tardío desayuno pensó en el aspecto cansado de Thorne cuando volvió al trabajo, a las ocho de esa mañana. Lo había estado observando, desde la grasienta cafetería que hay frente a la comisaría, cuando se apoyó contra el coche durante unos instantes, antes de decidirse a entrar, con paso lento y pesado. No había considerado a Thorne un hombre que se dejara vencer por el cansancio. Por eso se alegró tanto cuando descubrió que le habían asignado el caso. Se alegró por eso y por la otra razón obvia. Thorne, había decidido, era un hombre definitivamente obstinado y testarudo. Esas eran cualidades que apreciaba; además, por supuesto, de la capacidad de ser demasiado listo, para su propio bien. Ciertamente, necesitaba esas cualidades. Por todo ello, Thorne era perfecto. Pero le había preocupado verle tan exhausto. Deseaba que la fatiga fuera únicamente física y no que el inspector estuviera definitivamente quemado. No, estaba justificadamente exhausto después de las exigencias de la noche anterior. La habían encontrado muy rápido. Estaba impresionado. Así que Thorne había tenido una noche bastante agitada. Pues con él ya eran dos.

Uno entre cinco. Entre el veinticinco y el veinte por ciento. Lo había sabido enseguida, por supuesto. Había hecho la preceptiva llamada telefónica y después había vuelto a sus obligaciones; pero enseguida quedó patente que le había defraudado. Estúpida borracha. Su corazón, que había estado palpitando con fuerza durante la carrera apresurada hacia el hospital, con otra paciente más para las máquinas, había retornado rápidamente a su habitual ritmo regular. El inútil corazón de la chica, empapado de colesterol ya no tendría que preocuparse en absoluto por latir. Ella había permitido que su triste y anodina vida se le escapara poco a poco. Casi seguro que le habían descubierto deshaciéndose de ella. Ya deberían tener una descripción aproximada. ¿Y qué? Podían incluso haber visto el coche. Tanto mejor.

Masticó su tostada y contempló la imagen de Londres tras la ventana. La niebla comenzaba a disiparse. Sería otro día espectacular. Helen había sido tan fácil de preparar como las otras. Más, incluso. Estaba mejorando mucho. Aún recordaba aquel desastroso par de intentos del principio, pero entonces no se lo tomaba tan en serio.

Christine y Madeleine habían sido inicialmente muy cautelosas. Se habían mostrado reacias a dejarle entrar, pero eran mujeres solitarias y él era un hombre atractivo. Querían hablar y más cosas. El podía ser muy persuasivo. Susan y Alison le habían invitado a entrar casi instantáneamente y se emborracharon hasta perder la conciencia. Hablando literalmente. Soltó una risilla ante su ocurrencia. El champán había sido una idea bastante inspirada. Había pensado en una inyección, pero habría sido más complicado y no quería ningún tipo de resistencia. La espera era más amplia con el champán, naturalmente, pero le gustaba observarlas tranquilamente. Saboreaba el escalofrío de su inminente maleabilidad. La otra, cuyo nombre no había tenido tiempo de averiguar, acabó con la botella enseguida. Pero tuvo que dejarlo, porque la sincronización no había sido juiciosa. De todas formas, estaba seguro de que ella no habría contado nada de lo ocurrido. Lo habría pasado fatal intentando explicarle a su marido o novio o compañera, cuando llegara a casa, por qué estaba borracha como una cuba. Seguro que no habría mencionado que había invitado a un extraño a entrar en casa.

Había sido un alivio poder trabajar con Helen en su propia casa. Odiaba tener que ocultarse. Odiaba tener que colarse en esas casas deprimentes. Le hervía la sangre tener que dejar las pastillas de jabón y los botes de píldoras en esos sucios y grasientos cuartos de baño. Las palanganas rellenas de medias y bragas sucias. Odiaba tener que ponerles las manos encima. En la cabeza. Aunque llevaba los guantes, podía sentir la suciedad y la grasa en el pelo. Juraría que incluso sentía cosas moviéndose. Pero ahora podía trabajar en un ambiente cómodo y limpio. Ahora sabía que ellas sabían que él sabía que...

Comenzó a silbar la melodía que acababa de inventarse, como acompañamiento a esta reconfortante cantinela, mientras se esforzaba por mantenerse despierto. Thorne no era el único que estaba bajo presión. Necesitaba más café. Por un momento cerró los ojos y pensó en Alison. Ella no le había defraudado. Ella sí quería vivir. Pensó en volver a visitarla, pero quizá fuera demasiado arriesgado. La vigilancia en la UVI era bastante estricta estos días. La pequeña inundación había sido una buena idea, pero posiblemente sólo funcionaría una vez. Su pensamiento comenzó a dispersarse. Sí, necesitaba pensar en algo distinto si quería volver a ver a Alison sin que le cogieran.

Sin toparse con Anne Coburn.

—¿Te duele algo, Alison? —los doctores Anne Coburn y Steve Clark observaban intensamente el rostro pálido y sereno. No hubo respuesta. Anne volvió a intentarlo—. Guíñame un ojo para indicar que sí, Alison —unos segundos después, se produjo un minúsculo movimiento, como una remota insinuación de movimiento alrededor del ojo izquierdo de Alison. Anne dirigió la mirada al terapeuta, que no paraba de anotar datos en su tablilla. Asintió en su respuesta. La doctora continuó con sus preguntas—. Sí, estás sufriendo. ¿Era eso un sí, Alison? —nada— ¿Alison? —Steve Clark soltó el bolígrafo. El párpado del ojo izquierdo de Alison se agitó en rápida sucesión—. Muy bien, Alison.

—Quizá esté cansada, Anne. Estoy seguro de que tienes razón. Simplemente, va a depender de que vaya recuperando el control necesario.

Anne Coburn siempre tenía tiempo para Steve Clark. Era un brillante terapeuta y un hombre agradable pero mentía muy mal. No estaba convencido en absoluto. Pero ella sí.

—Me siento como alguien que llama al reparador de la televisión y después se encuentra con que no le ocurre nada al aparato; sólo que, en este caso, ocurre todo lo contrario... Mierda, Steve, ya sabes a qué me refiero.

—Simplemente, creo que estás precipitando un poco las cosas.

—Estoy siguiendo un protocolo perfectamente establecido, Steve. Los resultados del electroencefalograma muestran una actividad cerebral completamente normal.

—Nadie lo discute, pero no significa necesariamente que tenga habilidades comunicativas. Estoy de acuerdo en que se aprecia movimiento, pero no he observado nada que me convenza de que no es involuntario.

—No soy sólo yo, Steve. Puedes hablar con el personal de enfermería. Estoy convencida de que está preparada para comunicarse.

—Podría estar preparada...

—Y está capacitada para hacerlo. Yo lo he visto. Me indicó que estaba sufriendo, que estaba cansada. Me saluda, Steve.

Clark abrió la puerta. Estaba impaciente por salir de allí.

—Quizá no se sienta cómoda bajo la presión de tener que actuar.

Más tarde, cuando consiguió calmarse, Anne cayó en la cuenta de que Steve había intentado sinceramente ser comprensivo. En aquel momento, se había sentido irritada y frustrada, por ella y por Alison.

—No está actuando y esto no es una representación teatral barata.

Pero eso es exactamente lo que parecía.

Holland conducía el Rover camuflado por una tranquila calle, flanqueada por árboles, de Battersea. De pronto, cogió un bache a velocidad suficiente para rayar los bajos del coche y despertar a su jefe con un sobresalto.

—Coño, Holland.

—Lo siento, señor.

—¡Ya sé que es un coche público, pero por amor a Dios!

El sol brillaba con fuerza y Thorne podía sentir el peso de cada una de las veintiocho horas que llevaba sin dormir. ¡Incluso Holland le había abierto la puerta! Thorne pensó que más que una muestra de respeto por la diferencia de rango, se trataba de una muestra sutil de que los quince años que le llevaba, comenzaban a hacerse bastante evidentes.

Jeremy Bishop vivía en una elegante casa de tres pisos, con un pequeño jardín, aunque muy bien cuidado. Posiblemente tuviera cuatro habitaciones. Posiblemente decoradas con buen gusto, suponía Thorne, y equipado con lo que el más empalagoso de los agentes inmobiliarios, si es que se pudiera cuantificar tal aspecto, llamaría «profusión de detalles arquitectónicos». Probablemente costaría una insignificante millonada. Todo esto y el maravilloso Volvo que había aparcado en la puerta. Estaba claro que a Bishop no le iban mal las cosas.

Holland tocó el timbre de la puerta. Thorne observó las ventanas. Las cortinas estaban echadas todavía. La puerta se abrió, después de esperar uno o dos minutos. Holland hizo las presentaciones y un Jeremy Bishop de aspecto somnoliento les invitó a pasar.

Aunque Holland permaneció en pie, con aire eficiente y preparado para usar su cuaderno de notas, Thorne se dejó caer sobre una silla, aceptó encantado una taza de café y comenzó a darle vueltas a la cabeza, intentando recordar por qué Jeremy Bishop le parecía tan familiar. Thorne supuso que debía andar por los cuarenta y muchos y, a pesar de la barba sin afeitar y los ojos rojos, parecía diez años más joven. Era alto, sobre un metro ochenta y cinco y le recordaba al doctor Richard Kimble, el personaje que representaba Harrison Ford en El Fugitivo. Su pelo corto mostraba un tono cenizo, pero eso, junto con sus gafas de alambre, le conferían un aspecto distinguido. Esto irritaba a Thorne enormemente. Su pelo canoso simplemente le hacía parecer viejo. Seguro que el muy cabrón ni siquiera tenía canas en el vello púbico. Era incuestionable que Bishop podría formar parte de las fantasías sexuales de muchas estudiantes de medicina: «¡Oh, doctor! ¿Aquí, en la lavandería?» Pensó en Anne Coburn. Intentó no imaginársela desnudándose en la lavandería. ¿Por qué los médicos habían dejado de ser feos? Le vino a la memoria la practicante rancia y fea que tenía que visitar regularmente cuando era niño: una vieja bruja, con bigote y el pelo cortado como un hombre, que olía a queso y siempre llevaba un cigarrillo barato en la comisura de los labios, mientras decía algo ininteligible en su acento de Europa del Este. Nada que ver con Jeremy Bishop. Su tono modulado de voz podría calmar a un epiléptico en un instante.

—Supongo que habrán venido a hablar de Alison Willetts —dijo.

Holland miró a Thorne, que dio un sorbo a su café. Dejemos que trabaje el agente de policía.

—¿Y qué le hace pensar eso, señor?

Thorne se quedó observando a Holland, a través del vapor que salía de su taza de café. Buen comienzo: sarcasmo, superioridad y un toque de agresividad. Hace que el sospechoso se sienta cómodo.

Bishop no se inmutó.

—Alison Willetts sufrió un ataque y resultó gravemente herida. Yo la traté y no mandan inspectores de policía a tu casa cuando te saltas un semáforo —sonrió a Holland, que no pudo hacer otra cosa que cambiar al punto dos del manual de autoaprendizaje del entrevistador.

—Estamos investigando un crimen muy serio, que...

—¿Ha vuelto a hacerlo?

Thorne casi derrama el café al incorporarse en la silla. Holland lo miró directamente, completamente desconcertado. El gesto divertido de Bishop ante la mirada atónita de Holland no pasó desapercibido para Thorne. Supuso que Bishop había visto esa mirada muchas veces, cada vez que un médico novato se veía desbordado y buscaba el respaldo o, preferentemente, ayuda manual de sus colegas experimentados. Thorne prefería la ayuda manual:

—¿Hacer qué, señor?

—Mire, lo siento si se supone que no debo saber nada de las otras víctimas. Por lo que a mí respecta, es una simple cuestión de contextualizar las condiciones de mi paciente. Me han informado de que ha habido otros ataques. Anne Coburn y yo somos viejos amigos, inspector, como supongo que usted ya sabrá.

Thorne sabía muy bien que, a pesar de las buenas intenciones de Frank Keable, iba a ser imposible mantener tapado este caso durante mucho tiempo. Y no es que pensara que los casos tuvieran tapa... las sartenes tenían tapas... las maletas tenían... ¿qué?... ¿pestillos?... Bueno, esos que se abren y se cierran. ¿Habría algún punto de un caso que no pudiera abrirse o cerrarse? Dios, estaba tan cansado.

—Siento que le hayamos levantado de la cama, señor.

Bishop estiró los brazos sobre la parte posterior del sofá.

—Bueno, debo parecer igual de cansado que usted, inspector —Thorne arqueó una ceja—. Paso mucho tiempo con gente que, por una u otra razón, no duerme lo suficiente. Los ojos se resienten enseguida. He estado de guardia toda la noche. ¿Cuál es su excusa? —la risa que esbozaba estaba entre el rictus y el resoplido.

Thorne le respondió con una risa, que daba la impresión de ser un bostezo.

—Sí, ha sido una noche laboriosa. ¿Qué tal ha ido la suya, señor?

Bishop le miró a los ojos.

—No ha sido excesivamente complicada. Tuve que tratar un caso de sobredosis, sobre las tres de la mañana y volví a casa cerca de las cinco y media. Pero, aunque no te llamen, es difícil relajarse cuando tienes conectado el busca. Gracias a Dios, tengo televisión por cable.

—¿Algo interesante?

—Me temo que soy un adicto confeso al mando a distancia. Muchas series cómicas, películas antiguas en blanco y negro y un montón de programas indecentes —elevó la vista hacia Holland y le dirigió una sonrisa de incredulidad—. ¿De verdad que está anotando todo esto, oficial?

Thorne se había estado haciendo la misma pregunta:

—Sólo lo que concierne a los programas indecentes. La vida del detective Holland está ávida de excitaciones fuertes —Thorne observó atónito como Holland se ruborizaba.

Bishop se levantó y estiró los brazos.

—Voy a servirme otro café. ¿Alguien más quiere?

Thorne le siguió hasta la cocina y conversaron bajo el murmullo incesante de la cafetera.

—¿A qué hora de la noche atendió a Alison Willetts?

—El busca sonó sobre las tres de la mañana, creo. Un terrón de azúcar, ¿verdad? —Thorne asintió con la cabeza y aguardó a que Bishop continuase—. El retén de la puerta encontró a la paciente en el exterior, estoy seguro de que ya sabe todo eso, y la llevaron directamente al ala de Accidentes y Emergencias.

—¿Llamó por teléfono cuando recibió el aviso?

—No hacía falta. Era un aviso de traumatismo grave. Simplemente hay que acudir. A veces te dan el número de una extensión para que llames, otras veces te dejan el mensaje para que respondas; pero con un aviso de traumatismo grave tienes que saltar corriendo al coche.

—¿Fue usted la primera persona que atendió a Alison cuando la trajeron?

—Efectivamente. Examiné las pupilas, que comenzaban a reaccionar, le puse la máscara de oxigeno, la entubé, le administré Midazolam para sedarla, encargué que le hicieran un TAC craneal y un encefalograma y se la traspasé al anestesista de guardia —Bishop tomó un sorbo de su café—. Lo siento, debo sonar igual que un episodio de Hospital.

Thorne sonrió:

—Más bien, como uno de Urgencias. En Hospital lo solucionan todo con una taza de té caliente y un par de aspirinas.

Bishop se rió.

—Es cierto. Y las enfermeras no son tan atractivas.

—¿Si le avisaron sobre las tres de la mañana, llegaría allí sobre... ¿las tres y media?

—Más o menos, supongo que sí.

—¿A Alison, la paciente, la trajeron sobre las cuatro menos cuarto? —Bishop tomó un sorbo y asintió con la cabeza—. ¿Cómo se explica que le avisaran a usted con tanta antelación?

—No sabría decirle. No es inusual, a veces no consigues averiguar por qué te han avisado. Otras veces, me han avisado sin tener que hacerlo. En cuanto a esa noche en particular, no había reparado en ello. Si hubiera sabido exactamente lo que había ocurrido o, mejor dicho, lo que descubriríamos después tendría un recuerdo más exacto de la secuencia temporal de los acontecimientos durante aquella noche. En aquel momento, se trataba simplemente de seguir el protocolo de emergencia. Lo siento.

Thorne dejó su taza de café sobre la encimera.

—No se preocupe, señor, seguro que podremos averiguarlo.

Bishop sonrió al recoger la taza de Thorne, vació el contenido restante en el fregadero y abrió la puerta del lavavajillas.

—¿Por qué me avisaron al busca hace cuatro martes? Buena suerte, inspector.

Mientras el coche se abría camino torpemente entre el tráfico del puente Albert, Holland decidió no trasladar a su superior una serie de preguntas que se hacía mentalmente. ¿Para qué nos habíamos molestado en ir hasta allí? ¿Cree que Jeremy Bishop está liado con Anne Coburn? ¿Por qué se mete conmigo a todas horas? ¿Por qué se cree mejor que todo el mundo?

Miró de soslayo a Thorne que reposaba en el asiento del pasajero con los ojos cerrados. Estaba completamente despierto.

Thorne sólo habló una vez para decirle a Holland que todavía no iban a volver a la oficina. Sin abrir los ojos le dijo que torciera a la derecha y cruzara el puente hacia Whitechapel. Iban a pasarse antes por el hospital a comprobar si la coartada de Jeremy Bishop era tan sólida como parecía.

Llamadme la Portentosa Actriz del Párpado Móvil! Mi único fallo es que no puedo actuar demasiado bien, ¿no os parece?

Una vez salí con un actor. Me contó un sueño recurrente que tenía en el que estaba en escena, preparado para hacer su parte del guión y, de pronto, las palabras se derramaban por su cabeza como si fuera una corriente de agua, fluyendo hacia el desagüe. Así me sentí yo cuando Anne me pidió que pestañeara. Dios, yo quería pestañear por ella. No, quería pestañear por mí. Puedo hacerlo, sé que puedo. He estado haciéndolo cuando me ha dado la puta gana cuando no había nadie en la habitación y lo he hecho antes, cada vez que Anne me lo pidió. Me preguntó si me dolía y yo pestañeé una vez para decir que sí. Un pestañeo. Una fracción de movimiento en un ojo y me sentía como si me hubiese tocado la lotería, me hubiera tirado a Mel Gibson y me hubieran abastecido gratis de chocolate durante un año.

En realidad, me sentía como si hubiese corrido el Maratón de Londres. Un par de pestañeos y me quedo hecha polvo. Pero no pude hacerlo mientras me observaba ese terapeuta.

Estaba gritando con mis pestañas. Era como si la señal estuviera saliendo de mi cerebro, pero muy despacio. Como tener un antiguo y destartalado Volkswagen escarabajo arrastrándose por mis circuitos o como se llamen. Neuro-autopistas o algo así. Iba por la vía correcta y se quedó atascado en alguna parte, por obras en la carretera. Es como si hubiera perdido interés. Sé que puedo hacerlo, pero no tengo ningún control sobre ello. Si no lo intento me pongo a pestañear como una chiflada; pero cuando quiero intentarlo me quedo inmóvil como un fiambre.

Si pestañear es el único recurso que me queda, voy a convertirme en la mayor jodida pestañeadora que hayas visto en tu vida. Quédate conmigo, Anne. Hay tantas cosas que quiero contarte. Seré una gran pestañeadora, te lo juro.

Pude sentir la decepción en su voz. Querría llorar, pero ni siquiera puedo hacer eso.