CAPÍTULO DIEZ
Thorne se apeó del tren en el enlace de Clapham. Salió de la estación, miró en su A-Z y comenzó a caminar hacia Lavender Hill. La casa se encontraba sólo a diez minutos. Después de las cinco, estaba hecho polvo. El peso del maletín no ayudaba demasiado.
Y no es que el maletín llevase nada en su interior.
Se había pasado esa mañana una hora en Beck House, sin prestar demasiada atención, mientras Brigstocke le metía prisa sobre una serie de casos surtidos, que comprendían violaciones y robos con intimidación. Recogió la dirección de un guarda de seguridad al que tenía que interrogar y se dirigió hacia la comisaría central de Hendon. Tendría que buscar un hueco para la entrevista, antes de que fuese a Queen Square. Hoy iba a pasear bastante por Londres.
No conocía esta parte de la ciudad demasiado bien, pero había que estar ciego para no darse cuenta de que era una zona bastante próspera. Había bares en todas las esquinas, delicatessen, restaurantes y, desde luego, más agencias inmobiliarias que las que uno se pueda imaginar. Por curiosidad, se asomó a una ventana y miró en el interior. Un tipo con aspecto de empalagoso y con una mata de pelo, en forma de pico, entre las entradas de la frente, le sonrió desde detrás de una terminal de ordenador. Thorne desvió la mirada y prestó atención a un expositor giratorio que había en la ventana. Kentish Town no era una zona barata, pero podía haberse comprado un apartamento con dos amplios dormitorios, con jardín, por el precio que pagaría por un simple cuarto de baño en el frondoso Battersea.
Recuperó el aliento y comenzó a subir la colina. Ya estaba jadeando de nuevo cuando sonó su teléfono. El chillido era inconfundible:
—Aquí Bethell, señor Thorne.
—Ya sé. ¿Están listas?
—Oh, ¿así que ha reconocido mi voz? —rió Bethell.
Thorne tenía que separar el teléfono de la oreja. Probablemente, la mitad de los perros de la zona estarían corriendo hacia él en estos momentos.
—¿Qué tal ha ido, Kodak?
—Podía haber ido mejor, la verdad.
Maldito idiota. Debía haber cogido la cámara y haberlo hecho él mismo.
—Escucha, Bethell.
—No se preocupe, señor Thorne, tengo las fotos. Y bastante buenas. Estaba en la puerta de su casa, con un cesto en la mano. ¿A qué se dedica ese tipo? Parece un hombre de negocios, ¿no?
—¿Por qué dices que podía haber ido mejor? —Bethell se quedó callado—. Podía haber ido mejor, has dicho.
Podía oír a Bethell dar una larga calada al cigarro.
—Sí, nada que no haya podido solucionar, pero después de que se metiera en la casa, aparece otro tipo en un coche y se detiene y, al salir del coche, mira alrededor y, no sé, quizá le cegaba la luz del sol en las gafas, pero creo que me ha visto.
—¿Qué aspecto tenía?
—No sé, alto, de unos veinte años, supongo. Con aspecto de estudiante, creo, ya sabe, un poco desaliñado.
El hijo, vendría de visita para sacarle unas cuantas libras, si lo que contaba Anne era cierto.
—¿Qué dijo?
—¿Cómo dice? No le escucho bien, señor Thorne.
—¿Qué qué dijo?
—Bueno, no sé, me preguntó que qué hacía. Le dije que estaba preparando un archivo de imágenes de las aves urbanas y me quedé mirándole hasta que se largó. Ningún problema. De hecho, tengo las fotos de los dos.
Thorne sonrió. Había encargado el trabajo al hombre adecuado.
—¿Cuándo podrás dármelas?
—Se están secando ahora. ¿Un par de horas?
Eso le vendría estupendamente.
—Muy bien. En el Bucket ofBlood, sobre la una.
—¿Cree que es buena idea?
Bethell tenía razón. Thorne dudaba que le dieran una cálida bienvenida.
—Entonces, en la puerta. Intenta no hablar con nadie.
—Allí estaré, señor Thorne.
—Kodak, eres el mejor.
Había llamado al Royal London para comprobarlo y averiguó que la noche de guardia de Bishop seguía siendo el martes. No entraba a trabajar hasta la hora del almuerzo. Con algo de suerte, Thorne le cogería en casa. Tenía un aspecto descansado cuando vino a abrirle la puerta, vistiendo un suéter de color limón y una sonrisa encantadora.
—Vaya, inspector. ¿Debería haber sabido que iba a venir?
Thorne le vio mirando por encima de su hombro, buscando algún compañero o un coche.
—No, señor, es absolutamente una comprobación del tipo «por si las moscas». Bastante descarada, para ser honesto.
—¿Qué tal va la cabeza? —Bishop se mostraba relajado, con las manos en los bolsillos. Iban a tener una agradable conversación en el descansillo.
—Mucho mejor, gracias. Menos mal que tengo la cabeza muy dura.
Bishop se apoyó sobre la puerta principal. Thorne podía ver hasta la cocina pero aún no había invitación para entrar.
—Sí, esa es la impresión que saqué esa noche en casa de Jimmy. A propósito, me lo pasé muy bien y espero que no importara que estuviese un poco sarcástico.
—Vamos, no sea tonto.
—A veces, no puedo evitarlo. Me encantan los duelos verbales.
—Mientras se quede en las palabras, señor.
Bishop soltó una carcajada. No tenía un solo empaste en la boca.
Thorne se cambió el maletín a la otra mano.
—Yo también lo pasé muy bien y por eso pensé que podía abusar un poco de usted y pedirle un enorme favor —Bishop se quedó mirándole, esperando—. Tengo que ver a alguien, justo a la vuelta de la esquina, relacionado con un caso totalmente distinto y mi compañero ha tenido que irse corriendo, porque su novia ha sufrido algún tipo de accidente.
—Nada serio, espero.
—No lo creo, se ha pillado la mano con una puerta o algo así; pero no quiero andarme por las ramas. Tengo otra entrevista y voy tarde y como estaba tan sólo a la vuelta de la esquina y teniendo en cuenta que ya hemos cenado juntos.
Bishop avanzó un paso por delante de Thorne se agachó y comenzó a arrancar las hojas secas de una enorme maceta.
—Pida lo que sea.
—¿Podría llevarme a la comisaría?
Bishop se incorporó y se le quedó mirando durante unos segundos. Thorne podía sentir que había descubierto el embuste y se quedó mirándole para ver si su cara lo reflejaba también. Se sorprendería si no fuese así, Thorne apartó la mirada hacia las flores muertas.
—Hace algunas semanas debieron estar muy bonitas.
—Creo que voy a plantar arbustos de hoja perenne para el año que viene. Coniferas enanas y trepadoras. Es demasiado trabajo para algo que muere tan deprisa —cerró el puño sobre las hojas muertas y se incorporó—. En realidad, tengo que ir al centro. ¿Le viene bien?
—Sí, estupendo. Muchas gracias.
—Tengo que coger las llaves y algunas cosas. Entre un momento.
Thorne siguió a Bishop dentro de la casa y se quedó esperando en el vestíbulo. Bishop le chilló desde la cocina.
—Había un fotógrafo rondando por aquí, ayer. Una jodida molestia. Me preguntaba si sabría algo de eso.
Así que parecía obvio que su hijo se metió en la casa y le contó que había visto a Bethel escondido en el jardín o donde quiera que se escondiese.
—Probablemente se trate de la prensa, que está metiendo las narices. Se han movilizado desde que hicieron la reconstrucción del asesinato de Helen Doyle. ¿La vio?
—No —¿había detectado Thorne una pausa antes de su respuesta?—. No sabía que hubiesen establecido una conexión con el caso de Alison Willetts.
No lo habían hecho.
—No, pero alguien debe haber filtrado una lista de gente a la que hayamos entrevistado o algo por el estilo. Ese tipo de cosas pasan, por desgracia. Lo comprobaré, si quiere.
Bishop entró en el vestíbulo con aire resuelto poniéndose una chaqueta deportiva. Cogió las llaves de la mesa.
—No me gustaría ver mi foto en la portada de The Sun —abrió la puerta principal y dejó paso a Thorne—. Por favor —cerró la puerta tras él y le puso la mano en el hombro a Thorne mientras caminaban hacia el coche—. Una foto discreta en la tercera página del Daily Telegraph es otra cosa muy distinta. Podría impresionar a algunas enfermeras jovencitas.
Bishop subió al coche, mientras Thorne lo rodeaba para sentarse en el asiento del pasajero. Se detuvo detrás del coche y sostuvo en alto el maletín.
—¿Puedo meter esto en el maletero? —observó que Bishop le miraba desde el espejo retrovisor y sonrió al oír el sonido de la cerradura del maletero, abierta desde el interior.
Cuando el Volvo pasó por Albert Embankment, Bishop deslizó un CD en el reproductor. Ciertamente, el equipo de sonido estaba un paso por delante de la pequeña cajita de música que tenía Thorne en su Mondeo. Pero seguro que mucha gente pensaba que la música country sonaba mejor en un chisme de esos. Bishop le lanzó una mirada.
—¿No eres mucho de música clásica?
—No demasiado. De todas formas, esto suena bien. ¿Qué es?
—Mahler. Kindertotenlieder.
Thorne esperó la traducción que, sorprendentemente, no llegó. El coche relucía con un brillo inmaculado. Aún olía a nuevo. Cada vez que se detenían en los semáforos, Bishop seguía la música, aporreando la palanca de cambios de madera Su anillo de casado tintineaba al contacto con la madera de nogal.
—¿Conoces a Anne desde hace mucho tiempo?
—Dios, desde siempre. Cuando éramos universitarios estuvimos empujando camas juntos por las calles. Anne y yo, Sarah y David —dijo, riéndose—. Estoy seguro de que esa es la razón por la que los hospitales tienen tan pocas camas. Terminan cayendo a los ríos empujadas por estudiantes borrachos.
—Me habló de su mujer. Lo siento.
Bishop asintió con la cabeza, mirando por el retrovisor, aunque no había nadie detrás de ellos.
—Sinceramente, no puedo creerme que el tiempo haya pasado tan deprisa. El mes que viene se cumplirán diez años.
—Yo perdí a mi madre hace dieciocho meses.
Bishop sacudió la cabeza.
—Pero no fue culpa suya, ¿verdad?
Thorne apretó los dientes.
—¿Cómo dice?
—El accidente fue culpa mía. Estaba borracho.
Anne no había mencionado nada de eso. Thorne se quedó mirándole.
—No se preocupe, inspector, yo no conducía no hay caso que reabrir. Pero Sarah estaba cansada y tuvo que conducir el coche porque yo había bebido demasiado. Me temo que tendré que vivir siempre con esa carga.
Debes vivir con muchas más cargas.
—Ha debido ser difícil criar a dos niños. No debían ser muy mayores cuando ocurrió aquello.
—Rebecca tenía dieciséis y James catorce; sí, fue una auténtica pesadilla. Gracias a Dios, me iban bien las cosas por entonces —detuvo el coche, pisando bruscamente los frenos cuando el coche de delante decidió no saltarse un semáforo en rojo. Thorne recibió una sacudida que lo empujó hacia el respaldo del asiento. Bishop le miró fijamente, con una extraña expresión en la cara—. Se reventó completamente el pecho.
Permanecieron en silencio hasta que cambiaron las luces.
¿Por qué debía sentir compasión por ti?
—Ayer vi a Alison. Anne probaba con ella un nuevo sistema para comunicarse. Seguro que te hablará de ello.
Después, un poco de cháchara informal mientras cruzaban Waterloo Bridge en dirección a West End.
Bishop se arriesgó bastante al detener el coche en mitad de Long Acre para dejar a Thorne.
—¿Te viene bien aquí?
—Me viene perfecto. Gracias de nuevo.
—No hay de qué. Seguro que nos encontraremos otro día.
Thorne cerró la puerta. Accionó el elevalunas eléctrico para bajar el cristal de la puerta.
—No se olvide de su maletín.
Condujo tranquilamente, atravesando el Covent Garden, subiendo por Holborn y torciendo hacia el Soho. Pasó por pequeñas calles, salpicadas de tiendas recién inauguradas, con sus interiores repletos de cromados brillando a la luz de las lámparas. «Localizando exteriores», pensaba que así era como se denominaba en el mundo cinematográfico. Exteriores donde encontraría a la próxima. Había mucho donde elegir, y tendría aún una mejor selección algo más tarde, en cuanto se fuera la luz, pero empezaba ya a sentir cosas.
Agarró con fuerza el volante. No estaba aún seguro de cuál era el juego de Thorne. Le estaba facilitando mucho las cosas pero, aún así, la situación distaba mucho de ser satisfactoria Lo único con lo que no había contado era con la ineptitud. Debió haberlo hecho. Sabía lo que ocurría la mayoría de las veces y el control que sentía en esos momentos era lo que conducía todo hacia un resultado correcto y apropiado. Pero también había segundos en los que se dudaba. Entonces sentía que lo inesperado le acechaba a la vuelta de la esquina y vendría a por él, haciendo que todo se sumiera en una insoportable confusión. No le gustaban las sorpresas.
No le habían gustado durante años.
Decidió continuar usando el mismo método pero introduciendo un pequeño cambio. Los bares habían demostrado ser útiles y, desde luego, la discoteca del sur de Londres, pero quería ajustar algo más el perfil demográfico. Quizá subiera un poco de categoría. Algún sitio rodeado de madera lacada y acero pulido, donde los decibelios forzaran la conversación a gritos a voz en cuello. Tratar con jovencitas abarrotadas de píldoras y bebidas energéticas. La mitad del trabajo ya estaría hecho.
Todo lo que tenía que hacer era seguir al autobús nocturno.
Sí, probablemente sería una chica muy joven. Más joven, incluso, que Helen y mucho más afortunada. El éxito se traduciría en la liberación de muchos más años de lucha y estrías. Esta vez lo haría bien como con Alison. Si su corazón tenía la fuerza necesaria, incluso rozando la muerte, para seguir bombeando sangre al cuerpo, entonces se ocuparían de ella.
Miró a su alrededor: a los otros conductores, hundidos en sus coches, a los peatones, asfixiándose, a los dependientes, exprimiéndose poco a poco. Todos morían poco a poco, día a día. No podía ayudarlos a todos, pero uno iba a tener una oportunidad, muy pronto.
Y Thorne tendría que empezar a hacer bien su trabajo.
El beso cuando Anne abrió la puerta de su oficina pareció un poco extraño. Las sonrisas eran auténticas y poco profesionales. Los dos querían más. Tendrían que esperar.
La pizarra descansaba apoyada en la pared. Thorne se acercó a observarla.
—¿Es este el nuevo sistema de comunicación del que me ha hablado Jeremy?
Anne pareció sorprendida.
—¿Le has visto? —se encogió de hombros.
—Me ha llevado al centro esta mañana.
Y ahora llevaba una o dos cosillas en su maletín.
—Por cierto —caminó hacia la pizarra y, tímidamente, borró algunas marcas de tiza. Ahora, bajo las filas de letras, había dos flechas pequeñas, una apuntaba hacia delante y la otra hacia atrás.
—Está evolucionando. Espero.
Me hubiera gustado intentar algo con ella aquella noche, después de la cena. Por numerosas razones. Las cosas ahora eran muy difíciles.
—He puesto a uno de los muchachos del trabajo a echar un vistazo en Internet —dijo—. Encontró todo tipo de aparatitos.
Anne sonrió.
—Sí que los hay. Si Alison recobra el movimiento de manera significativa, existen unas sillas eléctricas increíblemente sofisticadas. Incluso en su estado actual, podría usar el sistema de control por visión, que puede operarse con el más mínimo movimiento de un ojo. Podría manejar un ratón y escribir en un ordenador con un programa de vocalización. Podría hablar. Podría controlar virtualmente cualquier elemento que se encuentre en su radio de visión.
—Todo terriblemente caro, supongo.
—Créeme, he tenido suerte de que me proporcionaran la pizarra. ¿Quieres un café?
Thorne quería todo tipo de cochinadas. Allí mismo, sobre el escritorio. Quería que le empujara de espaldas a la mesa, esparciendo papeles por el suelo. Quería bajarse la cremallera y observar cómo se aproximaba, quitándose la camisa, sonriendo.
—Me gustaría ir a ver a Alison.
—Vale, ve subiendo tú y yo voy a buscar dos cafés a la cantina. ¿Sabes dónde está, verdad?
La habitación no estaba tan repleta de máquinas como la última vez que estuvo allí. Aún daba la impresión de que había tomado el ascensor hasta el sótano y se había metido en la habitación del cuadro eléctrico, pero en menor medida que antes. Alison parecía menos enchufada a las máquinas. Había flores frescas de su novio, suponía. De repente le vino a la cabeza que aún no había hablado con Tim Hinnegan. No tenía ni idea de qué aspecto tenía ni en qué trabajaba. Se lo preguntaría a Holland.
A la mierda. Le preguntaría directamente a Alison. Cuando tuviera tiempo.
Necesitaba orinar y se apresuró a utilizar las instalaciones de Alison. Una bandeja de metal, un lavabo, una papelera. Asas dispuestas a distintas alturas y ángulos atornilladas sobre una pared de un insípido tono amarillento. Tiró de la cadena y se echó agua en la cara.
Thorne se sentó en la silla, junto a la cama y se quedó mirándola. Tenía los ojos abiertos de par en par, el de la derecha temblaba un poco. Un movimiento leve pero constante. Era increíblemente complicado mantener el contacto visual con ella.
Había un desafío en esa mirada inquebrantable: lo imaginaba, lo sabía, pero aún así, le resultaba embarazoso. ¿Cuánto tiempo eras capaz de aguantarle la mirada a alguien? ¿Unos cuantos segundos? Alison era capaz de meterse en lo más profundo de sus ojos, hasta hacerle sentir incómodo. Pronto se dio cuenta, con algo de pudor, que no aguantaba demasiado tiempo.
Le cogió la mano y la apretó contra la manta. Haber levantado la ropa de la cama habría sido aprovecharse.
—Hola, Alison. Soy el inspector Thorne —se ruborizó, recordando que acababa de estar mirándola durante un minuto. Estaba comenzando a sudar, acercó la silla a la cama un poco más y le apretó la mano—. Debes estar harta de gente que se comporta tan estúpidamente como yo.
Alison pestañeó. La lentitud del movimiento descendente de la pestaña era probablemente normal, pero Thorne quiso apreciar que había cierto matiz de complicidad en su respuesta. Creyó sentir un ligero temblor en sus dedos y la miró a los ojos, buscando confirmación. No pasó nada. ¿Cuántos amigos suyos se habrán sentado donde él estaba y habrán sentido lo mismo? ¿Cuántos habrán salido gritando buscando a una enfermera y se habrán ido a casa sintiéndose estúpidos?
En realidad, estaba comenzando a sentirse realmente relajado. El suave zumbido de las máquinas era relajante y soporífero. No era muy distinto a la sensación de estar borracho. Tenía una agradable conversación pendiente. Pero sabía que Anne llegaría con los cafés en cualquier momento y había una pregunta que necesitaba formular antes de que llegara a la habitación.
Le resultó difícil soltarle la pequeña y cálida mano, pero necesitaba abrir el maletín. Sacó una foto en blanco y negro, de diez por ocho, de un sobre de color vainilla, y la sostuvo buscando la mejor manera de plantear la pregunta.
Reconocería a Bishop, eso era seguro. Había estado en la habitación el día anterior con Anne, ¿no es cierto? No buscaba nada parecido a una identificación. Esperaba conseguir algo más. Una sensación de algo más. Un reconocimiento que fuera más allá de la simple identificación, que sabía que se produciría.
Sabía que nada de lo que ocurriese en esa habitación se admitiría como prueba. También sabía que no podía preguntarle directamente si la cara que le iba a mostrar era la del hombre que la puso en ese estado. Sólo Dios sabía lo frágil que sería su estado mental. Seguramente, estaría confundida, desorientada, incluso ahora. Debería hacerlo con mucho tiento.
Por mucho que le interesase hacer esto, no quería hacerle daño.
—Alison, voy a enseñarte una foto —sostuvo la foto, frente a ella. Durante un momento no dijo nada. Tan sólo se oía el zumbido constante—. Has visto antes a este hombre, ¿verdad?
Mantuvo la mirada fija sobre sus ojos.
Un parpadeo.
Sonó el teléfono móvil.
Anne no quería que se enfriasen los cafés e intentó acabar la conversación con el administrador lo antes posible. La pescó junto a la caja registradora e incluso los breves fragmentos de su monólogo habían conseguido aburrirla soberanamente. Era un aburrido patológico que, si tuviera que pasar consulta, sería capaz de posponer el tratamiento de los pacientes de coma durante décadas. Ella sonreía y asentía con la cabeza. Sabe Dios a qué había dicho que sí.
Ahora, mientras se dirigía a la habitación de Alison, se preguntaba si Thorne sentía lo mismo que ella aunque esta fuera una cita bastante singular, tomando una taza de café con Alison de carabina.
Fue un detalle bonito por su parte que se hubiera preocupado por buscar información útil para Alison en internet. Ella tendría que hacer lo mismo: por supuesto, estaba muy bien informada de todos los avances tecnológicos que facilitaban un poco la vida de los pacientes con una discapacidad permanente. Al menos, de los que tenían mayores ingresos. Las cosas evolucionaban rápidamente y posiblemente estaría mejor informada por la Red de Redes que por la literatura médica existente.
No tenía ni idea de si Thorne era o no bueno en lo que hacía. Estaba claro que le importaba su trabajo que se involucraba. En lo concerniente a su trabajo, preocuparse demasiado no era necesariamente bueno. Sabía exactamente lo que Jeremy opinaría de eso.
Entró en la habitación con una taza en cada mano, empujando la puerta con la espalda y cerrándola con la cadera. Al volverse vio a Thorne junto a la ventana con la mirada perdida en el exterior. Vio la silla vacía junto a la cama de Alison y supo de repente que algo iba mal.
—¿Tom?
Pudo apreciar la tensión en su mandíbula. Tenía la cara pálida, como la de un cadáver.
—Alguien me ha llamado a la oficina. A mi antigua oficina, anónimamente.
Volvió la cabeza despacio hacia Alison, pero Anne comprobó que, en realidad, tenía la mirada fija sobre la pared, tras la cabecera de la cama. Bajó los ojos hasta la cara de la chica y mantuvo la mirada durante uno o dos segundos, antes de abandonar lentamente la habitación.
Anne dejó los cafés en la mesita que había junto a la cama de Alison y le siguió. La estaba esperando fuera. En el momento en que la puerta se cerró, avanzó un paso hacia ella y le habló con voz sosegada, aunque conteniendo la rabia.
—Me han acusado de acosar sexualmente a Alison.
El pulso hipnótico y machacón de la música había acaparado la atención de Thorne y conducía sus pensamientos hacia los rincones más oscuros de su mente, que generalmente, solían evitarse. Estaba sentado en el suelo, descansando la espalda sobre el sofá, presionando la lata de cerveza fría contra la mejilla.
Keable había intentado tranquilizarle.
—No te preocupes, Tom, obviamente, no es nada. Sólo un chiflado que dice haberlo escuchado de alguien en el hospital. Nadie se lo ha tomado en serio... No es que se lo hayan oído decir a Alison Willetts, ¿no es cierto?
Insensible hasta el fin, pero Thorne se alegraba de no tener que discutir contra ese razonamiento. Dejó caer la cabeza sobre el cojín del sofá y se quedó mirando al techo.
Pensó acerca de tocar a Alison.
Pensó acerca de escuchar a Jeremy Bishop suplicar.
Sonó el timbre de la puerta. Se puso lentamente en pie. Abrió la puerta y volvió directo al mismo sitio donde estaba, en el suelo, junto al sofá. Las formalidades no tenían mucho sentido ahora. Anne entró en la casa y se quedó junto a la chimenea. Soltó el bolso, se quitó el chubasquero y se quedó mirando la habitación durante cinco segundos. Lo primero que llamó su atención fue la cerveza:
—¿Puedo?
Se acercó a él, alisando su larga falda negra. Thorne le dio una lata de cerveza de la caja abierta de cuatro que tenía a su lado.
—La marca no me resulta muy familiar.
—Lo sé. Vino caro y cerveza barata y sin fuerza. No me preguntes por qué.
—Para que puedas disfrutar de la bebida, sin tener la sensación de estar borracho.
—Esa, definitivamente, no es la razón.
Se sentó en el sofá que había más atrás, a su derecha.
—Tom, esa llamada. Sólo es un maniático.
Medio aplastó su lata vacía y, después, se detuvo y la depositó suavemente junto a las otras.
—Sé exactamente de qué se trata.
—Bueno, es una estupidez que permitas que eso te preocupe.
Thorne se dio la vuelta y la miró por encima del hombro.
—No, no me preocupa.
Anne pudo comprobar en sus ojos que su lado amable, el que trajo flores a Alison, no era el único que tenía. Aunque era una posibilidad bastante remota, no querría tener a este hombre como enemigo.
Anne tomó un largo sorbo de cerveza y señaló al equipo de música.
—¿Quién es?
—Leftfield. El tema se llama Open Up.
Lo escuchó durante un momento. Lo odiaba.
—El cantante es John Lidon —dijo Thorne, como si eso importara algo.
—Vale.
—¿Johnny Rotten... los Sex Pistols?
—Por desgracia, ya era un poco mayor para ellos. ¿Qué edad tienes, entonces? ¿Cuarenta?
—Cuarenta, hace unos meses. Tenía diecisiete años cuando sacaron el God Save the Queen.
—Dios, yo ya estaba en tercero de Medicina.
—Lo sé, tirando camas a los ríos.
Le dedicó lo que su padre hubiera descrito como una mirada pasada de moda.
—¿Y tú, a qué te dedicabas?
No a ir a la universidad, pensó Thorne. Le hubiera encantado tener muchas razones para no haberlo hecho.
—Estaba a punto de alistarme en el ejército, supongo, y me ocupaba de quitarme el acné —deseando, más que nada en el mundo, ser policía. Intentando que su padre y su madre se sintieran orgullosos de él. Queriendo hacer el bien y desarrollar todas aquellas estúpidas ideas que tanto daño le hicieron más tarde.
Anne vació la lata y Thorne le pasó otra. Se quedaron en silencio un instante, recordando o simulando que recordaban.
—Gracias por haber venido. ¿Has traído el coche?
—Sí. El aparcamiento aquí es un coñazo —Thorne asintió—. Pero está bien salir de vez en cuando. Rachel y yo no nos soportamos demasiado en estos momentos.
—¿Ah, no?
—Tiene que hacer un par de exámenes y dice que eso de los exámenes no va con ella. Así que ha estado un poco mordaz.
Thorne recordó su primer encuentro con Anne Coburn en un aula del Royal Free. La mordacidad era, obviamente, cosa de familia.
Anne tomó otro largo sorbo de cerveza. Disfrutándolo.
—La clásica angustia adolescente, supongo. Todavía no se ha hecho un piercing en el ombligo, ni ha pintado de negro su habitación pero, probablemente, es cuestión de tiempo.
—Ya se le pasará.
—Igual que pasará todo este asunto de Alison.
—Todo va bien, no van a empezar ningún tipo de investigación. Nadie se lo está tomando en serio.
—Excepto tú.
—Si es eso lo que él quiere —pronunció la palabra él como si estuviera escupiendo algo de sabor desagradable.
—¿Por qué no quieres hablar de ello, entonces?
—Anne, no necesito un médico. Ni una madre.
Anne se arrastró hacia adelante, hasta quedar sentada en el borde del sofá y bajó la cabeza.
—Vale. ¿Quieres que nos vayamos a la cama, entonces?
Thorne siempre había pensado que derramarse encima la bebida como reacción de sorpresa ante un comentario ocurría únicamente en las series televisivas, pero consiguió derramarse una cantidad nada despreciable de cerveza en el regazo. La comicidad del momento le hizo reír de modo incontrolable.
Anne también se rió, pero también estaba ruborizada hasta la médula.
—Joder... no sé qué se supone que debo decir...
—Creo que ya lo has dicho.
Se deslizó del sofá hasta sentarse en el suelo, junto a él.
—¿Entonces?
—Bueno, estos pantalones están empapados de cerveza barata. Tendré que quitármelos.
Se inclinó sobre ella y la besó. Soltó la lata en el suelo y rodeó su cuello con la mano. Interrumpió el beso y miró al suelo.
—Esta alfombra no me trae demasiados buenos recuerdos y no estoy seguro, al cien por cien, de haber conseguido quitarle el olor a vómito.
—Eres un bribón persuasivo.
—Así que... ¿vamos al dormitorio de palacio?
Ella asintió con la cabeza y se levantaron. Aún quedaba un residuo de incomodidad entre ellos. No se habían abandonado del todo e ir dados de la mano les habría parecido muy extraño. Thorne abrió la puerta del dormitorio.
—Debo advertirte de algo, aquí dentro hay una sueca virgen.
Anne arqueó las cejas y se asomó dentro de la habitación, encontrando sólo un pequeño armario empotrado, una cómoda con muchos cajones y una cama perfectamente hecha y alisada. No pilló el chiste, ¿verdad?
—La cama... —dijo Thorne, acercándola a su pecho—. Olvídalo...
Thorne se despertó y miró el reloj. Eran casi las dos de la mañana y sonaba el teléfono. De pronto se sintió completamente despierto. Saltó de la cama, desnudo, y se apresuró a cruzar el pasillo hasta la entrada junto a la puerta principal, donde había enchufado el teléfono para cargarlo. No haría mucho tiempo que se había apagado la calefacción, pero el piso estaba ya helado.
—Señor, siento llamarle tan tarde. Soy Holland.
Thorne presionó el teléfono contra la oreja y se rodeó el hombro con el brazo. Aún podía escuchar a Leftfield. Había dejado el CD en modo repetición y se habían olvidado de desconectarlo.
—¿Sí?
—Es posible que tengamos algo. Acaba de llamar una mujer. Vio la reconstrucción en la tele y aguardó dos días, intentando decidir si llamar o no.
—Continúa.
—Hace nueve meses, un hombre llamó a su puerta diciendo que estaba buscando una fiesta. Dice que le pareció que tenía buena pinta, ya sabe, que parecía agradable. Le invitó a pasar. Llevaba una botella de champán.
Thorne dejó de tiritar.
—No tengo mucho más por el momento, señor. Por alguna extraña razón, abandonó la casa y ella se olvidó de aquello hasta que vio el programa. Dice que cree poder darnos una buena descripción.
—¿Lo sabe ya Tughan?
—Sí, señor, ya le he llamado.
Thorne sintió una punzada de irritación, pero sabía que Holland no podía haber hecho otra cosa.
—¿Qué dijo?
—Dijo que sonaba esperanzador.
—¿Algo acerca de mí?
Se imaginó a Holland pensando unos instantes.
—No te preocupes por mis sentimientos, Holland, no los tengo.
—Hizo un comentario socarrón acerca de usted y la señorita Willetts, señor, no lo recuerdo bien. En realidad, era sólo un chiste.
Nadie se lo tomaba en serio.
—¿Cuándo vas a entrevistarte con ella?
—El inspector Tughan y yo iremos a verla mañana por la mañana.
Thorne tomó concienzudamente todos los detalles, apuntando el nombre y la dirección en una nota adhesiva junto al teléfono. La agitación del principio había ido menguando y volvía a sentir frío. Quería volver a la cama.
—Gracias por todo, Holland. Una cosa rápida...
—No se preocupe, señor, le llamaré en cuanto terminemos de hablar con ella.
—Fantástico, gracias. Pero iba a decirte que si alguien pregunta, tu novia se ha pillado la mano en una puerta esta mañana...
En cuanto colgó el teléfono se dio cuenta de que estaba completamente despierto. Apagó la música y recorrió la salita con una bolsa de basura, recogiendo todas las latas de cerveza vacías. Durante un segundo, sintió la tentación de mirar en el bolso de Anne, que seguía en el mismo sitio donde lo había dejado. ¿Habría traído una muda de ropa?
Se lo pensó mejor y prefirió coger el edredón del armario de la salita y sentarse a oscuras en el sofá.
A pensar.
Las cosas se sucedían rápidamente. Había otros casos anteriores en los que se había sentido un extraño, observando los detalles desde un ángulo diferente, aunque sintiéndose aún, si acaso de forma nominal, parte del equipo. Todo era diferente ahora. Se alegraba de haberse marchado de la oficina de Keable pero, de vez en cuando, se planteaba si había hecho lo correcto. Se lo seguía planteando.
Sabía por lo que se había ido. Aparte de lo que Keable le hubiera contado a sus jefes sobre encontronazos políticos y personales, se trataba simplemente de una cuestión de juicio.
Su exceso de juicio o su falta de él.
Su juicio y el de ellos y el de aquellos que se habían marchado hacía mucho tiempo. Pero ni siquiera podía confiarse siempre en el juicio de los muertos. Cualquier condena basada en tales testimonios estaría viciada. Sólo había un hombre que podía juzgarle.
Y Tom Thorne era el juez más duro de todos.
Pensó en la mujer que dormía en su cama. Anne no era la primera con la que se había acostado después dejan. Había habido algún titubeo de borracho con una ambiciosa sargento y un corto flirteo con una secretaria, pero esta era la primera vez que se sentía asustado.
Anne había tenido una relación con Bishop, hacía ya mucho tiempo. Thorne no estaba muy seguro de con qué intensidad, pero tampoco importaba demasiado. El asesino que había conseguido poner su vida boca abajo había hecho el amor con la mujer que compartía, al menos por ahora, sus sábanas. De repente, se preguntó si Bishop sería celoso. La llamada anónima, la acusación, todo sonaba un poco a obsesión por perjudicarle. ¿Sería el ataque que ocurrió aquí, en esta habitación, al menos en parte, un aviso de que se mantuviera alejado de ella? ¿Habría, por encima de todo, un asunto de rivalidad sexual? Esa idea le reconfortaba. Le devolvía cierto control sobre la situación. Había sentido cómo todo se le escapaba de las manos tras la acusación sobre lo de Alison. Ahora se sentía mucho más tranquilo.
De vuelta al hospital. Ahora sí que va a averiguar exactamente qué tipo de persona soy...
Un hombre originalmente entrenado para salvar vidas, las estaba quitando en nombre de algo que Thorne no podría entender jamás. No le importaba que lo entendiera.
Si Thorne iba a detenerle, era importante mantener la iniciativa.
Cogió el teléfono, acurrucándose en el sofá y marcó el 141.
Unos minutos más tarde, volvió al dormitorio, se deslizó bajo las sábanas y se quedó allí, pestañeando, incapaz de dormir.
Sobre las cuatro de la mañana, Anne se despertó, y se esforzó lo que pudo para que Thorne hiciera lo mismo.
¿Cómo te sientes?
Una pregunta que me hacen cada día. A veces, más de una vez. No es que no entienda por qué. Es por el «no sé qué decir». Mejor que quedarse allí sentados, mirando el reloj y preguntándose a qué enfermera le toca limpiarme el culo, supongo. Así son los hospitales. Hacen sentir a la gente extrañamente obligados a comprar fruta y respirar por la boca y hacer preguntas ridículas. Pero, ¿por qué preguntas, maldita sea? No me hagáis preguntas. Contadme cosas, si queréis. Soy una buena oyente. Aproximándome a muy, muy buena. Cuéntame lo que te parezca. Abúrreme de lo lindo. Siéntate ahí y háblame de que tu jefe no te entiende, o de que a tu marido ya no le interesa el sexo, o de que quieres viajar, o de que el trabajo de niñera está muy mal pagado, o de que te gusta beber por las tardes y no lo haces, pero no me hagas preguntas.
¿Cómo te encuentras?
En realidad, no esperas que te responda, ¿no es cierto? Te aburrirías hasta las tetas si decidiese seguirte el juego. Si quisiera responder con un sucinto «No me va mal, gracias por preguntar, ¿y tú, qué tal estás?» Eso me llevaría, en mi actual nivel de manejo del pestañeo, y teniendo en cuenta el factor cansancio, aproximadamente unos cuarenta minutos. ¿Te arrepientes de haber preguntado? Bueno, pues no lo hagas.
¿Cómo te encuentras?
Encantada de que estés ahí, no me malinterpretes. Todos vosotros. Visitantes, enfermeras que asoman la cabeza por la puerta, empleados de la limpieza. Saludadme. Venid aquí y contadme mentiras. Únicamente, procurad no ser previsibles. La única razón por la que preguntáis, en realidad, es porque no podéis averiguarlo sólo con mirarme. No con exactitud. Quiero decir, podéis dar palos de ciego. Podéis hacer suposiciones, más o menos acertadas. No necesitaríais telefonear a un amigo, ¿verdad? Estoy tirada en una cama del hospital. Totalmente jodida. Difícilmente puedo ir a dar la vuelta a la luna. Pero, la mayoría de las veces, no necesitáis preguntarle a la gente cómo se siente. Es obvio. Puedes ver si alguien está feliz o cansado o borracho porque está escrito en su cara, pero mi cara no revela mucha información. Debe decir algo, supongo pero, realmente, sólo puedo suponerlo. Si existe una expresión que diga «Cerrado» o «Me he ido a almorzar» será, probablemente, algo muy parecido.
¿Cómo te encuentras? Muy bien, entonces...
Enfadada. Estúpida. Optimista. Aburrida. Cansada. Despierta. Frustrada. Agradecida. Irritada. Violenta. Calmada. Fantasiosa. Hecha mierda. Confundida. Ignorante. Fea. Enferma. Hambrienta. Inútil. Especial. Caliente. Pesimista. Avergonzada. Amada. Olvidada. Rara. Perdida. Liberada. Sola. Asustada. Drogada. Sucia. Muerta...
¿Caliente? Ya sé, lo siento, suena muy extraño. Pero estoy tumbada en un colchón muy sexy que vibra y deambula por aquí ese impresionante enfermero que, después de todo, podría no ser gay. Así que...
¿He dicho confundida? Sí.
Casi todo el tiempo. Por ejemplo, ¿por qué me enseñó Thorne una foto del doctor Bishop? Me dio la sensación de que quería llegar a algún sitio. Es parecido a lo que ocurre cuando te quedas ciega o sorda y tus otros sentidos se agudizan para compensar la falta. Como la mayor parte de mi cuerpo está hecho polvo, quizá me esté convirtiendo en alguna especie de bruja o algo así. Sé que quería hacerme preguntas, pero entonces sonó el teléfono y comenzó a hablar en voz baja y con un tono algo extraño.
Nadie me ha contado nada todavía de lo que pasó. Nada. Me refiero al crimen, claro. Sé lo que me hizo.
Pero todavía no sé por qué.