CAPÍTULO TRES

Thorne se había equivocado con lo del verano: después de tomarse una quincena de descanso, había vuelto con aires de pegajosa venganza y la llamada de alarma de la lavandería no podía ignorarse por mucho más tiempo. Era horriblemente consciente del olor que despedía al sentarse, abochornado por el calor, en la oficina de Frank Keable. Estaban hablando de las listas.

—Nos estamos centrando en los médicos que están rotando actualmente en la zona central de Londres, señor.

Frank Keable era sólo uno o dos años mayor que Thorne, pero parecía que tenía cincuenta años. Esto se debía más a un problema genético que a un exceso de estrés. Los chicos opinaban que empezó a perder pelo en el momento que alcanzó la pubertad, teniendo en cuenta la proximidad de la línea del cabello a la nuca. Parece como si las pocas hormonas que le quedaran activas para estimular el crecimiento del cabello se hubieran redirigido erróneamente a sus cejas, que se cernían sobre sus ojos azules claros como grandes orugas grises. Eran unas cejas muy expresivas, que le proporcionaban cierto aire de sabiduría, lo cual era una sensación, por decirlo de manera suave, bastante afortunada. Nadie le envidiaba por esa porción de suerte. Era lo menos que podías esperar si tenías el aspecto de un búho sobrealimentado y con alopecia. Keable le dio un buen uso a una de sus orugas, levantándola inquisitoriamente.

—Sería mejor extender un poco el radio de búsqueda, Tom. En el peor de los casos, recurriríamos a nuestro personal de base. Ahora no estamos escasos de mano de obra.

Thorne se mostraba escéptico, pero Keable parecía bastante seguro de lo que decía.

—Este es un gran caso, Tom, ya lo sabes. Si necesitas más efectivos para ampliar el cerco, puedo arreglarlo.

—Pidamos esos efectivos de todas formas, señor, es una lista enorme. Pero estoy convencido que ese tipo es de aquí.

—¿Lo dices por la nota?

Thorne sintió otra vez las pesadas gotas de lluvia deslizándose por su espalda a través el cuello de la camisa. Aún podía sentir el plástico entre sus dedos, mientras leía las palabras del asesino y el agua le goteaba por los ojos como si fueran lágrimas.

El asesino sabía dónde habían ingresado a Alison. Estaba bastante claro que estaba siguiendo el caso al detalle. Tanto a ellos, como a ella.

—Sí, por la nota y por la ubicación. Creo que quiere mantenerse cerca, para tenerlo todo vigilado. Para monitorizar su obra.

—¿Es necesario mantener vigilado el hospital?

—Con todo el respeto, señor, ese lugar está atestado de médicos, no veo la más mínima utilidad a eso —desvió la mirada hacia el calendario que colgaba de la sucia pared amarilla con imágenes del oeste del país. Keable era originario de Bristol... El calor hacía muy difícil concentrarse. Thorne se desabrochó otro botón de la camisa. Poliéster. No había sido una elección muy inteligente—. ¿Sería posible poner a funcionar ese ventilador un poco?

—Oh, perdona, Tom.

Keable conectó el enchufe de su ventilador negro y este comenzó a moverse de derecha a izquierda, regalando a Thorne una bocanada de aire fresco cada treinta segundos, más o menos. Keable se dejó caer sobre el respaldo de la silla y suspiró.

—No crees que podamos resolver esto, ¿verdad, Tom?

Thorne cerró los ojos al sentir la corriente de aire en su dirección.

—Tom, ¿tiene esto que ver con el caso Calvert?

Thorne miró al calendario. Hacía dos semanas que habían encontrado a Alison y no habían llegado a ningún sitio. Dos semanas golpeándose la cabeza contra un muro y sin conseguir otra cosa que dolores de cabeza.

La preocupación, o algo que se le parecía, se apoderaba de la voz de Keable.

—En casos como este, es absolutamente comprensible...

—No seas necio, Frank.

Keable se incorporó rápidamente en su silla. Con autoridad:

—No soy insensible a la desesperación, Tom. Este caso muestra cierta inclinación hacia ella. Nada en este caso es normal. Incluso yo puedo sentirlo.

Thorne soltó una risotada. Eran antiguos colegas.

—¿Incluso tú, Frank?

—En serio, Tom.

—Calvert es agua pasada.

—Eso espero. Necesito que estés bien centrado y por centrado no quiero decir obsesionado.

Keable no estaba muy seguro, pero pensó que Thorne asentía con la cabeza. Continuó hablando, como si la conversación previa no hubiera tenido lugar.

—Creo que sólo resolveremos el caso cuando le cojamos. Deberíamos empezar por identificar el tipo de máquina de escribir que se utilizó para escribir el mensaje.

Keable dejó escapar un suspiro y asintió. El uso de una anticuada máquina de escribir era un golpe de suerte, mucho más fácil de identificar que las impresoras láser; pero, de todas formas, aún necesitaban contar con algún sospechoso. Se habían encontrado en esta misma posición muchísimas veces. Era muy difícil parecer entusiasmado con una prueba que sólo podía ser de utilidad con alguien al que tuvieran bajo vigilancia. El procedimiento debía seguirse, pero al final del día, tenían que atrapar a alguien. Keable sabía que el procedimiento era su punto fuerte. Era un buen coordinador. Esta convicción fue la que le permitió prosperar por encima de otros oficiales, incluyendo a Thorne. También contribuyó a que esos oficiales no le guardaran ningún resentimiento. Tenía facilidad para reconocer el talento en los demás y sus propias carencias. Era único elevando la moral de equipo. Era bastante popular. Ayudaba cuanto podía y aparcaba el trabajo en la oficina, al final de la jornada. Dormía bien y llevaba un matrimonio feliz, a diferencia de otros oficiales. Incluyendo a Thorne.

—Cometerá un error, Tom. En cuanto localicemos el robo de los fármacos, comenzaremos a estrechar el cerco.

Thorne se apoyó contra la pared, junto al ventilador.

—Me gustaría volver por Queen Square, si te parece bien. Hace ya algún tiempo que estuve allí y me gustaría ver qué tal le va a Alison.

Keable asintió. Quizá no había sido su tentativa más hábil de responder apropiadamente a tal gesto humanitario, pero no esperaba ese golpe de Tom Thorne. Se aclaró la garganta y, Thorne se levantó, se dirigió hacia la puerta y se volvió hacia él.

—Esa nota era impecable, Frank. Es el informe forense más escueto que haya visto en mi vida. Y no lava los cuerpos de manera ritual. Simplemente, es muy, muy cuidadoso.

Keable giró el ventilador en su dirección. No estaba muy seguro de lo que Thorne esperaba que le dijera.

—Me pregunto si deberíamos enviar a los muchachos a por un ramo de flores o algo así. He pensado en ello, pero...

Thorne asintió con la cabeza.

—Sí, señor, lo sé. Pero ya no creo que valga mucho la pena.

—Son muy bonitas. Ha sido una idea preciosa —Anne Coburn terminó de organizar las flores en el jarrón y descorrió los estores de la habitación de Alison. El sol se estaba colando por la ventana, sonrojando levemente la cara de la chica.

—Quería haber venido antes, pero...

Coburn asintió, con un gesto de comprensión.

—También podías haber escrito una nota con un mensaje de felicitación.

Thorne miró a Alison y comprendió enseguida. Era difícil ver que había una máquina menos entre el entramado de dispositivos para mantener sus constantes vitales. Estaba respirando. La respiración era pesada, casi indecisa, pero era su propia respiración. Ahora había un tubo que se introducía por un agujero practicado en la tráquea, cubierto por una máscara de oxígeno.

—Ayer por la noche la desenganchamos de la máquina y le practicamos una traqueotomía.

Thorne estaba impresionado.

—Una noche excitante.

—La excitación nunca desaparece aquí. Tuvimos una pequeña riada hace unas horas. ¿Has visto alguna vez una enfermera con botas de goma?

Esbozó una tímida sonrisa.

—Las he visto en algunas películas no demasiado recomendables...

Aquella era la primera vez que la oía reírse: era una risa indecente.

Thorne asintió, moviendo la cabeza en dirección a las flores que había recogido de camino. No eran tan bonitas como había dicho Anne Coburn.

—Me sentí como un idiota la última vez, cuando hablé entre susurros. Pensé que si podía oír, posiblemente también podría olerías...

—Seguro que podrá olerías.

De repente, Thorne volvió a notar cierta pegajosidad bajo los brazos. Se volvió a mirar a Alison:

—Y hablando de olores... lo siento, Alison, discúlpame si apesto. Se sintió incómodo ante el silencio que recibió en lugar de una respuesta. Deseaba acostumbrarse a hablar con esta mujer con un tubo en el cuello y otro en la nariz. Ella no podría aclararse la garganta. Era incapaz de levantar la mano que yacía pálida sobre el edredón rosa estampado. Era incapaz. Aún así, Thorne deseaba egoístamente caerle bien, gustarle. Quería hablar con ella. Incluso empezaba a sentir que debía hablar con ella.

—Simplemente, rellena los silencios —dijo Coburn—, es lo que suelo hacer. Tenemos conversaciones muy interesantes.

La puerta se abrió y entró un hombre de mediana edad, con un traje inmaculado, llevando algo en la cabeza que, a primera vista, se asemejaba a un algodón dulce.

—Oh... —Thorne observó cómo el gesto de Coburn se endureció enseguida—. David, ahora estoy ocupada.

Cruzaron la mirada y Coburn, finalmente, rompió el incómodo y hostil silencio.

—Te presento al inspector Thorne. David Higgins.

El futuro exmarido. El patólogo que nos ha sido de tanta utilidad.

—Encantado —Thorne le tendió la mano, que tomó el del traje inmaculado, sin mirarle a la cara, ni a Alison.

—Dijiste que este sería un buen momento —dijo el trajeado, medio riéndose.

Obviamente, se estaba conteniendo para parecer amable frente a Thorne, pero no estaba funcionando demasiado bien. Al mirarlo con mayor detenimiento, el algodón dulce resultó ser una mata de pelo, impregnado en gomina y levantado en un tupé de color vainilla. Un ridículo adorno en un hombre que podía superar los cincuenta y cinco años de edad: parecía recién sacado de un episodio de Dinastía.

—Bien, pues podría haberlo sido —dijo fríamente Coburn.

—Es culpa mía, señor Higgins —dijo Thorne—. No había arreglado una cita.

Higgins se aproximó a la puerta, arreglándose la corbata.

—Bueno, pues me aseguraré de pedir cita en el futuro, entonces. Te llamaré más tarde, Anne y podremos concertar una.

Cerró la puerta suavemente tras de sí. Se oyó ruido al otro lado de la puerta y una enfermera volvió a abrirla. Era la hora del baño de Alison.

Anne Coburn se volvió hacia él:

—¿Dónde sueles ir a almorzar?

Se sentaron en la parte trasera de una pequeña sandwichería, en Southampton Row. Un pan francés con jamón y queso y una botella de agua mineral. Un sándwich de queso y tomate y un café. Dos profesionales muy ocupados.

—¿Qué posibilidades tiene Alison de recuperar significativamente algo de...?

—Me temo que ninguna. Supongo que depende de lo que entiendas por significativamente, pero debemos ser realistas. Hay casos documentados de pacientes que han recuperado la suficiente capacidad de movimiento para conducir una sofisticada silla de ruedas. Están haciendo grandes avances en los Estados Unidos en el diseño de unos ordenadores controlados por varillas fijadas a la cabeza pero, siendo realistas, las perspectivas son bastante deprimentes.

—¿No había alguien en Francia que dictó un libro entero con el movimiento de sus pestañas, o algo así?

—La escafandra y la mariposa. Deberías leerlo. Pero es un caso bastante aislado. La mirada de Alison reacciona a las voces y parece tener la habilidad de pestañear, pero es difícil concretar por ahora si lo hace de manera controlada. De momento no me la imagino haciéndole una declaración a la policía.

—No es por eso por lo que lo preguntaba... No es la única razón —Thorne le dio un enorme bocado a su sándwich.

Anne había estado hablando casi todo el tiempo, pero ya se había terminado el suyo. Le miró, entornando los ojos con complicidad.

—Bueno, has sido testigo de mi desastrosa situación doméstica. ¿Qué tal va la tuya?

Tomó un sorbo de agua mineral y contempló cómo masticaba su último bocado, arqueando teatralmente las cejas. Serió al verle intentar articular una respuesta dos veces, haciendo grandes esfuerzos por engullir el último bocado y dándose por vencido en las dos ocasiones.

—¿Qué...? ¿Quieres saber si es desastrosa?

—No, sólo... ¿hay alguien?

Thorne no tenía calada a esta mujer en absoluto. Muy mal genio, una risa obscena y una gran afición a hacer preguntas muy directas. No parecía tener mucho sentido andarse por las ramas.

—Ha pasado, sin demasiado esfuerzo, de desastrosa a simplemente gris.

—¿Esa es la progresión normal?

—Eso creo. A veces, se pasa por un periodo de lamentable pero no siempre.

—Muy bien, estaré preparada.

Thorne la observó mientras hurgaba en su bolso buscando los cigarros. Sacó una cajetilla:

—¿Te importa?

Thorne dijo que no y se lo encendió. Se quedó mirando cómo exhalaba el humo por un extremo de la boca, alejándolo de él. Había pasado mucho tiempo desde que se fumó su último cigarro.

—Fuman muchos más médicos de los que te imaginas y un número sorprendente de oncólogos. Siendo sincera, me sorprende que no haya muchos más adictos entre nosotros. ¿No fumas, entonces? —Thorne sacudió la cabeza—. Un policía que no fuma. Supongo que beberás, entonces.

Thorne sonrió:

—Pensé que trabajabas demasiadas horas como para ver la televisión.

Coburn dejó escapar un suave gemido de placer al aspirar una larga calada.

Thorne habló despacio, aún sonriente, al responder la pregunta.

—Me gusta tomar más de una copa...

—Me alegra oír eso.

—En cuanto al resto, sigo bastante los tópicos. No soy religioso, odio la ópera y no puedo completar un crucigrama, aunque me vaya en ello la vida.

—Debes tener mucho autocontrol, entonces o estar muy obsesionado, ¿me equivoco?

Thorne intentó mantener la sonrisa e incluso consiguió producir una sonrisilla entre dientes, al volverse a mirar hacia la barra del bar. Cuando consiguió cruzar la mirada con la camarera, levantó su taza de café y le hizo señas para que le trajera otra.

—¿Y desesperado y gris incluye niños?

—No. ¿Y tú?

Esbozó una enorme sonrisa y tan contagiosa como el sarampión:

—Una. Rachel. Dieciséis años y muchos problemas.

—¿Dieciséis? —dijo Thorne, arqueando las cejas—. ¿Le sigue molestando a las mujeres que les pregunten la edad?

Dejó caer el codo sobre la mesa y apoyó la barbilla en la palma de la mano, haciendo un intento por parecer seria.

—A esta mujer, sí.

—Lo siento —Thorne se esforzó por parecer arrepentido—. ¿Cuánto pesas?

Coburn soltó una risotada. No sólo obscena, decididamente lasciva. Thorne rió también y dedicó una sonrisa a la camarera cuando le trajo su segunda taza de café. Acababa de depositar la taza en la mesa cuando sonó el busca de Coburn. Lo miró, apagó el cigarro y cogió el bolso del suelo.

—No soy una adicta, pero me tomo muchísimas pastillas antiácidas.

Thorne recogió la chaqueta del respaldo de la silla.

—Te acompaño.

Las cosas recuperaron un extraño tono formal en el camino de vuelta a Queen Squeare. La charla intrascendente sobre el veranillo de San Martín dio paso a un incómodo silencio, antes de llegar a la mitad del camino. Cuando llegaron a la oficina de Coburn, Thorne permaneció indeciso en la puerta. Tenía la impresión de que debía irse, pero ella levantó la mano para que esperase un momento e hizo una rápida llamada. El aviso del busca no era urgente.

—Cuéntame, ¿cómo va la investigación?

Thorne entró en la oficina y cerró la puerta. Ya había imaginado que esto llegaría después del almuerzo. Hubo un tiempo en que su capacidad para tirarse faroles había sido infinita. Pero se había pasado tanto tiempo ejercitando esta habilidad con sus superiores que ya no le importaba emplearla también con otras personas a las que no tenía nada que ocultar.

—Es un siniestro pronóstico.

Coburn sonrió.

—Cada día aparece alguna estúpida historia en los periódicos sobre robos a mano armada de gente que cava túneles, desde la tienda de la puerta contigua, hasta la sociedad constructora, o de ladrones que se quedan dormidos en la casa que acaban de asaltar, pero la simple realidad es que la mayoría de la gente está convencida de que no los van a condenar por ello. Con los asesinos sólo hay alguna posibilidad si son locales o si incurren en agresión sexual.

Al escucharle, se reclinó sobre su asiento y tomó un sorbo de un vaso de agua.

Thorne la observó:

—Discúlpame, no quería soltar un discurso.

—No. Me interesa, en serio.

—Cualquier tipo de compulsión sexual puede hacer descuidada a la gente. Asumen riesgos innecesarios y, eventualmente, comenten algún error. No puedo imaginarme que este tipo cometa un error. Sea cual fuere su motivación, no es sexual.

Su mirada se tornó fría y llana.

—¿Seguro que no?

—No es nada físico. Es perverso... pero...

—Lo que hace es grotesco.

La evidencia de esta afirmación era tal, que Thorne no encontró argumentos para contestarle. Lo que le llamó más la atención era que había conjugado el verbo en presente. Había gente que pensaba o esperaba (y, por Dios, él quería aferrarse a esa esperanza) que no hubiera necesidad de colgar más fotografías en la pared. Pero sabía que no sería así. Sea cual fuere la misión en la que el asesino creía estar embarcado, lo que esperase conseguir, en realidad, lo que hacía era acechar mujeres y matarlas en sus propias casas. Y se estaba divirtiendo. Thorne sintió que comenzaba a ruborizarse.

—No sigue ningún patrón convencional. Las edades de las víctimas parecen irrelevantes, tan sólo importa que estén a su alcance. Escoge a las mujeres y si no consigue lo que desea las abandona. Brillantes y lustrosas, desplomadas sobre una silla, o sobre el suelo de la cocina, para que sus seres queridos se las encuentren en ese estado. Nadie ve nada. Nadie sabe nada.

—Excepto Alison.

Un incómodo silencio volvió a inundarlo todo, más denso que el aire atrapado dentro de la minúscula habitación.

Thorne sintió que la réplica de su arranque de ira rebotaba por las paredes, como una bala perdida. No sintió la irritación habitual cuando sonó el timbre del móvil. Se apresuró a cogerlo, aliviado.

El inspector Nick Tughan dirigía la oficina de Backhand: se dedicaba a organizar y filtrar la información; era otro amante del procedimiento. Su suave acento de Dublín apaciguaba o persuadía a oficiales de mayor rango. A diferencia de Frank Keable, Tugham tenía la misma conciencia que un tocón de madera y poco tiempo que dedicar a personajes como Tom Thorne. La forma en la que había discurrido la operación hasta el momento evidenciaba que aquello era lo suyo y la dirigía con imperturbable eficiencia. Nunca perdía los nervios.

—Hemos detectado un robo importante de Midazolam. Hace dos años, en el hospital Leicester Royal, desaparecieron cinco gramos.

Thorne se estiró sobre la mesa, hasta alcanzar un trozo de papel y un bolígrafo. Anne le acercó una carpeta, para que lo apoyase sobre ella. Comenzó a anotar todos los detalles. Quizá había tenido un patinazo, después de todo.

—Muy bien, enviaremos a Holland a Leicester para que recopile todos los detalles; necesitaremos el listado de todos los turnos del personal del hospital desde, digamos, el noventa y siete en adelante.

—Noventa y seis en adelante. Ya lo hemos comprobado. Lo han enviado por fax.

Tugham le llevaba la delantera y se regocijaba de ello. Thorne supuso lo siguiente que habría hecho.

—La pregunta es obvia, entonces... ¿alguna concordancia?

—Un par de ellos en el sureste y media docena en Londres. Pero hay un caso interesante. Trabaja en el Royal London.

Ciertamente, era interesante. Anne Coburn ya había llamado la atención acerca de ese detalle. Si se acepta que Alison sufrió el ataque en su propio domicilio, entonces, ¿por qué llevarla al Royal London?, ¿por qué no al hospital más cercano? Thorne anotó el nombre, recogió el obligatorio resumen de instrucciones, de aire desagradablemente condescendiente y colgó el teléfono.

—Parecen buenas noticias —dijo, sin disculparse por haber escuchado la conversación sin permiso.

A Thorne empezaba a gustarle cada vez más. Se levantó y recogió la chaqueta.

—Eso espero. Cinco gramos de Midazolam. ¿Es mucho?

—Es una barbaridad. Generalmente se utilizan cinco miligramos para anestesiar a una persona adulta de talla media. Por vía intravenosa, por supuesto.

Se levantó y rodeó la mesa para verle salir de la habitación. Al caminar hacia la puerta echó un ojo al trozo de papel, que todavía no había recogido Thorne y se paró en seco.

—Dios mío —dijo, intentando coger el papel a la vez que Thorne. No debió dejarla ver el papel, pero una discusión habría sido inapropiada. ¿Qué mal podría hacer? Abrió la puerta.

—¿Es este hombre tu... concordancia, inspector? Volvió a su lado de la mesa y se dejó caer sobre la silla.

—Lo siento, doctora, seguro que lo entiendes. Sabes que no debo...

—Lo conozco —dijo—. Lo conozco extremadamente bien.

Thorne permaneció en la entrada. Todo esto comenzaba a parecer extraño. El procedimiento dictaba que debía retirarse enseguida y mandar a alguien de vuelta, para tomarle una declaración. Aguardó a que continuase.

—Sí, efectivamente, trabajaba en Leicester, pero no hay ninguna posibilidad de que estuviera involucrado en el robo de los fármacos.

—Doctora...

—Y tiene una coartada irrefutable, en lo que concierne a Alison Willetts.

Thorne cerró la puerta. Continuaba escuchándola.

—Jeremy Bishop era el anestesista de guardia en el ala A y E en el Royal London, la noche que trajeron a Alison. La estuvo tratando. ¿No lo recuerdas? Te dije que le conocía. Me habló acerca del Midazolam.

Thorne pestañeó lentamente. Muerta Susan. Muerta Christine. Muerta Madeleine.

Vamos, Tommy, seguro que tienes algo con lo que empezar a investigar.

Abrió los ojos. Anne sacudía la cabeza. Había visto la dirección en el trozo de papel.

—Lo siento, inspector, pero por mucho que detestes al detective Holland...

Thorne abrió la boca, y volvió a cerrarla.

—Es una pérdida de tiempo mandarle a Leicester. El hombre que buscas es bastante listo y, no existe ningún tipo de evidencia que garantice que haya trabajado alguna vez en el hospital Leicester Royal.

Thorne dejó caer la bolsa y volvió a sentarse.

—¿Por qué estoy empezando a sentirme como el doctor Watson?

—El primero de agosto es día de rotaciones. Sería bastante razonable suponer que para robar una gran cantidad de fármacos de un hospital, deberías estar trabajando allí. Sí, el personal del hospital está sobrecargado de trabajo y es ocasionalmente ineficiente; pero con relación a los fármacos peligrosos hay un procedimiento que seguir bastante estricto —de nuevo, aparecía la palabra favorita de Thorne—. Pero todo se relaja un poco el día de las rotaciones. He trabajado en hospitales donde, el día uno de agosto, podías sacar una cama por la puerta principal, con una máquina de diálisis acoplada. Lo siento, pero sea quien fuere el que robó esos medicamentos, podría venir de cualquier sitio.

Susan. Christine. Madeleine. Algo, Tommy. Una pista. Algo...

Thorne sacó su teléfono móvil para volver a llamar a Tughan.

Era la primera ronda de bebidas que pagaba Helen Doyle, pero ya se empezaba a preocupar del dinero que se estaba gastando. Algunas botellas de diseño y un par de cubatas de ron y ya había gastado más de lo que ganaba en una hora de trabajo.

A la mierda. Era el cumpleaños de Nita y esto no lo hacía muy a menudo.

Puso las bebidas en una bandeja y lanzó una mirada a sus amigas sentadas en la mesa de la esquina. Conocía a tres de ellas desde el colegio y, a las otras dos, casi desde entonces. El bar no estaba demasiado lleno y la poca gente que allí había debía sentirse bastante molesta con el ruido que estaban haciendo. De pronto, todas empezaron a reírse, sobresaliendo entre todas la sonora y socarrona risotada de Jo. Seguro que se trataba de otro chiste verde de Andrea...

Helen caminó despacio hasta la mesa y, cuando depositó las bebidas sobre la mesa, las chicas las recibieron con gran entusiasmo y se abalanzaron sobre ellas, como si fueran las primeras que tomaban esa noche.

—¿No has traído patatas fritas?

—Se me han olvidado, lo siento...

—Jodida borracha.

—Cuéntale el chiste...

—¿Pero cuánto puto hielo me han puesto en la copa?

Helen tomó un trago y miró la etiqueta de la botella. En realidad, no decía qué contenía. Ya se había tomado unos cuantos. Aguardiente de garrafa, licor destilado, brebaje alcohólico. Nunca podía estar segura del todo de qué extraña pócima bebía, pero le gustaban los colores que lucía la estilizada botella y se sentía muy sofisticada llevándola en la mano. Sofisticada. Nita engulló la mitad de su cubata. Jo vació lo que quedaba de una jarra de cerveza y eructó ruidosamente.

—¿Por qué bebes eso? ¡Es como la gaseosa!

Helen se ruborizó.

—Me gusta cómo sabe.

—Se supone que no debe saber bien. Por eso te lo digo.

Nita y Linzi se rieron. Helen se encogió de hombros y tomó otro trago. Andrea la empujó suavemente con el codo.

—¡Sabe a lo que tú ya sabes!

Se oyó un gemido. Jo se metió dos dedos en la garganta. Helen sabía de qué estaban hablando, pero una parte de ella deseaba que dejaran de hacerlo. El sexo era prácticamente el único tema de conversación de Andrea.

—Cuéntanos otra vez cómo era la verga de ese tipo, Jo. Lo del stripper había sido idea de Andrea y a Nita pareció gustarle. Helen pensó que tenía bastante buena planta, todo cubierto de aceite, pero lo del poema sobre Nita no le había gustado tanto. Pudo observar que el chico se sintió igual de avergonzado que ella cuando Jo le puso la mano en la entrepierna. Por un segundo, pareció muy molesto, pero después se rió y recogió su ropa del suelo, mientras todas gritaban y silbaban Helen también gritó y silbó, pero hubiera preferido haber estado más borracha.

—¡Suficientemente grande!

—Más de lo que cabe en la boca es demasiado.

Helen se inclinó hacia Linzi.

—¿Qué tal va el trabajo?

Quizá fuera con Linzi con la que tuviera más relación, pero no habían hablado casi nada durante toda la noche.

—Mierda. Voy a mandarlo al diablo...ya hacer algo que realmente me seduzca.

—Bien.

A Helen le encantaba su trabajo. Pagaban muy mal, pero la gente era agradable; incluso, aunque tuviera que dar algo de dinero a papá y mamá, aún así, seguía siendo barato vivir en casa. No encontraba sentido mudarse a otra casa, al menos, hasta que encontrase a alguien. ¿Qué sentido tenía alquilar un cuchitril como el dejo o Nita? Andrea aún seguía viviendo en casa de sus padres. Sabe Dios dónde desarrollaba la intensa vida sexual de la que tanto alardeaba.

Empezó a sonar Let Me Entertain You. Era una de sus canciones favoritas. Empezó a cabecear, siguiendo el ritmo y canturreó la letra en voz baja. Recordaba una discoteca, cuando estaba en quinto curso y, a un chico con un pendiente, tristes ojos marrones y aroma a sidra en el aliento. Cuando llegó el estribillo, las demás chicas comenzaron a cantar y Helen se calló.

Sonó una campana y el camarero gritó algo incomprensible. Andrea y Jo fueron por otra ronda. Helen sonrió pero sabía que debía marcharse. Se sentiría fatal por la mañana y su padre tendría que esperarla. Empezaba a sentirse mareada y sabía que debería haber ido por casa a tomarse su taza de té antes de salir. Además, también podría haberse cambiado de ropa. Se sentía desaliñada y avergonzada, con su falda negra y su recatada blusa del trabajo. Se compraría una bolsa de patatas para el camino de vuelta y, un poco de pescado para su padre.

Andrea se puso en pie y anunció que todas se apuntaban a una ronda más. Helen la vitoreó, junto a las demás, vació la botella y sacó algunas monedas de su monedero.

Thorne estaba sentado, escuchando a Johnny Cash, con los ojos cerrados. Movía la cabeza en círculos, disfrutando de cada pequeño crujido de los cartílagos del cuello. Ahora el Hombre de Negro, con la voz siniestra y peligrosa, insistía en que iba a escaparse de su enmohecida jaula. Thorne abrió los ojos y contempló su apartamento, coqueto y acogedor; nada que ver con una jaula, pero sabía a qué se refería Johnny.

El apartamento, con una sola habitación y un jardín, era indudablemente pequeño, pero fácil de mantener y lo suficientemente cerca del bullicioso Kentish Town Road, como para asegurarse de que nunca se quedaría sin leche, té o vino. La pareja que vivía en la planta de arriba era tranquila y nunca le molestaba. Llevaba viviendo aquí menos de seis meses, después de decidirse finalmente a vender su casa de Highbury, pero ya se conocía cada centímetro de esta casa. Había conseguido amueblar toda la casa después de un horrible domingo en IKEA, empleando las siguientes tres semanas en ensamblar los muebles y los siguientes cuatro meses en arrepentirse de haberlo hecho.

No podía decirse que hubiera sido infeliz desde que se fue Jan. Dios, se habían divorciado hacía tres años y, ella se había ido hace cinco, pero todavía, todo parecía fuera de sitio. Pensaba que abandonar la casa que habían compartido, para mudarse a este flamante apartamento nuevo, cambiaría algo las cosas. Había sido demasiado optimista. Por muy cerca que tuviera los objetos que le rodeaban, no tenía una auténtica conexión con ellos. Todo era funcional. Podía moverse de su silla a la cama en cuestión de segundos, pero la cama era demasiado nueva y, por desgracia, aún no conocía el pecado.

Se sentía como un hombre de negocios anónimo, en una anónima habitación de hotel.

Quizá hubiera sido más fácil que Jan se hubiera ido por culpa del trabajo. Ya había presenciado esa situación muchas veces y era el argumento de interminables series policíacas de televisión: la mujer de un poli no aguanta que su trabajo la deje en un segundo plano y, bla, bla... Jan nunca había sido una esposa de policía convencional y se había largado por sus propias razones. El único trabajo relacionado con todo este asunto era el que ella tenía cada miércoles por la tarde con su profesor del curso de escritura creativa.

Hasta que les sorprendió un día. A mediodía y con las cortinas echadas.

Habían puesto velas alrededor de la cama, por amor de Dios...

Jan le dijo más tarde que nunca comprendió porque Thorne no golpeó a su amante. Incluso en el momento en que ese bastardo enclenque saltó de la cama, con la verga agitándose al viento, buscando a tientas las gafas, Thorne supo que no iba a hacerle daño. Mientras dejaba que le atenazase el dolor, supo que no podría soportar oír los gritos de Jan, descubrir el odio en su mirada, verla correr hacia ese mequetrefe para consolarlo, encogido junto al armario, quejándose e intentando parar la sangre.

Algunas semanas más tarde le esperó a la salida del colegio y le siguió. Fue de tiendas, charlando con algunos estudiantes por la calle. Su casa era un pequeño apartamento en Islington, con bicicletas multicolores aparcadas en la puerta y, láminas pegadas en las ventanas. Eso le había bastado.

Simplemente saber eso.

Eres mío, por si alguna vez decido ir por ti.

Pero algo más tarde incluso eso le parecía vergonzoso. Le dejó en paz. Ahora todo quedaba en noches de insomnio y vino tinto y, cantantes de voz siniestra y peligrosa.

Sí, se había traído el trabajo a casa sobre todo después de Calvert, cuando las cosas se le fueron de las manos durante algún tiempo pero se habían casado siendo demasiado jóvenes. Eso era todo, en realidad. Quizá si hubieran tenido niños.

Thorne hojeó la programación de televisión. Era martes por la noche y sólo ponían mierda. Peor aún, habían retransmitido el partido de fútbol de su equipo favorito a las ocho y se le había olvidado completamente. Jugaban en casa, así que debían tener los tres puntos asegurados. El teletexto, el mejor amigo del aficionado al fútbol, le dio las malas noticias.

Se había desplomado con la espalda apoyada contra sus pies, el trasero sobre sus talones y los nudillos posados en el suelo de madera. El permanecía en pie, detrás de ella, apoyando ambas manos en la parte posterior de su cuello, preparándose. Inspeccionó la habitación con la mirada. Todo estaba en orden. El equipo de trabajo estaba a su alcance.

La boca de la chica se abrió y emitió un húmedo gorjeo. Aunque con delicadeza intensificó la presión sobre su cuello. No tenía ningún sentido intentar hablar; además, ya la había escuchado bastante.

Una hora y media antes, había estado observando cómo se deshacía el grupo de chicas. Un par de ellas se habían ido en dirección al metro y las otras dos hacia la parada del autobús.

Una se había retirado tambaleándose por Holloway Road. Será de aquí, pensó. Quizá quiera acompañarle a tomar una copa.

Giró a la izquierda y rodeó la manzana con el coche, apareciendo a unos veinte metros por delante de ella. Se quedó esperando en el cruce hasta que se acercó a un par de metros; entonces, salió del coche.

—Disculpa, perdona, pero creo que estoy completamente perdido —componía las palabras con mucho cuidado. Haciendo que sonaran como si estuviera educadamente molesto.

—¿Dónde quieres ir?

Recelosa. Además, con razón. Pero, por ahora, nada de lo que preocuparse. Se escucha el rumor de gritos y risas en la cercana rotonda Archway. Se quita las gafas, aparentando tener problemas para enfocar la vista...

—Hampstead, perdona, creo que he bebido demasiado. Debería dejar de beber, en serio.

—No te preocupes, tío. Yo también voy bastante perjudicada.

—¿Has ido de discotecas?

—No, he estado sólo en el bar, celebrando el cumpleaños de una colega. Muy divertido.

—Eso está bien —se alegraba de que ella estuviese contenta. Mejor, más ganas de vivir. Así que...

—¿Te apetecería una copita antes de irte a dormir? —dijo, metiendo el brazo por la ventanilla del coche y sacando ceremoniosamente una botella.

—Caray, ¿qué celebras?

Joder, ¿qué tendrá el champán, que vuelve tan locas a estas chicas? Es como el reloj de oro de un hipnotizador.

—Lo he cogido de una fiesta —entonces llegaron las risas—, ¿una copita para el camino?

Una media hora, más o menos. Pasaron treinta minutos de cháchara informal, sin demasiado sentido, antes de que decidiera seguir su camino. Había hablado sin parar con ese extraño. El novio de Nita, los problemas laborales de Linzi, un par de chistes verdes. El no había parado de sonreír, asentir y reír y, trataba de imaginarse lo difícil que era haber estado menos interesado por toda aquella verborrea. Después de todo ese tiempo de afirmar con la cabeza a su balbuceo incesante de palabras, llegaba el momento de que aquel hombre, de aspecto inofensivo, montase a su amiga borracha en el asiento de atrás para llevarla a su casa.

Hizo una llamada telefónica y la puso en posición.

Ahora, Helen ya no estaba tan parlanchína.

De nuevo sonó el gorjeo desesperado, que emergía desde lo más profundo de su ser.

—Sssh, Helen, tranquila. No durará mucho.

Apoyó los pulgares a cada lado de la protuberancia ósea de la base del cráneo y comenzó a palpar, en busca del músculo, sin parar de hablarle durante el proceso.

—¿Sientes estos dos músculos, Helen?

Se oyó un gorjeo como respuesta.

—El esternocleidomastoideo. Ya sé, es una palabra absurdamente larga, no te preocupes. Estos músculos bajan por aquí hasta llegar a la clavícula. Pero lo que estoy buscando está un poco más abajo —dijo, dando un suave grito ahogado al encontrarlo—. Aquí.

Lentamente fue cerrando los dedos sobre esa posición alrededor de la arteria carótida y comenzó a presionarla.

Cerró los ojos y comenzó a contar mentalmente los segundos. Con dos minutos sería suficiente. Sintió algo parecido a un estremecimiento que surgía del cuerpo de la chica y alcanzaba sus dedos atravesando los finos guantes de látex.

Asintió respetuosamente con la cabeza, mostrando admiración por el esfuerzo hercúleo que, incluso ese pequeño movimiento, debía haber supuesto.

Empezó a pensar en su cuerpo y en cómo podía haberlo acariciado. Ella era completamente suya y podía hacer con ella lo que quisiera. Podía haber deslizado las manos por delante de ella y por debajo de su falda en un solo segundo. Podía darle la vuelta y penetrarla por la boca y sentir sus dientes. Pero no iba a hacerlo. También lo había pensado con las otras, pero esto no tenía nada que ver con el sexo.

Después de considerar todos estos pensamientos, decidió que se trataba de un impulso perfectamente normal y saludable. ¿No sentiría lo mismo cualquier otro hombre que tuviese a una mujer a su merced? ¿Tan a mano? Desde luego. Pero no era una buena idea. No quería que ellos clasificaran esto como un crimen sexual.

Eso sería bastante sencillo, sacarían demasiada información de la escena. Él lo sabía todo sobre el ADN.

Un gruñido surgió del interior de la garganta de Helen. Podía sentirlo todo, era consciente de todo y aún seguía luchando.

—No queda mucho... Por favor, estate quieta.

Percibió un martilleo y, sin mover la cabeza, bajó la mirada hacia donde los dedos de Helen golpeaban convulsivamente el suelo. La adrenalina la empujó a hacer una última tentativa desesperada contra el efecto de la droga. Podría conseguirlo, pensó, tiene muchas ganas de vivir.

Un minuto cuarenta y cinco segundos. Sus dedos siguieron presionando, se inclinó un poco, hasta poner los labios a la altura de sus oídos y comenzó a susurrar.

—Hasta mañanita, dormilona...

Helen dejó de respirar.

Este era el momento crítico. Debía actuar rápido y con precisión. Relajó la presión sobre la arteria y empujó bruscamente la cabeza hacia delante, hasta que la barbilla tocó el pecho. La dejó en esa posición varios segundos y tiró de la cabeza hacia atrás, de manera que podía ver su cara desde lo alto. Tenía los ojos abiertos, la mandíbula flácida, la baba le resbalaba por la barbilla. Descartó el impulso urgente de besarla y volvió a dejar la cabeza en posición central. En su posición natural. Sus dedos agarraron firmemente la enmarañada melena castaña, para girarle la cabeza sobre su hombro izquierdo.

Y la mantuvo así unos instantes.

Repitió la misma operación sobre el hombro derecho. Cada movimiento iba fragmentando el interior de la arteria vertebral. Ahora dependía de ella.

La empujó suavemente hacia atrás, hasta recostar el cuerpo boca arriba, sobre el suelo. El esfuerzo le había hecho sudar mucho, así que se sirvió un vaso de agua fría y se sentó en la silla a observarla. A esperar que comenzara a respirar.

Tenía la mente en blanco, mientras centraba la mirada en la cara y el pecho, sin pestañear. Las respiraciones deberían de ser cortas y dificultosas. Siguió observando, deseando que se produjese el más mínimo movimiento. Cada pocos segundos, se inclinaba sobre ella y le tomaba el pulso.

El cuerpo de Helen permanecía inerte.

Fue por la bolsa y la mascarilla. Era el momento de intervenir. Estuvo apretando la bolsa frenéticamente durante diez minutos, gritándole.

—¡Vamos, Helen, ayúdame! —vociferándole a la cara—. Necesito que seas fuerte.

No fue lo suficientemente fuerte.

Se dejó caer sobre el respaldo de la silla, casi sin respiración. Se quedó mirando el cuerpo sin vida. Se le había descosido un botón de la camisa. Observó sus sencillos zapatos negros, ordenadamente dispuestos, uno junto al otro, a su lado. Su pequeña pila de joyas, amontonadas sobre un plato de acero inoxidable. Bisutería barata y enormes y horribles pendientes.

Se compadecía de ella y la odiaba.

Necesitaba actuar rápido. Ahora tocaba deshacerse de ella. Rápida y fácilmente.

Comenzó a desnudarla.

Thorne levantó la botella de tinto que había junto a la silla y se sirvió otra copa. Quizá los hombres cuarentones estuviesen mejor en sus pequeños, aunque bonitos y cómodos, apartamentos. Cuarentones con malos hábitos, con más cambios de humor que Glenn Millar y veintitantos años fuera de circulación; no decía demasiado a su favor. Tampoco ayudaba demasiado la afición por la música country-western.

Johnny cantaba a sus recuerdos. Thorne se programó mentalmente para saltarse ese tema del CD la próxima vez que lo escuchara. ¿Tendría razón Frank cuando preguntó si el caso Calvert seguía siendo parte de la ecuación?

Coge un cadáver fresco y tierno...

Quince años eran demasiados para seguir arrastrando esa carga. De todas formas, no era la suya. No podía recordar cuándo se la traspasaron a él. Sólo tenía veinticinco años. Todos sus superiores habían pagado el pato, como era su obligación. Nunca tuvo la oportunidad de una huida honrosa. Pero, ¿lo hubiera hecho si esta se presentase?

Un hombre, en libertad...

No había tenido nada que ver en dejar marchar a Calvert, después del interrogatorio. Lo que ocurrió en ese pasillo y más tarde, en esa casa, parecían simplemente cosas sobre las que había leído, como cualquier otro ciudadano. ¿Había sentido realmente el pálpito de que Calvert era su hombre? ¿O era un detalle que emergió más tarde de su imaginación, tras lo que presenció ese lunes por la mañana? De todas formas, una vez que todo salió a la luz, su participación fue completamente olvidada.

Cuatro niñas muertas...

Además, ¿qué era su trauma —Dios, vaya estupidez de palabra— comparado con el de los familiares de esas niñas, que aún deberían estar entre nosotros? ¿Que, a estas alturas, debían tener sus propios niños?

Los recuerdos se forjan así.

Cogió el mando a distancia y paró la canción. Estaba sonando el teléfono.

—Tom Thorne.

—Soy Holland, señor. Creemos que hay otro cuerpo.

—¿Creéis?

Le dio un vuelco el estómago. Sonreía Calvert mientras salía de la sala de interrogatorios. Alison mirando a la nada. La muerta Susan, la muerta Christine y la muerta Madeleine cruzan los dedos.

—Todo parece igual, señor. Ni siquiera creo que nos hayan traspasado aún este caso, pero creo que no se observan marcas en su cuerpo.

—¿Cuál es la dirección?

De nuevo en marcha, a estas horas de la noche. Vació el resto de la copa de un trago.

—Será mejor que mandes un coche, Holland, he estado bebiendo.

—Lo mejor de todo, señor...

—¿Lo mejor?

—Tenemos un testigo. Alguien le vio deshacerse del cuerpo.

Podía sentir la curiosidad de Tim por saber de dónde venían las flores. No dijo nada, pero sé que no paraba de mirarlas. No me preguntó. Quizá porque era una pregunta para la que necesitaba una respuesta y no una conversación sin sentido con su exnovia, convertida en una espástica con retraso.

Lo siento, Tim. Pero nada podía prepararte para esto, ¿no es cierto? Pasas por la rutina habitual, vacaciones juntos, cada uno conoce los amigos del otro. Nunca tuvo que pasar por conocer a mis padres, el jodido afortunado. ¡Los suyos eran una pesadilla! Pero eso nunca entró en el trato, ¿verdad? «¿Cómo te las ibas a arreglar si yo estaba conectada a una maquina y absolutamente incapaz de moverme o comunicarme?» Ese tema nunca sale en nuestras últimas charlas íntimas, ¿no es cierto?

Ah, me han puesto un colchón de aire. Dicen que para evitar ulceraciones en la piel. Probablemente sea súper cómodo, aunque arma mucho jaleo. De autoinflado eléctrico. A veces me despierto en mitad de la noche pensando que hay alguien pasando la aspiradora en la habitación de al lado.

Creo que a Anne le gusta ese poli. Parece un tipo agradable, de verdad. Mucho más agradable que su ex marido, que parece un poco gilipollas. En cambio, el poli es un tipo divertido.

Me estaba meando cuando se disculpó por oler un poco mal. Escuché a Tim preguntarle a la enfermera por las flores. No había ninguna tarjeta y la enfermera salió a preguntarle a alguna compañera. Ahora pienso que Tim sospecha que mantengo un romance con un policía. Obviamente, debe ser un policía muy extraño, al que le gusten los camisones amarillos cutres y las novias extremadamente complicadas que nunca te responden.

¿Cómo era ese chiste sobre la mujer perfecta? Si fuera una ninfómana y mi padre tuviera una fábrica de cerveza, sacaría mucha pasta con.