CAPÍTULO QUINCE

Me encantará tenerte cerca, Tom, pero dicho esto...

Keable estaba detrás de su escritorio, soltando su discurso. Tughan se apoyaba contra la pared con el pelo grasiento y mirada asesina. Obviamente, Keable le daba la bienvenida a Thorne de vuelta a la operación Backhand, aunque de forma imprecisa y poco ortodoxa pero, en realidad, estaba estableciendo las nuevas normas. ¿Cuáles eran esas normas? Eso es algo que Tughan tendría que aclarar más adelante. Ahora tenía la mirada puesta en su viejo amigo, el ciervo de Exmoor.

Cada vez que observaba este deprimente sucedáneo de representación del oeste de Inglaterra encontraba algún nuevo matiz. Hoy lo miraba desde su silla y vio algo en la mandíbula del animal que denotaba agresividad. Probablemente, sólo se trataría de miedo o su disposición para cargar contra el fotógrafo en cualquier momento, pero Thorne añadió mentalmente un pensamiento junto a la cabeza del animal que decía «no queremos a los de tu calaña por aquí». Era solo cuestión de días que se descubriera la impresionante panorámica que acompañaba al mes de octubre en el calendario.

Estaba convencido de que Keable esperaría impacientemente ese momento cada mes. ¿Con qué fascinante imagen se encontraría Thorne la próxima semana? «Tejón al Atardecer», quizá. Se preguntaba si duraría el tiempo suficiente para verla.

Keable había terminado.

—¿Bien?

Thorne dedicó a Keable toda su atención. La expresión en el rostro del inspector parecía ser abierta y dócil. Hasta ahora, todo había ido mucho mejor de lo que se esperaba.

—Deberíamos dejar claro —interrumpió Tughan—, que nadie te está preguntando si estás interesado en aceptar esta oferta; porque, en realidad, no se trata de ninguna oferta. No tienes elección.

Thorne sabía que estaba bastante convencido, pero aún quería luchar un poco más. Ignoró a Tughan y se dirigió directamente a Keable.

—Te agradezco que hayas mantenido la discreción en lo relacionado con los últimos eventos, Frank, pero aún estoy un poco confuso y no sé qué quieres exactamente de mí a cambio.

Porque, en realidad, no estaba escuchando, lo siento.

—Asesor, arma secreta, suplente de lujo, como decidas llamarlo. Seguiré siendo el inspector que sobra. Brewer sigue aquí y no creo que Nick planee dejarnos.

Sonrió a Tughan y este le devolvió la sonrisa con el gesto inexpresivo.

—Así que, ¿qué es, en realidad, lo que voy a hacer día a día, Frank?

Keable se tomó unos segundos para formular una respuesta. Cuando esta finalmente salió, lo hizo con suavidad, aunque el acero que escondía era fácil de detectar.

—Fuiste tú, en primer lugar, quien quiso salirse de la operación, Thorne, y conseguiste lo que pedías. Ahora no estás en posición de cuestionar nada.

Thorne asintió con la cabeza. Necesitaba ser cauteloso.

—Sí, señor —dijo, mirando de soslayo a Tughan. Esta vez, la risa de ese bastardo era auténtica.

Keable se levantó y caminó alrededor de su mesa. Se detuvo frente a un pequeño espejo que había en la esquina sobre un archivador y se ajustó el nudo de la corbata:

—Quiero que formes parte de esta operación de modo extraoficial. Ya sé que eres de todo menos estúpido y te harás cargo de que mientras estés aquí el asesino sabrá dónde encontrarte.

Sabría dónde encontrarme en cualquier sitio donde estuviese. Está observándome.

—Parece importante para él y lo que es importante para él, es importante para mí. No manejamos demasiada información en relación con este caso, pero el asesino tiene cierta afinidad contigo, de lo que pienso sacar buen provecho. Si no te gusta, mala suerte —Keable siguió caminando. Su corbata lucía perfecta—. ¿Está claro?

Thorne sacudió la cabeza. No estaba en absoluto disconforme con la idea. No es que pretendiese quedarse sentado esperando a que apareciera un día el asesino. La iniciativa que había mantenido en un primer momento se había evaporado. Había permitido que se evaporase y ahora quería recuperarla.

Keable pasó junto a Tughan, de vuelta a su mesa.

—Además, si estás aquí, también sabremos dónde encontrarte.

Thorne casi sonrió.

—Sólo una pregunta, señor.

—Adelante.

—Jeremy Bishop. ¿Es terreno prohibido?

Thorne observó la mirada que intercambiaron Keable y Tughan. Casi podría jurar que oyó cómo bajaba la temperatura.

—Ahora iba a hablar de eso. El doctor Bishop sabe perfectamente que tu visita de hace una quincena fue una farsa. Ya puedes estar agradecido de que no sepa que recogiste ilegalmente fibras de la alfombra del capó de su coche.

Todavía no había hablado con Vhil Hendrícks. Le llamaría más tarde.

—Se engancharon en mi maletín cuando él me ofreció que lo guardase en el maletero.

—Seguro que lo hizo —dijo Tughan, burlándose.

—¿Y coinciden?

Keable se quedó con la boca abierta.

Tughan se separó de la pared:

—Creo que la gente tiene razón, Thorne. Creo que has perdido el maldito juicio. Sí, coinciden, pero eso ocurriría con las fibras extraídas de cualquier Volvo que hicieron de ese modelo y color desde 1994. ¿Tú te crees que no comprobamos esas cosas? ¿Tienes idea de cuántos coches como ese hay en las calles?

Thorne no la tenía, ni le importaba demasiado.

Keable recuperó el testigo de la conversación.

—El doctor Bishop ha llamado varias veces quejándose de unas llamadas anónimas. Está empezando a hacer acusaciones.

Thorne le miró a los ojos sin pestañear. Keable fue el primero en apartar la mirada.

—Esas llamadas son cada vez más frecuentes.

¿Cuántas veces había llamado a Bishop desde el funeral? Apenas lo recordaba. Parecían acciones que realizaba en sueños.

—El doctor Bishop está previsiblemente molesto y enfadado y es su hijo el que ha venido aquí a quejarse; ahora, su hija se ha apuntado también. Ayer llamó para preguntar qué se estaba haciendo.

La hija uniéndose a la ofensiva. Qué interesante.

—Si alguna vez me entero de que sabes más de esto de lo que me estás contando, Tom, no podré salvarte. No querré salvarte.

Thorne intentó parecer escarmentado. Después sonrió, intentando suavizar las cosas.

—Aún no has respondido a mi pregunta, Frank. ¿Es o no terreno prohibido?

Las cosas no se suavizaron.

—Inspector Thorne, ¿tienes alguna duda de que la persona que mató a Margaret Byrne es también el responsable de las muertes de Helen Doyle, Leonie Holden y las demás?

Thorne se pensó la respuesta unos segundos.

—No tengo ninguna duda de que la persona que mató a Leonie, Helen y las otras fue también el responsable de la muerte de Margaret Byrne.

Keable se le quedó mirando, mostrando una inclinación en sus pobladas cejas que denotaba inequívoca confusión. Entonces comprendió la sutil diferencia. Su cara enrojeció instantáneamente y su voz se tornó un susurro amenazante.

—No emplees tus jodidos juegos de palabras conmigo, Thorne.

—No es un juego de palabras.

—No quiero volver a escuchar toda esta mierda. Los psicópatas no contratan sicarios.

Jeremy Bishop no era un psicópata ordinario pero, en el fondo, Thorne sabía que Keable tenía razón. La coartada debía tener algún fallo. ¿Y si no lo tenía?

No tenía ni idea de qué hacer en ese caso.

—Entonces, ¿ni siquiera se me permite mencionar su nombre?

—No seas infantil. Si quieres malgastar tu tiempo puedes pensar lo que quieras, pero no malgastes el mío, ni el de esta operación. Tom... —Thorne elevó la mirada. Keable había echado el cuerpo hacia delante y le miraba intensamente a los ojos—. Han pasado cuatro semanas desde que asesinaron a Helen Doyle, dos meses desde que atacaron a Alison Willetts, seis meses desde que mataron a Christine Owen y sólo Dios sabe cuándo empezará a planear su siguiente macabra majadería.

Cuando robó los fármacos. Algo relacionado con el robo del Midazolam por parte de Bishop seguía preocupando a Thorne. Le martilleaba insistentemente en la cabeza, pero no podía adivinar de qué se trataba. Como una melodía que no podía identificar.

Keable dejó claro su punto de vista.

—A pesar de las chorradas que han salido en la prensa y de las caras serias en las ruedas de prensa seguimos sin tener nada, Tom.

Tughan agachó levemente la cabeza. ¿Escondía ese gesto un atisbo de culpa? Thorne volvió la vista hacia Keable.

—Sigo sin entender por qué te niegas a contemplar este asunto con amplitud de miras. No existen más sospechosos. Hasta ahora, esta operación no ha dado resultados positivos.

Tughan no pudo contenerse.

—Cada oficial de esta operación ha estado trabajando hasta dejarse el pellejo, Thorne. Hemos hecho todo lo que debíamos, todo. Hallamos a una testigo bastante creíble en Margaret Byrne.

Thorne le interrumpió.

—Y dejasteis que la mataran.

Las palabras golpearon a Tughan como un mazo. Cruzó la habitación gritando, salpicando baba en la cara de Thorne.

—Jeremy Bishop no tiene nada que ver. Nada. Mientras has estado viviendo en el puto país de las maravillas, los demás hemos estado realizando nuestro trabajo. Bishop no es sospechoso. El único tribunal que va a visitar será el que trate la demanda de acoso que va a poner contra ti.

Thorne saltó de la silla en un segundo. Cogió a Tughan por la muñeca y comenzó a apretar. La sangre comenzó a brotar de la cara del irlandés. Keable se puso en pie y Thorne aligeró la presión. Tughan, respirando con dificultad, volvió rápidamente junto a la pared.

Thorne levantó el brazo lentamente y le dio un manotazo a algo que nadie más en la habitación alcanzó a ver. Cogió su chaqueta del respaldo de la silla y se la puso muy despacio, murmurando.

—No hay otros sospechosos, Frank —avanzó hacia la puerta.

Keable gritó.

—¡Pues encuéntrame alguno más!

Incluso Tughan, que se frotaba la muñeca en un rincón, se quedó sin palabras.

El inspector jefe Frank Keable intentaba parecer duro pero Thorne le miró a los ojos y sólo vio desesperación.

Holland trabajaba en su ordenador, ignorante de que había alguien a sus espaldas, hasta que escuchó la voz.

—Bonito día, ¿verdad? Creo que me voy a dar un paseíto.

Holland no se volvió hacia él.

—¿Algún sitio en particular?

—Bristol estaría bien.

Holland siguió trabajando.

—El tráfico es una auténtica pesadilla en la M4 los viernes.

—Había pensado en tomar el tren. Hora y media de trayecto. Comprar los periódicos, visitar el restaurante...

—Suena bien. Yo compro el periódico si usted paga el café.

—Probablemente tendrás que mentir acerca de dónde vas.

Holland apagó el ordenador.

—Me estoy convirtiendo en un mentiroso profesional.

Thorne sonrió. Holland estaba cerrando filas.

Echó un vistazo en el quiosco de prensa y se detuvo en una portada en particular. Le llamaban «Charlie Champán». Uno o dos días después de la muerte de Margaret Byrne la prensa se había enterado de todo.

De los crímenes en serie.

Al principio se sintió molesto y enfadado. No se trataba de un asesino en serie. Pero comprendió que tenía sentido. Obviamente, no se había revelado la historia completa, no toda la verdad. Suponía que la policía había accedido a cooperar únicamente si la prensa se comprometía a no publicar detalles fundamentales y así evitar confesiones falsas y posibles imitadores.

No tenían motivo para preocuparse. Cuando decidiese reaparecer sabrían que se trataría de él.

Disfrutaba a diario de su dosis de especulaciones y majaderías de la prensa sensacionalista. La ausencia de progresos de este «horrible» caso lo había convertido en un asunto de prioridad nacional. Nunca se había propuesto dejar a los policías por estúpidos, ni mucho menos; pero las vagas garantías, que ofrecían todo tipo de comisionados y delegados en sus manifestaciones en los periódicos y en las ruedas de prensa, le divertían enormemente.

Champán Charlie. Poco imaginativo, pero bastante predecible e irónico, considerando que no volvería a utilizar jamás el champán. Con Leonie la inmovilización y el pinchazo habían funcionado bien. Sin olvidarse, desde luego, de la presión de la cuchilla sobre el cuello, mientras esperaban. Todo ocurrió muy deprisa. El champán siempre obligaba a unos cuarenta minutos de cháchara. La echaba de menos: hacía que lo que sucedía más tarde fuese mucho más interesante. Pero con la ayuda de la aguja, la diferencia en la velocidad con la que todo ocurría era notable. La adrenalina había acelerado tanto la absorción de la droga en el torrente sanguíneo de la chica que, pocos minutos después de que se apeara del autobús, ya la llevaba en el coche, de camino a casa. Ni siquiera había llegado a oír bien su voz.

Sólo había podido pronunciar dos palabras convertidas en un suspiro desesperado.

Por favor...

Y volvió a fracasar de nuevo. La distracción provocada por el asesinato de Margaret Byrne, sólo unas pocas horas antes, era una excusa conveniente pero comenzaba a convencerse de que la suerte no le acompañaba. Había elegido realizar un procedimiento terriblemente complejo. Eso podía aceptarlo. El índice de éxito sería exiguo. Todo eso lo sabía bien. Sin embargo, el fracaso le molestaba profundamente.

Pero en cuanto consiguiera hacer bien las cosas toda esta desazón habría valido la pena.

Había disfrutado inmensamente al asesinar a Margaret Byrne. Fue una sacudida de genuina vergüenza admitirlo, pero el autoengaño no habría tenido mucho sentido.

Había intentado ponerse en su lugar. Imaginándose la sutil melodía del frío acero mientras cortaba su piel. Aguantando la respiración durante el sublime instante que transcurre desde que finaliza esa bella melodía hasta que comienza a brotar la sangre.

Es un sentimiento que llegó a experimentar una vez y le encantó y casi había olvidado.

El simple asesinato no contaba con la prolongada belleza y la elegancia de su trabajo habitual. También se precisaba algo de destreza, desde luego, pero un cadáver pálido y tieso no podía compararse con lo que consiguió con Alison. Aquello había sido algo soberbio, algo único.

A pesar de todo, el porcentaje de éxito era incomparable.

Su trabajo era tremendamente innovador, de eso estaba convencido, pero sólo había alcanzado el éxito en una ocasión. Las dudas comenzaban a trepar por su mente como un enjambre de arañas negras invasoras. ¿No sería una rápida muerte lo mejor para su próximo paso? ¿No sería esta forma de eutanasia un gran servicio en sí mismo? No contaría con el mismo futuro brillante, latente e indoloro que le había proporcionado a Alison; pero, al menos, era un final.

Intentó apartar esa idea de su cabeza. No podía imaginarse a sí mismo recorriendo las calles con un escalpelo en el bolsillo. Ese no sería él.

Llevó el periódico al mostrador y se metió la mano en el bolsillo en busca de cambio. Una mujer se detuvo frente a él. Una revista de crucigramas, un boleto de lotería y un montón de chocolate. La chica le sonrió y, entonces, recordó lo importante que seguía siendo su trabajo. Sí, matarla sería sencillo y ella, sin duda, estaría mejor muerta. Pero nada que valiera la pena podía conseguirse con facilidad.

La muerte era algo medieval. Él podía ofrecer un futuro a la gente.

Durante el corto trayecto en taxi desde la estación de Temple Meads hasta el hospital, Thorne y Holland prepararon el plan para hablar con la doctora Rebecca Bishop. Simplemente, no tenían ningún plan. Holland llamó con antelación para asegurarse de que trabajaba hoy y, aparte de eso, irían improvisando sobre la marcha.

Hace un año, el Hospital Bristol Royal había sido objeto de sospecha y numerosas denuncias, tras la alarmante tasa de mortalidad de bebés y niños que habían sufrido una operación de corazón. El escándalo resultante arrojó una oscura sombra, sobre el hospital en particular y sobre la profesión médica en general que muchos supusieron bien justificada. Los médicos perdieron la confianza en su autorregulación.

Al igual que ocurre con los oficiales de policía.

Desde que Thorne comenzó a trabajar en este caso, nada de lo que sucedía en los hospitales podría sorprenderle. Se estaba acostumbrando rápidamente a las estrategias que empleaban las personas que trabajaban en ellos para sobrevivir al día a día. Sin embargo, la comisión investigadora del hospital Bristol Royal había hecho algunos descubrimientos sorprendentes. Un ala del edificio recibía el nombre de «la sala de la despedida».

Susan, Christine, Madeleine, Helen. Thorne sabía bien lo insistentes que eran las voces de aquellos cuyas vidas habían sido cercenadas. Se compadecía de los que seguían oyendo las voces de veintinueve niños fallecidos.

Rebecca Bishop trabajaba en el departamento de cirugía ortopédica. Sentada frente a ellos, en sillas de plástico verde en un pasillo junto a una sala de espera, su comportamiento dejaba a Thorne pocas dudas de la fuerza y la confianza que albergaban los genes de esta singular familia.

—Les concederé media hora. Después de eso, voy a asistir a una fascinante clase de biomecánica y reparación de fracturas a la que están invitados.

Les sonrió con frialdad. Dejando aparte su cabello oscuro y encrespado y su barbilla ligeramente alargada, Rebecca compartía los rasgos de su padre y hermano. Era una mujer bien parecida, al igual que ellos eran hombres bien parecidos. Bien parecida, pero no guapa. No había dulzura en sus facciones. Thorne se preguntaba dónde se encontraría la influencia de Sarah Bishop. ¿Habría sido dulce o guapa?

Quizá se lo preguntara a Jeremy algún día cuando tuvieran tiempo de hablar. En una sala de interrogatorios, quizá.

Thorne abrió la boca para responder pero Rebecca Bishop tenía su propia agenda.

—Podrían empezar por decirme por qué han enviado al hombre al que acusa mi padre de estar acosándole para hablar conmigo acerca de ello.

Thorne parpadeó a Holland que le dedicó en respuesta el equivalente facial al encogimiento de hombros.

—Nadie está acosando a su padre, doctora Bishop. Al menos, no que nosotros sepamos. El hecho de que me haya desplazado hasta aquí en persona debería servir de garantía de que nos estamos tomando en serio sus acusaciones.

—Me alegra oír eso.

—Pero debe entender que tenemos otras prioridades.

Rebecca se levantó y permaneció junto a un tablón de anuncios.

—¿Cómo atrapar a Champán Charlie? Ya lo he leído en la prensa.

A Holland le apeteció hacer el papel del compañero elocuente.

—No crea en todo lo que lee en los periódicos, doctora Bishop.

Miró a Holland y Thorne creyó percibir cómo comenzaba a ruborizarse. ¿Se sentiría atraída por él? Tanto mejor. Intentó mirar a Holland a los ojos pero no pudo. Rebecca Bishop se giró y miró a Thorne, manteniendo las manos en el fondo de los bolsillos de un enorme abrigo marrón.

—¿Y mi padre es sospechoso, inspector Thorne?

Mentir nunca es agradable, pero era muy fácil.

—No, desde luego que no. Se le interrogó rutinariamente y se le descartó de la lista de sospechosos.

Rebecca le lanzó una dura mirada, él no sintió nada. Los doctores estaban acostumbrados a mantener a los pacientes en la ignorancia. Lo mismo ocurría con los policías y el público en general.

Holland tomó la palabra.

—¿Podemos hablar de ese asunto de acoso? Dígame exactamente qué cree que está sucediendo.

La doctora se sentó de nuevo.

—Ya he pasado por todo esto por teléfono —Holland sacó la libreta al instante. A Thorne no le quedó más remedio que admirar su sincronización. Rebecca suspiró y continuó—. Está bien. Papá ha estado recibiendo esas llamadas de alguien... Ah y había alguien sacando fotos desde el exterior de la casa, pero lo que más le preocupa son las llamadas telefónicas.

—¿Tu padre te ha contado todo esto?

—No, mi hermano James me telefoneó para contármelo. Papá está muy molesto y enfadado y James pensó que yo debía saber lo que estaba ocurriendo. Para añadir una voz profesional de queja más, supongo. No es que James y yo hablemos a diario, así que pensé que se trataba de algo importante cuando recibí su mensaje.

Comenzó a mordisquearse intensamente una uña. Thorne apreció que todas las uñas estaban devoradas al raso; alguna de ellas, incluso, habían comenzado a sangrar.

Había llegado el momento de profundizar un poco.

—¿Así que usted y James no están muy unidos?

Levantó la mirada y Thorne observó que estaba considerando qué respuesta debía expresar y si la iba a dar o no. ¿Era este un territorio en el que se encontraba cómoda dejando entrar a extraños? Quizá fue la sonrisa de Holland la que hizo el truco.

—No somos una familia perfecta. Ya deben tener una idea de eso.

Ambos la miraron como si no supieran nada al respecto.

—James y yo no somos grandes amigos, no. Papá y yo tampoco tenemos una buena relación, ¿sabe usted?, pero eso no quiere decir que me guste verle preocupado.

Holland asintió, lleno de comprensión.

—Por supuesto que no.

Rebecca comenzó a hablar despacio, pero con un deleite fácilmente detectable.

—A James y a papá les gusta pensar que están muy unidos pero, en realidad, es todo mentira. Se separaron mucho hace unos años, cuando James se apartó del buen camino. Ahora, simplemente ve al viejo como a un pretencioso director de banco, cuya única misión es repartir coches y regalar créditos para casas, y el bueno de James puede quemar todo el dinero que pille, sin preocuparse demasiado por ello.

Thorne estiró algo más del hilo.

—Seguro que sí le preocupa.

—Sí, claro, ya ha tenido el placer de conocer a James, me lo dijo. ¡Dios, que sarcástico ha sonado eso! —intentó reírse, pero la risa se quedó atascada en algún resquicio de su garganta.

El tono de voz de Thorne continuaba tranquilo, medido.

—¿Y cómo se siente su padre?

—Culpable —fue una respuesta instintiva. Asociación de palabras.

Thorne se esforzó por mantener el semblante inexpresivo. Dejemos que siga sacando a relucir todos los trapos sucios de la familia.

—Culpable de que mamá estuviese atiborrada de tranquilizantes y él tan borracho que era incapaz de coger el coche. Culpable de haberla metido en los putos tranquilizantes, en primer lugar. Culpable de haber destrozado la vida de sus dos hijos. Culpable de no haber muerto, en vez de ella. Todos los Bishop estamos ahogados en culpa, pero Jeremy es el que más.

Tranquilizantes. Esto tenía sentido. ¿Tendría el Midazolam, en pocos minutos, el mismo efecto en sus víctimas que el que tuvieron en su mujer los tranquilizantes a lo largo de los años? ¿Tenía todo esto que ver con algo tan prosaico como la venganza? No, no exactamente venganza, sino... Thorne no sabía qué.

Tan pronto como lo pensó, se dio cuenta de que era demasiado simplista y, de alguna extraña forma, demasiado poético. La solución a este caso no se hallaría oculta en motivos cotidianos, dispuesta a salir por sorpresa, oculta entre lazos de charol, como un regalo de Navidad.

Pero se estaba metiendo en la piel de Jeremy Bishop.

Lanzó una mirada inquisidora a la hija de Bishop. Parecía exhausta. Acababa de articular unas palabras que no había pronunciado en mucho tiempo, o esa era la impresión que le daba a Thorne. Hablaba como si Holland y Thorne no estuvieran presentes. Thorne debía recordarle delicadamente que sí estaban.

—¿Y qué pasa con usted, Rebecca? ¿De qué se culpa?

Miró a Thorne como si estuviera loco. ¿No era obvio?

—De no haber estado en ese coche.

Mientras Tom Thorne se entrevistaba con Rebecca Bishop; a ciento cincuenta kilómetros de allí su padre almorzaba con la mujer que, al menos en teoría, se acostaba con él.

La había llamado el día anterior. Anne cogió el teléfono, deseando que fuese Thorne y se sintió bastante desalentada cuando escuchó la voz de Jeremy. Acordaron reunirse el día siguiente. En un restaurante especializado en pasta, en Clerkenwell, más o menos, a medio camino entre Queen Square y el Royal London.

El abrazo fue, quizá, un poco forzado pero el vino los relajó pronto y la conversación fluyó fácilmente. Hablaron de trabajo. Estresante..., era difícil irse a casa y relajarse. Agotador... ¿Cuándo cambiaría la rutina? Bishop comenzó a pensar en un cambio de dirección; Anne estaba intrigada. Estaba decepcionada y preocupada por el revés de Alison, él se mostró comprensivo.

Hablaron de sus niños. ¿Exigía demasiado de Rachel? ¿Estaba siendo demasiado insistente? Bishop le dijo que no se castigara demasiado por ello. En su caso, siempre había esperado lo mejor de Rebecca y James y casi con total certeza había sido demasiado insistente. Estaba orgulloso de Rebecca y, quizá, muy pronto a James le empezaran a ir bien las cosas.

Le dijo que debería sentirse orgulloso por los dos.

Hubo un momento de silencio que comenzó a hacerse incómodo; Bishop se apresuró a romperlo:

—¿No me has llamado porque tu novio te dijo que no lo hicieras?

Anne encendió un cigarro, el tercero desde que terminaron de comer.

—Tampoco tú me has llamado.

—Me preocupaba que te resultara poco oportuno. He estado leyendo los periódicos y parece evidente que no puedo seguir siendo sospechoso, pero él sigue teniendo esa especie de fijación conmigo.

Anne sacudió la inexistente ceniza sobre el cenicero.

—No he hablado con Tom desde hace casi una semana —Bishop levantó la ceja. Más sacudida de ceniza—. En realidad, nunca hemos hablado de ti, Jeremy. Es conveniente establecer una separación entre lo personal y lo profesional.

Bishop se inclinó hacia delante y sonrió, entrecruzando sus largos dedos y apoyando sobre ellos la barbilla. La miró profundamente a los ojos.

—Puedo entenderlo perfectamente, Jimmy, sé que esto debe ser duro para ti. ¿Pero qué piensas, en realidad?

Mantuvo el contacto visual e hizo todo lo posible por imaginarse a este hombre de la misma forma que lo hacía Thorne. No podía hacerlo.

—Jeremy, yo no...

—Ayer escuché una historia acerca de un médico de familia adicto a la morfina. Se la prescribía a sus pacientes y después los visitaba a su casa para quitarles la droga. Volvían a la consulta pensando que la habían perdido, ya sabes, maldiciendo su edad. El les sonreía, lleno de comprensión y, les prescribía un poco más y así sucesivamente.

Anne no parecía muy sorprendida. Muchos doctores tenían problemas de adicción. Existía incluso un centro de rehabilitación reservado exclusivamente para trabajadores médicos. Bishop continuó hablando.

—El tipo que me contó esto conocía a ese hombre desde hacía veinte jodidos años y no tenía la más mínima idea.

Ella le miró conteniendo la respiración. La voz de Bishop se tornó un susurro.

—La gente guarda secretos, Anne.

Anne bajó la mirada y fijó la vista en el cigarro que aplastaba contra el cenicero. Meticulosamente, sofocó todo resto de ceniza candente. ¿Qué esperaba que le dijera? ¿Se trataba de otra típica muestra de extravagancia teatral y provocativa o...?

Alzó la mirada e hizo una señal hacia la cuenta, que acababa de dejar el camarero; seguidamente, se volvió hacia él, sonriendo.

—Hablando de secretos, Jeremy, ¿estás saliendo con alguien? —su humor pareció cambiar súbitamente. Ella lo percibió claramente y pensó en echarse atrás pero finalmente decidió lo contrario. Quería darle la vuelta a las tornas un poco, para disfrutar de su incomodidad—. Sí que lo estás, ¿no es cierto? ¿Por qué estás tan evasivo? —Anne pudo percibir en sus ojos algo parecido a una respuesta—. ¿La conozco?

Bishop mantuvo la mirada fija en el mantel.

—No es nada serio y, probablemente, no durará demasiado por toda una serie de razones, pero si hablo de ello sería como si maldijese la relación condenándola a una tumba prematura.

Anne rió.

—¿A qué viene esta superstición repentina? Vamos, ¿desde cuándo lleváis...?

—No —su tono hizo que se borrara la sonrisa de su cara y dejó poco lugar a dudas. Fin de la conversación—. Sería como desear que se acabara.

Thorne llegó a casa, nervioso e inquieto. Necesitaba hacer algunas llamadas. A su padre, a Hendricks y a Anne, por supuesto. Pero se sentía demasiado lleno de energía.

Todo había sucedido al salir de la estación de metro de Kentish Town, mientras se preguntaba que afortunada tienda de licores tendría el privilegio de su visita de camino a casa. La conversación que escuchó a sus espaldas era, más o menos, así.

«Revista Metro...»

—¡Búscate un puto trabajo.

—¡Este es mi trabajo, gilipollas!

Y ahí empezó todo.

Thorne entró uno o dos segundos después de que los primeros puñetazos y patadas empezaran a volar. Se estremeció de dolor al recibir un puñetazo perdido a un lado de la cabeza. Cogió por el cuello al dependiente «búscate un trabajo» y lo lanzó contra una puerta cercana con más fuerza de la estrictamente necesaria. El vendedor de Metro se agachó a recoger los ejemplares esparcidos por el suelo y se acercó a echar un vistazo.

Thorne le miró a los ojos:

—¡Lárgate de aquí!

Volvió su atención al que sí tenía un techo. Borracho, por supuesto, o quizá drogado hasta los ojos. Un estudiante, supuso Thorne, a quien un hilo de sangre le brotaba del labio y le manchaba la camisa blanca.

Thorne le dejó apoyado contra la pared, rodeándose el cuello con las manos y le dio una leve sacudida con la rodilla entre las piernas mientras se sacaba la placa y se la ponía frente a los ojos:

—Ahora, a ver si imaginas en qué trabajo yo.

De vuelta a casa abrió la primera lata de cerveza barata. Se preguntaba qué habría pasado si no hubiera estado por allí con una placa en el bolsillo y ganas de golpear a alguien.

Si uno de ellos hubiera llevado una navaja.

Esos eran asesinatos típicos. Crímenes simples, banales y comprensibles. La gente moría por ira o frustración o por una básica falta de espacio vital. Morir por una gran causa o por un comentario estúpido o por unos cuantos peniques.

Los asesinatos entre parejas con los puños y con martillos; entre hombres que pretenden ser muy hombres, con alcohol y navajas; entre traficantes de drogas, usando armas con la misma ligereza que un cepillo para el pelo.

Thorne podía entenderlo. Esas muertes ocurrían regularmente en la ciudad. Sabía perfectamente que cada una de ellas tenía sentido a su extraña y particular manera.

Pero esto no. Muertes como efecto colateral. Cadáveres como subproducto de alguna asquerosa locura enfermiza.

Apuró el último sorbo de la cerveza, se puso la chaqueta y en cuarenta minutos se encontraba caminando por una calle de Battersea, observando la silueta que se movía bajo la luz, tras la ventana de un segundo piso.

Se quedó allí cerca de una hora, ocultándose entre las sombras a cada movimiento de las cortinas, real o imaginario. Después, se escondió rápidamente entre las sombras cuando Jeremy Bishop abrió las cortinas y se asomó a la calle.

Bishop dirigió una dura mirada a Thorne o al lugar donde había estado Thorne, viendo una sombra, quizá, pero seguro que nada más. Cuando Thorne volvió a mirar, sintió un estremecimiento helado, que agitó cada hueso de su cuerpo al observar el repentino cambio en la cara de Bishop.

Desde la distancia, Thorne no podía estar seguro.

Podía haber sido una mueca.

Podía haber sido una sonrisa.

Ya sé que otras veces he hecho chistes sobre el Servicio Nacional de Salud y la falta de fondos y todo eso. Me reí de la pizarra cuando la vi por primera vez al compararla con los deslumbrantes aparatos que tienen en América.

Pero, ¿y esto?

Anne lleva diciéndome algún tiempo que ella y el terapeuta ocupacional iban a improvisar un par de dispositivos para que pueda leer y ver la televisión. Obviamente, me lo he tomado un poco a broma, sobre todo después de haber vuelto a conectarme a este jodido ventilador. Cuando una máquina tiene que respirar por ti, ¡la vida puede ser muuuuy aburrida, queridos! Pero no me imaginaba que se refería literalmente a improvisar. Honestamente, es lo más rudimentario que te puedas imaginar.

Han atornillado una especie de brazo pivotante en el techo, de donde han colgado la tele, así que puedo verla directamente desde la cama. Estupendo. Si estuviera en un hospital de Nosedónde, Illinois, o por ahí, podría incluso controlar el volumen y, lo que es más importante, cambiaría de jodido canal con el movimiento de las pestañas. Aquí, en el viejo Londres, en el viejo Servicio Nacional de Salud, esos pequeños detalles parecen haber sido pasados por alto. Así que tengo que esperar a que aparezca una enfermera y pestañearle para indicarle que cambie de canal. Lo hace y se larga otra vez, dejándome el Canal de Compras o algún programa cutre de cocina, hasta que vuelve a asomar la cabeza por la puerta, veinte minutos más tarde y me vuelvo loca intentando pestañearle, para que me deje puesto el fútbol.

No quiero parecer desagradecida, pero esto es el cielo en comparación con mis nuevos arreglos de lectura.

Se basa en un atril de música, creo, aunque también podría tratarse de un antiguo perchero. De acuerdo, exagero un poco, pero no demasiado. Me incorporan un poco y me ponen este aparato contra las tetas, con unas pequeñas pinzas que sujetan en su sitio el libro o la revista que toque. La teoría está bien. Primero, no me encuentro en posición de realizar solicitudes complejas. Me estrujo los sesos pensando en los libros con un título corto que me gustaría leer. Lo mismo ocurre con las revistas, aunque estoy más o menos servida con el ¡Hola! y el ¡OK! No me cansa tanto las pestañas. De todas formas, el problema es el mismo que con la tele. No es que sea el cerebro más privilegiado de Inglaterra, pero hasta yo puedo leer una página de lo que sea en veinte minutos o en el tiempo que decida tomarse la enfermera en volver a aparecer por aquí. No es que espere que vengan perdiendo el culo cada veinte segundos para pasar la página pero debería poder hacer algo.

Yo no puedo pagar por todo, ni tengo familia que pueda pagar un penique o que intente recolectar dinero, pero aún así...

Todo son soluciones a medias.

Soluciones a medias para una persona a medias.