CAPÍTULO SIETE

Thorne clasificaría más tarde el daño físico menor como la forma menos agresiva de convertirse en víctima durante el caso Backhand. No es que quisiera colocarse en algún lugar cercano a la cabeza de la lista. No le habían borrado la vida con la presión de un dedo experto, ni se la habían dejado en suspensión con el toque delicado y letal de una mano sobre el cuello. Nunca sintió un nudo en la garganta cuando se levantaba una sábana y dejaba ver la cara inexpresiva de una novia esposa o hija.

Asistía a sus entierros, pero no eran de su propia sangre.

Aún así, sufría la pérdida. Era, desde luego, una impresión subjetiva; pero tan sólo podía presenciar cómo, una a una, iban cayendo. El proceso de puesta a punto mental fue una empresa ardua y penosa, pero llegó el momento en que Thorne abrió los ojos y vio a David Holland junto a su cama, leyendo un ejemplar de la revista FHM. El primer impulso que el cerebro transmitió a su boca fue el de soltar un taco, pero todo lo que consiguió fue tragar saliva y un buen intencionado chasquido de la lengua. Cerró los ojos; lo volvería a intentar algo más tarde.

Holland miraba absorto una foto. La modelo, una presentadora de un programa de concursos, era impresionante pero se imaginó que, en la realidad, no podía ser tan rematadamente estúpida. No podía evitar sentirse impresionado por afirmaciones como «la razón principal por la que me he puesto implantes de silicona en los pechos es que quería tener las tetas más grandes». Se preguntaba qué aspecto tendría Sophie con las tetas más grandes. Se estremeció al pensar en la multitud de improperios que le caerían encima si se decidiese a sacar el tema.

Al oír un ruido, plegó el periódico. El Wíbol estaba despierto e intentando decir algo.

—¿Quieres un vaso de agua o...? —Holland estiró el brazo hacia la jarra que había junto a la cama, pero Thorne estaba ya cerrando los ojos.

Holland soltó el periódico y hurgó en una bolsa de plástico. Sacó un reproductor de CD portátil y, sin saber realmente qué hacer con él, lo dejó en un extremo de la cama de Thorne.

—Cogí esto de su casa después de que se lo llevaran de allí. Pensé que podía estar... ya sabe... y he comprado esto en la tienda de música —sacó un CD y se peleó unos segundos con la envoltura de plástico—. Ya sé que le gusta el country-western o como se llame. No sé mucho del tema. Soy más del estilo de Simply Red.

Thorne volvió a abrir los ojos. Música. Era una buena idea, pero unas gafas de sol le habrían ido mejor. Tenía la visión borrosa. Echó una mirada al CD que sujetaba Holland en sus manos e intentó fijar la imagen de la carátula. Un segundo después, fue capaz de descifrar las palabras Kenny Rogers. Antes de que pudiera soltar una carcajada se había vuelto a dormir.

Entonces llegó Hendricks. Le puso al corriente de los detalles, incluyendo lo de su fuerte golpe en la cabeza y las drogas. Ah y los Spurs estaban pensando en despedir a su entrenador.

Más tarde apareció Keable. No habían podido sacar nada del piso. Le pondría al corriente en cuanto volviera a estar en pie. Ah y los muchachos le enviaban sus mejores deseos.

Y finalmente, Anne Coburn.

Thorne estaba sentado en el borde de la cama, poniéndose los zapatos, cuando se descorrieron las cortinas. Estaba sonriendo.

—Muy bien, si yo hubiera estado en el hospital de Whittington habría querido darme rápidamente a la fuga.

Thorne sonrió por primera vez desde la última vez que la vio:

—¿Por qué no podía haber sido en el Royal Free, por amor de Dios? Podría haberme llevado allí uno o dos días con los pies en alto.

Anne se sentó junto a él y echó un vistazo a la sala.

—En realidad, este sitio no está tan mal. Lo que pasa es que tiene muy mala reputación.

—No creo que la gente se quede mucho tiempo aquí para comprobarlo. En cuanto vi el nombre en las sábanas empecé a sentirme mucho mejor.

Echó lo que esperaba que fuese un último vistazo. Quizá hubieran intentado hacer un esfuerzo, pero había algo de desesperado en ese intento. Habían reemplazado el tono verde amarillento de las paredes por un optimista color naranja, pero mantuvieron las cortinas de flores estampadas; después de todo, seguía siendo un hospital. Había pasado toda la noche anterior intentando inútilmente dormir entre la cacofonía de ruidosos carritos, el zumbido de las máquinas pulidoras y un sinfín de chillidos anónimos. Se habría sentido ligeramente menos miserable si le hubieran acomodado en una habitación privada, con televisión por cable, vino tinto por vía intravenosa y chicas bailando para él.

Anne extendió el brazo por detrás de su cabeza:

—¿Puedo? —Thorne bajó la cabeza y sus dedos acariciaron delicadamente los puntos—. Se quedarían más tranquilos si pasaras aquí otra noche. Ya sé que no te gustan los hospitales, pero la conmoción cerebral es impredecible, sobre todo, si te han puesto hasta arriba de Midazolam.

—Tampoco con eso ha sido muy delicado. Tengo un moretón en el culo del tamaño de una bola de criquet. Podía haber probado con el champán... seguro que habría picado, en el estado en el que estaba.

—Quizá no seas su tipo —la risa indecente.

Thorne terminó de atarse los cordones de los zapatos y miró al frente:

—Ya descubrirá exactamente de qué tipo soy.

Anne apartó la mirada. Estaba empezando a hacerse una idea bastante clara.

—Te dio una dosis demasiado fuerte, Tom. No debe haber sido agradable.

—No lo ha sido.

—Puede sonar extraño, pero es exactamente por eso por lo que lo utilizamos. El Midazolam te fríe la memoria de corto plazo y te despega de la realidad. Te quedas en un estado de sueño. Podemos estar cosiendo a una chica de diez años, mientras ella mantiene la vista en la pared, convencida de estar mirando fotografías encantadoras.

—Lo que yo he visto no era particularmente encantador —se volvió para mirarla e intentó esbozar la mejor de sus sonrisas—. ¿Qué tal está Jeremy?

Intentó mantener una apariencia severa, pero no le salió.

—Está bien. Pareció bastante preocupado cuando le conté lo que te había pasado, considerando que parece que los dos no congeniáis demasiado.

—¿Llegó bien a casa, entonces?

Anne le miró fijamente. Thorne sabía que la estaba presionando. Estaba siendo un estúpido y ella no se lo merecía.

—Quiero decir que, si estaba la mitad de borracho que yo, debe haberle costado trabajo llegar —la sonrisa era forzada, y sabía que ella se daría cuenta. Sólo podía hacer una cosa. Le cogió de la mano—. Supongo que no hemos hecho buenas migas, pero una vez estuvisteis juntos.

—Fue hace veinticinco años.

—De todas formas, no pretenderás que le invite a tomarse algo conmigo en el bar, ¿verdad?

Anne le apretó la mano y sonrió. No dijeron nada. No decir la verdad era lo mismo que mentir y tendría celos de Bishop si no sintiera algo mucho más fuerte. Mejor que ella siguiera pensando que se trataba de celos. Mucho mejor.

Thorne pestañeó lentamente y contuvo la respiración. El olor, las chirriantes camas, el crujir de los zapatos y la sonrisa incómoda en las caras de la gente sentada junto a las camas; era la misma sonrisa que había mostrado a su madre tantas veces, sentado junto a su cama, tomándole de la mano y mirándole a los ojos azul lechoso intentando averiguar adonde coño se había marchado.

—Tom...

Las cortinas volvieron a moverse y apareció Dave Holland. Thorne soltó la mano de Anne.

—Ya ha llegado mi taxi...

Anne se puso en pie y se dirigió hacia las cortinas. Antes de que se volviera hacia él, Thorne la vio sonreír a Holland mientras le ponía la mano sobre el brazo. ¿A qué venía eso? ¿Cuida de este pobre hombre?

—Llámame, Tom.

En cuanto Anne se fue, Thorne dirigió una intensa mirada a Holland. Estaba buscando su sonrisita, pero no la vio. Tampoco vio su libreta. Estaba claro que su visión no había recuperado la normalidad todavía.

Al caminar hacia el coche, Thorne pudo sentir en la cara el aire fresco. Definitivamente, agosto había tirado la toalla y se presagiaba la llegada del mal tiempo. Siendo honesto, lo prefería así. Se sentía más cómodo con el abrigo. Una manta de seguridad que cubría una multitud de pecados. La cálida noche en la que salió del taxi, cantando borracho, parecía estar muy lejana. Si no hubiera sido por la cantidad de vino que engulló mientras coqueteaban y hablaban de Jimi Hendrix y de bodas fracasadas, sabía que la parte espantosa de este asunto habría acabado ya. Podía incluso haberse convertido en lo que irrisoriamente se conoce como un héroe. Si no hubiera estado borracho podría haberle visto aproximarse. Se habría dado la vuelta un segundo antes y habría sido todo suyo. Podría haber evitado el golpe en el último momento. Pero el hombre del pasamontañas con la barra de hierro y la aguja hipodérmica había jugado con ventaja, desde luego.

Debía saber que Thorne estaba borracho, ¿no es cierto?

Holland le abrió la puerta del coche, pero a Thorne no le molestó. Emprendieron la marcha hacia Highgate Hill.

—¿Ha comido algo? He echado un rápido vistazo y no me lo ha parecido.

—¿Piensas invitarme a almorzar, Holland?

—¿Quiere que paremos en algún sitio? Budgens nos pilla de camino, ¿verdad?

—Puede ir a buscarme un sándwich cuando lleguemos a la oficina.

—¿Cómo dice?

Holland lanzó una mirada a Thorne, que descansaba la cabeza sobre la ventanilla del coche con los ojos medio cerrados. Se había equivocado con el Wíbol. Tenía un aspecto bastante demacrado.

—No hay demasiada actividad ahora mismo, si le soy sincero. En el Departamento de Investigación Criminal dicen que sería más conveniente que...

—A la oficina.

Holland pisó el acelerador.

Se había quedado junto a una parada de autobús, observando a Thorne y al joven oficial subir al coche y salir corriendo de allí. Thorne había estado en el hospital menos de treinta y seis horas. Estaba impresionado.

Bueno, y ahora qué.

Las cosas se habían animado un poco, ¿no es cierto? Thorne volvería a estar en primera línea de batalla, eso seguro. Todos se lo habrían tomado como algo personal, estaba convencido de ello. Así actuaban los polis. Una vez que te metes con uno de ellos, ¡cuidado! Como si fueran un montón de masones cabreados. Pero Thorne no era uno de ellos, ¿no es cierto? Repudiaría esa idea. Estaba empezando a conocer bien al hombre, paso a paso, pero de eso estaba seguro. Simplemente, necesitaba irritarle un poco, eso es todo.

El autobús llegó y retrocedió unos pasos, observando a la gente que subía y bajaba sin destino fijo, pálidos y con el sufrimiento marcado en sus caras. Se dio la vuelta, poseído por un sentimiento de asco y comenzó a caminar hacia la estación de metro de Archway.

Probablemente interpretarían lo que le había hecho a Thorne como un aviso. Dejemos que lo crean. Thorne sabría que se trataba de algo distinto. Sabría identificar un desafío cuando se le planteaba. Se había involucrado personalmente desde la primera vez que puso sus enormes ojos marrones sobre Alison. El idiota sentimental se había sentido conmovido por ella, ¿verdad? No podía ver más allá de las máquinas. No podía oler la libertad y le importaron mucho las muertes. Eso le preocupó de veras.

Después de todo, la cosa no había salido mal del todo y el asunto con Anne había sido un extra muy gratificante.

Se detuvo a mirar el escaparate de una tienda de mobiliario de baño. Imitaciones de grifería clásica y toda esa mierda. Inodoros con asientos incorporados y con asas para los viejos y los inestables.

Qué estupidez.

Pensó en el diminuto piso de Thorne. Sin lugar a dudas era el hogar de un hombre solitario. No, no era un hogar. De todas formas, estaba ordenado y limpio, sería mérito suyo, aparte de lo de las botellas vacías. Sabía que lo había tenido en sus manos aquella noche en las escaleras de la entrada. Si Thorne hubiera estado sobrio no se habría arriesgado tanto.

Empezaba a hacer frío. Se abrochó el abrigo y fue hacia la entrada del metro. Ahora quería seguir progresando. Había agitado definitivamente las cosas y necesitaba recoger resultados. Y dejar que los criminólogos o como quiera que se llamen a sí mismos, esos maricas supercualificados, hablen de «grito de ayuda» o «deseo de que le detengan», si es eso lo que hacen para pagar sus hipotecas. Thorne no malgastaría su tiempo con verborrea psicológica, de eso estaba seguro. Y ahora que sabía qué se sentía, ahora que sabía lo que habían sentido esas mujeres antes de que les pusiera las manos encima, estaba comprometido.

Había conocido niños como Thorne en el colegio. Una vez que los provocaban no había forma de contenerlos. Chicos desquiciados capaces de arrojar mesas por la ventana o de matar ardillas en el patio si les presionabas un poco, si pulsabas los botones adecuados. Thorne no era diferente de ellos; ahora que le había dado una patada en la espinilla, le daría el golpe fatal en la nuca. Ahora Thorne no se detendría.

Una mujer alta y delgada, portando una sillita de paseo, llegó antes que él a la máquina expendedora. Se quedó observando la parte posterior de su delgado cuello, mientras hurgaba en su bolso de plástico en busca de cambio y miraba los nombres de las estaciones de metro como si estuvieran en chino. Probablemente, madre soltera. La pobre desgraciada se retorcía desesperadamente, buscando un poco de desahogo. Cuarenta pitillos al día y un par de Valium para olvidarse de las penas y ayudarle a pasar las tardes.

Ahora pensaba en todas las mujeres con las que se cruzaba. Las tomó a todas en consideración. Podía adivinar las necesidades de cada una de ellas. Todas eran tan asequibles.

—Me alegro de que estés de vuelta, Tom.

Los delgados labios de Tughan se dispusieron formando una mueca que simulaba una sonrisa. Thorne pensó que se parecía a una gárgola. Holland se esfumó y Thorne se sentó en una silla frente a su colega inspector. Los saludos de otros oficiales fueron recibidos con una sacudida de cabeza y una observación desenfadada y alguna de esas sonrisas eran, sin duda, sinceras; pero había otras caras que no le agradaba tanto volver a ver.

¿Cómo tienes la cabeza, Tommy? Ahora ya sabes lo que se siente, compañero.

Sus chicas de calendario.

Sí, ya sabía qué se sentía cuando te arrebataban el control sobre tu propio cuerpo. Había estado fuera de control tantas veces que le resultaba casi familiar; pero esa pérdida le llegó junto con una sensación cálida y somnolienta provocada, en buena medida, por el exceso de alcohol. El vino le aportó algo especial que ayudó a paliar el dolor de muebles rotos o nudillos arañados. Pero la droga le llevó a escenarios que no quería volver a visitar.

Nos quitó todo lo que teníamos, Tommy...

Quería resistirme...

Todas queríamos...

... luchar por nuestra vida, Tommy.

La boca de Tughan se movía, pero el sonido provenía de mucho más allá.

Christine, Susan, Madeleine y Helen. Drogadas hasta el olvido y enfrentadas a un monstruo. El no se había enfrentado más que con fantasmas. Las memorias de los fantasmas. Pensó en Alison. Necesitaba verla. Todavía seguía allí, trabajando en el caso, y quería que ella lo supiera. Todavía seguía allí porque era lo que quería ese cabrón. Era consciente de ello y odiaba a ese mal nacido por tener el poder de perdonarle la vida. Había decidido dejarle vivir.

Había cometido un error.

Debía haberme matado.

No digas eso, Tommy. ¿Quién nos quedaría entonces?

—¿Tom? ¿Te encuentras bien? No debías haber venido.

Thorne apartó los ojos de la pared. Se puso en pie y anduvo unos pasos hacia el escritorio, cruzando la mirada con Holland mientras le ponía la mano en el hombro a Nick Tughan.

—¿Entonces, todavía no le has atrapado, Nick? Tughan se rió:

—Eso te lo dejo a ti, Tom. Tú eres el del instinto, ¿no? —Thorne se puso tenso—. El de la experiencia —pronunció la palabra como si estuviera hablando de un abusador de menores.

—Seguimos con el trabajo, comprobando las pistas. Dos o tres son tuyas, concretamente.

—Tom...

Keable le habló desde la puerta de la oficina. Se retiró en cuanto Thorne le miró. Inequívocamente, una invitación a reunirse con él enseguida.

—Hablaremos más tarde, Nick. ¿Por qué no me mandas un correo electrónico con todas las novedades?

Thorne se dirigió a la oficina de Keable. Pudo oír las risas de Holland y de otro oficial cuando se retiró. Todo seguía igual que siempre, pero no para él.

Anne quería hablar con Alison. El incremento en su volumen de trabajo significaba que cada vez le iba resultando más difícil pasar un largo rato diario de charla con ella y tenían muchas cosas de que hablar, para ponerse al día.

Se unió a ella, uno o dos segundos después de que entrara en el ascensor.

—David.

—Supongo que irás a hacerle una visita a tu caso de síndrome de bloqueo. ¿Algún avance?

—¿De verdad que te importa?

Presionó el botón y las puertas comenzaron a cerrarse. No había mucho a lo que mirar como táctica para evitar lo que decididamente iba a ser un encuentro desagradable. Anne se preguntó si sería posible escapar de un ascensor a través de una trampilla en el techo, como había visto hacer a mucha gente en las películas.

—Sentí mucho lo del ataque a tu amigo el policía.

Seguro que lo hicieron en El coloso en llamas.

—Justo después de vuestra agradable cena, a tres bandas, con Jeremy, ¿verdad?

Y Hannibal Lecter lo hizo en El silencio de los corderos, justo después de arrancarle la cara a ese tipo.

—¿Anne?

—Sí, fue después de la cena y no, no lo sientes, porque eres un gilipollas.

El ascensor llegó a la segunda planta y Anne salió en cuanto se abrieron las puertas. Higgins puso un pie entre las puertas para evitar que volvieran a cerrarse.

—Parece que el andar con oficiales de policía está haciendo maravillas en tu vocabulario, Anne.

—Estás perfectamente informado de todo lo que hago, David. Es bastante patético que utilices a nuestra hija para eso.

—Oh, pensaba que no había secretos entre vosotras.

No solía haberlos, pero quizá ha llegado la hora de que eso cambie. Necesitaba hablar con Rachel. Esbozaba ahora esa sonrisa siniestra que Anne recordaba que solía reservar para los pequeños triunfos, o ante la expectativa de sexo abnegado. Ella le sonrió a él, sin sentir otra cosa más que pena.

—¿Por qué estás aquí, David?

—Que nos estemos divorciando no significa que ya no esté interesado en tu vida. Lo estoy.

Anne se acercó a él. ¿Le había visto estremecerse?

—El otro día echaron un programa en la tele sobre parejas que se divorciaban, ¿lo viste? La mujer decía que hasta que no se divorció de Duane o Marión o como se llamara, no se dio cuenta de lo mucho que le quería. Es extraño, porque a mí me está sirviendo para darme cuenta de que debía haberme divorciado de ti hace mucho tiempo.

La sonrisa siniestra desapareció y pudo apreciar que su tupé se mustió ligeramente, aunque mantenía la excitación del que encuentra una multa en su coche aparcado. Su expresión se asemejaba a la que tendría tras escupirle en un restaurante italiano. Ahora, David intentó parecer hastiado, pero sólo consiguió parecer más viejo.

—Te estás endureciendo, Anne.

—Y tu pelo está ridículo. Estoy ocupada, David.

Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse de nuevo y a Higgins cada vez le costaba más trabajo conservar el equilibrio.

—¿Tienes el mínimo interés en mi vida, Anne, en lo que hago?

Se estaba poniendo insoportable, tergiversando así la situación. Anne estaba deseando largarse a casa.

—De acuerdo, David. ¿Te sigues follando a esa radioterapeuta?

Oyó cómo se cerraban las puertas del ascensor mientras recorría el pasillo. David no tendría la certeza de si Anne había escuchado su patética despedida: «Da recuerdos a Jeremy» pero tampoco importaba demasiado.

Estaba deseando ver a Alison.

—Siéntate, Tom.

Thorne se movió hacia la incómoda silla de plástico marrón que le ofrecían tan generosamente.

—Joder, esto suena muy serio. ¿Me van a echar una bronca por haber permitido que alguien me golpee la cabeza y me inyecte un montón de mierda?

—¿Por qué estás aquí, Tom? ¿Crees que no podemos arreglárnoslas sin ti?

—No, señor.

—Ya está bien de bromas, Tom —Keable se pasó la mano por la cara. Probablemente, intentaba parecer pensativo, supuso Thorne o, quizá estaba simplemente cansado. Todo lo que consiguió fue enmarañar sus voluminosas cejas hasta parecer un hombre lobo calvo. Keable hinchó las mejillas—. ¿Te sientes mal?

—¿Cuáles son esas pistas de las que habla Tughan?

—Había una nota, Tom.

Thorne saltó de su silla como un resorte.

—¿En el piso? Enséñamela.

Keable abrió el cajón de su mesa y cogió una fotocopia en A4 bastante sobada. Se la pasó a Thorne.

—El original sigue en Lambert.

Thorne asintió con la cabeza. El Laboratorio del Servicio Científico Forense.

—Una pérdida de tiempo.

—Lo sé.

Thorne se sentó y leyó. Mecanografiada, igual que antes. La misma petulancia familiar en cada frase. El mismo goce y seguridad en su único y maravillosamente distante sentido del humor. El mismo repugnante amor propio.

TOM. NO SOY UN HOMBRE VIOLENTO (HACE UNA PAUSA, PARA UNA RISA SARCÁSTICA Y PARA PERMITIR QUE EL INSPECTOR SE TOQUE LA CABEZA DOLORIDA) ¿HAS NECESITADO PUNTOS? LO SIENTO. ESPERO QUE LA CONFUSIÓN MENTAL NO HAYA SIDO DEMASIADO INTENSA. EL ALCOHOL Y LOS NARCÓTICOS NO SON BUENOS COMPAÑEROS DE CAMA. POR DESGRACIA, NO PUDE QUEDARME A OBSERVAR. SÓLO QUERÍA QUE EXPERIMENTASES UN POCO LO QUE ES SENTIRSE DERROTADO. YA SÉ QUE NO FUE UNA RENDICIÓN EN EL SENTIDO ESTRICTO DE LA PALABRA, PERO ¿QUIÉN TIENE TIEMPO PARA SER PEDANTE? DESPUÉS DE TODO, TIENES ASESINOS A LOS QUE ATRAPAR. UN POCO DE DOLOR ERA NECESARIO, PARA ESPABILARTE. Y LAS CHICAS NO SINTIERON NADA. RECUÉRDALO. DEBO DISCULPARME POR HELEN, PERO ELLA NO QUERÍA VIVIR, EN REALIDAD. ALISON FUE LA ÚNICA CON EL SUFICIENTE PODER DE RESISTENCIA PARA CONSEGUIRLO. ¿CÓMO ERA AQUEL ANTIGUO ANUNCIO DE PESCADO EN CONSERVA? «ES PRECISAMENTE EL PESCADO QUE RECHAZA EL QUE CONVIERTE A JOHN WEST EN EL MEJOR...» ES UN POCO SUPERFICIAL, PERO ESTOY SEGURO DE QUE ENTENDERÁS LO QUE QUIERO DECIR. SÉ QUE ESTÁS FURIOSO, TOM, PERO NO DEJES QUE ESO TE CONSUMA. DALE UN USO POSITIVO A TU IRA, COMO YO HE HECHO Y DESCUBRIRÁS QUE NO HAY NADA QUE NO PUEDAS HACER. ACABO DE ARROJARTE EL GUANTE. ¡¡O, AL MENOS, UN GUANTE QUIRÚRGICO!!

HABLAREMOS PRONTO.

P.S. MI VIDA SEXUAL ESTÁ PERFECTAMENTE EQUILIBRADA Y NO ME ENCERRARON EN UNA JAULA CUANDO ERA NIÑO, ASÍ QUE NO MALGASTES DINERO NI RECURSOS VALIOSOS EN CHARLATANES.

Thorne se sentía enfermo. Suspiró profundamente y dejó la nota sobre el escritorio. Frank Keable levantó la cabeza y Thorne le miró fijamente a los ojos.

—Es Bishop.

Keable puso la nota en el cajón y lo cerró de un portazo.

—No, Tom, no es él.

Thorne no podía mirarle a la cara. Su mirada se desvió hacia la papelera verde de metal, el perchero barato de plástico negro y el caro abrigo Barbour apoyado sobre él. Siguió flotando a lo largo de la sucia pared amarilla y se detuvo en el calendario. Septiembre. Una foto bastante anodina de Exmor en la niebla. La foto de la cabeza de un venado, probablemente abatido hace mucho tiempo, era el objeto más animado de la habitación.

—¿Qué tal fue la cena que compartisteis el doctor Bishop y tú?

A Thorne le irritó que se hubieran enterado tan pronto de eso. Sintió como si le hubieran robado la iniciativa. Hizo un gesto con la cabeza, sintiéndose impresionado y curioso.

—Había un mensaje de la doctora Coburn en tu contestador. Te deseaba que hubieras disfrutado de la velada. La hemos llamado.

—Bueno.

—A propósito, ¿disfrutaste de la velada?

—Sí.

—¿Estaban buenos los espagueti?

—¿Cómo coño...?

—Vomitaste sobre la alfombra, Tom. Espagueti y una buena cantidad de vino tinto.

Thorne sintió que podía tener sólo una oportunidad y necesitaba aprovecharla mejor que la última vez. Un tono de confianza sería más apropiado. Conspirativo. Nosotros contra él.

—Ese mierda es mentira, Frank. Se fue antes que yo y me esperó.

—¿Quieres decir que predecía todos tus movimientos? ¿Se largó con la nota, que ya había preparado, en el bolsillo, y con una barra de hierro y una jeringa, escondida bajo el abrigo?

Thorne pensó rápido. ¿Llevaba Bishop alguna bolsa? ¿Vio algún maletín en el salón de Anne? No podía recordarlo. En cualquier caso, estaba bastante seguro de que Bishop había venido en coche.

—Habría dejado todas esas cosas en el coche —dijo, manteniéndose firme en su teoría.

—Vamos, Tom.

Thorne se levantó, quizá demasiado rápido. Sintió un mareo y alargó el brazo con disimulo para recuperar el equilibrio. Miró alrededor. Keable lo había visto. Daba igual.

—Valdrá la pena que le echemos el ojo, Frank.

—Lo sé, Tughan lo ha hecho. No somos imbéciles del todo. No ha encontrado nada.

—Tughan odia la idea porque es mía...

—Nick Tughan es un profesional...

—¡Y una mierda!

Thorne hacía un esfuerzo por controlarse pero sabía que, a estas alturas, el resto del equipo estaría escuchando la conversación a escondidas sin dificultad alguna. Keable levantó la mano.

—Ándate con ojo, inspector.

—Frank —dijo Thorne, mirando a los ojos a Keable. Se apartó de la pared y bajó el tono de voz—, sé lo que piensas y soy consciente de la reputación que me he labrado.

—No entremos en eso, Tom.

Thorne mantuvo la mirada, respirando con fuerza.

—Sí, hagámoslo.

Keable apartó la mirada:

—No hay pruebas, Tom.

—El doctor Jeremy Bishop debe ser considerado como principal sospechoso. Trabajaba en el hospital del que se robó el Midazolam. Ahora trabaja en el hospital al que llevaron a Alison Willetts después de su ataque. Creo que fue él mismo el que la llevo después de agredirla para tratar, sin éxito, de conseguirse una buena coartada. No tiene coartada para ninguno de los asesinatos y cumple con la descripción del hombre al que vieron hablando con Helen Doyle la noche que la asesinaron —ya había soltado su parrafada.

Keable aclaró la garganta. Ahora era su turno:

—Bishop tuvo una relación con la doctora Coburn, ¿me equivoco?

—Hace algunos años, sí, creo.

—¿Cree?

¿No estaría confundiendo lo que pensaba de Bishop con sus sentimientos hacia Anne, verdad? Era necesario que Anne lo pensara, pero seguramente Keable vería más allá...

—Tughan no es el único profesional.

—Hablemos con sentido, Tom. Todos estamos de acuerdo en que buscamos a un médico.

—¿Pero?

—La conexión con Leicester es una pista falsa debido a la fecha del robo si es que aceptamos, en primer lugar, que esa fue la droga que se usó con las víctimas. Tu razonamiento en lo relacionado con la coartada de Willetts me parece, cuando menos, extravagante y lo que él estaba o no haciendo cuando asesinaron a las tres víctimas es irrelevante.

—¿Cómo?

—Ya sabes de qué va este juego, Tom. Si practicamos alguna detención el Servicio de Investigación Criminal no se preocupará en mirar a las tres primeras. Todo se ha relacionado mucho después de que ocurrieran los hechos. Debemos centrarnos en Willetts y Doyle si queremos asegurarnos una condena. Ni siquiera podemos establecer con exactitud la hora de las muertes de las tres primeras víctimas.

Cuando a él le pareció más conveniente, Tommy. A esa hora fue.

—Bishop estaba de guardia todas esas noches. Sólo le toca una noche a la semana, así que es una jodida coincidencia, ¿no te parece? —ahora casi susurraba.

—Sé que es él, Frank.

—Deberías escucharte, Tom. Esto no es trabajo policial, es una obsesión.

De repente, Thorne sintió mucho calor. Aquí aparecía, de nuevo Calvert. Su marca de Caín. Keable iba a escarbar en la basura.

—Lo siento, pero eres tú el que ha hablado de reputaciones. A mí no me interesan las reputaciones, pero no estaría haciendo mi trabajo si no fuera consciente de los patrones recurrentes.

—Hablas como si yo fuera un caso perdido. ¿Cuántos asesinos he quitado de la circulación en los últimos quince años?

—Tenías razón hace quince años. Eso lo sé.

—Y he estado pagando por ello desde entonces. No tienes idea de hasta qué punto.

Un minuto antes, más o menos, había sentido ganas de pelear, de meterse en un buen lío; pero, de repente, se sintió cansado, exhausto.

—Muchas veces, tuve suerte. Podía haberla jodido fácilmente. No siempre sabía. Pero lo supe hace quince años y lo sé ahora.

Keable sacudió la cabeza, despacio, con tristeza.

—No tenemos nada, Tom —de pronto, le sobrevino un pensamiento, un intento de sofocar un poco las llamas. Hizo una señal hacia la oficina central de operaciones—. Sabes perfectamente que la mitad de los hombres de esta oficina cuadran con la descripción general.

Thorne no dijo nada. Dios, Exmoor parecía sombrío. Incluso la majestuosa cabeza de ciervo aparentaba estar cabreada con este asunto. Thorne se imaginó adentrándose en la niebla, una pequeña y lejana figura, dejando toda esta mierda tras de sí y desapareciendo. Sintió la cortina de niebla cerrarse tras él, enredándose en sus hombros, mientras se adentraba en un terreno húmedo y repleto de musgo, escuchando a lo lejos el eco de las voces de las chicas. Sabía que serían las únicas que se preocuparían de dónde se había ido.

—Ahora siéntate, Tom, y hablemos de las cosas que podemos hacer. Ya han empezado con la reconstrucción de los hechos. Estará lista en un par de días.

—Que la haga Tughan.

Thorne se dirigió rápidamente hacia la puerta. Había pedido a Keable. No le importaba. Abrió la puerta y se volvió hacia el inspector jefe.

—Has dicho si... —dijo Thorne, sacudiendo la cabeza. Keable le miró fijamente—. Si realizamos alguna detención. ¡No cuando! Realmente, eres una inspiración para todos nosotros, Frank.

—Inspector Thorne —Keable se había puesto en pie, gritando, pero Thorne había cruzado ya la mitad de la sala de operaciones.

Aquellos con suficiente imaginación reconstruyeron conversaciones que no habían tenido lugar y los que no quisieron tomarse la molestia, simplemente miraron hacia sus zapatos. Cuando Thorne pasó junto a Tughan, este le miró, sonriendo, desde detrás de la pantalla de su ordenador:

—No sé por qué te exaltas tanto, Tom. Es sólo un médico, no un profesor universitario.

Thorne siguió moviéndose. Se las haría pagar a ese bastardo por su comentario pero sería otro día; ahora no era el momento.

Holland estaba en una esquina de la habitación, sujetando un sándwich y observando a su jefe aproximarse inequívocamente hacia él.

—¿Señor?

—Muy bien, detective Holland —dijo Thorne—. Ahora puedes llevarme a casa.

Rachel Higgins estaba tumbada en la cama, escuchando a su madre, desde el cuarto de baño. Había bajado el sonido de la televisión, pero cada poco tiempo miraba a la pantalla e intentaba imaginarse de qué iba el argumento. Era una película porno barata del Canal 5, así que no era muy difícil. Oyó el ruido de la cisterna del inodoro. Mamá estaba a punto de irse a la cama.

Cogió su Walkman y se metió el pelo por detrás de las orejas antes de colocarse los cascos. Los Manic Street Preachers le ayudarían a hacerle olvidar la pelea con su madre. Todo el asunto había sido una estupidez. Había empezado con la habitual bronca a cuenta de los malditos exámenes para subir nota. ¿Qué importa si sus resultados en Tecnología de la Información y en Química no eran como se esperaban? No pensaba hacer ninguna asignatura de ciencias en el curso siguiente, de todas formas. Habían estado discutiendo un buen rato, hasta que ambas se pusieron de los nervios; después, empezó a echarle en cara lo de su privacidad. ¡Su derecho a tener su propia vida! Por amor de Dios...

Quizá su madre y ella debían dejar de fingir ser amigas al estilo de las comedias sobre familias de clase media en los sesenta. Si era eso lo que su madre quería, lo haría. Sólo había estado hablando con su padre, joder. En ningún momento le había prohibido que lo hiciera.

En la televisión, un técnico de mantenimiento fofo intentaba quitarle el sujetador a una cantante o quizá era su representante; era un tipo horrible y ella tenía las tetas viejas y caídas.

Parecía que le gustaba mucho el poli, le daba igual si su madre quería tirárselo hasta dejarlo seco, pero ahora mamá estaba cambiando las reglas. Ciertas cosas eran «asunto suyo» y se le permitía tener una vida privada.

Parecía obvio que ese tipo fofo no iba a sacarse la verga. Cogió el mando a distancia, apagó la tele y se quedó a oscuras intentando no llorar.

El volumen del Walkman estaba al máximo. El ruido la ayudaría a quedarse dormida pronto y la riña estaría olvidada por la mañana.

No importaba demasiado, de todas formas. Su madre podía guardarse sus secretos, si quería.

Rachel tenía muchos secretos también.

Parece que Anne le ha dado lo suyo al cretino de su marido en el ascensor. Parece que se ha deshecho definitivamente de él. Me gustaría decirle que deje de perder el tiempo y que avance algún paso con ese poli regordete. Ya han cenado juntos, ahora debería ir a por él, sin dudarlo. Sobre todo ahora que algún chiflado le ha golpeado en la cabeza. Atrápale mientras tenga las defensas bajas. ¡Cógelo bien mientras siga mareado!

Siempre he sido muy buena haciendo parejas. Fui yo quien consiguió que Paul comenzara a hablar con Carol. Me pregunto si habrán vuelto ya de su luna de miel. Supongo que no o se habrían pasado por aquí.

Anne y yo nos hemos reído bastante. Bueno, ella se rió mucho y yo simplemente pensé que me reía. Si te digo la verdad, es algo jodidamente extraño. Cuando estoy medio colgada, que es casi todo el tiempo (por cierto, ¿he mencionado que las drogas son fantásticas aquí?), me imagino que todas las enfermeras están en mi interior, en vez de fuera, en el mundo real. Intento imaginarme que son como pequeños gnomos que recorren mi cuerpo, haciendo todas las cosas que mi cerebro les dice que hagan. Pequeñas partes móviles de mi cuerpo. Una enfermera para abrirme los ojos. Una enfermera para limpiarme el sudor. Una enfermera para rascarme una teta que me pica (bueno, una vez que me las haya arreglado para indicarle que me pica). ¿Recordáis a los Numskulls, de esos comics antiguos? Un divertido montón de enanitos que vivían dentro de la cabeza de un tipo. Pienso hambriento y esas cositas vestidas de azul, con una gorra y un reloj de pulsera, vienen y vierten algo rico por el tubo digestivo. Pienso pipí y, sobre la marcha, otro pequeño esclavo me vacía el catéter. Ya lo sé, joder, algo tengo que hacer para entretenerme durante el día.

Eso es otra cosa. No tengo ni puta idea de qué hora del día es. Anne se esfuerza en decírmelo, pero se me olvida diez minutos después de que se haya ido. Me siento también un poco desorientada («como siempre, entonces», como dirían las chicas de la guardería). ¿Cómo estarán los chiquillos? A algunos los habrán trasladado al siguiente nivel. El pequeño Daniel se encontrará con gente nueva a la que morder. Les echo mucho de menos.

Me pregunto si aún podré quedarme embarazada.