CAPÍTULO ONCE

Se subió al metro en Waterlloo. Ocho paradas, directo sin cambiar de la línea Bakerloo. El vagón estaba completamente abarrotado, como a él le gustaba. A veces, tenía que dejar pasar dos o tres trenes, hasta que llegara uno en condiciones. No tenía mucho sentido montarse cuando el vagón carecía de interés. Observaba cómo el tren hacía su ruidosa entrada en la estación, ignorando a sus compañeros de viaje, mientras se apilaban hacia el extremo de la plataforma. Estudiaba cada vagón, mientras pasaban por delante de él y hacía su elección.

Su destino podía estar sólo a unas pocas paradas, pero aún así, disfrutaba moviéndose entre la multitud de habitantes de la periferia. Le gustaban las aglomeraciones. Le encantaba deslizarse entre ese puñado de frustración contenida y de periódicos arrugados hasta llegar a la posición correcta.

Generalmente, no tardaba demasiado en encontrarla.

La de hoy era alta, tan sólo un par de centímetros más baja que él. Tenía el pelo oscuro, recogido en un moño y unas gafas, a través de las cuales, se esforzaba por leer todo lo posible de su ejemplar de La Playa, teniendo en cuenta las circunstancias. Siempre existía el riesgo, por supuesto, de que se apeara del vagón antes que él. Antes de que tuviera la posibilidad de acercarse a ella. Mucha gente se bajaba en Oxford Circus o en Baker Street. No se sentía demasiado decepcionado cuando ocurría. Siempre había un mañana. La hora punta era deliciosamente predecible.

Estableció su primer contacto cuando el tren se detuvo en Picadilly Circus. Ese frenazo maravilloso antes de que el tren se detuviera. Treinta segundos después, tendría otra oportunidad, cuando el tren iniciara la marcha. Ahora estaba detrás de ella. A veces, le gustaba estar cara a cara; para contemplar la expresión de su cara cuando miraba en otra dirección o se encogía de hombros en gesto de disculpa. Y desde luego le encantaban los pechos. Pero esto era su favorito. Le encantaba sentir sus traseros contra su entrepierna. Podía ponerle la mano sudorosa en la espalda para mantener el equilibrio. Podría oler su pelo. Y lo mejor de todo, podía volverse hacia la persona que tenía justo detrás y fingir una leve mirada acusatoria mientras crecía su excitación.

Se había lavado el pelo esta mañana. Se preguntaba si había hecho el amor la noche anterior. Si se hubiera duchado quizá hubiera desaparecido el olor, lo cual era una lástima, pero de todas maneras le encantaba el olor de su pelo y la visión de su espalda, desde algo más allá de la nuca. El tren comenzó a frenar y se detuvo en el túnel, entre Oxford Circus y Regent’s Park. Otro maravilloso empujoncito.

Con el tren estático pensó, por un momento, en lo que tenía que hacer hoy. Una entrevista esta mañana. Disfrutaba con eso. Le gustaba dirigir las cosas. Podía adivinar mucho sobre la gente, eso lo sabía. Pero no ocurría lo mismo consigo mismo.

El tren reinició la marcha con una útil sacudida. Sólo quedaban cuatro paradas para llegar. Quizá una más antes de la parada fundamental. La mujer seguía mirando intensamente su libro aunque sabía que estaba pensando en él. Le despreciaba. Muy bien. Que piense que todo ha acabado, que se relaje, que crea que se ha ido o desplazado de sitio sin que ella le haya visto. No querría mirar por encima de su hombro para comprobarlo. Esperaría hasta que abandonaran Marylebone.

El tren continuó el recorrido hacia su destino final. Estaba seguro de que, esta vez, había sentido el roce de cada centímetro de su cuerpo. Había sido un segundo, no más, pero había sentido la grieta en su trasero, el roce del algodón de su falda contra el poliéster de su pantalón. Sintió que la chica se ponía nerviosa.

Sólo en una ocasión se enfrentaron con él. Se bajó del tren y se dio la vuelta chillándole. Los demás pasajeros le miraron pero él sonrió indulgentemente, levantando las manos, y se perdió entre la maraña de personas que entraba en el vagón. Sólo una vez. Era un porcentaje bastante favorable. Desde luego, si alguna vez fuera a peor, tenía una defensa contundente bajo las mangas.

Este era su momento preferido. Uno bueno para terminar y se acabó. En ese segundo, antes de que se abrieran las puertas, se inclinaba sobre ella y echaba el resto. El tacto de su erección contra su trasero, la cara contra la parte posterior de su cabeza. La intimidad del momento quitaba la respiración. Podían haber sido amantes, revolcándose juntos en la cama por la noche entre sábanas húmedas y olorosas.

De pronto, todo acabó y la gente comenzó a desfilar a empellones hacia la puerta de salida. Al pasar junto a ella la observó lanzando una mirada por encima del libro. Desde cerca, distaba mucho de ser preciosa, pero no le importaba. Lo único que le importaba era la tensión en la cara de la chica y el calor en su entrepierna. Después de todo, se trataba de un juego. Todo aquello era parte del ajetreo y del bullicio de la gran ciudad, ¿no es cierto? Sonrió y pensó lo mismo en que pensaba cada día antes de comenzar a trabajar: pues no vivas en Londres, cariño.

Nick Tughan se apeó del tren en Edgware Road, mientras se abrochaba los botones de la chaqueta para ocultar el pequeño bulto y comenzó a pensar en el día que tenía por delante mientras subía por la escalera mecánica.

Anne se fue temprano, arguyendo que necesitaba volver a casa antes de que se despertara Rachel, y Thorne se quedó en la cama hasta bien pasadas las nueve. Había llamado a Brigstocke para decirle que llegaría tarde. No es que tuviera nada planeado, es que esperaba la llamada de Holland. Estaba hecho pedazos.

Disfrutaba de su cuarta rebanada de pan tostado, prestando poca atención al magacín televisivo de la mañana, cuando oyó el timbre de la puerta exterior.

Reconoció a James Bishop de la foto de Kodak. La descripción de Bethell había sido bastante correcta, pensó: desaliñado era la palabra. Era alto y delgado y llevaba un largo abrigo oscuro sobre una camiseta, vaqueros y unas mugrientas zapatillas de deporte. Lo que parecía un pelo rubio, muy corto, se escondía tras un sombrero negro de fieltro y colgada de un hombro llevaba una sucia bolsa verde.

—¿Eres Thorne?

El mismo tono, bien modulado del padre, a pesar de su desagradable acento cockney y los mismos rasgos, aunque camuflados, bajo su barba de varios días. Era como ver al doctor Jeremy Bishop cuando era estudiante.

—Sí, soy yo, James —aquello desconcertó a aquel jodido gallito. Thorne no pudo reprimir una sonrisa—. ¿Puedo preguntarte dónde has conseguido mi dirección?

—Sí. Le dijiste a mi padre en qué calle vivías. He llamado materialmente a todas las puertas de la calle.

Sólo tenías que habérselo preguntado, James. El sabe exactamente dónde vivo.

—Entiendo. ¿Has despertado a muchos vecinos?

Bishop sonrió.

—A un par de ellos. Una atractiva ama de casa me invitó a entrar para tomarme una taza de té.

—Somos muy cordiales por aquí. ¿Te apetece un trozo de tostada?

Thorne le dio la espalda y se introdujo en la casa. Pasaron unos instantes hasta que oyó al joven cerrar la puerta exterior y otros más hasta que le escuchó cerrar la puerta principal y entrar en la salita.

—No te preocupes por la tostada pero un café me vendría bien.

Thorne se metió en la cocina y observó cómo el visitante se situaba en el centro de la salita.

—¿Cómo es, entonces, James o Jim?

—James.

De acuerdo, pensó Thorne, mientras servía el café en una taza. Jim para tus colegas progres y James cuando intentas pedirle dinero prestado a papá. Llevó la taza a la salita y se la ofreció.

—Pues, tú dirás...

Bishop parecía desarmado. Evidentemente, no era así como quería que fueran las cosas. Intentaba parecer lo más amenazante posible, que no era demasiado:

—Quiero que dejes tranquilo a mi viejo.

Thorne se sentó sobre un brazo del sofá.

—Entiendo. ¿Qué es eso tan malo que piensas que estoy haciendo?

—¿Por qué le estás acosando?

—¿Acosándole?

—El otro día había un tipo sacando fotos desde el exterior de su casa, luego te presentaste allí con la patraña de que necesitabas que te llevara, le dijiste que probablemente se trataría de periodistas. Él puede habérselo tragado pero yo creo que son gilipolleces. ¿Qué estabais haciendo allí?

—Soy policía, James, puedo ir prácticamente donde quiera.

Bishop comenzaba a alegrarse un poco. Ya eran dos. Avanzó un paso hacia la repisa de la chimenea y se volvió hacia Thorne, sonriéndole.

—¿No deberías hablarme de usted?

Thorne le devolvió la sonrisa con interés.

—Si esta conversación formara parte de una investigación, entonces, quizá debería hacerlo. Pero ese no es el caso, estamos en mi piso y te estás bebiendo mi puto café.

Bishop agarró con fuerza la taza pensando en lo que podría responder. Thorne le ahorró el problema.

—Creo que tu padre está reaccionando de forma exagerada.

—Ni siquiera sabe que estoy aquí.

Vale. No. Por supuesto que no.

—Recibió unas llamadas.

—¿Cuándo?

—Anoche. En mitad de la noche. A las cuatro o las cinco, una detrás de la otra. Me telefoneó muerto de miedo.

—¿Qué tipo de llamadas?

—Dímelo tú.

El acento cockney volvió con fuerza. Necesitaba bajarle los humos con mayor contundencia.

—Escucha, he interrogado a tu padre como parte de una investigación de la que he dejado de formar parte, ¿de acuerdo?—ante la estampa de un Bishop boquiabierto, Thorne sintió un ápice de algo parecido a la simpatía—. Y ahora cuéntame más detalles de esas llamadas.

—Como he dicho se produjeron en mitad de la noche. Se escuchaba a alguien al otro lado de la línea. El que fuera había retenido su número y seguía marcando la llamada. Una detrás de otra. Mi padre está enfadado, no está asustado. Está cagado de miedo.

Tengo serias dudas.

—¿Qué piensa hacer al respecto? —Bishop comenzaba a sonar realmente enfadado.

—Te diré lo mismo que le dije a él sobre el fotógrafo. Voy a investigarlo. Es lo mejor que puedo hacer.

—¿Estás saliendo con Anne Coburn?

Ahora, le tocaba a Thorne estar realmente enfadado.

—Cuida tus modales, James.

—Ahora que estás apartado de la investigación, esa podría ser una buena razón para ir contra mi padre ¿no crees?

—¿Qué? —Thorne respiró profundamente. Intentó no perder la perspectiva, sabiendo que era por el padre, y no por el hijo, por el que necesitaba conservarla.

—Si Anne y tú estuvieseis, ya sabes, sería una buena razón para ir a por mi padre.

Thorne se puso en pie y se acercó a Bishop. Observó un leve estremecimiento, pero se limitó a sacudir la cabeza y a retirar la taza de café vacía.

—Por lo que puedo recordar, la doctora Coburn como madrina tuya que es era responsable de tu bienestar espiritual. Viéndote ahora, está claro que ha fallado miserablemente; pero es ahí, creo, donde vuestra relación se termina. Posiblemente recibieras una medalla de plata en tu bautizo y algún extraño regalo por tu cumpleaños, pero no te incumbe en absoluto con quién se acueste o no.

Bishop sacudió la cabeza, impresionado. Después esbozó una sonrisa nerviosa.

—¿Así que es cierto que estáis...?

Thorne sonrió, mientras llevaba las tazas vacías a la cocina.

—¿A qué te dedicas, James, cuando no estás preocupándote por tu padre?

Bishop comenzó a deambular por la salita. Se paró a estudiar la pila de CDs.

—Siempre me preocupo por mi padre. Estamos muy unidos. ¿No estáis unidos tu padre y tú?

Thorne hizo una mueca de dolor.

—¿No respondes?

—Hago muchas cosas. Escribo un poco. Intento convertirme en actor. Supongo que cualquier cosa que me ayude a pagar la renta.

Thorne comenzó a sentir que entendía a este joven y no es que entendiese ya demasiado a los de su edad. Este no era el inútil que le había descrito Anne. Bajo los intentos de mostrar disconformidad, se vislumbraba con claridad un convencionalismo heredado del que trataba de escapar desesperadamente. Que era, precisamente, la razón por la que quería escapar. Estaba bastante desorientado, eso seguro, pero era un chico inofensivo. James Bishop no era consciente del letal código genético sobre el que descansaba su existencia. Podía intentar marear la perdiz todo lo que quisiera, pero era inútil, no conseguía ocultar lo evidente: que era el hijo de su padre.

—¿Has estudiado algo?

—Malgasté un par de años en la universidad, sí. Pero no tengo el síndrome de la torre de marfil, ni nada por el estilo.

Thorne volvió a entrar en la salita y recogió su chaqueta.

—Sufres, más bien, el síndrome de Tower Records, ¿no es cierto?

—Ah, eso sí —dijo Bishop, señalando con el dedo el logotipo de la afamada tienda de música, impreso en su camiseta—. Actualmente trabajo ahí.

Thorne le abrió paso hacia la entrada con un gesto. Era hora de marcharse. Bishop, impaciente por salir, se desplazó con rapidez hacia la puerta principal.

—Bueno, quizá te vea por allí —dijo Thorne—. ¿Cuál es tu campo musical?

Bishop se rió:

—¿Y yo qué coño sé?

Thorne abrió la cancela exterior. Estaba empezando a llover.

—Es una pregunta estúpida. ¿Qué? ¿Te va más la música ambiental? ¿Trance? ¿Garaje? ¿Puedes hacerme un descuento en el último CD de Grooverider?

Bishop se le quedó mirando. Thorne cerró la cancela.

—Te has llevado unas cuantas sorpresas esta mañana, ¿me equivoco?

Margaret Byrne vivía en la planta baja de una pequeña casa adosada, en Tulse Hill. No era como esperaban Holland y Tughan. Se trataba de una mujer corriente, con el pelo cubierto prematuramente de canas. Probablemente, estaría rozando los cincuenta años y tenía un considerable sobrepeso. Tughan no pudo contener su sorpresa cuando la vio aparecer tras la puerta principal adelantando un pie para impedir que escapase un enorme gato de color rojizo. Una vez que comprobó las identificaciones, que ella misma había requerido, les invitó cordialmente a que pasaran. Insistió en prepararles una taza de té dejando a Tughan y Holland negociando el paso con, al menos, otros tres enormes gatos antes de sentarse en las cómodas sillas de su salita.

Holland lo pensó, pero fue Tughan el que, finalmente, lo dijo.

—Este sitio apesta —susurró, añadiendo secamente—. No me extraña que cambiara de opinión y se largara a otro sitio.

Tras el té y una buena selección de pastas, Holland se reclinó en la silla, tal como había sido instruido, y dejó que Tughan tomara el control de la situación.

—¿Vive usted sola, Margaret?

Puso una mueca extraña.

—Odio que me llamen Margaret. ¿Podemos dejarlo en Maggie?

—Lo siento, Maggie.

—Mi marido me dejó hace un par de años. No sé por qué le llamo así. En realidad nunca tuvo agallas de casarse conmigo, pero bueno.

—¿No hay niños?

Se apretó la rebeca contra su pecho.

—Tengo una hija. Tiene veintitrés años, vive en Edimburgo y no tengo ni idea de dónde está su padre.

Se tomó otra pasta y comenzó a acariciar al gato blanco y negro que acababa de saltar sobre su regazo. Le dijo algo, con voz susurrante y se tranquilizó, quedándose acurrucado. Holland pensó que se parecía un poco a su madre. No la veía desde hacía mucho tiempo. Quizá convenciese a Sophie para que fueran a verla.

—Muy bien, Maggie, háblenos del hombre del champán.

—¿No lo anotaron todo cuando llamé?

Holland sonrió. Tughan, no.

—Necesitamos saber algunos detalles más, eso es todo.

—Está bien. Eran cerca de las ocho, creo. Llamaron a la puerta y, cuando abrí, vi a ese tipo con una botella de champán en la mano. Me preguntó si no era allí donde organizaba Jenny una fiesta.

—¿Tiene usted alguna vecina que se llame Jenny?

—Creo que no. Dijo que estaba convencido de haber tomado correctamente la dirección y comenzamos a hablar y a reírnos por esto y lo otro. De pronto, comenzó a ponerse un poco atrevido, ya saben, diciéndome que era una lástima desperdiciar una botella de champán. Estaba flirteando conmigo, creo que iba un poco mareado.

—Cuando nos llamó, dijo que podría darnos una descripción bastante aproximada.

—¿Ah sí? Caramba. Bueno, pues, era alto, medía más de un metro ochenta, eso seguro. Llevaba gafas e iba muy bien vestido. Llevaba un traje muy elegante, bastante caro...

—¿Color?

—Azul, creo. Azul marino.

Holland lo anotaba todo manteniendo la boca cerrada, como un buen chico.

—Continúe, Maggie.

—Tenía el pelo corto, gris.

—¿Encanecido?

—Sí, verá, no era plateado, sino con un tono de gris pero no era tan mayor, no lo creo. Bueno, desde luego, no tanto como yo.

—¿Qué edad?

—¿Treinta y seis o treinta y siete? Siempre he sido muy mala calculando la edad de la gente. Bueno, eso le pasa a mucha gente, ¿no es cierto? —dijo, volviéndose hacia Holland—. ¿Qué edad cree que tengo?

Holland sintió que se le subían los colores. ¿Por qué demonios le había preguntado a él.

—Pues, no sé... ¿treinta y nueve?

Sonrió, agradeciendo la amabilidad de la mentira.

—Tengo cuarenta y tres. Sé que parezco mayor.

Tughan se aclaró la garganta, ansioso por recobrar la conversación. El gato, sobresaltado, abandonó el regazo y corrió hacia la puerta. Esto hizo que Tughan diera un salto, lo cual recordaría Holland, más tarde, como el único detalle divertido de la entrevista.

—¿Cómo sonaba su voz? ¿Tenía algún acento?

—Yo diría que bastante pijo. Una bonita voz y muy bien parecido. Era muy guapo.

—¿Así que le invitó a entrar?

Se sacudió más pelo de gato del que realmente había en su falda.

—Bueno, creo que me estaba lanzando indirectas. Como he dicho llevaba una botella de champán —miró a Tughan a los ojos y mantuvo la mirada—. Sí. Le invité a pasar.

Tughan mostró una leve sonrisa.

—¿Por qué?

Holland comenzaba a sentirse incómodo. Esta mujer podía serles de ayuda. Probablemente esa la única persona que podría ayudarles. La razón por la que invitó a pasar al hombre, que podía haberla asesinado, era una información que no necesitaban obtener ahora. Esta mujer no estaba loca, ni desesperada, ni hambrienta de sexo, por amor de Dios. La soledad no era un crimen, por mucho que Tughan pareciese disfrutar sacando el tema. En cualquier caso, no respondió y él lo dejó pasar.

—¿Qué ocurrió entonces?

—Como dije por teléfono esa es la parte extraña. Abrió el champán, recuerdo sentirme algo decepcionada al no escuchar el taponazo, y dije que iba a buscar un par de vasos. Dijo que muy bien y, que iba a hacer una rápida llamada de teléfono.

Tughan miró a Holland y, después, a Margaret.

—No mencionó esto cuando nos llamó.

—¿Ah, no? Bueno, pues así fue.

Tughan se inclinó un poco hacia delante en su silla.

—¿Hizo una llamada desde aquí? ¿Desde su teléfono?

—No. Cuando me dirigía a la cocina le vi sacando uno de esos horribles móviles. Los aborrezco, ¿ustedes no? Siempre te molestan esos pitidos y estúpidos tonos cuando vas sentada en el tren.

—¿Y usted estaba en la cocina?

—Sí, yo estaba en la cocina y acababa de coger los vasos y pasarles un trapo, porque estaban un poco sucios y oí cerrarse la puerta de la casa. Salí al exterior pero había desaparecido. Abrí la cancela pero seguía sin verle. Escuché salir un coche a toda prisa pero no pude verle.

Tughan asintió con la cabeza. Holland había terminado con sus notas.

Margaret Byrne los miró a los dos.

—¿Entonces creen que es el mismo tipo que mató a esa chica en Holloway?

Tughan no dijo nada. Se levantó y lanzó una mirada a Holland, indicándole que hiciera lo mismo.

—Si le enviamos un coche mañana, ¿tiene inconveniente en venir a Edgware Road para colaborar con un técnico de reconocimiento facial computarizado?

Asintió y recogió un gato que pasaba entre sus piernas.

Al llegar a la puerta, Tughan se dio la vuelta y la miró. Ella le devolvió una sonrisa nerviosa.

—¿Por qué ha tardado tanto tiempo en denunciar este asunto? —dijo Tughan—. Incluso ha dejado pasar cuatro días después de que emitieran la reconstrucción en televisión.

Se acercó el gato al cuello. Holland retrocedió un paso, posando la mano, quizá demasiado bruscamente, sobre el hombro de Tughan.

—Tenemos que irnos. Gracias por su ayuda.

La gratitud en los ojos de la mujer era evidente. Le agarró por la manga.

—¿Fue él?

Tughan iba ya de camino al coche. Holland le observó desactivar la alarma y entró, dando un portazo. Se volvió hacia ella.

—Creo que tuvo mucha suerte, Maggie.

Sonrió y le agarró aún más fuerte de la manga y dijo con los ojos húmedos.

—Habrá sido la primera vez.

Ahora estoy de bastante mejor ánimo. Y no me refiero en general; en eso, aún tengo altibajos. Tim dijo que antes estaba enfadada y probablemente tenga razón. Pero ahora, aquí, puedo ser una auténtica arpía. De todas formas creo que es bastante justo. Creo que merezco una medalla por los pocos berrinches que he tenido.

En fin...

Incluso aquí, siempre encuentras algo que te suba el ánimo. No es que te vayas partiendo de risa por los pasillos pero, si las buscas, siempre te encuentras con situaciones divertidas. Generalmente son de mal gusto, pero no puedes ponerte demasiado tiquismiquis. Hay una enfermera, Martina, a la que se le ha metido en la cabeza que debo estar guapa a todas horas. En condiciones normales, desde luego, le habría dicho que la perfección no puede mejorarse, pero en estas condiciones tiene un duro trabajo por delante. Siendo honesta, creo que lo hace como distracción de su trabajo habitual de cambiar el catéter y limpiarme el culo, que es una ocupación que no reporta demasiadas satisfacciones, ¿no es cierto? Al principio, no me importaba demasiado que me cepillara el pelo o que me cortara las uñas, pero cada vez se iba volviendo más ambiciosa. Debe ser una estilista frustrada o algo así. El otro día me pintó las uñas de un color horroroso y, ayer por la tarde, decidió que un poco de lápiz de labios me ayudaría a levantar el ánimo. Pintarle los labios a otro es como intentar hacerte una paja con la mano izquierda. Imposible. Parecía una p ay asa en coma o como solía decir mi niñera una teta en trance.

Creo que pretendía hacerme parecer una de esas espantosas mujeres que trabajan en los grandes almacenes en la sección de cosméticos, ya sabes, las que se pasan el día rodeadas de cosméticos y no tienen ni puta idea de cómo aplicárselos. Un consejo. No usar nunca una paleta. Siempre he deseado acercarme sigilosamente a ellas y gritarles: «¡Un espejo! ¡Usa un espejo!»

No había planeado lo que sucedió esa mañana, lo juro, pero deseaba que ocurriera. Era obvio que las demás enfermeras se habían dado cuenta de que Martina se pasaba todo el tiempo acicalándome en vez de hacer el trabajo sucio y tuvo que cargar con el trabajo de limpiar el tubo de respiración. Puedo entender perfectamente que no quiera hacerlo. Es bastante asqueroso. Se supone que Martina debe sacar el tubo y limpiarle toda la mucosidad para que no se atasque. Imagínate que alguien te meta un tubo por la boca. Querrías toser, ¿no? Toser no ha sido una de mis especialidades durante estos días, así que debía estar guardándolo todo dentro. Así que allí estaba Martina, intentando ser eficiente y yo tuve que toser. No pude evitarlo. ¡La tos salió de lo más profundo de mi garganta, por amor de Dios!

Como ya he dicho no fue a propósito y no sirvió de mucho que casi echara abajo la habitación de un grito, porque recibió un enorme grumo de flema en mitad de la frente.

Espero que ahora se mantenga alejada de mí por una temporada o al menos, que se limite a su trabajo con mi trasero. ¡Por lo menos, ahí ya sabes lo que puede venirte encima! Vamos, adelante, ¿un poco de laca de uñas?

Todo parece ir moviéndose a golpe de pestaña. Una pequeña complicación que ha surgido es que, a veces, lo fastidio todo cuando pestañeo, simplemente, porque mi cerebro decide cual es el momento exacto para hacerlo. Al igual que lo haces tú y esto no ayuda demasiado. Estoy intentando deletrear algo y, de pronto, salta una X o una J, sin ninguna razón. Como gritar de repente «cojones» en medio de una conversación.

Como Newcastle, un sábado por la noche.