CAPÍTULO DIECINUEVE

Faltaba un cuarto de hora para medianoche y Tower Records bullía de gente. Docenas de compradores de última hora se mezclaban con aquellos que venían simplemente a escuchar música, a leer las revistas o a matar el tiempo.

El joven que había tras la caja registradora ni siquiera elevó la vista.

—Sí, ¿puedo ayudarte en algo?

—Sí, quisiera llevarme estos dos —dijo Thorne— y hay un disco de importación de Waylon Jennings que me gustaría encargar.

James Bishop enrojeció furiosamente.

—¿Qué coño quieres? Ni siquiera debería hablar contigo.

Thorne dejó tres CDs sobre el mostrador, frente a Bishop y buscó su billetera en la chaqueta. Se quedó mirando a Bishop hasta que este recogió los artículos, con cara de profundo resentimiento, les quitó la etiqueta de seguridad y los registró en caja. No miró a Thorne a los ojos, sin embargo, dirigía miradas nerviosas a sus compañeros mientras tiraba los CDs bruscamente en una bolsa, intentando despacharle lo antes posible.

Thorne se apoyó sobre el mostrador agitando su tarjeta de crédito.

—¿Qué ocurre? ¿No quieres que tus compañeros sepan que tienes un amigo que compra discos de Kris Kristofferson? Quería comprarme el último disco de Fatboy Slim pero los habéis vendido todos.

Bishop cogió la tarjeta de crédito la golpeó contra el mostrador y miró fijamente a Thorne.

—No eres amigo mío. ¡Sólo eres un capullo!

—Supongo que no servirá de nada que te pida el descuento de la casa, ¿no?

—¡Vete a la mierda!

Thorne sacudió la cabeza, con gesto de tristeza.

—Sabía que debía haber ido a la tienda de al lado.

De repente, se acercó un dependiente con un pendiente de metal atravesado en el labio.

—¿Todo va bien, Jim?

Bishop le lanzó la bolsa a Thorne.

—Todo bien —miró por encima del hombro de Thorne a la chica que esperaba tras él—. Sí, ¿puedo ayudarte en algo?

Thorne no se movió del sitio.

—¿Cuándo termina tu turno?

La chica de atrás chasqueó los labios con impaciencia. Bishop le miró con una media sonrisa desafiante y desvió la vista a su enorme reloj.

—En quince minutos, ¿vale?

Thorne se dirigió hacia la puerta.

—Nos vemos en el Dunkin’ Donuts. Te recomiendo el de canela, pero tú eliges.

Veinte minutos después, Thorne terminaba su segundo café y su cuarto donut cuando James Bishop apareció por la puerta y se sentó junto a él. Vestía una chaqueta roja de pana y la misma camiseta negra que llevaba en la tienda. Thorne cogió otro donut y empujó la caja hacia él. Bishop la rechazó con otro empujón.

—Contrólate —dijo Thorne. Bishop se le quedó mirando—. No he comido en todo el día. ¿Quieres un café?

Bishop sacudió la cabeza y dibujó de nuevo en su boca esa extraña sonrisa.

—Bueno, ¿de qué se trata? Quieres saber si mi padre ha perdido ya el control, ¿no? Si tus estúpidas llamadas a media noche están afectando a su trabajo costándole, quizá, la vida a alguien. Una jodida irresponsabilidad, ¿no te parece?

Thorne se le quedó mirando unos segundos, sin dejar de masticar.

—¿Lo ha hecho?

—¿Si ha hecho qué?

—Perder el control.

—Joder... —Bishop sacó del bolsillo un paquete de Marlboro. Thorne le hizo una indicación hacia la izquierda con los ojos y Bishop desvió la mirada hasta el cartel de no fumadores. Tiró el paquete sobre la mesa.

—Está cabreado por lo que estás haciendo y más cabreado aún porque estás consiguiendo salir impune. Quiero que sepas que ninguno de nosotros piensa permitir que te salgas con la tuya. Pase lo que pase, seguiremos montando jaleo hasta que vuelvas a vestir un puto uniforme.

Thorne pensó, durante uno o dos segundos, en la vida sencilla de oficial de policía: trabajo doméstico, multas, tráfico. No se la desearía ni a su peor enemigo.

—Ninguno de los cargos de que me acusáis tu padre y tú están fuera de la ley, James.

—No te escudes en la ley, es patético. Especialmente, teniendo en cuenta que no le tienes ningún respeto.

—Respeto el núcleo importante de la ley.

—Tú no eres un poli, Thorne, eres un acosador.

Thorne cogió un pañuelo y se limpió lentamente el azúcar de los labios.

—Sólo hago mi trabajo, James.

Bishop se mostraba inquieto. Estaba así desde que entró. Mordiéndose las uñas a cada momento, aporreando la mesa con los dedos. En todo momento, movía nerviosamente alguna parte de su cuerpo. Taconeaba en el suelo, movía los brazos. Se mostraba ansioso. Thorne se preguntó si tendría algún problema con las drogas. No le costaría mucho creérselo. Si así fuera, estaba claro que debía ser financiado por su padre. Quizá el doctor le prescribía algo.

Otra buena razón para querer protegerle.

—Tu hermana piensa que pretendes estar muy unido a tu padre, únicamente para poder seguir exprimiéndole.

—Es una estúpida zorra —espetó.

Thorne se quedó sorprendido pero hizo un esfuerzo para que no se le notara.

—Te ha ido muy bien con él, ¿no?

—Escucha, me regaló un coche y me ayudó con la entrada para mi apartamento, ¿vale? —Thorne se encogió de hombros—. Esto no tiene nada que ver con el dinero. Está cabreado y eso me cabrea, así de simple. Es mi padre.

—¿Así que no es capaz de ninguna perversidad? —Thorne no tenía ni idea de por qué había utilizado esa palabra. Mientras seguía preguntándose de dónde la había sacado, Bishop se quedó mirándole, como si fuera un ser recién llegado de otro planeta.

—Es mi padre.

—Así que lo tienes que proteger a todo costa?

—Por mucho que te pese, sí... Usas la ley como forma de venganza, sólo porque atendió a una mujer a la que atacó el hombre al que buscas y porque estás liado con la mujer con la que, una vez, mantuvo una relación. Le protejo contra eso, sí.

—Mi trabajo es descubrir la verdad y si esto molesta a alguna gente, mala suerte.

Bishop respondió, en tono burlón.

—Dios, ¿te crees un tipo duro, verdad? Un poli incomprendido y vigilante. Te compararía con un dinosaurio, pero ellos tienen más cerebro —se levantó de la silla, dispuesto a marcharse.

Thorne le detuvo.

—¿Y qué tipo de poli serías tú, James? ¿Qué harías en mi lugar?

Bishop se dio la vuelta y se metió las manos en los bolsillos. Hizo una mueca torciendo unos labios igual que los de su padre. Thorne descubrió al jovencito escondido bajo la fachada de la arrogancia.

—¿Y qué pasa con la justicia? —dijo desdeñosamente—. Tenía la estúpida convicción de que era algo muy importante.

Thorne se imaginó a una chica joven en una cama cubierta con un edredón rosa pálido, atrapada en un cuerpo frágil y flácido, por falta de uso. Se imagino una cara, con los rasgos parcialmente ensombrecidos, mirándole desde el segundo piso de una casa enorme. Seguidamente, volvió a mirar, con gesto severo, a la cara juvenil del hombre que tenía delante.

—Sí que lo es, James. Muy importante.

Thorne le siguió hasta la puerta.

—¿Te dejo en algún lado?

Bishop sacudió la cabeza y miró hacia la puerta, tras la que se divisaba la enorme masa de gente que seguía deambulando por Piccadilly Circus, en las primeras horas de la madrugada de un frío día de octubre. Sin mediar palabra se sumergió en ella, desapareciendo de inmediato.

Thorne se quedó unos segundos, observando cómo desaparecía en la distancia la cazadora de pana roja. Después, se giró en dirección contraria y fue a buscar su coche.

Thorne se detuvo en seco cuando descubrió la silueta en la entrada y se le heló la sangre cuando empezó a moverse.

Respiró hondo, aliviado, cuando la silueta se concretó en la figura rechoncha de Dave Holland. El primer pensamiento de Thorne es que le habían herido.

—Dios, Dave... —se acercó a él rápidamente, sujetándole por el brazo. Entonces, olió el alcohol.

Holland se puso en pie. No estaba impedido, pero estaba de camino.

—Señor, me he sentado aquí a esperarle. Ha tardado un siglo.

Hace mucho tiempo que Thorne había dejado el whisky, el mismo que el tabaco, pero aún podía reconocer su olor enseguida. Instintivamente, se apartó de él durante un par de segundos. Era un olor que le dominaba. Punzante y patético. El olor de la necesidad. El olor de la miseria. El olor de la soledad.

Francis John Calvert. Whisky, orina, pólvora y camisones recién lavados.

El olor de la muerte en un apartamento de alquiler un lunes por la mañana.

Holland se apoyó contra la pared, respirando trabajosamente. Thorne se metió la mano en la chaqueta de cuero, buscando las llaves.

—Vamos, Dave, pasemos dentro y tomemos un café. ¿Cómo has llegado hasta aquí?

—En taxi. He dejado el coche.

No tenía mucho sentido preguntarle dónde había dejado el coche. Lo averiguaría más tarde. La llave giró en la cerradura. Thorne abrió la cancela con el pie y comenzó a buscar la llave de la puerta de casa.

Había un sobre blanco en el pórtico, en la zona comunitaria.

Thorne la miró y pensó: Otra nota del asesino.

«¿Qué es eso?» o «¡Qué extraño!» o incluso, «Me pregunto sí...». Supo lo que era de inmediato y lo dijo. Holland se despejó casi instantáneamente.

Thorne sabía que ni el sobre, ni la nota que guardaba en su interior, servirían de mucho en un estudio forense. Estarían limpios, ni una sola huella, ni una fibra, ni un pelo. No obstante, tomó las precauciones necesarias. Holland sostuvo la carta con los dedos envueltos en papel de cocina, mientras Thorne improvisó unas pinzas con dos cuchillos, para poder sacar el papel.

El sobre no estaba cerrado. Thorne lo habría abierto con vapor de agua, de todas formas, pero el asesino no dejó nada al azar. Quería que se leyera su nota enseguida. Que la leyera Thorne.

Usó los cuchillos para estirar el papel. La nota estaba cuidadosamente mecanografiada, como las otras. Thorne sabía que era sólo cuestión de tiempo que la máquina con la que se había escrito se envolviese, etiquetase y se cargara en la furgoneta del servicio forense.

Esta sería la última nota de Jeremy Bishop.

TOM.

HABÍA CONSIDERADO ALGO DISTINTO, UN MENSAJE DE CORREO ELECTRÓNICO, QUIZÁ, PERO SUPONGO QUE LA TECNOLOGÍA NO ES LO TUYO, ASÍ QUE HE RECURRIDO A LA TINTA Y AL PAPEL.

POR CIERTO, ENHORABUENA POR TU ACTUACIÓN EN EL PROGRAMA DE TELEVISIÓN, MUY INTENSO. ¿DECÍAS EN SERIO ESO DE QUE TODO ACABARÍA PRONTO O TE ESTABAS HACIENDO EL DURO FRENTE A LAS CÁMARAS? NO HAY NADA COMO LA CONFIANZA EN UNO MISMO, ¿NO ES CIERTO? ¿O INTENTAS PONERME NERVIOSO CON LA ESPERANZA DE QUE COMETA UN FALLO? TENGO UNA PREGUNTA.

HAY ALGO QUE ME GUSTARÍA SABER, ¿QUÉ SENTISTE CUANDO LA ENCONTRASTE? ¿FUISTE EL PRIMERO EN ENTRAR? ¿FUE TU PRIMERA VEZ, TOM?

ESTÁS ACOSTUMBRADO A LA SANGRE, ¿VERDAD?

BUENO, SI ESTÁS EN LO CIERTO SUPONGO QUE NOS VEREMOS MUY PRONTO.

SALUDOS.

Holland se derrumbó en el sofá. Thorne leyó la nota una segunda vez y una tercera. Su arrogancia era pasmosa. No parecía tener mucho sentido. No hacía ningún tipo de revelación o anuncio. Era sólo una exhibición.

Entró en la cocina, inclinó la tetera y sirvió dos tazas de agua hirviendo. ¿Por qué había sentido Bishop la necesidad de hacerlo? ¿Por qué le acosaba con el caso de Maggie Byrne, cuando Thorne había picado el anzuelo hacía mucho tiempo?

Thorne seguía pensando mientras añadía unas cucharadas de café soluble.

Había algo retorcido en la nota que Thorne no llegaba a identificar. Algo casi forzado. Quizá, el asesino comenzaba a perder el control que ejercía sobre casi todo. Quizá, su último fracaso le había puesto en una situación extrema o también era posible que estuviera comenzando a preparar su alegato de desequilibrio mental que presentaría cuando llegara el momento.

Ese momento estaba próximo.

Agitó las bebidas. No había nada artificial en su locura. Nadie en sus cabales haría lo que había hecho este hombre. No obstante, Thorne lucharía con uñas y dientes para que nada frenase su caída.

Quería que fuese una caída muy dura.

Desde luego, habría un grupo de personas que harían presión para que recibiera tratamiento psiquiátrico, para cuidar de él. Siempre había gente así. Había mucha gente para los que la muerte violenta era un pasatiempo, o un objeto de estudio, o un chollo del que aprovecharse. Los lunáticos le escribirían pidiéndole consejo o autógrafos u ofertas de matrimonio. Los defensores de los derechos humanos. Los escritores de novelas... éxitos de ventas, antes de que los cuerpos comenzaran a descomponerse. Los directores de películas...

Y los policías que recordaban el olor de la sangre.

¿Fue tu primera vez?

Thorne entró en el salón con los cafés, pero se frenó en seco en cuanto vio a Holland sentado en el sofá con la mirada perdida en la pared de enfrente. No era la mirada perdida propia de la borrachera, el cansancio o el aburrimiento.

Thorne comenzó a sentir los latidos de su corazón.

Para empezar, no le había preguntado a Holland para qué había venido hasta su casa.

Holland se volvió hacia él.

—Hemos estado intentando localizarle.

Thorne se acordó de su teléfono, olvidado en el asiento de atrás de su coche.

—¿Qué ha ocurrido, Dave?

Holland intentó articular una respuesta y, de repente, Thorne reconoció su mirada. La había visto hacía quince años, en el fondo de los vasos, en los escaparates y en los espejos. Era la mirada de un hombre joven, que había presenciado demasiada muerte.

Holland respondió, con la voz, los ojos y el gesto ensombrecidos.

—Michael y Eileen Doyle, los padres de Helen Doyle. La vecina de la puerta de al lado ha sentido el olor.

Aparentemente, la apoplejía ha afectado sólo a una pequeña parte del cerebro. A la base del tallo cerebral.

El «tronco encefálico», así se llama exactamente esta zona minúscula, ¿te lo puedes creer?

Por desgracia, resulta que esta zona controla todas las cosas. Por él pasan todas las comunicaciones. Si tu cerebro es la estación de Paddington, este punto sería como la garita de señales. Básicamente, las señales siguen apareciendo, o cambiándose o lo que sea. Cuando me apetece mover un pulgar, oler algo o hablar la instrucción sigue saliendo con normalidad. Una cosa llamada célula transmisora es la que se supone que hace que funcione: transmite la señal a la siguiente célula y después a la siguiente. Es como una versión microscópica del pásalo, directo hasta el pulgar o la nariz o donde sea. Por desgracia, en algún eslabón de la cadena, hay una célula que no está jugando bien y ahí se acaba la cadena. En términos profanos, eso es lo que me pasa.

Lo extraño es que, aunque algunas partes del cerebro estén jodidas, parece que hay otras partes que cambian, tratando de compensar. Todo lo relacionado con la percepción de sonidos. Parece que se ha desarrollado mucho. Puedo distinguir claramente entre sonidos muy parecidos. Puedo identificar a una enfermera por el sonido de sus pisadas y puedo decirte a qué distancia están las cosas. Los sonidos me proporcionan una imagen mental en la cabeza, como si me estuviera convirtiendo en un murciélago.

Eso me está ayudando a recordar.

Los sonidos de debajo del agua se aclaran cada vez más. Las palabras van tomando forma. Puedo recordar casi todo lo que hablamos, yo y el hombre que me metió en este hospital.

Fragmentos de una banda sonora.

La mayor parte es mío, desde luego, eso no me sorprende, parloteando sobre la fiesta y la boda y todo eso. Dios, sueno bastante borracha. Puedo oír cómo baja el champán por la garganta y le escucho reírse de mi estado, chistes de borrachos.

Me siento jugando con el llavero ante la puerta principal. Invitándole a pasar para terminar la botella en casa. Palabras estúpidas y sin mucho sentido. Palabras que no merece la pena recordar. Las últimas palabras que saldrían de mi boca, para siempre.

Aún sigo intentando recordar las que salieron de la suya.