CAPÍTULO NUEVE
Cuando se despertó seguía aún enfadado por el lamentable espectáculo dramático amateur que había presenciado la noche anterior había sido bastante decepcionante. ¿Y dónde diablos se había metido Thorne? Al menos, se había confirmado lo que sospechaba desde un principio: que la investigación rigurosa y de alta prioridad no había conducido a ningún sitio. Es posible que ya tuviesen el coche o una descripción algo más pormenorizada, pero todo seguía yendo penosamente lento. No había ni una aproximación del número de matrícula. La había robado, por supuesto, pero ¡por favor! Hacía ya quince días que les había dado el cuerpo de Helen para que jugasen con él y aún seguían pidiendo ayuda al público.
Malditos inútiles.
Thorne. No aparece por ningún sitio, cuando debería estar protagonizando su momento de gloria televisiva. No se había creído, ni por un momento, que Thorne estaba aún recuperándose. Los polis debían estar tramando algo, eso seguro. Era algo fuera de programa pero que no traería excesivos problemas. Si todo lo que habían conseguido su pantomima teatral y su maliciosa carta era que los chicos de azul tuviesen una simple rabieta, entonces tendría que buscar otra forma de meterles prisa, ¿no es cierto?
De todas formas ya iba siendo hora. Se suponía que los maníacos aumentaba la actividad cuando se desencadenaba la locura, ¿no es verdad? No esperarían menos de él. Había considerado la posibilidad de animar un poco las cosas. Quizá, la próxima vez, un homosexual o un anciano. No, eso sólo los confundiría y no quería que estuviesen desconcertados. Después de considerar varias posibilidades estaba listo para asestar otro golpe. Estaba encantado con la idea de intentarlo una y otra vez.
Había intentado golpear a Thorne en la espinilla. Era tiempo de golpearle en el corazón.
Thorne echó un vistazo en el bar. Gente de negocios, en mangas de camisa, tomando una canasta de langostinos rebozados o un chile con carne calentado al microondas, como excusa para tomarse un par de cervezas durante el almuerzo. Probablemente se trataba de un sitio igual de bueno que cualquier otro. A los informadores no les gustaba quedar en lugares cercanos a sus casas y, en realidad, de toda la gente que había en la planta alta del Lamb and Flag, era Thorne el que tenía más pinta de maleante. Se sentía cómodo con esa apariencia. Sabía que tenía aspecto de ser útil. No le había causado ningún perjuicio hasta ahora, aunque le hubiera gustado haber sido más alto.
Un hosco camarero australiano vació el cenicero que no estaba usando Thorne.
—¿Vas a comer, colega? Necesitamos la mesa.
Thorne abrió la cartera:
—Tomaré otra botella de agua mineral —se aseguró de que viera claramente su identificación. El camarero chasqueó la lengua mientras limpiaba la mesa y fue por la bebida de Thorne.
El agua mineral Perrier era la única cosa que desentonaba con la imagen que sabía que estaba dando, pero el alcohol seguía aún estrictamente confinado a su pequeño IKEA. Además, quizá volviese directamente al trabajo después. Pensaba que no sería muy adecuado presentarse borracho como una cuba en su primer día fuera.
La reunión con Frank Keable del día anterior no había sido tan espinosa como se había imaginado. Keable había querido que permaneciera en la investigación pero por ninguna de las razones correctas. Le habló de la integridad del caso, fuera eso lo que fuese y, de que no podía permitirse perder a un oficial con la impresionante hoja de servicios de Thorne. En cuanto a la nota y al ataque sobre Thorne, que Keable le aseguró que se había considerado como intento de asesinato, este se mostraba bastante ambiguo. Se mantuvo inflexible en cuanto a que esta faceta del caso se investigaría estrechamente, pero Thorne podía sentir los temores de Keable en cuanto a que, una vez que se retirara del caso, sería él quien se convertiría en el macabro centro de atención del asesino.
Thorne sabía que eso no iba a pasar.
La cruda realidad era que si se iba Thorne a Keable le aterrorizaba que la prensa entrara en juego; era comprensible que no le hiciera ni pizca de gracia explicarle al superintendente la razón por la cual uno de sus oficiales más expertos abandonaba el barco. Thorne le había dicho que lo atribuyese a un enfrentamiento con Tughan o con él. Lo que más le gustase.
Keable le pidió que lo reconsiderase. Thorne desvió la mirada hacia los aburridos ojos marrones del ciervo de Exmoor y se mantuvo en sus trece.
Hacia la hora de comer ya le habían transferido al Grupo de Crímenes Graves (Oeste), fuera de Hendon, para entrar en activo a la mañana siguiente.
Esperaba que las cosas estuviesen algo más claras que cuando se fue.
El Servicio Metropolitano de Policía (SMP) se encontraba en constante estado de cambio. No sólo estaba ahora bajo el mando directo de la autoridad local de Londres y del alcalde Livingston; además, estaba sufriendo una completa reestructuración funcional. La burocracia en el Servicio Nacional de Salud podía ser impresionante, pero ni se le acercaba.
El antiguo sistema de zonas ya no existía. Las cinco zonas de Londres (NO, NE, SO, SE y Central), cada una con su propio Equipo de Investigación Criminal (EIC) que habían reemplazado, a su vez, al antiguo Servicio Principal de Investigación Zonal (SPIZ) estaban ahora supervisadas por tres Grupos de Crímenes Graves (Este, Oeste, Sur), que englobaban a todas las Unidades de Mando Operativo (UMO), además de a los antiguos Departamentos del Crimen Organizado, a la Brigada Antiestafa y al Cuerpo de Bomberos.
¿El resultado de todo esto? Cientos de oficiales sin tener la mínima idea de lo que pasaba o más bien de por qué pasaba. La línea oficial suponía que la nueva Calificación del Sistema de Seguridad (CSS) sería más efectiva. El SMP ya no tendría que quedarse sentado, esperando a que se produjese un crimen.
Era muy bueno, en teoría.
Pero era imposible anticiparse a los antojos de Jeremy Bishop.
Como inspector del tercer equipo de Beck House, en Hendon, se podía decir que Thorne había aterrizado con buen pie. Había trabajado con el inspector jefe Russell Brigstocke en Crímenes Graves durante seis meses y sabía que, exceptuando el caso de algún problema de envergadura, a Brigstocke le importaba bastante poco que Thorne dejase de estar disponible de vez en cuando.
Como desde las nueve en punto de esa mañana.
—¡Kodak!
Si Thorne aparentaba ser útil, el hombre de unos cuarenta años que asentía con la cabeza y apresuraba el paso para unirse a él, era definitivamente indispensable. Con un metro ochenta de estatura y de constitución sólida, pelo rubio, piercing en la nariz y una chaqueta abombada de color amarillo brillante. Pero no todo iban a ser buenas noticias. La voz de Dennis Bethell podía provocar una pelea a cien metros. Era una mecha a punto de arder.
—¿Le traigo uno, señor Thorne?
Thorne siempre sonreía la primera vez que oía aquel chillido estridente y fuera de lugar. Quien fuera responsable de esas cosas o bien la había cagado o tenía un gran sentido del humor. También había por ahí un ratón de tira cómica extremadamente cabreado que sonaba igual que Frank Bruno.
Señaló a su vaso de agua:
—No, gracias.
Bethel asintió con la cabeza al menos durante diez segundos.
Thorne vació su vaso cuando el camarero trajo finalmente otro nuevo y se llevó el dinero. Bethell estaba todavía más grandullón que la última vez que le vio.
—Los esteroides provocan cáncer, ya lo sabes, Kodak.
—Gilipolleces —chilló Bethell—, sólo te dejan impotente. Bueno, ¿qué tal ha encontrado todo esto, señor Thorne? Ya sé que está todo un poco embarullado pero me ha venido bien trasladarme al oeste. Hay mucho negocio por aquí.
—Claro que sí, Kodak.
Comparado con los traficantes de pomo al uso, Dennis Bethell era de los menos desagradables. Thorne había observado su carrera con interés durante veinte años. Era proveedor de cualquier cosa, desde las blandas fotos glamurosas de las revistas de coches, hasta el material más intenso y difícil de conseguir. Durante los ochenta, su material porno de máxima calidad había tenido una gran demanda y su incursión ocasional en el chantaje había causado el fin abrupto de, al menos, una destacada carrera política. Dennis era de la vieja escuela. En un tiempo en el que los vídeos de porno duro estaban a diez libras y en el que cualquier idiota que tuviese un ordenador podía observar enanos haciéndoselo con monos, con el simple clic de un ratón, él seguía apostando firme por la fuerza y el realismo de una foto fija. Muy en el fondo, Thorne admiraba esta sucia muestra de la vida en los bajos fondos.
—Ya sabes que este antro era antes el Bucket ofBlood.
Thorne ya lo sabía. Hace doscientos cincuenta años esto había sido un bar en el que abundaban las reyertas. Prostitutas y matones hacían su trabajo y se cortaban en rodajas unos a otros por menos de un penique mientras Hogarth se sentaba en una esquina tomando notas y haciendo bocetos. Thorne le dirigió una mirada inquisitiva. No podía evitar preguntarse si era posible que se hubiera sentido más en casa.
—Los negocios van bien entonces, ¿no?
Bethell se encendió un Silk Cut.
—No van mal del todo. Tengo una página web, ¿sabes?...
—Acabas de hacerme trizas.
—Oye, tienes que moverte con los tiempos. ¿No ha visto el material que hay por ahí fuera?
Thorne sí lo había visto. Mucho material.
—¿Y tú piensas que lo que haces es diferente?
—No hago nada que tenga que ver con niños, señor Thorne. No quiero trabajar con esa mierda. Además, el material con el que yo trabajo es mucho más exclusivo. Bastante difícil de encontrar.
—Sí, tienes que entrar de puntillas en los puestos de revistas.
Bethell parecía sentirse incómodo ante el comentario. Apagó el cigarro mucho antes de que se hubiera acabado. Se encendió otro.
—¿Podemos acabar con esto, señor Thorne?
—Por supuesto, perdona por entretenerte tanto tiempo.
—Escuche, señor Thorne, últimamente no escucho demasiados chismorreos. Me he dedicado de lleno a sacar adelante este asunto de la cámara web y, aparte de esto, está el trabajo de siempre con las modelos. No salgo tanto como solía.
El camarero volvió con el cambio de Thorne. Desde la mesa que había detrás de él Thorne oyó unas risillas burlonas. Esperaba que no fuesen dirigidas al hombretón que tenía sentado frente a él.
Behtell malinterpretó el silencio de Thorne como decepción.
—Hay muchos asuntos de drogas sobre los que puedo informarle. Las chicas de ahora no dejan de meterse éxtasis y de esnifar coca como si fuera el fin del mundo. No necesitan comer nada.
Más risillas y esta vez, también, las oyó Bethell. Thorne se volvió. Eran cuatro tipos corrientes. Pelo corto, gafas cuadradas y zapatillas de deporte que, posiblemente, les habían costado más caros que sus trajes. No le devolvieron la mirada. Volvió a mirar hacia delante y bajó la voz, como indicando a Bethell que hiciera lo mismo.
—No necesito información, Kodak.
—Bueno.
—Quiero aprovecharme de tus servicios profesionales altamente cualificados, que me prestarás a cambio de que no envíe a Vice a tu cuarto oscuro.
Bethell se quedó pensando por un momento.
—¿Quieres que saque algunas fotos?
—Un retrato en blanco y negro, lo más próximo posible. El sujeto no debe darse cuenta de que le están fotografiando —Bethell pasaba difícilmente desapercibido, pero Thorne sabía que este tipo tenía bastante experiencia en no llamar la atención. En un universo paralelo, se habría convertido en un paparazzi altamente cotizado.
—No hay por qué preocuparse, señor Thorne, tengo el impresionante nuevo zoom Nikon 1300.
Thorne se inclinó, acercándose a él un poco más.
—Mira, Bethell, este trabajo es una cagada, ¿vale? Una simple foto de la cabeza. Saliendo de su casa, montándose en el coche, da igual. No debería ser ningún problema para ti. Sin camas, ni animales, ni chicas adolescentes drogadas.
Pensó en Helen Doyle, sentada en el bar, riéndose.
Nunca hice nada de eso, Tommy. Sólo soy una chica Bacardi...
Le dio la dirección a Bethell y se terminó la copa, mientras el fotógrafo siguió hablando con entusiasmo de lentes y objetivos durante unos minutos y desapareció entre la gente. Al irse, Bethell dirigió una mirada amenazante a los cuatro de la mesa de detrás de ellos.
Thorne estaba bastante seguro de que Bethell haría un buen trabajo. No sólo porque su vida se convertiría en un infierno si no fuera así, sino porque sabía que aquel tipo se tomaría el trabajo como una cuestión de orgullo profesional. Thorne pensó y, no por primera vez, en lo bien que funcionaba con los criminales profesionales. Era un juego que se le daba estupendamente. Incluso los bastardos más desagradables, con los que había tenido que enfrentarse durante sus dieciocho meses en la Brigada Móvil, eran fáciles de manejar. A algunos los había atrapado y a otros no, pero no tenía que malgastar su tiempo en imaginarse las razones por las que cometían sus delitos. Dinero, casi siempre. Sexo, ocasionalmente; generalmente porque no valían para hacer otra cosa. Pero las reglas del juego eran simples: Detenlos primero y que alguien investigue los motivos después.
Bishop, y la gente como él, no jugaba siguiendo las mismas reglas. Thorne sabía que si conseguía atrapar a Jeremy Bishop sería con poca ayuda, aunque muy valiosa. Sabía que debía tomarse las cosas con mucha tranquilidad, paso a paso. Bethell era el primer paso, pero después tendría que componer él solo todo el caso. Fuera cual fuese este nuevo juego, Bishop jugaba con ventaja. Thorne estaba convencido de que el porqué era importante. Probablemente, el porqué era crucial; era precisamente en este punto en el que se encontraba más desorientado.
A Thorne no le importaba una mierda el porqué.
Cuando Bethell volvió a la mesa, Thorne se levantó y comenzó a ponerse el abrigo.
—¿Estamos de acuerdo, entonces?
Bethell sacó sus cigarrillos.
—Sí. Supongo que no vale para nada que pregunte para cuándo quieres las fotos, ¿me equivoco?
—No, no te equivocas.
Las risas que volvieron a oírse tras ellos le indicaron a Thorne que debía marcharse, cuanto antes. Bethell avanzaba ya hacia ellos.
—¿De qué os reís?
El mayor de los cuatro se puso en pie y se quedó mirando a Bethell a través de sus gafas de diseño. No era un movimiento agresivo, sino más bien persuasivo, pero eso no le importó demasiado a Bethell. El grueso dedo que hincó en el pecho de aquel tipo debió parecerle la acometida de un ariete de guerra.
—¿Os parece gracioso algo que haya dicho? Vamos, decidme —Gafas Cuadradas le dio un manotazo, para apartar el dedo; Pelo Corto se movió para proteger a su amigo y se lió.
Cuando Bethell estampó el puño, lleno de anillos y sellos de oro, en la cara de Gafas Cuadradas, Thorne golpeó de revés a su amigo en la boca. Cayó hacia atrás, sobre la mesa, golpeando botellas y vasos con sus caros zapatos de deporte. Ahora eran dos contra dos y todo ocurrió muy deprisa. El tercer hombre cogió un cenicero de metal, pero Thorne se abalanzó sobre él en un segundo, golpeándole con la cabeza en el tabique nasal y haciendo que se retorciera de dolor.
Cuando el cuarto hombre retrocedió apresuradamente golpeó un plato de sopa de pollo con curry, que cayó sobre el regazo de una chica joven que comenzó a gritar concienzudamente. El camarero australiano se quedó inmóvil, indeciso y la dueña del local, de pelo de color vainilla y temible aspecto, se acercó desde detrás de la barra con un taco de billar partido.
—Ya está bien. Llama a la policía.
El camarero elevó un dedo acusador hacia Thorne.
—Ya está aquí.
Thorne se acarició la frente y miró a su alrededor. Tres hombres en el suelo, de rodillas, arrastrándose por el suelo de madera, salpicado de trozos de cristal, con manchas de sangre en sus pantalones de combate de diseño y dos docenas de caras perplejas.
Supuso que no era el momento idóneo para mencionarle a la dueña que, probablemente, Hogarth habría estado de acuerdo.
Diez minutos más tarde, Thorne y Bethell se encontraban en la calle, en el exterior del club Garrick. La dueña se había aplacado un poco y los de los dientes machacados y las narices rotas se sintieron muy agraviados hasta que Thorne mencionó la palabra cocaína en la conversación y todo se perdonó y se olvidó enseguida.
Bethell apoyó una pesada mano sobre el hombro de Thorne.
—Muchas gracias, señor Thorne. Dejar fuera de combate a esos capullos, ha estado muy bien.
Thorne comenzó a sentir que el dolor de cabeza se apoderaba de él:
—No lo he hecho por ti.
Levantó el brazo para parar un taxi.
Y no era a ellos a los que estaba golpeando...
Esperaron hasta que el novio de Alison se hubiera ido para introducir la pizarra. Bishop pensaba que Anne se estaba volviendo quizás demasiado susceptible. Después de todo, le había mantenido bien informado de los progresos de Alison, ¿no es cierto? No podía esperar que se sentara y se pusiera a cantar.
Anne sólo quería esperar un poco más antes de involucrar a Tim. Si todo iba bien, tendría que contar con él. Necesitaba que él trabajara también con Alison. Tenía que saber que el esquema de trabajo básico era el correcto. Una vez que todo estuviera preparado y marchara bien lo demás funcionaría automáticamente. Sentía que no entender exactamente lo que significaban sus respuestas le daría a él una idea sesgada del estado en que se encontraba Alison.
Si no estuviese pensándolo ya, estaría seguro de que la iba a perder.
Las ruedas rechinaron hasta que el camillero dejó la pizarra a los pies de la cama. Aunque era una mujer optimista, Anne se hacía cargo de la enormidad de la tarea que trataba de emprender. Alison tenía veinticuatro años. Este era su primer día en parvulitos.
—Me pregunto qué pensarían mis pacientes si sugiriese que los anestesiaran con un mazo —Bishop daba sorbos a su café sin apartar la vista de la pizarra.
Anne no dijo nada. No era lo último en tecnología, pero a estas alturas era adecuado. Se quitó el abrigo y se puso las gafas. Cogió el mando del control remoto que había en la cabecera de la cama y presionó un botón. La cama comenzó a moverse con un profundo zumbido y Alison se fue levantando hasta quedar virtualmente sentada.
—Alison, he traído al doctor Bishop esta tarde. Quizá lo recuerdes. Te atendió la noche que te trajeron aquí —se volvió para mirar a Bishop, que estaba estudiando unas líneas de letras escritas con tiza en la pizarra.
Anne se desplazó hasta la cabecera de la cama y tomó la mano de Alison.
—Muy bien, veamos si podemos acelerar un poco las cosas. Entonces, cinco segundos después, un pestañeo. Anne apretó su mano.
—Muy bien. Aquí aparecen las letras de la A a la Z en dos líneas. También he incluido un poco más abajo otras cosas. Más adelante, podemos aumentar la lista, cuando nos vayamos acostumbrando a esto pero, de momento, empezaremos por lo básico. «Cansada», «dolorida», «hambrienta», «sedienta», «fatigada». Tendrás que ser paciente conmigo, me temo, hasta que nos acostumbremos a la rapidez de tus respuestas. Sé que será un poco frustrante, al principio, pero creo que funcionará. ¿De acuerdo, Alison?
La vena de la frente de Alison se hinchó imperceptiblemente. Diez segundos. Un pestañeo.
Anne se movió al otro lado de la cama y bajó la persiana.
—Muy bien, vamos a intentar que estés lo más cómoda posible. ¿Puedes apagar la luz, Jeremy?
Bishop se acercó a la puerta y apagó las luces. La habitación se quedó en semipenumbra. Anne sacó algo parecido a una pluma estilográfica del bolsillo mientras se desplazaba hasta la pizarra.
—Escúchame, Alison, esto es un puntero láser. Puede facilitarte que definas las letras y me ayudará a no sentirme como si estuviera dando un informe de guerra. Empecemos por la parte de abajo para asegurarnos de que te encuentras bien —movió el puntero hasta que el punto de luz incidió directamente sobre «dolorida»—. No me digas nada si la respuesta es no. Simplemente dime que sí cuando corresponda.
Fue desplazando lentamente el puntero sobre cada una de las palabras, permaneciendo sobre cada una de ellas durante casi un minuto. Anne miraba intensamente a Alison mientras esperaba. Podía oír el ruido del tráfico en el exterior. No había reacción alguna. Cruzó la mirada con Bishop que hizo un gesto con la cabeza.
—Vale, vamos a intentarlo con esto, ¿de acuerdo? Comenzó a mover el puntero. Bishop sacó un bolígrafo y un pequeño bloc de notas de su bolsillo superior y se sentó esperando. Anne fue pasando el puntero por cada letra durante casi un minuto, pero tras la quinta, o la sexta, comenzó a ir algo más rápido. P... Q... R... S...
Pestañeo.
Anne reprimió un grito de júbilo:
—S, muy bien.
Llegó hasta el final del alfabeto sin que hubiese ninguna otra reacción.
Bishop se aclaró la garganta:
—Es una lástima que no haya muchas palabras en orden alfabético, Jimmy.
Anne se volvió para mirarle, haciendo que la luz se detuviese en su pecho como si se tratara de la mirilla láser de un rifle de precisión. Estaba escribiendo sin parar «Aegilops».
—¿Cómo dices? —podía sentir como empezaba a irritarse.
—Aegilops es una palabra en la que las letras aparecen en orden alfabético. Es la más larga de todas y, sorprendentemente, es una úlcera en una parte del ojo, aunque no entiendo por qué Alison sacaría esa palabra —dijo, sonriendo—. Me temo que volvemos al principio.
Anne se sintió estúpida por no haber considerado esto. Quizá había una forma más eficiente de presentar las letras. Tendría que trabajar en ello más tarde. Una segunda pasada añadió las letras H, O y R.
Anne intentó ayudar.
—¿Ahora? Alison... ¿ahora?
Alison pestañeó. Anne esperó. Alison volvió a pestañear. De vuelta a empezar.
En la tercera pasada Alison pestañeó cuando el puntero láser pasó por la M. Anne miró de reojo a Bishop que seguía tomando notas en su libreta. Se levantó sonriendo y se acercó a la cama.
—Creo que está demasiado entusiasta. Está adelantándose al momento en que señalas la letra por si se le pasa.
Anne le miró. Había un cierto ápice de impaciencia en sus palabras:
—¿Y qué?
—Que si la S es la T, entonces hay que avanzar una letra respecto de la M.
Anne pensó por un momento, recompuso las palabras y se ruborizó.
—Está preguntando por nuestro amigo el inspector. Yo en tu lugar añadiría un signo de interrogación a la lista de la pizarra —Bishop permanecía en la cabecera de la cama. Bajó la mirada hacia Alison—. También, deberías dibujar una cara sonriente en algún sitio. Definitivamente muestra un brillo especial en este ojo.
Anne, algo irritada, cogió un pedazo de tiza. Quizá no debía haberle pedido a Jeremy que la acompañara. Había querido tener cerca a un colega, que fuera también un amigo que la respaldase y que estuviese decidido a ayudarla; pero, por mucho que le apreciara, podía ser también terriblemente petulante. Comenzó a escribir en la pizarra: «Me alegro de que todo ese tiempo empleado en resolver los crucigramas de The Times no haya sido en vano, Jeremy.»
Bishop no la estaba escuchando. Estaba inclinado hacia la cama, cara a cara con Alison.
—¿Me recuerdas, Alison?
Pestañeo.
—De cuando te ingresaron.
Nada, después pestañeó.
Bishop asintió con la cabeza. Siguió hablando, susurrando suavemente.
—Eso está muy bien. ¿Y antes de eso, Alison? ¿Recuerdas algo de lo que ocurrió antes?
Un pestañeo.
Anne se volvió hacia ellos.
Otro pestañeo.
Bishop volvió hacia donde se encontraba Anne sacudiendo la cabeza. Le entregó la libreta con una sonrisa maliciosa. Alrededor de la única palabra, THORNE, había dibujado un corazón atravesado por una flecha. Anne se la arrebató con una mueca en parte burlona, en parte denotando genuino fastidio y fue a descorrer las cortinas.
—El señor Thorne está muy bien, gracias. Me alegra mucho que te preocupes tanto por mi vida privada.
Caminó hacia la cama y miró a Alison. Sus ojos seguían fijos en la pizarra. No esperaba mucho menos de una descarada chica de Tyneside con una idea fija en la cabeza, puso la mano suavemente sobre el hombro de la chica. Esbozó una gran sonrisa, dirigida únicamente a ella.
Se volvió para mirar a Bishop que miraba a la pizarra y sonreía por algo. Se sintió un poco culpable por haberse irritado con él.
—¿Quieres salir a comer algo más tarde?
Respondió sin darse la vuelta.
—Lo siento, Jimmy, tengo una cita.
Anne se acercó a él, manteniendo los ojos bien abiertos, ante la posibilidad de algo de intriga:
—Eso suena a misterioso.
—No demasiado.
—Lo que tú quieras. Te lo sacaré más tarde, sabes que lo haré. A propósito, ¿qué te parece tan divertido? —Bishop dio un resoplido, mientras observaba las letras de la pizarra. Anne se le quedó mirando, aún sonriendo—. ¿Qué?
—¿Te acuerdas de aquella noche, en tu apartamento, hace veintitantos años?
—No.
—Levantando a los muertos David, tú y yo. Y esa chica de Leeds, ¿cómo se llamaba?
—Dios, aquello fue muy extraño.
—No, no tanto. David movió el vaso.
Anne simuló estremecerse, pero sintió una sacudida fría al recordarlo.
Se volvió para incluir a Alison en la conversación:
—Este tipo piensa que la pizarra se parece a una tabla de ouija.
La sonrisa se borró levemente de la cara de Bishop mientras susurraba para sí mismo: «Podría serlo».
Thorne cogió la lista de contactos de la operación Backhand de la mesa de la cocina y caminó hasta la salita para llamar a Dave Holland. Estaban echando The Bill en televisión. La mejor serie que habían puesto nunca en el canal ITV.
—Hola... —la novia de Holland. Joder, ¿cómo se llamaba?—. Er... hola, ¿eres Sophie?
—¿Quién es?
—Perdona, soy Tom Thorne, trabajo con Dave. ¿Está por ahí?
Percibió la distorsión del sonido cuando puso la mano en el auricular. No pudo escuchar lo que decía. Cuando Holland se puso al teléfono escuchó que bajaban el volumen de la televisión.
—Holland, soy el inspector Thorne —mejor sería no darle demasiada confianza—. Espero no estar interrumpiendo tus deberes.
—¿Cómo dice, señor?
—The Bill, lo he escuchado de fondo. No es real, ¿sabes?
Holland se rió.
—Sí, pero ese al que todos le toman el pelo se parece mucho al inspector Tughan.
Esta broma le dio mucha información a Thorne. Holland sabía cómo estaban las cosas. Además, Thorne también sabía de qué personaje estaba hablando, había dado en el clavo. Había subestimado seriamente a este joven.
—Escúchame, obviamente, sabrás que estoy ahora de vuelta en Hendon, pero sigo interesado en algunos detalles del caso. A propósito, ¿quién se ha incorporado en mi lugar?
—Roger Brewer. Un tipo escocés, parece agradable.
Thorne no había oído hablar de él.
—Ya sabes, si hay novedades.
—Se las haré saber enseguida, señor.
—Cualquier cosa, lo que sea, Holland, por favor.
Rachel miró el reloj. El chico llevaba sólo cinco minutos de retraso, pero no quería perderse los tráilers. Pensó en el chalado que se había sentado junto a ella, en el autobús de Muswell Hill y decidió que cogería un taxi de vuelta. Hurgó en su bolso. Si pagaba su billete tendría que pedirle que le prestara dinero. Además, a mamá le gustaría más que cogiera el taxi, aunque se preguntaría por qué no la había traído de vuelta el padre de Claire. Solía hacerlo después de que apareciera por allí a pasar la tarde. Podría decir que tenía el coche en el taller. Pero podría verle conduciendo su coche por la calle. O hablar por teléfono con la madre de Claire. Decidió que sería más fácil pedirle al taxista que parase el coche un poco antes de llegar a casa. Tantas mentiras seguidas no eran una buena idea. No sabía mentir demasiado bien y, además, no le gustaba mentir a su madre. Simplemente rezaría para que su madre no se encontrara con Claire durante los próximos días.
Empezaba a tener frío. Se abrochó un botón más de su chaqueta vaquera y se quedó mirando a la esquina de la calle deseando que apareciera.
Después de todo no estaba mintiendo acerca de él. Simplemente no había dicho nada. La más mínima discusión se convertiría en una jodida bronca como la que tuvieron la otra noche.
Esos putos exámenes, a los que no quería presentarse, eran el problema. No era justo: el momento en que empezabas a ir en serio con una persona coincidía con la fecha de lo que se suponía que eran exámenes muy importantes.
¿Iban los dos en serio? Parecía que sí. Aún no habían dormido juntos, pero no era porque ella no hubiese querido. Era cosa de él. Parecía que no tenía ninguna prisa. Obviamente estaba esperando el momento más apropiado. Estaba siendo delicado y sensible; evidentemente, porque él ya lo había hecho y ella no. No quería que ella pensara que la estaba presionando, si es que no le apetecía hacerlo.
Rachel sabía que esto se convertiría en un gran problema con su madre. La experiencia del chico. Haría que se le disparasen todas las alarmas.
Se apartó el pelo de la cara con la mano y le vio aproximarse por la esquina. La saludó y se acercó hacia ella. Era muy guapo. En buena condición física. Claire estaría muy celosa. Pero mamá no se sentiría impresionada.
Sobre todo siendo mucho mayor que ella.
¡Una pizarra! ¡Hay que joderse! Anne trajo un día un prospecto sobre esos ordenadores que están diseñando en Norteamérica, que se controlan con las pestañas o algo así. Pueden interpretar virtualmente lo que estás pensando como de película. Tengo un móvil que predice las letras que vas a escribir cuando estás escribiendo un mensaje. Bastante útil, sobre todo cuando alguien escribe tan mal como yo. Cuesta unas treinta mil libras, si mal no recuerdo. Y me traen una puñetera pizarra. Todo el mundo habla de los recortes presupuestarios en el Servicio Nacional de Salud, pero esto es un cachondeo, ¿no es cierto?
Y aquí estaba yo, pensando que estarían ideando un sistema para que pudiera leer o ver la tele. Nada demasiado sofisticado, sólo unos cuantos espejos y cosas así, para que no tuviera que pasarme el día tirada aquí observando el trozo de yeso que está a punto de desprenderse del techo. Supongo que no hay muchas posibilidades de que eso ocurra. Probablemente, todas estas máquinas estén también en las últimas. Esta grande que hay a mi izquierda está haciendo unos ruidos muy raros. Espero que les hayan dado bastante cambio a los enfermeros para que vayan echándole a la máquina. No quiero palmarla en mitad de la noche porque alguien se haya quedado sin monedas de cincuenta peniques.
Ya sé que nada de esto es culpa de Anne y sé que sólo piensas en estas cosas cuando estás en posición crítica y todo eso. Pero, aún así.
Me puse bastante contenta cuando empezamos con todo ese tema del alfabeto. Necesitamos ingeniar un sistema para que pueda decirle a Anne que retroceda, en vez de seguir adelante. De otra forma, se hace interminable. Seguro que se le ocurrirá algo.
El médico que vino con ella era un tipo listo, desde luego, al deducir que estaba pestañeando con antelación. Tenía que intentar algo así. Si esperaba y no era capaz de pestañear a tiempo, perdía la letra que quería indicar y todo se iba al garete. Habría terminado deletreando la traducción al checo de la palabra químico o algo así.
Supongo que debo estar agradecida a ese médico si fue el primero que me atendió cuando me ingresaron. Recuerdo su cara, mirándome. Recuerdo que me decía que me despertara pero me fui dispersando. Antes de eso, sólo puedo recordar a trozos. Trozos de una voz. Pero no lo que me decía. Aún no. Sólo el sonido. Suave y ligera como la del doctor Bishop.
Y ahí estaba yo, preocupada porque mi móvil podía provocarme cáncer.