CAPÍTULO DIECISÉIS
Thorne y Anne pasaron juntos casi todo el día en la cama. Él se levantó una vez durante una media hora. El tiempo suficiente para hacer unas tostadas, poner el disco American Recordings, de Johnny Cash y recoger los periódicos: The Observer, para él (leía la sección de deportes); The Mirror y The Screws, para ella (leía los suplementos). Pensaba no volver a levantarse hasta que abrieran los bares.
Se había despertado unas cuantas horas antes, solo, con la imagen de la cara de Jeremy Bishop mirándole fijamente, capturada en negativo cuando cerraba los ojos, como si hubiera permanecido demasiado tiempo en exposición.
Mantuvo los ojos abiertos y puso al día algunas de sus tareas pendientes. El teléfono se encontraba sobre una pequeña mesita, junto a la cama y apoyó un par de cojines sobre el cabecero de la cama. Una oficina extremadamente cómoda. La llamada a su padre fue sorprendentemente entretenida. Jim Thorne odiaba los domingos y sus comentarios irascibles sobre cualquier tema, desde los viveros, hasta los «temerosos de Dios», provocaron las carcajadas de Thorne varias veces. Acordaron salir juntos una noche, la semana siguiente.
Thorne quedó en encontrarse con Phil Hendricks en un par de días, pero esa idea era bastante menos divertida. El patólogo había sonado muy distante y tenso. La llamada había durado menos de un minuto. Thorne se preguntaba para qué querría verle Hendricks. Estaba totalmente seguro de que no tendría nada que ver con entradas para el Spurs-Arsenal.
Entonces telefoneó a Anne.
Estaba desayunando con Rachel. Las dos habían planeado pasar el día juntas y le dijo a Thorne que volvería a llamarle. Lo hizo pasados quince minutos. Rachel no parecía haberse quedado demasiado desilusionada ante el cambio de planes, casi al mismo momento en que se tiró en la cama con su móvil, su madre hizo lo mismo con Thorne.
Después de resarcirse por el tiempo perdido se habían tomado unas copas, pero ahora, rodeados de pedazos de periódico, permanecían relajados en la cama envueltos en olor a sexo y migas de pan de las tostadas. Comenzaron a hablar.
Era una conversación de una naturaleza muy diferente de la que habían tenido casi un mes antes, la noche en la que Thorne fue a cenar a su casa; la noche en la que fue atacado y drogado en su propia casa. En aquel momento, por lo que a él respecta, había habido muchas mentiras. Mentiras implícitas en el flirteo y mentiras escondidas tras sus preguntas acerca de Jeremy Bishop.
Había muchas cosas que no le había contado. Demasiadas mentiras por omisión.
En esta ocasión hablaron con soltura y con sinceridad. Dos personas en el lado equivocado de los cuarenta, con pocas razones para darse bombo o contarse verdades a medias. Hablaron de David, Rachel, Jan y del profesor universitario. Divorcios con niños contra divorcios sin niños. Sobre los siete años de piano que había estudiado Anne, de lo que había trabajado en su casa y de las copas de tenis que había ganado antes de ir a la universidad. El habló de lo mucho que odiaba el té aguado y el pan moreno y de lo buen jugador de fútbol que había sido hasta que empezó a ganar peso.
De las veces que ella había salvado una vida y de las que él había disparado un arma.
Hablaron de lo absolutamente incompatibles que eran y rieron y volvieron a hacer el amor.
Durante unas cuantas horas de una húmeda tarde de domingo de finales de septiembre, era como si el caso que había cambiado sus vidas, que las retorcería y deformaría aún más antes de que se resolviese, no hubiera existido nunca.
Entonces, una mujer cogió el teléfono en Edimburgo y lo cambió todo.
Había disfrutado de sus domingos en el pasado. Habían sido una parte vital en el proceso. Habían sido los días en los que había seleccionado a algunas de las primeras. Observó a Christine un domingo, aunque estaba rodeada de amigos. Y a Susan, sola en casa, tragándose una película muy antigua. Incluso después de que dejara de trabajar en otras casas, el domingo seguía siendo un día para hacer balance. Para planear.
Pero hoy no le gustaba lo que veía. Todo se iría a la mierda. Se sentía al borde de una depresión, que sabía que tendría catastróficas consecuencias si permitía que tomara forma.
Los días que precedieron a Helen habían sido duros, pero había visto la luz al final del túnel. La certeza de que el éxito era posible, de que tenía la capacidad de alcanzar dicho éxito.
Y en los días después de Alison. Experimentó una felicidad que no había conocido hasta entonces.
Hoy no veía luz alguna. La duda asaltaba cada centímetro de su cuerpo y empezaba a hacer mella en su ánimo y esperanza.
Se trataba de algo más que su propio fracaso, desde luego. Thorne estaba fracasando también, o al menos, no estaba siendo capaz de obtener resultados positivos.
Sin Thorne, nada de esto tendría sentido.
Sus canales de información estaban claros. La prensa, los rumores, la palabra. Ninguno era acertado. Les había facilitado mucho las cosas a todos y ninguno había funcionado bien. Habían perdido todas las pistas que había ido dejando cuidadosamente en sus narices.
Se sentó y se quedó contemplando la pared de un blanco inmaculado. Cualquier cosa que ocurriese, fuera lo que fuese, siempre quedaría Alison. Ella permanecería como testimonio suyo y de su trabajo. La otra parte de todo esto, la otra mitad, no saldría exactamente como lo había planeado, pero eso no era culpa suya. Era el resultado de involucrar a otras personas. Había otras formas de conseguir un fin similar por sus propios medios.
El castigo no iba a estar a la altura del crimen pero pensaba administrarlo de todos modos.
No había terminado, todavía no, pero comenzaba a sentirse cansado.
Doce días antes, con el cuerpo de Margaret Byrne enfriándose donde lo había dejado y siguiendo en coche tranquilamente al autobús nocturno que conduciría a Leonie Holden hacia él, se había sentido brillante e invencible. Hoy, ni siquiera estaba seguro de poder arrastrarse hasta la calle.
Aún así, más tarde tendría que hacerlo.
Ambos reían divertidos, mientras discutían sobre sus gustos musicales. El tema que se escuchaba era Delia’s Gone, en el que Johnny Cash relataba cómo amarraba a su novia a una silla y le disparaba un par de veces, esencialmente porque estaba endemoniada. Thorne no veía el problema en ello.
Entonces, sonó el teléfono.
—¿Tom? Soy Rally Byrne.
Thorne soltó una risotada.
—Hola, Rally. Elvis está bien. Lo está destrozando todo, pero está bien.
Anne, que no había visto al gato todavía, le lanzó una extraña mirada desde el otro lado de la cama. Thorne le sonrió por encima del hombro, sacudiendo la cabeza. No te preocupes. Anne cogió el periódico y siguió leyendo.
—En realidad, no llamo por el gato, Tom.
Thorne comenzó a incorporarse lentamente. Comenzó a tener de repente un extraño estremecimiento, un hormigueo, una punzada, una excitación creciente entre los omóplatos.
—Le escucho, Rally.
—Se trata de algo un poco extraño y que, probablemente, debería haber contado al oficial irlandés. ¿Cuál es su nombre?
—Tughan. Continúa...
—Resulta que he estado inspeccionando las cosas de mamá, ya sabe, seleccionando algunas cosas para dárselas a caridad y, al echar un vistazo a las joyas, me he encontrado con un anillo de hombre.
Thorne estaba ya fuera de la cama y dirigiéndose hacia el salón, intentando ponerse una bata.
—¿Tom?
—Disculpe. ¿De qué tipo de joyas estamos hablando?
—A eso me refiero, son las cosas que tiró su gente, la policía científica, en la escena del crimen. Me lo devolvieron todo después del funeral, diciéndome que ya no lo necesitarían. No sé dónde encontrarían este anillo, en el suelo, junto al resto de las cosas, supongo y obviamente pensaron que era de mi madre pero no lo es.
—¿Seguro que es de hombre?
—Seguro. Es de oro. Parece un anillo de boda.
—¿Y no puede ser de su padre?
—¿Habla en serio? Ese bastardo nunca habría llevado un anillo de boda. Podría haber estropeado sus opciones con sus amiguitas.
Thorne comenzaba a perder el hilo de lo que le contaba Rally Byrne. Una melodía se iba colando en su cerebro, extendiéndose por cada pliegue del mismo. Una melodía clásica. Lastimera e inquietante. No podía recordar cómo se llamaba. Algo Alemán. Pero no recordaba dónde la había escuchado. Y recordaba el ritmo, el tempo, marcado por el tintineo de un anillo de bodas contra una palanca de cambios.
—No sé, seguro que no es importante, Tom, pero...
Cuando Thorne volvió a entrar al dormitorio, unos minutos más tarde, Anne supo que algo había cambiado. Thorne intentó parecer despreocupado. Preguntó si le apetecía un té.
Anne se levantó y comenzó a vestirse.
Fuera lo que fuese que hubiera pasado no era importante. Ella sabía que el asesinato y la sospecha habían vuelto a la habitación con ellos y tenía que irse. Sus movimientos se volvieron mucho más torpes, incómodos y se quedaron helados durante medio segundo al ver el reflejo del otro en el espejo del vestidor.
Thorne percibió algo parecido a una acusación y se odió por desear que se fuera de la casa para que él pudiera telefonear a Dave Holland.
Anne percibió cómo iba subiendo el voltaje de la excitación en Thorne.
Vio cómo aparecía el hambre que debía saciar.
Vio la cara de Jeremy Bishop y la oscura tristeza que se había instalado en sus ojos cuando le susurró: La gente tiene secretos, Anne.
Se sentaron en una mesa, en la parte trasera de la habitación; no en oscuridad total, pero casi. Parecía que era así como él lo quería. La condujo hacia la mesa, ignorando los asientos vacíos, junto al escenario. Probablemente fuera una buena idea, considerando que no querían que la gente mirase y que ella era menor de edad.
Rachel miró a su alrededor. Ella no era la única.
De hecho, no había tenido problema alguno en venir. El club tenía una iluminación muy tenue y la mujer que había en la puerta no apartó la mirada de su monedero mientras entraban. Había empleado mucho tiempo maquillándose. Incluso permaneció unos minutos bajo las luces de la barra, cuando fue a pedir unas copas, mirándose en el espejo que recorría toda la pared que había tras la barra. Podía pasar fácilmente por una chica de dieciocho años; de veinte, incluso.
Este pequeño club de la comedia, bajo un pub de Crouch End era, según le dijo su acompañante, uno de sus sitios favoritos. La audiencia era muy variopinta. A nadie le importaba tu aspecto ni tu edad. No era precisamente el mejor local de Londres pero, a veces, actuaban allí los mismos comediantes que en los grandes espacios escénicos de la ciudad, sin tener que pelearse en las colas para sacar una entrada.
A Rachel le había gustado como sonaba y le pidió que la llevara allí. Él le habló de otra noche, en el mismo club, en la que hacían las llamadas representaciones abiertas. Solía asistir a ellas, tan a menudo como podía, si no tenía que trabajar. Una docena de voluntariosos aficionados subían al escenario y hacían lo que podían en un par de minutos. Ninguno de ellos era demasiado bueno. Claramente, se trataba de una terapia para todos ellos, pero era digno de verse. Como un accidente de coche. Verlos luchar, verlos morir, era una experiencia sorprendente, le aseguró.
El comediante que ocupaba el minúsculo escenario era un escocés socarrón, de pelo rojo y traje vistoso, que chillaba mucho y soltaba muchas palabrotas. Hablaba de sexo muy gráficamente y Rachel se ruborizaba en la oscuridad. Miró con el rabillo del ojo al hombre que tenía al lado, así podría reírse cuando lo hiciera él. No quería parecer demasiado joven o estúpida o poco sofisticada.
Podía apreciar que él se lo estaba pasando bien. Parecía un poco tenso cuando la recogió en la puerta del Green Man pero ahora parecía mucho más relajado. Le observaba mucho más a él que a lo que ocurría en el escenario. El no dejaba de mirar, absorto, al comediante o a los otros miembros de la audiencia. Era un observador feroz, crítico e incansable. Eso era algo que le gustaba de él. Le encantaba cómo vivía con intensidad cada momento, exprimiendo hasta el más mínimo detalle y saboreándolo. Le encantaba su intensidad, su rechazo al compromiso.
El comediante contaba un chiste acerca de sus padres y Rachel comenzó a pensar en su madre. Anne se había portado de forma extraña cuando volvió a casa de casa del policía, supuso Rachel. Había sido él, sin duda, el que había telefoneado esta mañana. Probablemente habrían estado enrollados los dos todo el día.
Pensaba mucho en la idea de Thorne follándose a su madre.
Pensaba mucho en follar.
Había habido un poco de mal ambiente en casa cuando le anunció que iba a salir, pero su madre no se atrevió a decirle nada, después de la forma en la que había cambiado sus planes esta mañana.
La gente a su alrededor comenzó a aplaudir y ella hizo lo propio. El presentador volvió a subir al escenario para presentar la siguiente actuación. Dijo que habría un intermedio después. Rachel se preguntaba si saldrían a comer cuando terminase el espectáculo; había montones de restaurantes en la zona. Después podrían quedarse un rato en el coche antes de que le llevara a casa.
El siguiente comediante era una mujer. Era más delicada y empezó con una canción muy divertida sobre lo patéticos que son los hombres en la cama.
Rachel tomó un sorbo de cerveza y le sonrió, sintiéndose un poco mareada. Él le devolvió la sonrisa y le apretó la mano. Cuando se la soltó ella deslizó la mano entre su espalda y la silla.
Rachel se sentía más feliz que nunca.
Apoyó la mano en su cintura... la audiencia soltó una carcajada... llevaba una bonita camisa de hilo, que ella sacó de los pantalones... la audiencia gimió ante un chiste muy cursi... siempre llevaba ropas muy elegantes... la mujer del escenario comenzó a cantar otra canción... Rachel quería rozar su piel... un borracho, sentado al otro lado de la habitación, comenzó a animar y a tocar las palmas... deslizó la mano bajo su camisa y acarició la piel de su estómago con las yemas de los dedos...
De pronto, profirió un sonoro grito.
Fue en ese preciso instante, en el que todo se desbordó, él se levantó bruscamente, le derramó encima su bebida y la mujer del escenario les señaló; fue entonces cuando Rachel se dio cuenta de que había gritado. Joder, claro que lo había hecho. Había sido un bramido. Como si le hubieran quemado con un cigarro.
El rostro se le ensombreció. Ella intentó sujetarle del brazo, pero la llamó estúpida zorra mientras recogía su abrigo y se marchó apresuradamente entre las mesas golpeando algunas sillas vacías a su paso.
La mujer del escenario se rió y le dijo algo mientras se marchaba, a lo que él respondió mandándola a la mierda y la audiencia comenzó a abuchearle. Se volvió hacia ellos, con gesto de querer hacerles mucho daño.
Cerró la puerta de un portazo al marcharse. Rachel sintió que la cerveza le empapaba la falda. Las miradas le abrasaban. La mujer se acercó al micrófono y se puso una mano sobre las cejas mirando al rincón oscuro donde permanecía Rachel, deseando estar muerta.
—¿Una pelea doméstica, cariño?
Algunas personas de la audiencia se rieron. Rachel comenzó a llorar.
Holland escuchaba la ronda deportiva en Radio 5 Noticias, por tercera vez en varias horas, cuando vio las luces desde su espejo retrovisor y se volvió a observar a Jeremy Bishop que detenía el vehículo frente a su casa.
Thorne había telefoneado sobre las seis lo que no había gustado demasiado a Sophie. Supo inmediatamente que se trataba de Thorne. Ella lo sabía todo inmediatamente. Se hubiera enfadado, de todas formas, si su novio tuviera que abandonar la casa a esas horas; pero Thorne, por lo que a ella respectaba, representaba un futuro incierto para él en el cuerpo. Un futuro del que debía huir a toda costa. Un futuro sin ascensos, sin estabilidad, sin seguridad y, por extensión, sin ella.
No podía discutir con ella. Todo lo que le decía tenía perfecto sentido. Pero las suyas eran voces que resonaban desde la tumba. Las palabras de su padre. Sophie daba voz a los sentimientos de un hombre al que había amado pero por el que nunca sintió admiración.
Era difícil no admirar a Tom Thorne.
No podía discutir con Sophie así que no se molestaba. Abandonó la casa en silencio y siguió mentalmente la discusión con ella mientras conducía hacia Battersea y se detenía allí a esperar.
Thorne se aferraba desesperadamente a un clavo ardiendo, eso desde luego. Jeremy Bishop, que según había comprobado Holland, trabajaba en ese momento en el hospital Royal London, perdió un anillo en la habitación de Maggie Byrne, mientras la asesinaba. De acuerdo. Mirándolo racionalmente, eran las locuras de un hombre del que muchos colegas opinaban que se había pasado de la raya. Pero había algo en la voz de Thorne. Sí, probablemente, se tratara de la desesperación, pero había algo más. Una excitación, un celo, una pasión que hizo que Holland cogiera el abrigo y se preguntara cómo iba a explicárselo a Sophie antes de que colgara el teléfono.
Salió del coche y cruzó la calle.
Bishop, que acababa de cerrar el Volvo y se disponía a abrir la cancela principal, vio aproximarse a Holland. Suspiró teatralmente y se apoyó contra el coche, metiéndose las manos en los bolsillos.
Holland había preparado un gesto de disculpa y todas las frases apropiadas. Sólo unas pocas preguntas más. Investigando una nueva pista. Agradecidos por la ayuda y cooperación prestadas. Al aproximarse a él se dio cuenta de que Bishop le recordaba. No le importaba. Sostuvo la placa con la mano derecha y le ofreció cortésmente la izquierda.
—Detective Holland, señor.
Bishop se separó del coche y avanzó un paso hacia él.
—Sí, lo sé. ¿Cómo va la mano de su novia? —dijo con tono impaciente, indicando con una sonrisa que sabía que todo era una patraña.
Holland se quedó perplejo, pero sólo durante un segundo.
—Bien.
—¿Cuánto va a durar esto?
—No va a durar demasiado.
Cuando Bishop comenzó a hablar le ofreció la mano izquierda, en respuesta a la que le ofrecía Holland. Se dieron la mano y, con una rápida y disimulada mirada, Holland pudo comprobar aquello a lo que había venido. A lo que Thorne le había enviado.
No había ningún anillo de boda.
Últimamente leo mucho. Generalmente, siempre la misma página, una y otra vez, pero, ¿qué le voy a hacer? Antes, había mucho interés por encontrar algo interesante que leer y así, mientras me observaban, comprobaban el funcionamiento de su nuevo cacharro. El terapeuta ocupacional me trajo algo de literatura oficial del hospital para que la leyera.
Qué aburrimiento.
Bueno, eso es lo que pensé antes de comenzar a leer. Es un tema fascinante. Esto es una cita del libro y puedo recordarla perfectamente después de releerla durante veinte minutos: «El Hospital Nacional de Neurología y Neurocirugía, junto con el Instituto de Neurología, se convierte en un recurso primordial para el estudio, formación e investigación en el terreno de la neurología y las neurociencias. El trabajo del personal académico y su labor investigadora se integran íntimamente con el cuidado que el hospital presta a sus pacientes».
Bueno, hasta aquí me resulta bastante fácil de entender. La parte del cuidado parece, más bien, un añadido; una etiqueta que alguien ha añadido al recordar que esto se supone que es un hospital y, francamente, se pueden ir directos a la mierda.
Soy una paciente. Créanme, preferiría no estar aquí, pero si lo estoy, entonces mi título es el de paciente, compañeros. No soy el recurso de nadie. Ni la puñetera ayuda al estudio de nadie.
«Ahora, echemos un vistazo a esta pobre chica, completamente jodida a causa de un trauma en el tallo del cerebro. ¿Puedes pestañearnos un poco, querida?»
No, gracias.
Vale, quizá esté exagerando un poco, pero me preocupé mucho cuando leí aquello por primera vez. Me quedé despierta toda la noche, preguntándome si realmente alguien estaba haciendo algún esfuerzo porque mejorase.
Aún me lo sigo preguntando.
¿Soy de mayor utilidad para ellos en mi estado actual?