CAPÍTULO DIECIOCHO

3 de septiembre de 1994. Jan le abandona por primera vez.

18 de junio de 1985. Calvert...

Mientras Thorne conducía hacia Camden, durante esta tarde del martes, no tenía ni idea de que al siguiente día, el dos de octubre de 2000, sería otra fecha para añadir a la lista. Quizá el día más significativo de todos. Eran días que se esforzaría por olvidar pero que no podría evitar seguir recordándolos.

Días que forjaron su personalidad. Días muy, muy largos. Días penosos. Días que le habían enseñado mucho acerca de quién había sido hasta entonces y en quién se convertiría de ahora en adelante.

En qué se convertiría.

Este día, la víspera de todo, no había empezado bien y no podría hacer otra cosa que empeorar. El anillo llegó desde Edimburgo la noche antes y fue a parar directamente al laboratorio forense en Lamberth. Thorne telefoneó a primera hora a Edgware Road para que le informaran de cualquier nuevo detalle. No había nada todavía y era difícil que lo hubiera hasta el día siguiente. Todo lo que recibió a cambio por su insistencia fue otra reprimenda de Keable que comenzaba a estar muy nervioso. Jeremy Bishop había llamado para saber qué estaba pasando. James Bishop había hecho lo mismo. Así que, mientras Rebecca Bishop se mantenía en silencio, parecía como si Thorne y Holland hubieran decidido escaparse con su viaje a Bristol.

Thorne sonreía para sus adentros, mientras conducía por Regent’s Park, junto a las impresionantes mansiones de diplomáticos y magnates del petróleo. Sonreía ante su bravuconería con Keable, su llamada de teléfono de farol, su actitud de «vete a la mierda» con Tughan.

Sabía que estaba en terreno seguro. Todo esto, las llamadas, las fibras de la alfombra, las visitas a la casa de Bishop, se olvidarían en cuanto Thorne consiguiera lo que estaba buscando.

Tan pronto como probara que Jeremy Bishop era un asesino múltiple.

Entonces, Keable estaría demasiado ocupado, aceptando las felicitaciones del comandante (que sonreiría a la prensa y recibiría las palmadas en la espalda de los contentísimos comisionados), como para preocuparse por algunas llamadas de madrugada. Un pequeño tirón de orejas, quizá. Un discursito acerca de la conveniencia de seguir el procedimiento, probablemente. Una advertencia acerca de sus métodos, en el peor de los casos.

En cuanto la prueba vital se obtuviese con claridad, Thorne sabría que conseguiría una confesión. Sabía que esa prueba estaba ahí fuera, a su alcance. En la casa de Jeremy Bishop, en Battersea. Sólo necesitaba una orden de registro.

Thorne pasó una mañana anodina, lo que un entrenador de fútbol, como el de los Spurs, que seguía aún aferrado a su trabajo, denominaría de juego libre. En la práctica, esto significaba responder al teléfono, pasarle un montón de anotaciones en trozos de papel a Nick Tughan y resistir la tentación de desplazarse al laboratorio forense para observar, por sí mismo, los resultados de las pruebas del anillo de boda de Bishop. Volver a formar parte de esta pesada máquina era bastante frustrante, pero estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario y esto no iba a durar demasiado.

Una vez en Camden, Thorne aparcó el coche bajo el enorme supermercado de Sainsbury, junto al canal. El aparcamiento era libre para los clientes y unas cuantas latas de cerveza sin marca le parecieron un buen negocio a cambio de aparcamiento gratuito en pleno día.

Caminó junto al antiguo edificio de la TV-am, donde se concentraba una multitud embobada de jóvenes ante la grabación de un programa para la MTV, en un pequeño estudio con el frontal de cristal, instalado en los aparcamientos. Se detuvo a observar durante unos minutos. Los presentadores, una chica y un chico, eran jóvenes y guapos y, por un segundo, pensó que se trataba de la pareja que vio unos días antes en Waterlow Park.

Se quedó observándolos un rato, ignorando las miradas de perplejidad de las quinceañeras que le rodeaban, mientras los sonrientes presentadores ponían posturas absurdas tras el cristal. Después se marchó pensando que, probablemente, sabía mucho más que ellos de la música que presentaban y se dirigió a Parkway donde debía reunirse con Hendricks.

La cafetería era barata y cutre, lo que Thorne prefería claramente a lo caro y glamuroso. Era un lugar donde, a lo largo de los años, los dos habían hablado de trabajo y fútbol mientras daban rienda suelta a su pasión compartida por la fritanga y los postres grasientos.

Cuando llegó Thorne Hendricks estaba ya allí, esperándole mientras tomaba una taza de té y con aspecto de estar algo más que descontento de volver a verle. Thorne traía noticias que sabía que animarían a ese cascarrabias. Hizo una seña para que la mujer que había tras la barra le sirviera un té y se sentó a la mesa, cogió un menú y comenzó a leerlo intentando parecer despreocupado.

—Creo que lo tenemos —Hendricks le miró, aunque sin poner mucho interés. Thorne continuó hablando—. Sé que lo tenemos y, en cuanto recojamos los resultados del examen forense, conseguiré una orden de registro y...

—Ahórrate el discurso, ¿quieres?

Thorne dejó el menú sobre la mesa. El poco apetito que tenía se desvaneció enseguida.

—¿Qué? —dijo Thorne, mirando a Hendricks. El patólogo no dejaba de agitar el té, sin apartar la vista de la cuchara—. Evidentemente, tienes algo que decirme.

Hendricks se aclaró la garganta. Lo había estado ensayando.

—¿No se te ha ocurrido, ni por un segundo, que cuando ese tiquismiquis petulante del laboratorio forense llamó a tu jefe para decirle que un patólogo había entrado allí con una bolsa de plástico, que contenía fibras de alfombra...

—Phil, iba a intentar...

—... iba a llamar también a mi jefe? ¿No se te pasó por la cabeza?

—¿Qué ha ocurrido?

—Que estoy de mierda hasta el cuello, eso ha ocurrido. Porque fui tan estúpido como para hacerte un favor y ni siquiera tuviste el detalle de coger el puto teléfono para preguntarme cómo iba todo.

—Había pensado en hacerlo, más de una vez, pero no lo hice. Lo siento, Phil, hubo otro asesinato y...

—Ya sé que lo hubo. Yo le hice la autopsia, ¿recuerdas? Y considerando cómo nos ganamos la vida los dos, no creo que un cuerpo sea una jodida excusa, ¿no te parece?

No lo era y Thorne lo sabía. Hendricks tenía todo el derecho de estar enfadado, pero intentar explicarle exactamente lo que pensaba, sentía... después del asesinato de Margaret Byrne, no habría sido nada fácil.

—Entonces, ¿qué ha ocurrido?

—El cretino del director clínico que había estado buscando cualquier excusa, pues no concuerdo con su idea de lo que debería ser un patólogo, me ha llamado la atención delante del director ejecutivo y del director de personal.

—Joder...

—Sí, joder. He recibido una amonestación verbal, por comportamiento poco profesional y siguen pensando en llevar el caso ante el jodido Consejo General Médico, así que no intentes pedirme más favores, ¿queda claro?

Thorne recibió su té con alivio, pero Hendricks aún no había acabado con él.

—Estás completamente obsesionado, ¿sabes? —Thorne intentó reírse, pero no lo consiguió—. No hablo de este caso, me refiero en general. No tienes ni puta idea de lo que pasa a tu alrededor, ¿no te parece?

Thorne le lanzó una sonrisa desafiante a la cara.

—¿Se supone que debo responder a estas preguntas o me estás aleccionando?

—Me importa una mierda, simplemente te lo estoy diciendo. Probablemente, yo sea lo más próximo que tengas a un amigo y no hablamos una mierda —Thorne comenzó a hablar, pero Hendricks le interrumpió—. Fútbol y trabajo, eso es todo. O hablamos de sexo o decimos estupideces. Jugamos al billar, nos comemos una pizza, nos contamos chistes y no hablamos de nada.

Thorne decidió que debía defenderse desde su esquina.

—Para un momento. ¿Y qué pasa contigo? Te hablé de Jan cuando cortamos, sé que lo hice. Nunca me confiaste nada de tu vida privada.

—¿Y de qué hubiera servido?

—Nunca me has contado una palabra de tu familia o de tus novias —Hendricks soltó una risotada. Thorne se le quedó mirando, perplejo—. ¿Qué?

—Soy gay, cabeza de chorlito. Marica, ¿entiendes?

Por razones que no pudo explicar, Thorne se ruborizó profundamente.

Medio minuto después elevó la vista por encima de su taza.

—¿Y por qué no me lo habías dicho? ¿Te preocupaba que creyese que te gustaba?

Hendricks volvió a reírse pero ninguno de los dos lo encontró divertido.

—No pude decírtelo. A ti no. Todos los demás lo saben.

—¿Cómo? ¿Y por qué no decían nada?

—No en el trabajo —dijo Hendricks, elevando la voz. Thorne miró de reojo, avergonzado, a la mujer de la barra, que sonreía por nada en particular—. Me refiero a todos los que, en realidad, me importan. Mi familia, mis auténticos amigos... Dios, es bastante obvio para mucha gente. ¡Mira qué pinta tengo, por amor de Dios! Estás tan encerrado en ti mismo. No lo viste porque no te afectaba. ¡Siempre llevas puesto unos tapaojos y ya estoy hasta las narices!

Anne colgó bruscamente el teléfono y se fumó tres cigarros, uno detrás de otro. Ahora se sentía mareada además de furiosa. Se dirigió hacia la máquina de café de la recepción, dándole más y más vueltas a la cabeza...

Había llamado a Thorne al móvil y, aunque no tenía ni idea de dónde estaba, o de lo que hacía, era obvio que la estaba poniendo de muy mal humor.

Y se lo había traspasado a ella.

No hablaban desde el domingo. Entonces, supo que algo importante ocurría, en relación con el caso y ese sentimiento había destilado algo más, tras verle en la conferencia de prensa televisada.

Algo cercano al terror.

Sentía que algo iba a pasar. Sentía un estremecimiento como si una gran nube negra se cerniera sobre ellos. Sobre todos ellos: Thorne, Jeremy, ella misma. Levantó el auricular del teléfono, en busca de una palabra amable, de algo de ternura. Quería también proporcionarle lo mismo a él sabiendo que, probablemente, lo necesitaba.

Todo lo que consiguió a cambio fueron diatribas. Le dijo, no... le ordenó que se mantuviese apartada de Jeremy Bishop. Le aseguró que era por su propia protección y no es que pensara que corría daño físico. Era simplemente, lo mejor. Lo mejor, le dijo. Le explicó que había intentado mantener separado el asunto, para no herir sus sentimientos y evitar un posible conflicto de intereses, pero las cosas habían llegado a un punto crítico y decidió sacarlo todo a la luz.

¡Gilipolleces!

Había evitado el asunto hasta que se metió bajo su falda y ahora se acostaba con la ley. Anne no lo aceptaba y se lo dijo con total claridad.

La máquina del café devolvía insistentemente la moneda de veinte peniques. Siguió echando la moneda, recogiéndola y volviendo a introducirla, una y otra vez.

La conversación fue subiendo de tono, especialmente, cuando oyó el sonido de una lata al abrirse. En el sitio en que estuviese, estaba bebiendo. Esto, teniendo en cuenta la supuesta gravedad de lo que le estaba contando... la seriedad de la situación que pretendía que comprendiese... la sacó de sus casillas. ¿Cómo coño se atrevía?

Después, le preguntó si podía ir a su casa por la noche.

Le dio un fuerte manotazo al panel de la máquina del café...

Y fue en ese momento cuando le colgó.

Abandonando la idea del café, Anne dejó la máquina y se encaminó hacia la UVI. Tenía muchas ganas de visitar a Jeremy esta noche. No lo haría, por supuesto. Se pasaría toda la tarde con Rachel si estuviera en casa y bebería demasiado vino y vería cualquier estúpido programa en televisión, preguntándose qué haría Thorne.

Procuraría mantenerse cómoda mientras la sombra se hacía más grande.

La última vez que se encontró en esta situación, tenía la cara cubierta y su puño se aferraba con fuerza a una barra de hierro.

Hoy debía mandar un mensaje mucho más sutil. Había llamado varias veces, para asegurarse de que el piso estaría vacío, tomando la precaución de ocultar su número. Sonreía cada vez que aporreaba el 141. Era, desde luego, un truco con el que Thorne estaría muy familiarizado.

Las cosas no podían haber ido mejor. La excitación del procedimiento, el sentimiento de ira que le había invadido, se había trocado en algo distinto ahora que había admitido que nunca volvería a obtener otro éxito. Un tipo distinto de goce espoleado por un propósito muy diferente.

El goce del juego con Thorne.

Desde el principio el juego había sido parte importante. Una parte vital. Había ido de la mano con, sonreía, el trabajo de campo. Lo complementaba, arrojaba luz sobre él, lo situaba elegantemente en contexto.

Había jugado la partida extremadamente bien.

Mientras se desplazaba hacia la puerta delantera se preguntaba si Thorne, en secreto, también había disfrutado. Sospechaba que sí. Había algo en sus ojos que se lo decía.

Miró alrededor y llamó a la puerta. Cómo un hombre corriente, visitando a un amigo. ¿No hay nadie en casa? Una nota servirá para el engaño.

Se sacó la mano del bolsillo del pantalón, enfundada en un guante y, sacó el sobre del interior de la chaqueta. Así es, un tipo distinto de goce. No era como palpar el pulso de una arteria con los dedos, pero disfrutaba de su innegable delicadeza. Abrir un buzón le proporcionaba una excitación totalmente diferente de la que sentía cuando una vida ordinaria se esfumaba bajo sus expertas manos. Pero, en su propio contexto, seguía siendo una potente excitación.

El final del juego estaba cerca.

De una forma u otra, todo acabará pronto.

Estaba disfrutando mucho era casi una lástima dejar que Thorne ganara.

El aparcamiento comenzaba a vaciarse. Thorne decidió que era el momento de marcharse. Llevaba sentado en el coche casi cuatro horas, durante las cuales, se había bebido seis latas de cerveza sin marca del supermercado.

Nunca se había sentido tan sobrio.

Después de su encuentro con Phil Hendricks, sintiéndose aturdido, había estado deambulando en dirección al coche.

Entró en el supermercado para comprar la cerveza, leyó el periódico y se sentó en el coche a escuchar la radio, a beber y a darle vueltas a lo que le había dicho su amigo. ¿Amigo? ¿Le quedaba algún amigo?

Sabía que Hendricks estaba en lo cierto. Todo lo que le había dicho tenía sentido. Así que meditó sobre ello un buen rato, dejó que una lata de cerveza se convirtiera rápidamente en cuatro y transformó un día malo en jodidamente nefasto cuando decidió telefonear a Anne.

¿Qué había ocurrido con la cautela del día anterior? Había decidido que lo más inteligente sería evitar la confrontación hasta que el caso estuviese resuelto. Entonces, ¿por qué diablos la llamó para decirle que se apartara de Bishop?

Había algo de fanfarronería en todo este asunto. Una parte de él quería jactarse de su victoria. Se trataba de algo más que de resolver un caso y detener a un asesino. El objetivo comenzaba a transformarse en derrotar a un asesino. Como superar a un rival. Fue como si la llamara para decirle, «Échate a un lado, esto no va a ser agradable», demostrando autoridad.

Quería que Anne supiera lo bueno que era en su trabajo. Lo acertado de sus conjeturas.

Ella le respondió que le parecía patético. Absolutamente patético.

Lanzó el teléfono al asiento de atrás del coche, subió el volumen de la radio y se pulió las dos últimas latas.

La calle estaba oscura. El supermercado cerraría pronto. El guarda de seguridad que patrullaba el aparcamiento empezaba a echarle miradas envenenadas y a refunfuñar entre dientes.

Thorne cayó en la cuenta de que estaba muerto de hambre. Sólo se había metido seis latas de cerveza en el estómago desde el desayuno. Sabía que debería dejar el coche donde estaba y dirigirse a la estación de metro. Se encontraba a una única parada de casa. Joder, sólo era una caminata de diez minutos.

Thorne puso el coche en marcha, salió del aparcamiento y puso su Mondeo en dirección sur, alejándose de casa, hacia el centro.

No podía decirse que no estuviera cómoda. Esa es la palabra que suelen usar los hospitales, ¿no es cierto? Cuando llamas y preguntas por alguien. Han sido acomodados. Como si descansaran sobre colchones de plumas, mientras les dan masajes. Bueno, reconozco que estoy cómoda sobre mi colchón último modelo, en mi cama ajustable por control remoto, con mi tele y mi atril para las revistas.

Cómoda.

Lo único que me apetece hacer es gritar hasta que me duela la garganta. Quiero gritar y chillar y, quizá sea pedir demasiado, pero también quisiera pegarle un puñetazo a alguien en la cara, tan fuerte como pueda y romper unas cuantas cosas, si es posible. Romper cosas. Espejos, objetos de cristal. Sentir la sangre en los nudillos, sentir...

¿Parezco frustrada? Pues sí, lo estoy. Frustrada. ¡FRUSTRADA. HASTA. LA. JODIDA. MÉDULA!

Hay cosas que me gustaría decir, sobre las que quisiera conversar y ahora tengo menos posibilidades de hacerlo de las que tenía hace una semana. Ahora estoy enchufada de nuevo a este jodido acordeón anticuado.

Desde que averigüé por qué estoy en este estado, desde que me dijeron que alguien lo planeó así, he intentado recordar lo que ocurrió con todas mis fuerzas. Cualquier cosa que pueda ayudar. Lo que sea que les permita atrapar a ese bastardo.

Ahora rondan por mi cabeza algunas cosas, que sé que no forman parte de un sueño, o de algo que haya podido imaginarme. No sé si serán de alguna ayuda. Para mí, seguro que sí.

Son recuerdos, que luchan por abrirse camino.

Recuerdos sobre lo que ocurrió después de la fiesta. No son tanto imágenes como palabras. En realidad, ni siquiera son palabras. Son sonidos. Escucho palabras, pero suenan como si alguien las pronunciara desde debajo del agua. Están distorsionadas y no puedo identificarlas bien pero puedo recomponer su sentido. El tono de voz.

Muy pronto sabré exactamente de qué palabras se trata.

Fueron las palabras que me dijo mientras lo hacía. El hombre que me puso aquí.