CAPÍTULO DOCE
Rachel permanecía sentada frente al escritorio de su habitación, con un libro de química abierto ante ella, invisible desde hacía bastante tiempo. Sabía que esto era lo que significaba tener una relación con alguien. Altibajos. Hace tiempo había estado saliendo con un chico durante casi seis meses, y aún recordaba el dolor penetrante del teléfono que nunca sonaba y la terrible agonía de la nota que nunca llegaba. Pero esto era mucho peor.
Ahora tenía su propio armario en la sala común de la escuela y, tenía que luchar contra el deseo de correr hacia él cada cinco minutos, para comprobar si había alguna llamada perdida en su móvil. Al acabar el día siempre encontraba, al menos, un mensaje de texto. Los grababa y los releía constantemente. Los mensajes de voz eran mucho mejor. Le encantaba su voz.
Se levantó de la mesa y se tiró sobre la cama recogiendo el teléfono de donde lo había dejado para que se cargase. Una vez más volvió a escuchar el mensaje. Había una extraña parte de su ser que sabía que era común a todos los demás, que saboreaba el extraño dolor que le producía.
Como el escozor de una llaga en la boca.
No sabía si podría venir esta noche. Quizá pudiera, pero no quería dejarla plantada en el último momento. Lo sentía. Era un asunto de trabajo que no podía esperar. Tendrían que cancelar su cita. Volvería a llamarla mañana.
Como siempre se le daba la opción de que borrase el mensaje. Lo guardó aunque, de todas formas, ya lo tenía guardado en la cabeza. Dejaba que se eternizara allí, descomponiendo cada frase y analizando cada matiz. ¿Había sonado algo distante? ¿Sería este el comienzo de una ruptura? Llamaría mañana, dijo, no más tarde, esta noche. Quería llamarle pero sabía que no lo haría. La idea de ser pegajosa la ponía enferma. Aunque sabía que, si era necesario, lo sería.
Quería desesperadamente un cigarro pero no podía arriesgarse. La noche anterior, se había fumado dos o tres en el jardín, mientras su madre estaba follándose al policía. A veces, se subía en la mesa y abría la ventana para echar el humo al exterior pero su madre podría entrar en cualquier momento. Su madre fumaba pero decía que ella no podía fumar. Una jodida injusticia.
Mañana hablaría con él y todo se arreglaría y se sentiría patética.
Ya había dejado de ser una chiquilla estúpida. Por eso él deseaba estar con ella.
Las fibras de la alfombra que Thorne había raspado del interior del maletero de Bishop se conservaban en una pequeña bolsa de plástico. Sabía que él no podía entregárselas al forense y tampoco quería pedírselo a Holland. Pero había alguien a quien sí podía pedírselo.
Hendricks no hizo el más mínimo gesto cuando depositó la bolsa sobre la mesa de billar y mantuvo la postura, moviendo suavemente el taco, dispuesto a golpear. Metió con indiferencia la bola ocho y se puso derecho.
—Ahí tienes otra fibra —clavó los ojos en la bolsa y en su contenido—. ¿De dónde la has sacado?
Thorne le dio el dinero que se habían apostado y dejó el taco sobre la mesa.
—¿De dónde crees que la he sacado?
—Está bien, listo ¿cómo la has conseguido?
—Cuanto menos te diga, menos posibilidades hay de que abras la bocaza.
—Aún no he dicho que vaya a hacerlo. Además, no es que me lo estés pidiendo muy educadamente.
Thorne sabía que Hendricks lo haría, pero aún así, se sentía mal por pedírselo. Habían colaborado muchas veces, ambos se habían hecho muchos favores, se habían dejado dinero, pero ahora se trataba de trabajo. Esto era pedir mucho. Hendricks era perspicaz. Si accediera a hacerlo, lo haría asumiendo los riesgos. No perdería su trabajo, pero podía verse de nuevo haciendo trabajo de oficina. Era lo suficientemente perspicaz para adivinar que sería mucho trabajo para recibir tan poca recompensa.
—Si estás tan seguro de que es él, ¿por qué te molestas?
Dos adolescentes que esperaban para jugar avanzaron un paso. Una dejó caer una moneda de cincuenta peniques sobre una esquina de la mesa. Thorne se desplazó hacia la barra. Hendricks recogió la bolsa de plástico y le siguió. Le complació la idea de que las dos chicas se habían quedado mirándolos, convencidas de que acababan de presenciar una transacción con algún nuevo tipo de droga.
—Vamos, dímelo.
—Porque soy sólo yo el que está seguro.
—Vale y si resulta que coinciden, ¿qué te indicará eso? A la mierda. Estamos bastante seguros de que el asesino conduce un Volvo y no creo que la alfombra trasera de cada uno se fabrique individualmente. Sé que son muy buenos coches pero por favor...
—Entradas para el Spurs Arsenal. Pago yo.
Hendricks tomó un largo sorbo de Guinness.
—Quiero entradas de palco.
—¿Cómo se supone que voy a conseguirlas?
—¿Cómo se supone que me voy a meter en el laboratorio forense con una bolsa llena de fibras de alfombra que han salido de la nada?
—Veré lo que puedo hacer. Escucha, Phil, ya conoces cómo va eso, nadie te preguntará nada. Son científicos, no inspectores de Hacienda. Diles que intentas ayudar y que tienes un amigo con un Volvo. De hecho, podrías llevarte más fibras del maletero de tu coche o algo así, ya sabes para que sirvan de comparación.
—No recuerdo un solo testigo que haya visto un Nissan Miera beis, ¿y tú?
Hendricks tenía razón. Quizá porque tenía el vehículo más repelente que circulaba por las calles de Londres.
—Gracias, Phil.
—¡Recuérdalo, de palco!
—Sí, sí...
—¿Sabías que el Volvo es el único vehículo comercial en el que no puedes suicidarte? Quiero decir: obviamente, puedes estamparte contra una pared, si es lo que quieres; pero tiene un dispositivo de desconexión automática, ya sabes, para que no puedas introducir una manguera por el tubo de escape y quedarte sentado esperando hasta que te asfixies.
Thorne emitió un gruñido.
—Qué lástima.
Thorne abandonó el bar veinticinco libras más pobre, pero sin la bolsa de plástico que le quemaba en los bolsillos. Dormiría bien esa noche.
No había probado el alcohol.
Diez minutos después de entrar, llamó Holland. El detective habló en tono suave, casi susurrante. Le dijo a Thorne que Sophie estaba dormida en la habitación de al lado y que no quería despertarla.
No quería que supiera a quién estaba telefoneando.
Thorne escuchó lo que tenía que contarle acerca de Margaret Byme. Podía haber sido su primera víctima, si el asesino no hubiera salido huyendo por alguna razón. Le dijo lo que le había contado sobre la voz del asesino. Una voz agradable, pensaba ella. Elegante, tranquilizadora, pensó Thorne, probablemente dulce.
Cuando escuchó lo de la llamada telefónica, Thorne se presionó el auricular contra la oreja, tan fuerte, que se hizo daño. ¿Bishop llamándose a sí mismo? Descartó esa idea. No tenía ningún sentido. Era posible, eso lo sabía, pero ¿con qué finalidad? En cualquier caso, no había registro de la llamada, así que ¿para qué hacer elucubraciones?
Dave Holland se encogió de hombros ante la pregunta de Thorne acerca de cómo le había ido con Tughan. Un comentario displicente lo hizo por él. Había intentado olvidar la sensación de incomodidad, de malestar, que impregnaba cada rincón de la habitación de Margaret Byrne cada vez que el irlandés abría la boca. No estaba seguro si se trataba de sus sensaciones o de las de Margaret pero fue muy agobiante. Durante el resto del día se quedó con él, siguiéndole a todos lados como si fuera algo fétido.
Thorne no parecía particularmente interesado en Margaret Byrne. Cuando le anunció que la había llamado y había arreglado una cita para la mañana siguiente, Holland comprendió por qué. Intentó disuadirle. ¿Con qué finalidad? Ya habían hablado con ella y se había comprometido a pasarse por la comisaría para elaborar un retrato electrónico.
Thorne era perfectamente consciente de que ya la habían visitado.
Pero no habían llevado una foto de Jeremy Bishop en el bolsillo.
Anne disfrutó del paseo en coche de vuelta a casa, en la oscuridad de la noche. Generalmente ponían una obra en la radio o una historia corta o algo así. Algunas veces, se había enganchado tanto en los cuarenta y cinco minutos que tardaba en llegar de Queen Square a Muswell Hill, que se quedaba sentada en el coche, en la puerta de su casa, esperando a que terminase.
Esta noche dejó la radio apagada. Tenía demasiadas cosas en que pensar.
Esa mañana, en la habitación de Alison, se había encontrado una fotografía de Jeremy. Estaba en la mesita que hay en la esquina de la habitación; probablemente, la pondría allí alguna enfermera. Ahora tenía muy claro lo que Thorne había estado haciendo en la habitación de Alison el día anterior, mientras ella iba a por los cafés, y no podía comprender qué podía significar. De alguna manera, desde luego, sí que sabía lo que significaba. No podía significar otra cosa, pero no quería ocuparse de aquello.
Al menos, de momento.
Tenía sentimientos hacia los dos hombres. Hacia uno de ellos, los sentimientos habían cambiado a lo largo del tiempo. Hacia el otro, habían cambiado de la noche a la mañana.
Su relación con Jeremy nunca volvió a ser la misma desde que murió Sarah. Siempre lo habían compartido todo, lo cual le había traído problemas con David en más de una ocasión; pero desde el accidente, Jeremy se volvió más reservado. Su actitud distante podía ser divertida pero la había cansado un poco. Recientemente se había vuelto arrogante, más arrogante y, a veces, desagradable. El trabajo se había convertido en una tarea aburrida para él. Se había vuelto una pura formalidad. Anne sabía que siempre sería una parte importante en su vida y también lo serían sus hijos, pero ya no había nada divertido en ello. Se sentía... obligada.
Incluso así, las cosas que debía estar pensando Thorne eran espantosas. Eran inimaginables.
Pasó junto a Camdem High Street. Estaba a cinco minutos de su piso.
Si hubiese encontrado esa fotografía doce horas antes habría habido un enfrentamiento. Habría exigido respuestas a las preguntas que ya no podía formular y no se habría acostado con él. Eso seguro. El sexo lo había cambiado todo. Sabía que era una forma de ver las cosas muy anticuada pero era la suya. Siempre había sido así y le había costado demasiados años de infelicidad como para recordarlos.
Ahora tenía que compartimentar. Necesitaba ignorar una parte del hombre con el que compartía su cama. Eso lo ponía todo en peligro. Sus sentimientos hacia Thorne le dejaban pocas opciones y, los que iba perdiendo por Jeremy, no hacían sino reafirmarla en sus apreciaciones. Llegado este momento tenía que tomar una decisión. No podía pensar en un futuro con Thorne mientras se reconciliaba con el daño a su pasado que parecía dispuesto a hacer; además, un futuro con él, por muy corto que este pudiera ser, era lo que sentía que debía preservar.
Se taparía los oídos y chillaría. No tenía más opción.
Pensó en Alison, tan apartada de todo. Más que ninguna otra cosa, quería traerla de vuelta. Pero, teniendo en cuenta el miedo, el odio y la desconfianza que parecían encerrarlo todo no podía sino preguntarse si Alison estaría mejor donde estaba.
Encendió la radio. No encontró nada que valiese la pena. De todas formas estaba llegando a casa.
El baño empezaba a ponerse frío.
Thorne se sentó y miró al reloj, que había dejado junto al teléfono móvil sobre un aplique del baño. Era casi la una de la mañana.
Permanecía echado, completamente quieto, con la cabeza sumergida en el agua. Tenía los ojos abiertos, enfocando al techo, que nadaba sobre él y, esperaba que el agua dejase de moverse, para ver cuánto tiempo aguantaba la respiración. Era un juego que practicaba de niño simulando estar muerto, echado sobre la humeante bañera de aquel enorme y viejo cuarto de baño. Dejó de hacerlo la noche en que su abuela entró en la habitación y se llevó un gran susto. Se sentó muy erguido, en cuanto escuchó el chillido, pero nunca olvidaría aquella mirada de terror.
Era una mirada que, desde entonces, había visto en muchas ocasiones.
Solía tomarse un vaso de vino en el baño pero esa noche se lo había pensado mejor. No es que pretendiera dejar de beber. Lo había intentado un par de veces y resultaba bastante aburrido. Simplemente, no pensó en tomarse una copa.
No un martes por la noche.
Aquello parecía, en muchos sentidos, el comienzo de algo. Desde la noche pasada, había pensado en Jan unas pocas veces, pero no de manera sensiblera ni sentimental. Estar con Anne no le había hecho pensar en lo que se estaba perdiendo.
Más bien al contrario, finalmente, se dio cuenta de que no había echado nada de menos. No había echado de menos ajan.
Y esto podía ser el principio del fin de la pesadilla empapada de sudor en que se había convertido este caso. Pensó en Holland y Hendricks, exponiéndose por su culpa y deseaba que lo que fuera a pasar al día siguiente les evitase cualquier problema. Todo podía ser mucho más sencillo. No irrumpiría en la oficina de Keable como un petulante engreído, pero le faltaría poco.
Thorne salió del baño, se secó y se vistió. Atravesó la cocina, ignorando una botella de vino que había sobre la encimera, llegó hasta el equipo de música y puso Grievous Angel, de Gram Parsons. Ahí sí que había un hombre que era incapaz de decir que no a una copa.
Puedes hacerlo, Tommy.
Mejor no esta noche, ¿vale?
Por favor, esta noche no.
Se echó en el sofá, acosado por sus pensamientos, como si se tratara de un enjambre de enormes moscas negras.
Quería llamar a Anne, pero pensaba que a esas horas debía estar en la cama. Su padre estaría despierto todavía. ¿O trabajaría Anne hoy hasta tarde? No lo recordaba. ¿Habría ido James corriendo a casa a contarle todo a su padre sobre la charla que habían tenido? Probablemente. ¿Habría escuchado Alison la conversación telefónica? No le gustaba demasiado a la novia de Holland, eso era evidente. ¿Cómo cojones iba a conseguir entradas de palco en el estadio de White Hart Lañe?
¿Cuántos años tendría ahora la mayor de las chicas de Calvert? ¿Veinticuatro? ¿Veinticinco?
El vino seguramente diluiría un poco sus pensamientos pero tenía que tranquilizar un poco las cosas. Permaneció en el sofá y el vino permaneció en la botella. Mañana, ¿quién sabe? Podría haber cosas que celebrar.
No había forma de que pudiera irse a la cama sin hacer una llamada y eso hizo. Bishop cogió el teléfono inmediatamente. El tono suave dio rápidamente paso a la impaciencia y, finalmente, a la ira. Thorne pulsó el interruptor que daba por concluida la llamada y se quedó allí, aliviado, sujetando el auricular. La tensión se relajó en un instante y un terrible sentimiento de cansancio comenzó a apoderarse de él. Cruzó los brazos sobre el pecho, sujetando el teléfono, y cerró los ojos.
Se metió en el coche y se quedó sentado un momento intentando prepararse. Tenía un duro día por delante. Había cosas por hacer que casi habían estropeado los planes de la tarde. Pero encontraría tiempo para hacerlo todo.
La luz interior del coche se apagó y comenzó a relajarse, satisfecho de haberlo dejado todo recogido en casa, por si tenía la suerte de traer a una huésped de vuelta. Depositó todo lo que iba a necesitar en el asiento del pasajero. Todo podía esconderse en un bolsillo cuando llegase el momento. Le apenaba tener que prescindir del champán pero había visto esa estúpida reconstrucción en la televisión. De todas formas, ya no iba a hacer falta ahora, pero era un detalle de estilo. Nunca había escatimado en gastos: siempre había llevado Taittinger. Quería que lo último que saboreasen sus víctimas fuera algo realmente bueno, lo último en saborear en sentido convencional.
Las conversaciones que tenía mientras esperaba a que la droga hiciera efecto, aunque solían ser tediosas, le daban una idea clara de con quién estaba tratando. Eso era importante. Los treinta minutos que estuvo hablando con Alison le hicieron sentir aún mejor por la nueva vida que le había proporcionado En esa media hora de verborrea de borracha pudo comprender el tipo de vida de la que la estaba librando. A partir de ahora sería una lotería.
Sonrió. ¡Podrías ser tú!
Esperaba que la policía pudiera ver más allá de las razones prácticas para su cambio de método de trabajo. No quería que perdiesen el tiempo en aspectos irrelevantes. Champán la última vez, aguja esta vez, no importaba demasiado. Thorne lo entendería. Puede que ya no estuviera oficialmente al mando pero seguía involucrado.
Puso en marcha el motor del coche y encendió las luces. Se sentía confiado y capaz. Una vez de vuelta a casa y siguiendo el procedimiento, no consideraba la posibilidad de fracaso. Con las otras, esa palabra permanecía en su cabeza hasta incluso después de que la luz se hubiera apagado de sus ojos.
Se quitó las gafas y se limpió los cristales concentrándose en la tarea inmediata de preparar un nuevo paciente. Por desgracia, tendría que emplear algo de fuerza, al igual que ocurrió con Thorne, pero una vez que hallase la vena, todo terminaría rápidamente. Después, sólo tendría que mantenerla quieta unos minutos y había varios métodos para hacerlo. Algo puntiagudo serviría perfectamente. De todas formas, una vez que la droga comenzara a hacer su trabajo sería incapaz de gritar, así que no tendría demasiados problemas.
El coche inició la marcha y pensó por un momento en lo que haría cuando todo hubiera acabado. Podría terminar de muchas maneras pero se preguntaba cómo miraría hacia el pasado, hacia todo lo que estaba haciendo. Lo que se estaba viendo forzado a hacer. Sería extraño empezar de nuevo pero recordaría algunas cosas con cariño. Estarían Alison y todos aquellos éxitos que el tiempo le permitiese conseguir. Podía deleitarse en eso y recordaría con regocijo la simetría de un castigo justamente administrado. Un castigo tan apropiado. Sonrió y comenzó a tararear una canción. Alguien iba a desear no haber escuchado nunca con él a Gilbert and Sullivan.
Dirigió su Volvo hacia West End y se apoyó sobre el respaldo del asiento sintiéndose tan bien como no lo había hecho en mucho tiempo.
Había conseguido tantas cosas con su destreza y determinación.
Como ya he dicho, algunos días son mejores que otros...
Este es el primer chiste que voy a contarle a Anne.
Esto es una patata joven, sexy y elegante que vuelve a su casa andando por la noche, después de pasar la tarde en la discoteca con sus mejores amigas, la chirivía y la judía, cuando, de pronto, le ataca una zanahoria chiflada. La zanahoria le hace todo tipo de cosas horribles y la deja en el hospital. Le han quitado la piel y le han hecho puré y está tirada en una cama. Lo único que aún le funciona son los ojos. Los ojos de la patata. Al día siguiente, el novio de la patata, que es un nabo, alto y bien parecido, viene al hospital y habla con los médicos y, con lágrimas en los ojos, dice: «¿Qué posibilidades quedan, doctor?». Los médicos miran a la pobre patata, tirada en la cama y le dicen: «Lo siento... pero será un vegetal el resto de su vida».