CAPÍTULO VEINTITRÉS

Dave Holland miraba la película que había alquilado Sophie, sin enterarse ni de una palabra. Se sirvió varios trozos de lasaña, aunque no tenía demasiada hambre.

Pensaba en Tom Thorne.

No había estado presente cuando Thorne entró apresuradamente en la oficina de Edgware Road. Todavía intentaba reponerse después de la noche anterior, en la que había bebido demasiado, intentando olvidarse de los padres de Helen Doyle. Habían tenido una mala noche, Thorne y él. Aunque estaba muy borracho y había estado dormido casi todo el tiempo, recordaba casi todo lo que Thorne le había dicho. Echado sobre el sofá, a altas horas de la noche, con los ojos cerrados y un dolor punzante en la cabeza, mientras Thorne hablaba de sangre y voces. Cosas que Dave Holland tardaría mucho tiempo en olvidar.

Ahora, nadie parecía saber dónde estaba Thorne o, incluso, si alguna vez volvería o no.

Aquellos que habían estado allí esta mañana y habían presenciado el estado en que se encontraba el inspector al salir del ascensor, estupefacto, según habían dicho algunos, se mostraban impacientes por contar los detalles en cuanto Holland puso un pie en la oficina.

—Esto te va a encantar... —le decían, sarcásticamente.

Parecía que una línea de investigación, abierta personalmente por el inspector Thorne, había sido desacreditada oficialmente.

Parecía que le habían puesto definitivamente en su sitio.

Holland se volvió silenciosamente a su puesto de trabajo. Comprobando el móvil cada media hora por si había recibido algún mensaje.

De repente, se dio cuenta de que la imagen de la televisión se había congelado. Se había quedado en pausa. Se giró para ver a Sophie, que le estaba diciendo algo mientras sujetaba el mando a distancia en la mano. ¿Para qué se había molestado en ir hasta el videoclub? ¿O en hacer la cena? ¿O para qué se preocupaba en intentar hablar con él?

Se disculpó con ella y le dijo que aún se sentía un poco aturdido, como consecuencia de su sesión intensiva de bebida con sus colegas de la noche anterior. Sophie cargó contra él, aunque secretamente no le dio demasiada importancia. No le importaba que saliera por la noche a tomar cerveza con los muchachos. Siempre que no se convirtiera en un hábito y supiera exactamente cuál era su sitio.

Siempre que no decidiera que su sitio estaba junto a ese perdedor de Thorne.

Anne estaba molesta. Llevaba en la mano una bolsa de la compra llena, con todo lo necesario para la cena que pensaba preparar para Jeremy. Estaba lloviendo a mares y no encontraba ningún aparcamiento libre en su calle. Finalmente, encontró un hueco junto a una esquina y salió corriendo del coche, esforzándose por evitar los charcos.

Se quedó muy sorprendida cuando lo vio sentado en el coche, en la puerta de su casa.

Golpeó varias veces el cristal de la ventanilla con los nudillos y se rió cuando este se sobresaltó. La luna eléctrica del Volvo se bajó y Anne se inclinó sobre ella.

—¿Qué haces sentado aquí?

—Pensando en muchas cosas. Esperándote —la lluvia se colaba por la ventanilla y le golpeaba la cara.

Anne hizo una mueca de confusión.

—Estarías mucho más cómodo en casa —no le respondió nada y se quedó inmóvil, con la mirada perdida en el parabrisas, empapado de agua de lluvia. Anne cerró fuertemente las bolsas de plástico con la compra. Comenzaba a llover con fuerza—. ¿Vamos dentro?

—¿Quieres entrar un momento antes? Por favor, Anne, necesito hablarte de algo. Sólo un momento.

Anne quería entrar en la casa. Estaba empapada y tenía mucho frío. Le apetecía tomarse un té o, mejor aún, un buen vaso de vino antes de prepararse para la cena. Sin embargo, Jeremy parecía estar muy preocupado. Así que se apresuró a rodear el coche y se metió en el asiento del conductor dejando la bolsa a sus pies.

Dentro del coche se estaba mucho más cómodo y cálido: era evidente que la calefacción llevaba conectada un buen rato. No la miró al entrar. Anne comenzó a pensar que algo grave había ocurrido.

—¿Va todo bien? ¿Ha ocurrido algo?

No le respondió, así que comenzó a mirar instintivamente a su alrededor. ¿Hallaría la respuesta a lo que ocurría en el coche? Había algo en el asiento trasero, cubierto con una manta de viaje de tela escocesa.

Entonces, le miró.

—¿Qué diablos...?

Supo instintivamente que no recibiría respuesta alguna y, con un gruñido de esfuerzo, se levantó de su asiento y tiró de la manta del asiento trasero.

Sus labios dejaron escapar un grito entrecortado.

Ni siquiera sintió el dolor punzante de la aguja que se introdujo bajo su brazo.

Thorne procuró mantenerse en calma. La lluvia había ralentizado el tráfico y había tardado unos desesperantes veinte minutos en recorrer la distancia entre Queen Square y Waterloo Bridge. Ahora parecía que había remitido un poco y el Mondeo ponía a prueba cada radar de velocidad con que se cruzaba en su trayecto hacia el sur, rumbo a Battersea.

El reloj del salpicadero marcaba las nueve menos cuarto y, a través de los maltrechos altavoces del coche, Merle Haggard se quejaba del estado en que le había dejado la botella mientras el coche circulaba velozmente junto al hospital St. Thomas.

Pensaba en el patólogo cuyo poder de observación y sentido de la curiosidad había hecho que todo comenzara, hace meses. Debía estar trabajando en estos momentos de la noche, en una de esas oficinas intensamente iluminadas, uno de esos cuadrados de un blanco brillante que veía Thorne, mientras conducía a gran velocidad. Comenzaría a sentirse cansado, probablemente, mientras seguía mirando a través del microscopio, sintiendo el pulso de la excitación cada vez que descubría alguna inconsistencia, algún detalle curioso que pudiera alterar la vida de cientos de personas para siempre.

No sabía a ciencia cierta qué haría el día que se encontrase con ese hombre: si le daría las gracias o le escupiría en la cara. Lo único que tenía claro era que, sin su concurso, ahora no estaría a punto de enfrentarse con un asesino. No tenía ni idea de lo que iba a pasar entre Bishop y él. Se enfrentarían, sí, ¿y qué más? ¿Le arrestaría? ¿Le intimidaría? ¿Le haría daño?

Lo sabría cuando llegase allí.

Pisó bruscamente los frenos, demasiado tarde y demasiado fuerte, al aproximarse a los enormes semáforos de Vauxhall Bridge. El coche patinó ligeramente antes de detenerse, atrayendo la atención de los moradores de los semáforos. Los limpiacristales que trabajaban a cambio de unas monedas y los raterillos menores se habían visto extrañamente reemplazados por todo tipo de animadores callejeros. Uno de ellos, que llevaba un enorme sombrero multicolor de bufón y lanzaba al aire tres bolas de colores, se acercó a Thorne, caminando entre la lluvia, con una amplia sonrisa.

El malabarista miró a Thorne a la cara y se retiró rápidamente, dejando caer las bolas mientras se iba. La luz del semáforo, reflejada en los charcos de agua y aceite, cambió de rojo a verde y el Mondeo reinició la marcha.

Los semáforos se pusieron de su parte durante Nine Elms Lañe y Battersea Park. Giró hacia la izquierda, con la luz en ámbar, a la altura del pub Latchmere y pisó el acelerador de camino a Lavender Hill. Pocos minutos más tarde llegaba a la tranquila calle de Jeremy Bishop.

Apagó la música y respiró profundamente. Había coches aparcados a ambos lados de la calle y Thorne aminoró sensiblemente la velocidad, buscando un aparcamiento libre. La lluvia arreciaba ahora, de manera que, incluso con el limpiaparabrisas a velocidad máxima, tenía que inclinarse hacia delante y pegar la cara al cristal para poder ver la calle.

De repente, a unos cincuentas metros, unas luces se encendieron y un gran coche negro se puso en marcha y aceleró. El primer pensamiento que le asaltó es que ya había encontrado aparcamiento, pero un segundo más tarde, cayó en la cuenta de que se encontraba en problemas. El coche avanzó velozmente hacia él en dirección contraria. Protegiéndose los ojos con una mano y cerrándolos un segundo antes del inminente impacto, dio un volantazo hacia la derecha y consiguió esquivar al coche, que pasó por un espacio casi inexistente, a su izquierda.

Un coche en cuyo asiento del pasajero se encontraba Anne Coburn.

Thorne pisó el freno con fuerza y observó el Volvo desde su retrovisor, deteniéndose al final de la calle y girando hacia la izquierda, en dirección oeste.

Podía estar equivocado, pero pensó que ni Bishop ni ella le habían reconocido. Ambos miraban hacia delante. ¿Qué estarían haciendo? No tenía sitio para dar la vuelta con rapidez. Sin pensárselo dos veces, puso la palanca de cambio en marcha atrás y pisó el acelerador.

Durante unos pocos minutos, mientras cruzaba la parte norte de Clapham Common, Thorne se sentía satisfecho de poder circular dos o tres coches por detrás del Volvo, mirando sus llamativas luces de frenos, siguiéndole de cerca. Ahora estaba convencido de que Bishop no sabía que le seguían. Thorne quería que siguiera pensándolo y se contentó con mantener una velocidad moderada. Dejándolo que llegase al lugar al que se propusiera ir. Siguiendo el procedimiento ordinario, por una puta vez en su vida. Manteniendo la distancia de seguridad, pensó.

Manteniéndose relajado. Mientras esta palabra tomaba forma en su mente, el coche que tenía enfrente giró hacia la derecha, permitiendo una vista clara del cristal trasero del Volvo.

Algo parecía ir muy mal.

Enseguida se dio cuenta de qué se trataba. Ya no podía ver a Anne.

Estaba convencido de que el coche no se había detenido en ningún momento. Estaba allí hacía un par de minutos, con la cabeza apoyada sobre la ventana. Sólo había una explicación.

Tenía que estar inconsciente.

Los acontecimientos comenzaron a sucederse a un ritmo frenético. Otro coche se interponía entre el Volvo y el suyo. Intentó adelantarlo al girar hacia Clapham Park Road y el Volvo aceleró bruscamente cuando intentaba mirar en su interior. Parecía como si, después de todo, Bishop sí supiera que estaba allí.

Thorne nunca había sido demasiado bueno en esto. Había participado en muchas persecuciones, pero nunca había estado al volante. Conducir a setenta y cinco kilómetros por hora en medio de una avenida abarrotada de tráfico a las nueve de la noche bajo una fuerte lluvia... era para cagarse de miedo.

¿Por qué querría Bishop hacer daño a Anne? ¿Por qué ahora? Thorne sabía que debía pedir refuerzos. No llevaba radio en el coche. Se había dejado el móvil en el apartamento. Pensó en detener el coche y buscar una cabina. Pero para cuando un coche patrulla interceptara el coche de Bishop podría ser demasiado tarde. Tenía que mantenerse tras ellos.

A más de ochenta kilómetros por hora por Acre Lañe. Cegado por las luces antiniebla traseras del Volvo. Envuelto por el ruido ensordecedor de las bocinas de los demás coches.

Sin apartar los ojos del Volvo ni un solo segundo, Thorne introdujo un casete en la ranura y subió el volumen. Cambió un tipo de música por otro. Canciones reemplazadas por sonidos. Melodía suplida por un ritmo que parecía emanar instantáneamente del interior de su cabeza. El ruido palpitante se tornaba en tenue zumbido, que penetraba en su cráneo como la banda sonora de un videojuego de carreras.

Centrando la atención. El volante vibra bajo sus dedos. El coche de enfrente: su objetivo. Calle abajo, a toda velocidad, hacia las luces del cine. Los peatones chillan ante el rechinar de las ruedas, al girar a la izquierda a demasiada velocidad, hacia Brixton Road.

De repente, Thorne entiende adonde se dirigen.

Brixton. SW2. Recuerda la dirección de una página de su libreta. La página con el encabezado «Niños». Thorne nunca ha visitado esa dirección, pero ¿para qué diablos habría de hacerlo?

Thorne sabe ahora que, incluso con una orden de registro, no habría encontrado nada en la casa de Battersea. Ahora se dirigen al lugar de trabajo de Bishop. Al mismo sitio donde habría traído a Helen y Leonie. Un lugar para el que tendría una llave. Un lugar cuya renta ayudaba a pagar. Un sitio que, casi con toda seguridad, estaría vacío a altas horas de la noche, si su ocupante se encontraba trabajando. Muy fácil de averiguar con una simple llamada de teléfono.

El ritmo y la velocidad se incrementaban mientras la lluvia azotaba el parabrisas con fuerza. Las manos de Thorne se aferran al volante, guiadas únicamente por las dos luces rojas que le preceden. Sus ojos se mantienen fijos en esas dos luces que centellean ante el frenazo repentino del Volvo, como los ojos de algún lustroso y tétrico monstruo que ruge y se separa rápidamente de él al saltarse los semáforos y que no le deja otra opción que obrar de la misma forma.

Mira de soslayo las luces azules y rojas del coche de la patrulla de tráfico que se sitúa a su izquierda y las del otro coche que se sitúa frente a él, a unos mil metros.

Es lo último que necesita en este momento. Un par de jodidas ratas negras trabajando conjuntamente.

Thorne aminora la marcha, golpeando el volante con los puños, mientras observa frente a él los ojos del tétrico monstruo, haciéndose más y más pequeños.

Cuando el agente, una bola de grasa con la cara picada por la viruela y bigote de morsa, se acercó lentamente a la puerta del pasajero del Mondeo, lo primero que vio fue la identificación de Thorne apoyada contra el cristal. Lo primero que este vio al retirarla fue la mirada de suficiencia que dedicó el agente a su compañero del coche de patrulla: Mira lo que tenemos aquí.

Thorne respiró profundamente. Esto iba a ser interesante.

El cara de morsa hizo un movimiento circular con el dedo índice. Abajo la ventanilla. Thorne contó hasta tres y bajó la ventanilla, como un buen chico.

—Inspector Thorne. Brigada Criminal Oeste —no hubo reacción alguna. A decir verdad, Thorne no se esperaba un saludo cortés y un «siga su camino, señor», ni mucho menos. Esto iba a ser bastante más complicado.

Resentimientos que venían de antiguo. Policías de uniforme y policías de paisano. Cualquier otro y la Policía de Tráfico.

—A ochenta por hora, saltándose un semáforo en rojo, en mitad de la lluvia. No parece una forma inteligente de conducir, ¿no le parece? —dijo, forzando el acento lo máximo posible para parecer sarcástico.

—Estoy persiguiendo a un sospechoso —dijo serenamente Thorne. El agente se giró para ver cómo desparecía el coche en la distancia y sonrió, mientras la lluvia resbalaba por la visera de su gorra. Thorne intentó mantener la calma—. Estaba persiguiendo a un sospechoso.

—Estaba conduciendo como un chiflado.

Thorne salió del coche, a punto de perder el control.

—¿Es así como tratan normalmente a la gente?

Otra sonrisa maliciosa, otra mirada a su compañero del coche.

—Usted no es parte de la gente, ¿me equivoco?

Thorne se puso en pie, mirando hacia el frente, sintiendo las gotas de lluvia sobre la espalda de la chaqueta. Volvió a recordar la primera nota del asesino. Pensó en Anne tirada sobre asientos de piel, incapaz de moverse. Probablemente, Bishop estaría escuchando música clásica... Joder, seguro que ya habrían llegado allí.

Joder, joder, joder...

—¿Ha estado bebiendo, señor?

—¿Cómo? —empezaba a sentirse al límite.

—Es una pregunta bastante simple. Los cabrones como tú piensan que están por encima de la ley.

Thorne le agarró de la chaqueta, lo empujó bruscamente y lo tiró contra el coche, haciéndole perder la gorra, que cayó en el desagüe de la calle. Thorne vio de soslayo al compañero, que salía apresuradamente del coche de patrulla. Sin volverse a mirar, le chilló en mitad de la lluvia.

—Soy inspector de policía, ahora vuelve a meterte en el puto coche.

El compañero de la morsa hizo lo que le mandaron. Thorne volvió a centrar su atención en el primer agente, inclinándose hacia él. Con la lluvia palpitando fuertemente sobre los dos. Cara a cara, a un lado de la calle. Los coches que pasaban tocaban el claxon para mostrar su aprobación. A los conductores de Brixton les agradaba ver que un poli recibía su merecido de un conductor inocente.

Thorne elevó la voz lo suficiente para que se le entendiese perfectamente entre el sonido de la lluvia, que resbalaba por el impermeable reflectante del agente.

—Escúchame, sebosa bola de grasa, me voy a meter en el coche y voy a largarme de aquí y, si veo que levantas una sola pestaña, vas a estar meando sangre durante una semana. Eso ha sido una advertencia. Lo siguiente es una orden. ¿Entiendes lo que te digo?

El cara de morsa asintió con la cabeza. Thorne aflojó la presión sobre la chaqueta, pero sólo un poco.

—Y esto es una orden, ¿entiendes? Métete en el coche ahora mismo y conecta la radio. Quiero que contactes con un compañero de la operación Backhand, en Edgware Road. Pregunta por el detective Dave Holland.

En mis sueños aparezco corriendo.

No estoy en ningún paraje impresionante. No atravieso ningún campo de maíz, ni corro por una playa, junto al rompeolas, ni siento el fragor de la tempestad. No corro al encuentro de nadie. No veo a nadie en la distancia con los brazos abiertos ansioso por besarme. A ningún soldado que vuelve de la batalla o a una estrella del cine. Ni a Tim. Estoy sólo yo.

Corriendo.

Es muy curioso, porque siempre he odiado correr. He hecho siempre todo lo posible para evitarlo. Tengo piernas flacuchas y rodillas de cristal. Nunca he servido para ningún tipo de deporte y estoy totalmente fuera de forma.

Corro a por el autobús si no tengo más remedio, pero ese es mi límite y seguro que me deja destrozada para el resto del día. Pero aquí estoy.

Sigo trotando, corriendo y parece fácil.

No sé qué ropa llevo, ni qué tiempo hace. Nada de eso parece importante. Supongo que el viento me golpeará la cara, pero a decir verdad, no lo siento en absoluto. Lo que sí siento es el viento entrando a borbotones en mi boca abierta, inflándome los pulmones. Noto cómo los pulmones expulsan el aire por la boca.

Estoy corriendo.

Noto cómo mis piernas me llevan lejos y los brazos se mueven rítmicamente, arriba y abajo y percibo que los músculos de la boca trabajan a destajo; todos y cada uno de los puñeteros músculos. Cada músculo trabaja en armonía con el resto. Engranándose perfectamente con los demás. Forzando los labios a separarse, elevando las comisuras de los labios, empujando suavemente la lengua contra los labios superiores. Haciéndome reír.

Me marcho corriendo.