CAPÍTULO CUATRO

El Ford Sierra se detuvo tras la furgoneta. En cuanto Thorne se bajó del coche se percató de que aquello iba a ser complicado. Aunque eran las dos de la mañana, el ambiente seguía siendo de bochorno si bien se sentía la proximidad de la lluvia. Las pruebas se perderían rápidamente en cuanto la lluvia llenase de barro el escenario del crimen. La policía científica y los fotógrafos se dedicaban a su trabajo con intachable eficacia. Sabían que no disponían de demasiado tiempo. Las evidencias más útiles se solían encontrar durante la primera hora de rastreo. La hora de oro. Pero, de todas formas, a Tughan le gustaba tenerlo todo controlado: había telefoneado al servicio meteorológico. Esta era su primera aparición en la escena del crimen y no se iban a correr riesgos.

Thorne bajó el empinado tramo de escaleras que llevaba hasta la estación de metro de Highgate y que conducía hasta Queens Wood, la porción de arboleda que bordeaba Archway Road. Mientras caminaba, observaba el resplandor de las lámparas de arco, que se abrían paso entre las ramas de los árboles. Divisó también las figuras de los efectivos de la policía científica, embutidos en sus monos blancos de plástico, rodeado lo que se suponía que era el cuerpo, en busca de restos de fibras o cabellos en la ropa de la chica. Escuchó cómo se distribuían a gritos las instrucciones, los flashes de las cámaras y el ruido constante del generador portátil. Había presenciado muchas escenas como esta en el pasado, demasiadas; pero esto era como si observara al Equipo A en plena tarea. Todo el proceso se estaba llevando con una impecable determinación, que sólo había visto antes en una ocasión. Había una notable ausencia de silbidos en la oscuridad. Nada de humor negro. Ni un solo termo de té a la vista.

Hasta que no pasó por debajo del pasamanos y se enfundó los protectores de plástico para los zapatos que le dio la policía científica, no cayó en la cuenta de la dificultad que entrañaba examinar una escena del crimen como esta. También comprobó lo cruel que había sido el asesino en su elección del sitio donde abandonar a la víctima. El cuerpo estaba colina abajo, empotrado contra las altas verjas de hierro que bordeaban la acera. Por una parte estaba la carretera principal y por la otra, unos cien metros de matorral espeso y arboleda, que bajaban por una empinada colina, hasta llegar a la estación de metro de Highgate. El único acceso al cuerpo era desde lo alto de la colina, atravesando los árboles. Aunque se distinguía claramente un camino, aún sería un lento proceso atravesar la maleza hasta llegar al cuerpo. El suelo estaba duro y seco, pero diez minutos de lluvia bastarían para convertirlo en un lodazal. No habría valido la pena el enorme esfuerzo de los hombres para proteger el área con tiendas de polietileno. Thorne deseaba que consiguieran todas las pruebas necesarias rápidamente. Deseaba que hubiese algo que conseguir.

Dave Holland bajó correteando la pendiente hacia donde se encontraba. Su silueta hacía un bello contraste con las luces de las lámparas de arco. Thorne distinguió claramente la forma de la libreta en su mano. No parece un policía, pensó, parece más bien un oficial en jefe. Incluso sin afeitar, su bien peinado pelo rubio y su complexión rubicunda le convertían en el objetivo de los comentarios del tipohas-visto-lo-jóvenes- que-son-los-policías-últimamente. Los jubilados le adoraban. Thorne no estaba seguro. El padre de Holland había servido en la policía y, por la propia experiencia de Thorne, eso generalmente daba problemas. Ni siquiera se movía como un poli, pensó. Los polis no saltan colina abajo, como si fueran cabras. Los polis se mueven como ambulancias.

—¿Una taza de té, señor?

Vale, a lo mejor había sido un poco inocente. Siempre había té.

—No. Háblame de ese testigo.

—De acuerdo, no se ilusione demasiado.

El corazón de Thorne se encogió. Obviamente, aquello no iba a hacer que temblara la tierra.

—Tenemos una descripción física muy vaga, nada impresionante.

—¿Cómo de vaga?

—Altura, complexión, un coche oscuro. El testigo, George Hammond... —otra vez la puta libreta. Sintió deseos de arrebatársela y metérsela por el culo a ese gallito bocazas— estaba en lo alto del camino, a unos cien metros cuesta arriba, por la calle principal. Pensó que ese tipo estaba tirando una bolsa de basura.

Eso es lo que Thorne había deducido ya. Debe haber levantado el cuerpo con gran esfuerzo, para tirarlo al otro lado de la verja, como si hubiera sido una bolsa de basura.

—¿Y eso es todo? ¿Altura y complexión?

—Hay algo más sobre el coche. Dice que cree que era bastante bueno. Caro.

Thorne asintió suavemente con la cabeza. Testigos. Era otra cosa a la que había tenido que acostumbrarse. Incluso los más perspicaces daban versiones contradictorias de los mismos hechos.

—El señor Hammond no tiene muy buena vista, señor. Es un hombre mayor. Estaba paseando a su perro. Le hemos dicho que espere en el coche.

—Un momento, esas verjas tienen un metro ochenta de altura. ¿Qué altura dice que tenía este hombre?

—Metro ochenta y tres, metro ochenta y cinco. La chica no es demasiado alta, señor.

Thorne miró las luces, entrecerrando los ojos.

—Muy bien, tendré unas palabras con el cegato señor Hammond en unos minutos. Terminemos primero con esto.

Phil Hendricks estaba de cuclillas junto al cuerpo, con su pelo recogido en una cola bajo su gorro protector amarillo. Los científicos habían terminado de rasparlo y analizarlo todo y ahora era el turno de Hendricks. Thorne observó la tan familiar rutina del patólogo de tomar la temperatura del cuerpo y realizar todos los procesos que, hasta que procediesen al levantamiento del cadáver, constituirían el primer estudio superficial. Cada minuto, más o menos, se ponía de cuclillas, dejando escapar un leve gemido y dictando los datos registrados a su grabadora de bolsillo. Como era habitual, cada tedioso detalle del proceso quedaba inmortalizado en soporte audiovisual por el cámara de la policía. A Thorne siempre le había llamado la atención estos tipos. Algunos se creían auténticos directores de cine. Una vez tuvo que echarle una bronca a uno por gritar «¡corten!». Otros tienen esa mirada inquietante, como queriendo decir «deberías venir a casa a ver el material que voy a mostrarles a las nenas durante la Navidad». No podía evitar pensar que algunos esperaban la oferta de algún canal avaricioso de televisión, ávido de sensacionalismo. Quizá estaba siendo demasiado duro. También era muy duro con Holland. A lo mejor, lo que no le gustaba eran sus inmaculados pantalones chinos y sus impecables mocasines. Quizá tan sólo que Holland era un joven detective con ganas de agradar a los demás.

¿No había sido él igual? Quince años atrás. De camino al desastre.

Hendrick comenzó a recoger su equipo y miró a Thorne. Era una mirada que habían intercambiado en muchas ocasiones. Para un observador poco entrenado esta transferencia de responsabilidades habría parecido tan superficial como dos jugadores de billar pasándose un taco. Se supone que los patólogos eran los más imperturbables de todos; pero, a pesar de la frivolidad, tonos nasales y humor negro propios de Manchester, Thorne sabía lo que sentía Hendricks. Lo había visto llorar, bastantes veces, con una cerveza en la mano. Thorne nunca le había correspondido de la misma forma.

—Si me preguntas mi opinión, creo que se está volviendo jodidamente despreocupado.

Hendrick comenzó a juguetear con uno de sus muchos pendientes. Ocho, la última vez que Thorne se los contó. Sus gruesas gafas le daban cierto aire intelectual, pero los pendientes sin mencionar el discreto, aunque famoso tatuaje y su gusto por la ropa estrafalaria, le convertían en un personaje poco convencional, por decir algo. Thorne conocía a este patólogo, gótico y sociable, desde hacía cinco años. Era diez años menor que él y terriblemente eficiente; Thorne lo apreciaba de veras.

—No te he preguntado, pero gracias por la observación.

—No me extraña que estés tan susceptible, colega. ¿Dos a uno en casa contra el Bradford?

—Nos robaron el partido.

—Por supuesto.

El cuello de Thorne seguía aún terriblemente rígido. Echó la cabeza hacia atrás y se quedó observando el claro cielo nocturno. Podía localizar la Osa Mayor. Siempre la buscaba: era la única constelación que reconocía a simple vista.

—Ha sido él, ¿verdad?

—Lo sabré con seguridad por la mañana. Creo que sí. ¿Pero que hace ella aquí? Esta es una carretera muy concurrida. Había bastantes posibilidades de que le hubieran sorprendido.

—Alguien lo hizo. Don Cegatón, por desgracia. En cualquier caso, no creo que se entretuviese aquí demasiado tiempo. Simplemente se detuvo y tiró el cuerpo.

Hendricks se apartó a un lado y Thorne observó a la mujer que, horas más tarde, sería identificada como Helen Theresa Doyle. Era sólo una niña. Dieciocho, diecinueve años. Su camisa estaba algo levantada, revelando un piercing en el ombligo. Llevaba enormes zarcillos circulares. Tenía la falda rajada y se apreciaba un corte profundo en la parte superior de la pierna.

Hendricks cerró su maletín.

—Creo que la herida es de cuando se quedó enganchada con la verja cuando ese cabrón la tiró por encima.

Algo llamó la atención de Thorne y miró hacia su derecha. A unos veinte metros, más o menos, mirándolo fijamente, se agazapaba un pequeño zorro. Una hembra, pensó. Se quedó completamente quieta, observando la extraña actividad. Habían invadido su territorio. Thorne sintió una peculiar punzada de vergüenza. Había escuchado hablar a granjeros y defensores de la caza del zorro del comportamiento despiadado de estos animales cuando mataban, pero dudaba de que una criatura que mataba para alimentarse y alimentar a sus crías, disfrutase de ello. La sed de sangre alimentaba a un tipo de inteligencia bastante particular. Se oyó un grito desde lo alto de la colina y la zorra se sobresaltó, preparada para huir, pero volvió a relajarse. Thorne no podía apartar los ojos de ese animal que observaba la realidad, artificialmente iluminada, de una muestra distorsionada de lujuria sangrienta humana. De una inusitada brutalidad. Pasó medio minuto antes de que la zorra, una vez satisfecha su curiosidad, olisqueara la tierra y se internase en la maleza.

Thorne miró a Hendricks. El también había estado observado. Thorne respiró profundamente y volvió la vista a la chica.

Conflicto de emociones.

Sintió repulsa ante la visión del cuerpo, ira ante la pérdida, solidaridad con los familiares y, terror ante la perspectiva de tener que hablar con ellos y sentir su furia y su consternación.

Pero también sentía un zumbido.

La agitación del escenario del crimen. El primer escenario del crimen. La circunstancia que podría abrir de par en par la investigación podía encontrarse ante sus narices, esperando, deseando que la encontrasen.

Si estaba allí, la encontraría.

El cuerpo...

Había hojas enredadas en su largo pelo castaño. Tenía los ojos abiertos. Thorne podía ver que tenía una bonita figura. Intentó desterrar ese pensamiento de su cabeza.

—Siempre se había tomado su tiempo hasta ahora, ¿no es cierto? —musitó Hendricks—, sutil y fino. Se tomaba el trabajo de dejar preparados los cuerpos, como si hubieran sufrido una apoplejía mientras veían la tele o cocinaban. Parece que esta vez no se ha preocupado demasiado. Un trabajo bastante precipitado.

Thorne le lanzó una mirada inquisitiva.

—Una hora o dos, como mucho. Ni siquiera se ha enfriado, todavía.

Thorne se inclinó sobre el cuerpo y tomó la mano de la chica. Hendricks se quitó el gorro protector y se sacó los guantes levantando una humareda de polvo de talco. Cuando Thorne se dispuso a cerrarle los ojos, el ronroneo del generador se le quedó aprisionado en la cabeza. La voz de Hendricks parecía venir de la lejanía.

—Aún se huele el ácido carbólico.

Anne Coburn permanecía sentada en la oscura habitación, después de un horrible día que debía haber finalizado tres horas antes. Los trámites burocráticos que generaban los médicos novatos no dejaban de crecer durante interminables horas, pero los médicos veteranos tampoco ayudaban demasiado. La reunión con el administrador, que debía resolverse en una hora pero duró tres, le había provocado un dolor de cabeza que, por fin, empezaba a apaciguarse. Había tenido que luchar contra dos clases prácticas, una ronda de tutoría, una discusión con el jefe de admisiones y un enorme montón de papeleo pendiente. Y David seguía en pie de guerra...

Se reclinó en su asiento, masajeándose las sienes. Dios, qué incómodas eran estas sillas. ¿Se habrían diseñado así a propósito para alentar a las visitas a soltar rápido sus penas y largarse?

Si David estuviera aún en casa, quizá podría haberla ayudado con el papeleo, pero eso se había acabado. La casa debía estar tranquila ahora. Rachel estaría metida en la cama, viendo en la MTV a alguna escuálida víctima de las drogas, embadurnada con perfilador de ojos, brincando frenéticamente.

Se quedó un rato pensando en su hija.

Últimamente no se llevaban demasiado bien. Sus notas habían tensado mucho las relaciones entre ambas. Rachel estaba simplemente dejando escapar la presión, eso era todo, después de haber realizado un gran esfuerzo. Anne había decidido comprarle un regalo cuando le dieran los resultados, como recompensa por el duro trabajo realizado. Un ordenador nuevo, quizá. Estaba considerando adelantarle el regalo y dárselo ahora.

De pronto, empezó a pensar en Tom Thorne.

Desvió la mirada hacia las flores que había traído y sonrió al recordar sus disculpas ante Alison porque... ¿qué palabra había usado? Apestaba. Ella pensaba que olía bien. Olía a hombre honesto. No era difícil encontrarle atractivo. Posiblemente tuviera algunos años más que él, pero tenía la certeza de que no era el tipo de hombre que le daría demasiada importancia a eso. Era un tipo fornido. No... sólido. Un tipo que venía de vuelta de muchas cosas. Siendo honesta consigo misma, era el tipo de hombre por el que se había sentido atraída desde que empezaron los problemas con David, hace ya muchos años.

Le gustaba el tono cenizo de su pelo, más acusado en la zona izquierda de la cabeza. Y siempre le habían gustado los ojos marrones.

De repente, Anne se dio cuenta de que estaba pensando en voz alta. Las conversaciones nocturnas con Alison se estaban convirtiendo en una rutina. Las enfermeras estaban acostumbradas a su parloteo de medianoche. Empezaba a sentir necesidad por esas charlas con Alison. Estimular la mente de Alison era una parte vital de su tratamiento, pero también le encontraba una utilidad terapéutica. Era extraño y excitante poder abrir tu mente a alguien sin ser juzgado. Era como confesarse, pero sin miedo. Quizá, de alguna manera, Alison sí la estuviese juzgando. Seguramente tendría muchas cosas que decir: «¡Al cuerno con el poli malhumorado! Búscate un estudiante de medicina joven y guapo.»

Un día de estos, Anne averiguaría exactamente lo que pensaba Alison. Por ahora, el ronroneo de la máquina le estaba dando sueño. Se levantó y vertió suavemente unas gotas de lágrima artificial sobre los ojos de Alison, antes de cerrárselos para dormir. Se quitó la chaqueta, hizo un ovillo con ella y se la colocó detrás de la cabeza mientras se sentaba de nuevo. Cerró los ojos, susurró a Alison las buenas noches y casi inmediatamente se quedó dormida.

Sobre las siete y media de la mañana siguiente tenían ya identificado formalmente el cuerpo. Los padres de Helen Doyle habían telefoneado para denunciar que no había vuelto a casa, casi a la misma hora en que George Hammond presenciaba cómo la tiraban por encima de la verja de Queens Wood. Pocas horas después de esa primera llamada, Thorne se apoyaba en la pared y observaba cómo se acercaban desde el final del pasillo, tras salir del depósito de cadáveres. Michael Doyle sollozaba, su mujer, Helen, se aferraba al brazo de su marido con la mirada perdida. Sus zapatos de tacón alto resonaban rítmicamente al bajar los escalones de piedra que conducían al exterior, donde le saludaba el resplandeciente, fresco y absolutamente ordinario amanecer del primer día sin su hija.

Ahora Thorne apoyaba la espalda en una pared diferente. La muerta Helen había tomado su lugar entre las demás. No había hablado todavía, pero era cuestión de tiempo. Unos cuarenta oficiales de policía, de distinto rango, junto con personal auxiliar y civiles aguardaban sentados a que Thorne les hablara. Más que nunca, se sentía como el desaliñado director adjunto de un colegio venido a menos. Su audiencia intercambiaba aburridos cumplidos de cortesía o comentarios jocosos de chavales. Las pocas mujeres que había en el equipo se habían sentado juntas, haciendo frente común ante los comentarios sexistas de algunos colegas, que parecían desconocer el significado de la palabra hostigar. El humo de más de una docena de cigarros se elevaba hasta los tubos fluorescentes. Thorne había vuelto de nuevo al paquete al día.

—El cuerpo de Helen Doyle se descubrió esta mañana en Queens Wood, en Highgate, poco después de la una de la mañana. La última vez que la vieron fue saliendo del bar Marlborough Arms, en Holloway Road, a las once y cuarto. La autopsia se está llevando a cabo esta mañana pero, de momento, estamos barajando la posibilidad de que la asesinara el mismo responsable de las muertes de Christine Owen, Madeleine Vickery y Susan Carlish.

Las chicas muertas: Venga ya, Tommy. Sabes de sobra que ha sido él.

—... así como del intento de asesinato de Alison Willetts.

Pero no era intento de asesinato, ¿verdad? El asesino intentaba hacer algo distinto. Thorne no encontraba la palabra exacta para definirlo. Probablemente tendrían que inventársela si alguna vez lo cogían. Se aclaró la garganta y continuó.

—George Hammond, que fue quien descubrió el cuerpo, nos ha proporcionado una vaga descripción del hombre al que observó sacando el cuerpo del coche y tirándolo en la escena del crimen. Metro ochenta y tres u ochenta y cinco, complexión media. Posiblemente, pelo oscuro. Quizá lleve gafas. El coche es un turismo de color azul o quizá negro, no ha dado descripción del modelo. La víctima fue secuestrada en algún punto del camino entre el bar y su casa, en Windsor Road, a menos de un kilómetro de distancia, entre las once y cuarto y las once y media. Nadie dice haber visto nada, pero seguro que hay algún testigo más. Debemos dar con él. Necesitamos una descripción decente y saber más de ese coche.

Thorne hizo una pausa. Podía ver a un par de oficiales intercambiando miradas. Había tardado menos de un minuto en dar la información que tenía sobre este caso, los míseros datos que se suponía que debían poner en marcha la operación.

Frank Keable se puso en pie.

—Ya sé que no es necesario, pero os recuerdo que hay que observar la habitual precaución con la prensa.

Los medios aún no sabían demasiado de los asesinatos; desde luego, ignoraban que fueran obra de una misma persona. El hecho de que los asesinatos no se hubieran concentrado en la misma zona y de que hubieran sido cuidadosamente disimulados, los había despistado completamente. A la misma policía le había llevado bastante tiempo llegar a las conclusiones con las que trabajaban en este momento. Aún así, Thorne estaba sorprendido: La operación Backhand había estado en marcha durante semanas y, generalmente, disponían de fuentes del más alto nivel. En poco tiempo habría alguna fuga de información y, entonces, comenzaría la algarada de siempre. La prensa amarilla se inventaría algún apodo morboso para el asesino, los políticos ávidos de fama gimotearían, pidiendo ley y orden y Keable le soltaría un sermón acerca de «llevar la presión hasta los límites». Pero, al menos de momento, la situación no se había descontrolado.

Keable hizo un gesto con la cabeza a Thorne. Podía continuar con su intervención.

—Helen Doyle tenía dieciocho años... —se detuvo y observó a sus colegas asentir con la cabeza, con el natural gesto de repulsa. No había hecho la pausa para conseguir ese efecto. Sentía que se encogía aún más el nudo que le atenazaba el estómago—. Helen no era mucho mayor que la chica de mayor edad del caso Calvert. A diferencia de las otras víctimas no sufrió el ataque en su propia casa. Parece razonable suponer que tampoco ocurrió en plena calle y, el modo en que actuó el asesino nos sugiere que no pudo hacerlo en un coche. ¿Adónde se la llevó entonces?

Thorne dijo algunas cosas más. Lo normal en estos casos. Obviamente, seguían esperando los resultados del equipo de forenses. Estas eran las primeras pruebas reales que habían conseguido hacer hasta ahora y se sentía esperanzado. Todos debían mantener la esperanza. Esto iba a ser un avance decisivo; era el momento de echar el resto. Iban a cogerle. Vamos, muchachos...

Se llevó a cabo la asignación de los efectivos a cargo de las pesquisas, casa por casa. Se habló de hacer una reconstrucción por televisión. Al acabar, se oyó el ruido de las sillas, arrastrándose contra el suelo, se pidieron unos bocadillos y ordenaron a Frank Keable que se presentara en la oficina del superintendente en jefe.

—¿Qué querrá? Sabe que no puedo contarle una mierda hasta esta tarde.

—A lo mejor sólo quiere compartir un buen desayuno contigo. Pero parece que ya has tomado el tuyo —dijo Thorne, señalando con el dedo una mancha de tomate en la camisa de Keable.

—¡Joder! —se escupió en la yema del dedo e intentó limpiársela.

—Volvió a equivocarse ayer por la noche y eso no le gusta —dijo Thorne.

Keable le miró, frotándose la mancha con una mano mientras sacaba un pañuelo del bolsillo con la otra.

—Se deshizo del cuerpo apresuradamente. Simplemente quería quitársela de encima, Frank. Pensaba que ya lo tenía después de Alison y cuando volvió a cagarla se cabreó muchísimo. Se está volviendo impaciente y muy arrogante. Asumió un gran riesgo asaltándola en mitad de la calle. Estas mujeres, estas chicas, son sólo cuerpos para él, vivos o muertos. Se limita a seguir el procedimiento y, si algo sale mal, les echa la culpa a ellas. No hay violencia real, pero está furioso.

—Si tiene tanta prisa por deshacerse de ellas, ¿por qué se entretiene en lavarlas?

—No lo sé. Es muy... clínico.

—Probablemente ese cabrón sea muy aseado —gruñó Keable. Thorne le miró fijamente—. Venga ya, Tom. Escúchame, ¿no es esto lo que queríamos? Si se está impacientando tiene más posibilidades de cagarla y ofrecernos lo que necesitamos para atraparle.

—O de empezar a matar más deprisa. Han pasado veinte días desde que Alison Willetts sufrió el ataque. Lo de Susan Carlish sucedió seis semanas antes.

Keable se rascó la coronilla:

—Ya lo sé, Tom.

Era una declaración de eficiencia, una reafirmación de competencia, pero Thorne vio algo más: una velada instrucción de conservar la calma, un aviso. Era lo que había visto tantas veces oculto tras una pregunta discreta o una mirada de preocupación. Lo veía más, por supuesto, cuando había un sospechoso por medio. Cualquier sospechoso. Le irritaba, pero lo entendía. El caso Calvert era parte de una historia popular. Casi parte del folclore, como Jack el Destripador. Una culpa que todos heredaron, en mayor o menor medida. Pero él había formado parte de ello y los demás no. Había estado en medio de todo.

Keable se dio la vuelta y se dirigió hacia el ascensor. Un coche debía estar esperándole para llevarle a través de la ciudad, a reunirse con su superior. Pulsó el botón para ir a la planta baja y se volvió para mirar a Thorne.

—Avísame cuando Hendricks se ponga en contacto contigo.

Thorne se quedó mirando cómo Keable entraba en el ascensor y ambos aguardaron unos incómodos quince segundos hasta que se cerraron las puertas. Keable le diría al superintendente que, aunque era obvio que debían esperar los resultados de las pruebas, había una posibilidad bastante cierta de que se hicieran avances decisivos. Alguien debía haber visto al asesino cuando secuestró a la chica. Este era, definitivamente, el punto de inflexión que buscaban para el caso.

Thorne se preguntaba si se habrían preocupado por mencionar el asunto que flotaba en el ambiente desde que apareció esa nota en su parabrisas. Podía estar intentando decirles «venid a atraparme» y deshacerse tan torpemente del cuerpo de Helen Doyle podía haber sido una provocación. Pero una cosa estaba clara: el asesino ya no se preocupaba por intentar ocultar lo que hacía, porque sabía que iban tras él. Si el ser consciente de que la policía había descubierto su juego le hacía ser más descuidado, entonces Thorne se alegraba de que lo supiera. Pero lo que realmente le preocupaba era cómo se había enterado.

¿Por qué coño no saben qué hacer conmigo? Pueden implantar una oreja humana en un ratón y clonar una puta oveja. Clonan ovejas, por el amor de Dios, que es la cosa más inútil del mundo, porque ¡cómo diablos pueden saber que una jodida oveja es igual que otra y DICEN QUE NO ME PASA NADA!

Realmente, no me pasa nada.

Un ataque de apoplejía. Parece tan dulce, tan discreto. No tengo la sensación de haber sido atacada por nada. Me siento como si me hubieran golpeado con un martillo neumático. Mi abuelita sufrió un derrame cerebral pero podía hablar. Hablaba entrecortadamente y las drogas la desorientaban un poco. Antes de aquello, sólo parloteaba de... ya sabes, cosas de gente mayor. Nunca llegaba hasta el extremo de decirle su edad a extraños en la parada del autobús, pero puedes imaginártelo. Las drogas que le daban la convirtieron en una especie de poetisa geriátrica. Se pasaba el día hablando de motoristas que conducían de noche por los pasillos del hospital y de enfermeros que querían sexo con ella. En serio, era para morirse de risa, ¡tenía ochenta y seis años! Pero al final ha conseguido que la entienda. Ese hombre me provocó una apoplejía. Anne me contó lo que me hizo. Me enredó una arteria y me provocó una apoplejía. ¿Por qué no pueden den desenredarla? Debe haber especialistas que se dediquen a eso. Aquí estoy tirada, gritando y chillando y, las enfermeras pasan junto a mí y me miran como si estuviera echándome una siesta al sol. Ya deben haber terminado todas las pruebas. Deben saber que aún sigo aquí, hablando sola, echando sermones y despotricando. Mi cabeza no para de funcionar, ¿no lo veis? Aún conservo el sentido del humor, joder.

Estaba en lo cierto con lo de Anne y el poli, Thorne. Me he encontrado antes con gente como Anne. Siempre van por dos tipos de hombre: los que tienen algo interesante en el cerebro y los que lo tienen en la entrepierna. ¿Un hombre que tenga las dos cosas? Olvídalo. Creo que está bastante claro en qué categoría entra su exmarido. Ha llegado la hora del cambio. Si quieres mi opinión, creo que el poli se llevará el gato al agua.

Creo que, a partir de ahora, me liaré sólo con los cerebritos.

Tim se sentó junto a la cama esta mañana y me cogió de la mano. Ni siquiera se molesta ya en hablar conmigo.