CAPÍTULO VEINTE

Thorne luchaba por mantenerse despierto mientras conducía en dirección a Edgware Road. Le ayudaba el sonido que hacían las seis latas vacías, chocando entre sí sobre la alfombrilla del coche, pero debía seguir luchando. Había sido una noche muy larga y muy gris. Ni siquiera el espectáculo de ver a Holland al teléfono por la mañana, retorciéndose con cara de dolor, mientras intentaba explicarle a Sophie dónde había pasado la noche, había conseguido levantarle el ánimo.

Hablaron mucho esa noche. Holland le dijo a Thorne lo que le había ocurrido a Michael y Eileen Doyle. Lo habían hecho con pastillas. Una vecina avisó a la policía que se presentó enseguida en la casa de Windsor Road. La señora afirmaba que habían decidido irse con sus parientes después de lo que le había pasado a Helen.

Un oficial de policía los encontró en la habitación de la planta de arriba, sujetándose de las manos.

A pesar de lo que ya había bebido Holland, Thorne sacó unas cuantas latas más mientras hablaban de esto y lo otro. Padres, parejas, trabajo. A medida que la bebida y el cansancio iban surtiendo efecto, Holland comenzó a dispersarse y Thorne a divagar vagamente sobre las chicas. Sobre Christine, Susan Madeleine y Helen. No le habló de lo de sus voces. No le dijo lo extraño que le parecía no haber escuchado la voz de Maggie Byrne ni una sola vez.

Thorne se preguntaba si Holland las escuchaba. Nunca llegó a preguntárselo.

La nota descansaba en el asiento del conductor, convenientemente envuelta. Se imaginaba a sí mismo, entregándola a cambio de una orden de registro. Se escuchaba, leyéndole sus derechos a Jeremy Bishop. Se veía, llevándose al buen doctor por el camino de la entrada, entre sus macetas de terracota, llenas de flores secas y moribundas.

Al llegar al trabajo, todo eso se desmoronó.

—No pudieron sacar nada. Lo siento, Tom.

Keable tenía aspecto de estar abatido. Pero no tan abatido como Thorne. Le habían estado esperando, Keable y Tughan, para joderle la mañana en cuanto saliera del ascensor.

—Un anillo es una pieza bastante difícil para recoger ningún tipo de huella. Una superficie demasiado pequeña. Este estaba hecho un asco. Contiene docenas de huellas parciales, pero ninguna que valga realmente la pena. Incluso lo hemos enviado a Scotland Yard. Allí tienen un equipo mucho más moderno, pero...

—¿No se ha encontrado piel muerta en su interior, pelos del dedo? —Thorne trataba de sonar convincente.

Tughan sacudió la cabeza.

—El tipo con el que hablé dijo que ese anillo era la pesadilla de un forense. Por amor de Dios, ha estado recorriendo el país, pasando por las manos de un montón de gente.

Thorne se apoyó contra las puertas del ascensor y sintió la batalla interior que mantenían su furia y su cansancio, para hacerse con el control de su cuerpo.

—¿Pudisteis, al menos, comprobar el sello de calidad? Comprobadlo y descubriréis que ese anillo se hizo el mismo año en que Bishop se casó.

Keable sacudió la cabeza, pero Tughan no estaba de humor para reírse de Thorne.

—Escucha, aunque encontráramos algo, la conexión como prueba es inexistente.

La furia ganó la batalla.

—¿Y quién cojones tiene la culpa? Esto ha sido una gran cagada, de principio a fin. Debería tener una orden de registro a estas alturas. Debería haber puesto la casa de ese bastardo patas arriba. El caso debería estar resuelto ya... ¡cerrado!

Tughan retrocedió hacia su mesa.

—Nunca pasó de ser una posibilidad remota, Tom. Todos lo sabíamos, menos tú. Además, ¿qué pensabas hacer? ¿Comprobar si entraba en el dedo de Bishop, como si fuera un jodido zapato de cristal?

Thorne aguardó a que desapareciera la risita autoindulgente del rostro de Tughan.

—¿Cómo piensas gastarte el dinero que te pagó el periódico, Nick?

Sus profundas mejillas enrojecieron de repente. Keable le miró fijamente un segundo y volvió a mirar a Thorne, decidiendo que sería mejor dejar las acusaciones para otro día.

—Escucha, Tom —dijo Keable—. Nadie está más preocupado por este hombre que yo y voy a hacer todo lo que esté en mi mano, confía en mí.

Súbitamente, Thorne sintió que le dominaba el cansancio. Le costaba mantener erguida la cabeza. Cerró los ojos, manteniéndolos cerrados unos segundos, hasta que Keable volvió a hablar.

—Ahora tenemos esta última nota. Es un suceso significativo.

—¿Otra rueda de prensa?

—Creo que sería buena idea, sí.

Thorne llamó de nuevo al ascensor. Levantar la mano y pulsar el botón fue todo un desafío. Pudo hacerse una idea del tremendo esfuerzo que suponía parpadear para Alison. Quería irse a casa. No tenía ninguna intención de quedarse allí respondiendo al teléfono.

Una pregunta final.

—¿Es Jeremy Bishop el primer sospechoso de esta investigación?

Keable dudó unos instantes antes de responder, pero el zumbido de sus oídos no le permitió oír la respuesta.

Conducía demasiado rápido por Marylebone Road. El tremendo esfuerzo que le suponía controlar el volante, mantener la concentración, le había empapado en sudor que goteaba cada vez que se inclinaba hacia adelante casi paralizado por el agotamiento. Consumió casi toda la energía que le quedaba aporreando el volante, intentando mantener el ritmo de la música que escupían los altavoces.

Subió el volumen al máximo e hizo una mueca de dolor. Sus altavoces baratos distorsionaban el sonido, convirtiendo los tonos agudos en sonido de cristal, a punto de hacerse añicos y, los bajos en truenos. La música, si todavía podía denominarse así, hacía temblar todo el coche, pero la habría hecho sonar más fuerte si pudiera. Quería que el ruido le martillease, que le hipnotizase.

Quería sentirse anestesiado.

Giró bruscamente hacia una calle interior, cogió el teléfono y se detuvo, justo después del Madame Tusaud.

Bajó la música y marcó el número en su móvil.

Había una larga lista de turistas haciendo cola en la lluvia, esperando entrar para quedarse embobados ante las réplicas de cera de estrellas del pop, políticos, deportistas y, desde luego, de asesinos en serie: la Cámara de los Horrores era siempre la atracción más popular.

En todos sitios.

El reclamo de la muerte violenta.

Anne cogió el teléfono.

—Soy yo... siento lo de ayer.

—Muy bien... —dijo, sonando insegura, ocultando sus pensamientos.

—Escucha, Anne, todo ha cambiado, todo está jodido, si te soy sincero y quería decirte que... —tu ex novio se ha librado del atolladero— ... la prueba en la que confiaba no se ha materializado, así que ignora lo que te dije, ¿de acuerdo?

—¿Y qué ocurre con Jeremy?

—¿Puedo verte más tarde?

—¿Sigue siendo sospechoso?

Esta vez, era el turno de Thorne de dudar un buen rato antes de responder.

—¿Puedes venir a casa más tarde?

—Escúchame, Tom, no te diré que no me agrada porque no sería sincera. Yo también siento lo de ayer.

Thorne escuchó el sonido de fondo de la megafonía, llamando a un médico. Esperó a que acabase la alocución.

—Anne...

—Estaré allí sobre las cinco. Estoy de guardia esta noche, así que saldré temprano, ¿de acuerdo?

Estaba muy de acuerdo.

Había contado con cierta dosis de ineptitud. Le había concedido cierto margen de error a sus planes, pero esto iba más allá de cualquier cosa que hubiera podido imaginar.

Jodidos cretinos. Malditos idiotas..

Sería estúpido por su parte esperar cualquier tipo de equilibrio, eso lo sabía, pero esta jodida impredecibilidad era insoportable.

En cuanto colgó el teléfono, comenzó a sentir que la depresión iba tomando su cuerpo envolviéndole como una manta oscura y rasposa.

Comenzó a andar arriba y abajo, en línea recta. De una placa del suelo a otra. Moviéndose lentamente, en sentido vertical, a través de la habitación. Subía una, sintiendo en el pie el frío de la madera descolorida y bajaba otra, acariciando con los dedos de los pies cada nudo espiral de la madera finamente pulida. Arriba y abajo, mientras acariciaba con la yema de los dedos las arrugas de la piel sobre su estómago.

Arriba y abajo, ralentizando la respiración, relajado por la blancura pálida de las paredes.

Sabía reaccionar ante los reveses. Era muy adaptable, ¿no es cierto? Champán o intravenosa. Su casa o la de ellas. Despedidas de soltera o autobuses nocturnos. Lo que fuera necesario. Este no iba a ser el final que había previsto, pero serviría. Su plan inicial, su escenario mágico perfecto, el producto resultante de su labor médica, implicaba, desde luego, algo de sufrimiento distribuido a lo largo de un amplio espacio de tiempo. Una gran dosis de sufrimiento rápido demostraría ser igual de placentero.

Cogió el teléfono para llamarla de nuevo. Le haría feliz que la llamase. Seguro que se pondría contentísima con la invitación. Tremendamente excitada ante la perspectiva de lo que podía deparar la tarde. Aunque no tan excitada como él, obviamente, pues él sí sabía exactamente cómo iba a ir la tarde.

Era el momento de entrar en acción.

El momento de encontrar una nueva forma de infligir daño.

Anne se las arregló para salir de Queen Square antes incluso de lo que pensaba, pero para cuando llegó al piso, sobre las cuatro, Thorne llevaba ya encerrado casi seis horas entre cuatro paredes.

Había intentado irse a la cama pero fue inútil. Cada músculo se retorcía de sueño pero el cerebro no se daba por enterado. Había una fuerza descontrolada en su interior, una energía desbocada, que luchaba por salir. Aunque su cuerpo se sentía más cansado que nunca la mente trabajaba a un ritmo frenético. Rugía y retumbaba vertiginosamente, hasta que descarrilaba y se detenía. Entonces, comenzaba de nuevo a girar y a rugir.

Podría hacer frente a Bishop con el asunto del anillo.

Decirle que había hallado pruebas que le incriminaban.

Plantarle en la cara la puta prueba...

Conseguiría sacarle una confesión. Dios, sería fantástico sentir cómo le crujen los huesos de la cara bajo los golpes de sus puños; no parar de golpearle hasta que Bishop se debatiese entre la vida y la muerte, para que supiera qué se siente siendo Alison Willetts.

Lo que sea necesario, Tommy.

Helen, siento mucho...

No te preocupes, Tommy. Simplemente, ocúpate de atraparle. Aún puedes atraparle, ¿no es cierto?

Una parte de él se imaginaba que Anne barrería todo esto de su mente con sus besos, con su sexo y que se quedaría plácidamente dormido sintiéndose revitalizado.

Eso fue prácticamente lo que sucedió.

Entró en su salón, entusiasmada como una colegiala, y provocó su primera sonrisa del día, que hizo que le doliera un poco la cara; le dijo que se tumbara y fue a preparar un par de tazas de té.

Thorne le había dicho una vez que no necesitaba una madre. En este caso, no puso ningún impedimento.

Anne trajo las bebidas a la habitación.

—Parecías algo desquiciado cuando me llamaste.

Thorne lanzó un resoplido. Cuando Anne le retiró el cojín con el que se cubría la cara, se sintió tranquilizada al ver que sonreía.

—¿Cómo estás?

—He tenido muchos altibajos últimamente, cientos de ellos.

Le dio su taza de té.

—¿Y no te ha dado por...?

Thorne sacudió la cabeza.

—Sólo alcohol y tabaco. Las drogas de la clase trabajadora.

—Esas son las más peligrosas.

Thorne le dio un sorbo a su té, con la mirada perdida en el techo.

—Lo que necesito es una estancia de seis semanas en una de esas cómodas y confortables habitaciones que tenéis en la UVI. Tirado en la cama, drogado y con una médico sexy atenta a todas mis necesidades. ¿Está libre la habitación que hay junto a la de Alison? ¿Tiene buenas vistas? Pagaría bien, obviamente...

Anne soltó una carcajada y se sentó en el sofá.

—Te avisaré en cuanto se nos quede una libre.

—¿Qué tal está? No sabía que había vuelto a la ventilación automática —Anne le dirigió una mirada inquisitiva—. Fui a verla el otro día. Estabas en una reunión, creo.

—Lo sé. Ha estado un poco distraída, desde entonces...

Thorne ignoró la pregunta implícita.

—¿Se encuentra mejor?

Anne sacudió la cabeza, sintiéndose cansada por primera vez.

—Siempre estará expuesta a infecciones de este tipo.

Anne levantó una ceja.

—¿Qué le dijiste a Alison? —dijo, recordando la última vez, en la que encontró la fotografía.

Thorne resopló, adoptando una mueca de autodesprecio.

—Fui para decirle que pronto arrestaríamos a Jeremy Bishop.

La cháchara duró tan poco como el té.

El silencio que se hizo entre ambos amenazaba con ser definitivo, pero Anne habló despacio, sin mirarle.

—¿Por qué pensaste que era él, Tom?

¿Pensaste? En pasado. No para Thorne.

—Obviamente, todo comenzó con el robo de la droga. Después, la conexión con Alison y la falta de coartada para los otros asesinatos. La descripción física y el coche —suspiró profundamente, frotándose fuertemente los ojos con los dedos índice y pulgar—. Es pura teoría. No tengo pruebas, ni una orden de registro para poder conseguirlas.

—¿Qué crees que encontrarías?

—Una máquina de escribir, quizá. El fármaco, probablemente. A menos que lo guarde todo en el hospital, lo cual...

Anne se puso en pie bruscamente y comenzó a caminar nerviosamente por la habitación.

—Sigues obsesionado con esos fármacos, pero no tiene sentido. ¿Por qué demonios necesitaría robar tal cantidad de droga, Tom? Jeremy trabaja con ese material cada día. Si quisiera, podría haber cogido cuanto quisiera sin levantar la más mínima sospecha. Podría haberse guardado una ampolla, o incluso dos, en el bolsillo cada día, durante seis meses y nadie se habría dado cuenta. Así que, ¿para qué atraer la atención hacia sí mismo, robando una gran cantidad de una sola vez? Cuando desaparecen fármacos en esas proporciones siempre se organizan registros. Jeremy no necesitaba hacer eso, Tom.

Y ¡boom! Ahí estaba. La melodía que había sido incapaz de situar. Eso era lo que había estado preocupándole tanto tiempo, martilleándole el cerebro, escurridizo y evasivo. Ella tenía razón, desde luego. ¿Por qué nadie se había molestado en sentarse a hablar con un jodido médico? ¿Cómo se les pudo pasar? ¿Cómo se le pudo pasar?

Muy fácil: No había querido que la solución estuviese allí.

Hendricks: Tienes puesto los tapaojos y ya estoy hasta las narices.

Sentía que le faltaba la respiración. Dios, todo se desmoronaba frente a él.

—Lo siento, Tom.

Cerró los ojos. Los cerró fuertemente. Sabía que no era Anne la que debía pedir disculpas. Había gente a la que él tenía que pedir disculpas.

La primera vez que le puso los ojos encima, pensó que se parecía al médico de El Fugitivo. Aquel médico resultó ser inocente también.

—Me temo que mezclé mis sospechas con el ansia que tenía de que fuera él.

—Sssssh...—Anne se sentó junto al sofá y le acarició el pelo.

—Se convirtió en un asunto personal. No establecí la distancia suficiente.

—Tom, ahora no importa. Nadie resultó herido.

—Estaba tan seguro, Anne. Tan seguro de que Calvert era el asesino.

Thorne sintió que la mano dejó de acariciarle. Acarició la cabeza. Intentó reírse.

Había sido un lapsus.

—Bishop, quiero decir Bishop.

—¿Quién es Calvert?

Whisky, orina y pólvora. Y camisones recién lavados. No, joder, no...

—Tom, ¿Quién es Calvert?

Y comenzaron a fluir las lágrimas. Todo salió a la superficie, cada momento repugnante y hediondo. Por primera vez en quince años, se remontó completamente atrás. Jan nunca había tenido ni el tiempo ni el estómago suficiente para esto, pero ahora no pensaba guardarse nada. Sin luces de aviso para personas sensibles.

Thorne luchó por controlar sus sollozos.

Se lo contó todo.