CAPÍTULO VEINTICUATRO

Era una estrecha puerta verde, sin ventanas. Podía confundirse fácilmente con una verdulería o una zapatería de una pequeña calle aledaña a la concurrida Brixton Road. Thorne no veía el Volvo por ningún lado. Quizá había otra entrada. Eso tendría sentido, después de todo. Una puerta trasera para poder introducir los cuerpos sin ser visto.

Sí, era posible que estuviese completamente equivocado. Podía tratarse de una coincidencia que pareciera que se dirigían hacia esta dirección y era posible que ahora, en el preciso instante en que Thorne permanecía en pie bajo la lluvia mirando una estrecha puerta verde sin ventana, Bishop podía estar llevándose a Anne hacia un sitio donde nunca la encontraría.

¿Estaba haciendo todo esto únicamente para hacerle daño a él?

Thorne apretó la oreja contra la puerta y escuchó. Ni un solo sonido.

Estaba seguro de que Bishop sabía que le seguían. Thorne esperaba haber encontrado la puerta abierta. De par en par, invitándole a pasar. Nada de trampas, nada tan vulgar.

Más bien una invitación.

Presionó la mano contra la puerta. Estaba cerrada.

Tocaba retirarse y esperar a que Holland llegara con los refuerzos. No tardaría demasiado, siempre que esos cretinos de la Policía de Tráfico hubieran hecho lo que les ordenó. Volver a su coche y esperar, eso sería lo más apropiado.

Volvió a apoyar la cabeza en la puerta, pero esta vez añadió la presión del hombro. No fue un movimiento violento. Sólo una presión mantenida, usando su peso.

La puerta cedió sin dificultad, como si hubiera empleado una llave. Casi no se produjo ningún sonido.

Con el haz de luz que se proyectaba desde la fachada de enfrente, Thorne pudo vislumbrar un pasillo, que conducía a una escalera que se perdía en la oscuridad. Todo lo demás parecía estar en las dependencias superiores, sobre la verdulería.

Se introdujo silenciosamente en la casa e intentó cerrar la puerta tras de sí. La cerradura no podía cerrarse una vez forzada, así que dejó la puerta encajada. Se volvió hacia el interior y escuchó.

Lo único que oía era el sonido de su propia respiración, el crepitar de la lluvia y el sonido del tráfico desde la avenida. Buscó a tientas el interruptor de la luz y se topó con uno de esos pulsadores de botón diseñados para ahorrar energía. Elevó la mirada hacia el final de la escalera.

Aquel lugar estaba muy desordenado. Había publicidad y cartas sin abrir esparcidas por la deshilachada alfombra de la escalera. Flotaba en el aire el olor a comida rápida de algún tipo: china, quizá.

La cocina se encontraba en el otro extremo de la escalera. Allí se encontró con otro pulsador de luz, idéntico al de la escalera; justo cuando este saltó, dejó la casa a oscuras.

Era un cuchitril diminuto y miserable. El suelo marrón de vinilo estaba cuarteado y pringoso y las paredes mostraban manchas de grasa seca. Se notaba el poso de decenas de bolsas de té usadas, que se amontonaban en el lavadero como estiércol. Una mancha reseca de kétchup se escurría por el lado de un cubo de basura que, una vez, fue blanco. Obviamente, la comida rápida era una opción bastante razonable en estas condiciones.

Thorne retrocedió y salió de la habitación. Otra media docena de escalones conducían al segundo piso. Desde donde se encontraba, podía ver una puerta al frente y otras dos a la izquierda. Comenzó a moverse lentamente hacia la siguiente planta, deteniéndose unos segundos a escuchar a cada paso que daba. Las dudas que había mantenido en un principio en el exterior de la casa dieron paso a la certeza, fría y viscosa, de que no estaba solo.

Estaba llegando a su fin. Podía sentirlo. En algún lugar de este piso se encontraba la pared contra la que apoyaría su espalda, buscando protección.

Thorne siguió avanzando, hacia delante y hacia arriba, sabiendo que se aproximaba al lugar donde asesinaron a Helen Doyle y Leonie Holden. Las paredes del descansillo estaban desnudas y grasientas. El papel reseco que las ornamentaba se desprendía a jirones como hojas muertas. La superficie de la alfombra estaba arenosa y salpicada de manchas. Tenía la extraña sensación de que se movía bajo sus pies.

No era el sitio ideal para traer a nadie a morir.

La primera puerta a la izquierda daba paso a un pequeño cuarto de baño, no mucho mayor que un armario empotrado. Thorne asomó la cabeza durante algunos segundos. Era suficiente. No había ningún tipo de adorno. Simplemente, un mugriento inodoro blanco y muy mal olor.

Seguidamente, se encontró con el dormitorio. Quizá algo más limpio, pero repleto de cachivaches, muy desordenado, y con un rancio aroma a sudor. Había varios pares de zapatos alineados junto a la chimenea. Junto a una de las esquinas se encontraba un espejo de cuerpo entero, en el que se apoyaba una tabla de planchar. Había montones de revistas desperdigadas sobre el suelo de corcho. La cama deshecha destacaba en el centro de la habitación y, junto a la pared de enfrente, se apilaban varias cajas de cartón.

Aquí no es.

Al retroceder hacia la entrada del dormitorio percibió un sonido, desde algún lugar, en un nivel superior. Se quedó helado. El tenue crujido de la madera bajo el peso de una pisada.

Una pisada.

Aunque no hubiera sentido ese ruido, Thorne se habría saltado la última habitación de todas formas. Al avanzar hacia ella, miró a su derecha y descubrió el sitio al que debía dirigirse. Las escaleras que conducían hacia lo que debía ser la planta superior habían sido decapadas y cuidadosamente cepilladas. Cada escalón, además del pasamano, estaba cubierto de cinta de polietileno.

Completamente estéril.

Alzó la vista. La escalera se elevaba abruptamente unos siete metros hacia lo que debía ser un ático o un desván. Todo lo que podía ver desde su posición era un cuadrado de luz, un agujero en el suelo de la habitación que se abría sobre su cabeza. Sopesó la situación con rapidez. Sabía que se quedaría a ciegas. No podría ver nada de lo que había en el interior de la habitación hasta que su cabeza asomase a través del suelo.

No había otro sitio adonde ir.

Todo se decide siempre en la puerta del fondo, Tommy.

Volvió a sentir el sonido, casi imperceptible, del crujido de la madera sobre su cabeza. Un segundo más tarde oyó una débil voz humana.

Anne...

Thorne levantó la cabeza y comenzó a subir.

A pesar del ataque que sufrió en su casa y del hecho de que ese hombre había asesinado, al menos, a seis mujeres, Thorne no pensó instintivamente en Bishop como en una persona violenta. Mientras seguía subiendo lentamente, peldaño a peldaño, hacia el futuro incierto que le aguardaba en el ático, no pensó ni por un momento que pudiera sufrir ningún daño físico. Bishop podía tener la ventaja de la sorpresa y de la situación, pero Thorne supuso que no estaría esperando a que su cabeza apareciera a través del suelo, centímetro a centímetro, preparado para darle un puntapié en los dientes o a golpearle con una barra de hierro.

Ya casi estaba arriba. Faltaban pocos centímetros.

No sentía el más mínimo temor por su integridad física, pero no había estado tan asustado en su vida.

Los dos últimos peldaños.

No le preocupaba lo que iba a sentir...

Se impulsó en el último escalón y alzó el cuerpo.

... Estaba aterrorizado por lo que iba a ver.

Elevó la cabeza a través del agujero hacia la intensa luz blanca. Parpadeó con rapidez para ajustar la vista y abrió los ojos. El último pensamiento de Thorne, antes de quedarse paralizado por un escalofrío helado, fue que tenía razones para estar aterrorizado.

Lanzó el cuerpo al nivel del suelo, como un náufrago que sube a un salvavidas lleno de agujeros y se quedó mirando, atónito.

Paredes muy, muy blancas y suelo pulido y brillante. La luz, procedente de una hilera de faros halógenos unidos a la pared, se reflejaba en el metal lustroso de la bandeja y del carrito de herramientas. Un elegante grifo de cromo pulido alimentaba dos piletas de un blanco inmaculado. En un lado había una rudimentaria silla negra, el único mobiliario de la habitación. Todo lo demás era frío y funcional. Útil para seguir el procedimiento adecuado.

Bishop estaba en el centro de la habitación, muy ocupado. Elevó la cabeza y dirigió a Thorne una sonrisa extrañamente triste.

Thorne miraba los ojos de la chica, resaltando las órbitas al intentar resistirse, con las exiguas fuerzas que le restaban, a la manipulación de su agresor sobre el cuello, aunque sin conseguir lo más mínimo. La droga que fluía por las venas de Rachel Higgins había dejado sus miembros tan inútiles y poco cooperadores como estarían el resto de su vida, si el procedimiento que Bishop se disponía a desarrollar llegara a completarse con éxito.

Thorne sintió un gruñido a su izquierda. Se dio la vuelta. Anne yacía inmóvil contra la pared, con los ojos completamente abiertos y un hilillo de baba cayéndole por la boca. El Midazolam estaba haciendo efecto sobre ella también y no podía hacer otra cosa que mirar desesperadamente las manos que trabajaban sobre su hija.

Una voz hizo que Thorne girara rápidamente la cabeza. Bishop acariciaba la parte trasera del cuello de la chica.

—Hola, Tom. Vienes a estropearnos la fiesta, ¿verdad?

Thorne se quedó completamente quieto, mirando a Bishop. Sin querer moverse, por miedo a sobresaltarle. Incapaz de moverse, aunque hubiera querido. Con la boca completamente seca y la voz convertida en un tenue susurro.

—Hola, James...

Había un montón de preguntas difíciles que hacerse y descifrar un puñado de posibles motivaciones y aberraciones psicóticas, pero durante unos pocos segundos, ante la terrorífica escena que se desplegaba ante él, Thorne lo vio todo con claridad. Acaso brevemente, durante uno o dos latidos de su corazón, todo aparecía claro y supo exactamente qué, quién y por qué. Visualizó claramente cómo le habían manipulado, cómo le habían usado. Cómo James Bishop había jugado con él, incitándole, provocándole, explotando sus puntos débiles y aprovechándose de su fuerza. Cómo había estado absolutamente acertado y completamente equivocado. Por qué había muerto Margaret Byrne y por qué podría haber estado aún con vida, si no hubiera sido por él.

Cómo se había dejado llevar por su jodido olfato.

Completamente superado.

James Bishop estaba desnudo de cintura para arriba. Media docena de rugosas cicatrices rosadas se entrecruzaban sobre su estómago, como gusanos gigantes que reptaban bajo su piel. Eran heridas de cuchillo, pensó Thorne. Autoinfligidas.

Anne: «... estaba un poco neurótico».

Rebbeca: «... ]ames se había apartado del buen camino».

Las cicatrices eran el detalle más insignificante. El pelo corto estaba encanecido. Un spray de tinte era la explicación más convincente. Tratando de convertirse en actor. Cualquier cosa que ayudara a pagar la renta. Llevaba unas gafas idénticas y era fácil confundirse, incluso desde aquí, en una habitación bien iluminada, a pocos metros de distancia. Por la noche, en la calle, con la única luz de los faroles o sin ninguna luz en absoluto, a nadie se le podría culpar por pensar que veía a un hombre diez años mayor de lo que era en realidad.

Era Thorne el que había visto a Jeremy Bishop.

Thorne miró a Rachel y a Anne.

—¿Qué sentido tiene todo esto, James? ¿Qué tiene esto que ver con nada?

Bishop sonrió. ¿No era obvio?

—Bueno, como has fallado tan estrepitosamente en tus esfuerzos por arrestar y condenar al hombre equivocado...

—A tu padre.

—A mi padre, sí. Voy a acelerar las cosas un poco. Con algo menos de sutileza. No es lo que hubiera preferido, pero conseguiré el efecto deseado.

—¿Y cuál es?

Bishop sacudió la cabeza.

—Definitivamente, no eres el hombre que pensaba que eras, Tom.

—Podría decir exactamente lo mismo de ti, James...

—Que la propia hija de Anne se convierta en uno de sus pacientes es bastante sublime, ¿no te parece? Es posible que ni siquiera él pueda vivir con esa carga —James seguía manipulando la base del cráneo de Rachel—. No te preocupes, él ya ha vivido bastante tiempo soportando su propia carga.

Los ojos de Thorne no se separaban de sus dedos, largos y huesudos. De las manos enfundadas en guantes quirúrgicos de látex. Manos expertas.

James en su piso. Pavoneándose, inmaduro y tan transparente. «He pasado un par de años en la universidad, sí. No cumplo demasiado con el modelo de la torre de marfil.»

La pregunta que Thorne nunca hubiera pensado que formularía. Tres estúpidas palabras.

¿Y qué estudiaste?

Era importante que siguiera hablando.

—¿Y de eso se trata todo, James? ¿De hacer daño a tu padre? ¿De vengarte?

Bishop le miró, quitándose la máscara de cortesía.

—Eres un jodido estúpido, Thorne. ¿De qué va todo esto? —dijo, con ojos de desprecio. Entonces suavizó la voz y cambió a un tono más discreto, de preocupación, aunque con la fuerza que manaba de la convicción—. Se trata de intentar conseguir la perfección. De coger algo viciado, imperfecto y podrido y librarnos de ello. De eliminar la dependencia. De dejar que el cerebro, la única parte del cuerpo que tiene alguna utilidad, florezca, sin el lastre del cuerpo. Se trata de conseguir la libertad.

Thorne lanzó una rápida mirada a Anne. Una mirada que pretendía indicarle que todo iría bien. Se metió las manos en los bolsillos, intentando aparentar tranquilidad y se volvió lentamente hacia Bishop, con mirada inquisitiva.

—La fragilidad del cuerpo humano. ¿Es algo que te enseñó tu padre?

—Una de tantas cosas... —la voz había vuelto a cambiar. Superficial, desinteresada.

—¿E intentas incriminarle por ello?

Bishop apartó una mano de la cabeza de Rachel y se acarició el nudo de cicatrices de su estómago. La otra mano permaneció donde estaba, masajeando los músculos de la parte trasera del cuello. Thorne estaba pensando en abalanzarse sobre él, lo atraparía en un segundo. Pero un segundo era lo que Bishop necesitaba para hacer daño a Rachel. Así que Thorne prefirió ofrecerle una respuesta a la pregunta.

—Así que quieres matar dos pájaros de un tiro.

—Muy acertado. Excepto por la parte de matar, obviamente. Ese verbo no es el más apropiado.

Thorne no estaba muy de acuerdo.

—Ya has matado bastante, James —Bishop se encogió de hombros.

Un arma equilibraría bastante las cosas. Los ojos de Thorne se posaron en el carrito de herramientas, sobre los brillantes instrumentos, perfectamente alineados. Pinzas, fórceps, un escalpelo.

Bishop le leyó las intenciones.

—Por favor, no pongas en peligro el procedimiento, Thorne —dijo, sonriendo y fijando la vista en el escalpelo—. Creo que lo cogería antes que tú.

Thorne asintió lentamente con la cabeza. Sentía la presión de los ojos de Anne sobre él. Suplicándole.

Bishop acarició el músculo de la base del cráneo de Rachel.

—El esternomascloideo, Tom. ¿No te resulta familiar?

A Thorne le resultaba bastante familiar. Sabía lo que buscaba Bishop. Lo que pretendía.

—¿Por qué me atacaste, James? Es algo que aún no he llegado a comprender.

—Sabía que pensarías que se trataba de mi padre. Sabía que estarías convencido de ello. Era muy fácil. Tu relación con Anne fue muy oportuna. Quizá tus pelotas te nublaron un poco el buen juicio. Ha sido tan fácil incitarte, Tom, tan fácil provocarte.

El rostro de Thorne se ensombreció levemente ante lo incontestable de esta afirmación: había caído mansamente en cada una de las trampas que le había tendido Bishop, siguiendo dócilmente las miguitas de pan que le había ido dejando en su camino: las drogas, la sincronización de los asesinatos, el coche...

—¿El Volvo?

—El viejo es un entusiasta de los Volvos. Cuando se compró el coche nuevo, le persuadí para que me dejase el antiguo. Creo que le di cien libras por él, lo que, evidentemente, es menos de lo que tendría que haber pagado simplemente por el garaje, pero ya sabes, así son los padres.

Thorne cayó en la cuenta de que esa era la clave. Nadie conocía mejor a Jeremy Bishop. Su hijo conocía sus movimientos; por dónde salía, las palabras que usaba. Sabía todo lo que su padre le había contado sobre Alison, sobre el caso. Sabía cómo robarle el anillo de compromiso.

—Siento que no saliera bien lo del anillo, James. Me temo que estás comprometido por el análisis forense.

—Esas cosas ocurren. Lo siento por la señora Byrne. Lo siento por todas las mujeres que han muerto, lo digo sinceramente, pero ya te lo había dicho, ¿no? Aunque, desde luego, no habría tenido que morir si no te hubieras encabezonado en irrumpir allí con tus estúpidas fotografías en la mano. ¿No te has parado a pensar en eso, Tom?

James en su piso. Observando la dirección de Margaret Byrne escrita en un trozo de papel, junto al teléfono.

Thorne se había equivocado radicalmente. Margaret Byrne no había muerto porque pudiera identificar a Jeremy Bishop. Había muerto precisamente porque podía decir con seguridad que Jeremy Bishop no era el asesino.

Se miraron fijamente a los ojos, a través de dos metros de espacio blanco reluciente, entre el sonido de la lluvia que martilleaba en el tejado sobre sus cabezas.

Thorne dio un respingo y ambos giraron la cabeza cuando enmudeció el busca.

Recordó que Anne estaba de guardia. Llevaba el busca en el bolso que permanecía tirado en el suelo junto a ella.

Thorne había deducido una nueva clave del caso para cuando el aparato dejó de sonar. La llamada de teléfono que Margaret Byrne le había visto hacer: Bishop llamaba a su padre, para comprobar si habían solicitado su presencia en el trabajo. Comprobaba su disponibilidad.

—Llamaste a tu padre de camino al hospital. Aquella noche, con Alison. Probablemente estuvieras sentado en el exterior, esperando a que llegara tu padre, proporcionándole una coartada casi hermética, poniendo su nombre en la lista —Bishop sonrió modestamente—. Lo mismo que con los fármacos, en Leicester.

Bishop le interrumpió.

—Sí, un error considerable, obviamente. ¿Nadie se dio cuenta de eso?

Thorne volvió a lanzar otra mirada a Anne. Todo iba a ir bien.

—Anne lo descubrió.

Bishop sonrió.

—Estoy impresionado. Pero ocurrió tal como dices y aquello puso el nombre de mi padre en la lista. Ese era el gancho. Hizo que picaras el anzuelo.

Desde luego, había conseguido ese efecto.

—Pero nunca habría funcionado, James. Era todo demasiado circunstancial. No había ninguna prueba sólida.

—Eso nunca pareció preocuparte demasiado, ¿no es cierto, Tom?

Tom no podía decir nada, tenía la lengua seca y pegajosa.

De repente, Bishop esbozó una extraña sonrisa. Thorne supuso que había colocado los dedos en la posición correcta y observó en su cara un gesto parecido al éxtasis.

—Esta es mi parte favorita, Tom. Todo comienza aquí.

Los músculos del pecho de Bishop se flexionaron cuando comenzó a presionar la arteria carótida de Rachel. Thorne recordó las manos de Hendricks sobre su cuello, mostrándole el procedimiento. Tenían unos dos minutos hasta que dejara de respirar.

Thorne miró a Anne de soslayo. Su mirada era desesperada. Un gruñido ahogado surgió de lo más profundo de su ser.

Salva a mi hija.

Thorne no sabía cómo podría hacerlo. Bishop mataba cuando necesitaba hacerlo, eso era obvio. Las manos que exprimían la vida de Rachel eran tan peligrosas como cualquier arma. Podía romperle el cuello en un abrir y cerrar de ojos...

Thorne se sentía plomizo, inútil. Momificado.

Ya habían transcurrido diez segundos. La lengua de Rachel comenzaba a asomar tras las comisuras de los labios.

—¿Cuánto dolor le provoca esto a él, James? ¿Cuánto le hace sufrir?

Bishop no dijo nada. Movía los labios mientras contaba mentalmente el tiempo que restaba para que todo acabase.

—Esto no te devolverá a tu madre, James —Thorne chillaba ahora. Intentaba desesperadamente que reaccionase, que se detuviese.

James estaba concentrado en su trabajo, preparándose para la parte más difícil, una vez que la niña dejase de respirar. La manipulación.

El tiempo seguía pasando. Thorne sentía el paso de los segundos, a toda velocidad, escuchando la respiración entrecortada de Rachel y permaneció inmóvil, helado e inútil.

Por favor, Tommy...

¿Helen?

Es sólo una niña...

¿Qué puedo hacer? ¿QUÉ PUEDO HACER?

De repente, escucharon una voz que procedía de la planta inferior.

—¿James?

Una reacción de Bishop. Una reacción a la voz de su padre. ¿Miedo, quizá? Con certeza, una mueca de tensión en su cuerpo y en su cara. Tensión en sus dedos.

—¿James? Vi cómo te marchabas con Anne. ¿Qué ocurre? ¿Va todo bien? Alguien ha forzado la puerta principal.

Ya había pasado medio minuto...

No había forma posible de averiguar cómo reaccionaría James cuando llegara su padre pero a Thorne le quedaban pocas opciones.

Sólo noventa segundos. Rachel estaba ya a medio camino de la muerte. Thorne gritó.

—¡Bishop! ¡Estamos aquí!

Jeremy Bishop apareció en el ático, como el fantasma que aparece en mitad del escenario, impulsado por una trampilla. La caracterización se completó instantáneamente, cuando la sangre abandonó su cara y la luz de los ojos se disipó.

Thorne pudo apreciar un ejemplo claro de cuál sería su aspecto cuando muriese.

—Dios mío... ¿James? Se inclinó hacia delante y, por un segundo, Thorne tuvo la impresión de que iba a desmayarse. En el último momento, se percató de que se movía hacia su hijo, para agarrarle un brazo e intentar detenerle. Bishop le miró con ira y entonces, como si acabara de despertar de un sueño, asintió suavemente con la cabeza, aceptando las horribles implicaciones de la escena que se desplegaba a su alrededor.

Anne. Rachel. James.

Thorne observó la mirada del hijo al padre. No podía faltar mucho más de un minuto...

La voz de James sonaba infantil, provocadora.

—¿Qué sientes? ¿Horror? ¿Rabia? ¿O tan sólo sorpresa de que sepa cómo hacerlo? Un procedimiento bastante avanzado, considerando lo inútil que soy. Considerando la gran decepción en que me había convertido.

—Por favor...

James gritó.

—¡Cierra la boca! ¡Cierra la puta boca!

Los ojos de Rachel se movían sin rumbo fijo. Sesenta segundos, como mucho...

—Siempre he querido preguntarte algo. ¿Desde cuándo exactamente comenzaste a creer en las cosas que piensas? Debió haber un tiempo en el que pensabas igual que ellos. Acerca del cuerpo humano, me refiero. Todas esas cagadas acerca del milagro del diseño, la perfección y la eficiencia. Joder, me alegro de que me enseñaras toda esa basura. Tu fe ciega en la tecnología fue muy inspiradora, ¿sabes? Realmente inspiradora. Sólo siento no haber podido pagarte como mereces por la fe académica que depositaste en mí. Pero, incluso cuando lo estaba jodiendo todo, incluso cuando estaba fracasando tan brillantemente en mi intento por convertirme en el médico que siempre quisiste que fuera, aún entonces, seguía creyendo en las mismas cosas que tú —comenzó a llorar—. Aún recordaba todo lo que me enseñaste.

Las lágrimas cesaron tan repentinamente como comenzaron y la voz recuperó la firmeza.

—¿Cuándo ocurrió? ¿Cuándo comenzaste a pensar que el cuerpo humano era sólo un patético montón de desechos? ¿Fue cuando comprobaste lo fácil que era manipularlo con drogas? ¿Adormecerlo y darle forma, después de atiborrarlo de tranquilizantes? ¿Se convirtió ella en el tipo de mujer que querías, entonces? Becks y yo solíamos llamarla Blancanieves... ¿no lo sabías? Becks decía que cada vez que veía al médico, se quedaba embobada y grogui.

El ritmo de la respiración de Rachel comenzó a disminuir. Sólo medio minuto...

—No, apuesto a que sé cuándo ocurrió. Fue cuando comprobaste lo fácil que podía dañarse ese cuerpo, ¿no es cierto?

Lo frágil que era. Lo fácil que puede cuartearse la piel cuando la atraviesan cientos de cristales rotos o lo poco que hace falta para que se aplaste o se retuerza un torso; o quizá fueran las dos cosas a la vez. Al comprobar lo lento que reaccionaba un cuerpo apaciguado con tranquilizantes ante una emergencia, en un accidente, convirtiéndose en un objetivo fácil. Sí, eso tiene sentido. Yo lo denominaría un momento tipo camino de Damasco, ¿no te parece? Desde entonces y en adelante, simplemente veías pacientes que se descomponían ante tus ojos. Desmembrándose, pudriéndose, muriéndose, mucho más rápido de lo que podías recomponerlos, o apuntalarlos, o ponerlos a punto. Aprendiste una valiosa lección. Una poderosa lección y, una vez aprendida correctamente, era el momento de enseñárnosla a nosotros y después meternos más y más presión.

Rachel dejó de respirar. Tan sólo exhalaba desordenadamente el poco aire que le restaba en los pulmones.

—Me hubiera gustado verte en prisión. Observar cómo se amarillea tu piel, se resecan tus huesos y se evaporan tus esperanzas. Eres blando y vanidoso y la prisión te habría matado muy lentamente. Habrías experimentado en tus propias carnes la fragilidad del cuerpo. Demasiado frágil, papá...

Thorne ya no escuchaba la respiración de Rachel.

James Bishop cerró los ojos y susurró.

—Hasta mañanita, dormilona.

Anne Coburn dejó escapar un fuerte gritó. Un rugido que provenía directamente de las tripas y, de pronto, la habitación se envolvió de ruido y movimiento. Jeremy Bishop avanzó hacia él, gritando el nombre de su hijo, como si ordenara a un perro que se detuviera y se echara al suelo. James se movió con la obediencia instintiva de un chiquillo asustado, retrocediendo, apartando las manos de Rachel, dejándola caer hacia delante, golpeándose la cara contra el suelo.

Thorne corrió hacia la chica, le dio la vuelta y comenzó a buscarle el pulso.

Vamos...

Lo encontró. Aún seguía respirando. La levantó y la acercó hasta donde estaba Anne, sentándola cuidadosamente junto a su madre. Los ojos de Anne se volvieron hacia él, conservando su brillo, dejando escapar la tensión en cada lágrima que se deslizaba por su mejilla y caía sobre la cara de su hija.

Hubo un momento de calma.

Tan sólo el sonido de la lluvia, como miles de alfileres golpeando las tejas, a pocos centímetros de sus cabezas.

Thorne se dio la vuelta y vio a Jeremy Bishop moviéndose despacio hacia su hijo, con los brazos extendidos y la cara pálida como el mármol.

James retrocedió hacia el carrito de herramientas que rodó, con un repiqueteo metálico, apartándose de él. Se detuvo y sonrió, con la cabeza inclinada hacia un lado y elevó el brazo lentamente.

Casi como si se preparase para golpear.

Fue un movimiento lento y extraño, como si quisiera rascarse la espalda. Thorne vislumbró el brillo del acero en su puño, un segundo antes de que la sangre comenzara a manar de la arteria de su cuello.

—No... —la voz de Jeremy surgió como un susurro que podía haber demolido una casa.

Thorne se apoyó contra la blanca pared mientras observaba a James, que caía postrado de rodillas, seguido por su padre. Jeremy apretó la mano contra el cuello de su hijo, pero la sangre se filtraba a borbotones entre sus dedos, deslizándose por su brazo y precipitándose sobre las placas de madera blanca pulida del suelo.

Primero a una placa... después a otra. Primero una placa... después otra.

Jeremy se volvió hacia Thorne, con la cara y el pelo cubiertos de sangre.

—Avisa a una ambulancia, pide ayuda —la voz estaba marcada por la desesperación. El gesto de su cara imploraba auxilio.

Al igual que la de su hijo.

James Bishop miró a Tom Thorne, suplicando con la mirada una rápida muerte. Esos mismos ojos pidieron permiso para enfocar la cara de su padre y observar cómo se contraía de dolor, mientras su cuerpo se vaciaba de sangre. Quería morir viendo sufrir a su padre.

Thorne se sentía tentado a permitírselo.

La voz de Jeremy apareció de nuevo entre sollozos.

—Por amor de Dios, Thorne...

Entonces, mientras Thorne consideraba la idea de sentarse y observar cómo se desangraba James Bishop, se imaginó a Maggie Byrne y a Bishop presenciando cómo se evaporaba su vida sobre un mugriento edredón.

Recordó la promesa que le hizo a Alison Willetts.

Morir sería fácil. Iba a ver a ese cabrón procesado y encerrado. Iba a observar cómo desaparecía toda esperanza para James Bishop.

Jeremy sollozaba nerviosamente, envolviendo con el brazo el cuello de su hijo, empapado de sangre.

Con una última mirada a Anne, Thorne abandonó la habitación blanca y salió corriendo escaleras abajo, hacia la calle, donde esperaba encontrar a Holland.