CAPÍTULO DOS
—¿Estamos tratando con un médico?
En cuanto hizo la pregunta Thorne ya se imaginaba lo que Holland estaría pensando. Era innegable que Anne Coburn era el tipo de doctora a la que muchos hombres no podían dejar de mirar. A la que muchos hombres dedicaban molestos chistes sobre sus manos expertas y sus habilidades en la cama. Era alta y delgada. Elegante, pensó Thorne, como esa actriz que aparecía en Los Vengadores, haciendo de mala en algún episodio. Thorne calculó que tenía unos cuarenta años, quizá uno o dos más que él. Aunque sus ojos azules sugerían que su pelo había sido rubio alguna vez, en el pasado, a ella le gustaba más así, corto y plateado. Allí, sentada sobre el borde de una pequeña mesa, tomando una taza de café, parecía casi relajada. Por lo menos, comparándola con el día anterior.
Le había obligado a salir del Royal Free, con las orejas gachas. Thorne podía oír todavía la risa de los treinta estudiantes de medicina mientras se retiraba por el pasillo. Evidentemente, era todo un lujo interrumpir la disección de los cráneos para contemplar cómo la profesora dejaba absolutamente planchado a un oficial de policía de alto rango. A Anne Coburn no le gustaba que la interrumpiesen. Se disculpó del incidente por teléfono, cuando Thorne la llamó para arreglar su cita en Queen Square, donde trabajaba; donde estaba tratando a Alison Willetts.
Tomó otro sorbo de café y repitió la pregunta de Thorne. Su discurso era ágil, eficiente y fácil de oír. Sin duda, era una voz que hechizaba a los impresionables estudiantes de medicina y que asustaba a los policías de mediana edad.
—¿Qué si estamos tratando con un médico? Indudablemente, se trata de alguien que posee un alto grado de experiencia médica. Para bloquear la arteria basilar y provocar un derrame cerebral se requiere cierto conocimiento de los procedimientos médicos. Pero causar el tipo de apoplejía que induce al síndrome de bloqueo, es ir mucho más lejos. Incluso si alguien supiera lo que hace, es muy difícil que pudiera conseguirlo. Podrías intentarlo una docena de veces sin éxito. Estamos hablando de fracciones de un centímetro.
Estas fracciones le habían costado la vida a tres mujeres. A Thorne se le pasó de repente por la cabeza la imagen de Alison Willetts. Ella hacía la número cuatro. Quizá deberían considerar las consecuencias y dar gracias a Dios por la pericia de este lunático. O, más bien, preocuparse de que, ahora que pensaba que había depurado su técnica, estaría dispuesto a intentarlo de nuevo. La doctora Coburn no había terminado.
—Además, por supuesto, hay que considerar los detalles del traslado de la víctima.
Thorne asintió con la cabeza. Ya había empezado a considerarlos. Holland parecía desconcertado.
—Según la información de que dispongo, supongo que Alison sufrió el derrame cerebral en casa, en el sureste de Londres —dijo Coburn—. El asesino tuvo que mantenerla viva hasta que pudo trasladarla al Royal London que está al menos...
—A ocho kilómetros de allí.
—Cierto. Tuvo que pasar por delante de otros hospitales durante el trayecto. ¿Por qué quiso traerla precisamente al Royal London? —Thorne no tenía ni idea, pero había hecho algunas comprobaciones—. De Camberwell a Whitechapel tuvo que pasar, al menos, por tres grandes hospitales, incluso si hubiera tomado el camino más directo. ¿Cómo pudo mantenerla viva todo ese tiempo?
—Una bolsa y una máscara parece el método más obvio. Tendría que haber parado cada diez minutos para presionar la bolsa media docena de veces, pero es bastante factible.
—Entonces, ¿se trata de un médico?
—Sí, eso creo. Posiblemente, un estudiante de medicina frustrado; un quiropráctico, quizá... un fisioterapeuta bien documentado y con muy mala leche. No tengo ni idea de por dónde podrían empezar.
Holland dejó de escribir en su libreta.
—¿Cómo buscar una aguja hipodérmica en un pajar?
La expresión en la cara de Coburn le indicó a Thorne que había encontrado el comentario tan gracioso como él.
—Será mejor que empieces a buscarla entonces, Holland —le dijo Thorne—, te veré mañana. Vuélvete en un taxi.
Cada paso que recorría junto a la doctora Coburn hacia la habitación de Alison, llenaba a Thorne de algo parecido al terror. Era un pensamiento terrible, pero le habría resultado mucho más fácil si Alison hubiera sido uno de los pacientes de Hendricks.
No podía evitar preguntarse si habría sido mucho más fácil también para Alison. Entraron en el ala Chandler del hospital y tomaron el ascensor hasta la UVI, en la segunda planta.
—No le gustan mucho los hospitales, ¿verdad, inspector?
Una pregunta muy extraña. Thorne no podía entender que a alguien pudieran gustarle los hospitales.
—He pasado demasiado tiempo en ellos.
—¿Profesionalmente, o...?
No terminó la pregunta porque no se le ocurrió cómo hacerlo. ¿Cuáles serían las palabras apropiadas? ¿Como amateur?
Thorne la miró unos instantes.
—Sufrí una pequeña operación el año pasado —pero eso no era todo—. Y mi madre estuvo mucho tiempo hospitalizada, antes de morir.
Coburn sacudió la cabeza:
—Derrame cerebral.
—Tuvo tres. Hace dieciocho años. ¿Y realmente sabes cómo funcionan los cerebros?
Ella sonrió y él le devolvió la sonrisa. Después, salieron del ascensor.
—A propósito, era una hernia.
Los carteles de las paredes dejaron fascinado a Thorne: «Movimiento y Equilibrio», «Senilidad», «Demencia». Incluso había una Clínica de la Cefalea. El lugar estaba atestado, pero la gente entre la que se abrieron paso no correspondía con la imagen del paciente convencional. No vio sangre, ni vendas, ni cédulas de escayola. Los pasillos y salas de espera parecían repletos de personas que se movían deliberadamente despacio. Parecían perdidos o desorientados. Thorne se preguntaba qué impresión le causaría a ellos.
Muy similar, casi seguro.
Siguieron caminando en silencio por delante de la cafetería, repleta de la cháchara informal que Thorne hubiera asociado con una gran fábrica o un edificio de oficinas. Se preguntaba si la comida siempre olía igual allí.
—¿Qué pasa con los doctores? ¿Es que no aparecemos en su lista negra?
Por un ridículo instante, se preguntó si ella estaba procurando ser complaciente con él. Entonces recordó las caras de esos malditos estudiantes de medicina. Esta no era una mujer con la que se pudiera dar nada por supuesto:
—No, al menos, de momento. Muchos doctores son responsables de haber aportado cierta luz sobre el caso. Como usted, para empezar.
—Creo que mi marido tiene parte de responsabilidad en eso —dijo con tono enérgico, sin un ápice de falsa modestia.
Coburn observó que Thorne miraba de reojo hacia donde debería haber un anillo de compromiso.
—Mi futuro ex marido, debería decir. Es la costumbre. Fue durante uno de los pocos momentos civilizados de una maldita sesión de a ver-cómo-vamos-a-solucionar-este-divorcio.
Thorne siguió mirando al frente, sin decir nada. ¡Por Dios, era tan inglés!
—¿Qué hacemos con la porcelana china? ¿Quién se va a quedar con el gato? ¿Te has enterado de lo del lunático que está provocando apoplejías a las mujeres por todo Londres? Ya sabes, ese tipo de cosas...
Fobia, muerte, divorcio. Thorne se preguntaba si quizá debería cambiar de tema y hablar de la crisis en Oriente Medio.
Cuarenta y ocho horas después de que la trajeran, sometimos a Alison a una resonancia magnética. Encontramos un edema en los ligamentos del cuello, señalados como manchas blancas en el escáner. Se suelen encontrar en las lesiones de latigazo cervical, pero en el caso de Alison, me pareció bastante inusual, teniendo en cuenta lo que mi marido me había dicho sobre el tema...
—¿Y qué se ha descubierto del Midazolam?
—¿Sobre el tipo de benzodiacepina que se eligió? Fue una elección muy acertada, especialmente si tenemos en cuenta la alta probabilidad de que fuera la misma droga que le suministraron cuando ingresó en el ala A/E. ¿Qué, esto complica un poco más las cosas?
Thorne se detuvo. Estaban ya frente a la puerta de la habitación de Alison.
—¿Podemos comprobar eso?
—Ya lo he hecho y es correcto. Conozco al anestesista que estaba de guardia esa noche en el Royal London. El informe toxicológico mostraba Midazolam en el torrente sanguíneo de Alison, pero hubiera aparecido de cualquier manera: es la sustancia que se usó para sedarla tras su ingreso en el hospital. Pero también tomamos muestras de sangre rutinariamente al admitir un nuevo paciente, así que estudié la muestra. También aquí se apreciaban rastros de Midazolam. Fue entonces cuando decidí llamar a la policía.
Thorne asintió con la cabeza. Un médico. Tenía que serlo.
—¿Para qué más se utiliza el Midazolam?
La doctora meditó la respuesta unos instantes:
—Es un fármaco bastante especializado. Se utiliza en la Unidad de Cuidados Intensivos, en el ala A/E, como anestésico y poco más.
—¿De dónde cree que lo habrá obtenido? ¿De algún hospital? ¿Se pueden conseguir este tipo de sustancias por Internet?
—No en esas cantidades.
Thorne era consciente de que esto conllevaría contactar con todos los hospitales del país para pedir información sobre algún robo de Midazolam en el pasado.
No estaba seguro del margen de tiempo transcurrido que deberían investigar: ¿Seis meses? ¿Dos años? El exceso de cautela podía conducirle a error y, por otra parte, estaba convencido de que Holland no le ayudaría demasiado a tomar esa decisión.
Coburn abrió la puerta de la habitación de Alison.
—¿Puede oírnos? —preguntó Thorne.
La doctora le apartó delicadamente el pelo de la cara y sonrió a Thorne indulgentemente:
—Pues, si no puede, no será porque tenga algún problema con sus oídos.
Thorne sintió cómo se ruborizaba, se sintió un poco idiota. ¿Por qué la gente siempre susurra junto a las camas de los hospitales?
—Si le soy franca, no estoy segura. Los síntomas que muestra son positivos. Parpadea cuando se produce algún sonido brusco pero, todavía tenemos que hacerle muchas pruebas. De todas formas, yo siempre hablo con ella y ya sabe qué funcionario es un alcohólico y qué médico especialista se lo está haciendo con tres de sus estudiantes.
Thorne levantó una ceja inquisitivamente. Coburn se sentó y cogió la mano de Alison.
—Lo siento, inspector, son conversaciones de mujeres.
Thorne no podía hacer otra cosa que observarla entre el entramado de cables y maquinaria. Cables y maquinaria conectados a una chica joven. Escuchó el resoplido de la ventilación asistida de los pulmones de Alison y sintió la vibración de su pulso computerizado y pensó en que había un médico, en alguna parte, que definitivamente sí estaba en su lista negra.
Se sentó en el asiento del metro, intentando adivinar cuánto tiempo de vida le quedaba al hombre de negocios que se había sentando frente a él. Era un juego que le divertía mucho.
Aquel momento del día anterior, en que Thorne le había mirado directamente, había sido maravilloso. En realidad no le había visto: ocurrió en poco más de medio segundo y él no era más que un paseante con una capucha, pero había sido plenamente gratificante. La cara del policía le indicó que había entendido la nota. Ahora podría relajarse y disfrutar de lo que tenía que hacer. Cuando llegase a casa, se sumergiría en el baño y pensaría un poco más en ello. Pensaría en la cara de Thorne y echaría unas horas de sueño; después, había trabajo por hacer.
El hombre de enfrente parecía agobiado. Otro mal día en la oficina. Tenía la típica cara de un fumador, pálida y con manchas en la piel. Las venas rotas de las mejillas indicaban, seguramente, una mala circulación y exceso de alcohol. Las pequeñas placas grasientas bajo los párpados hinchados, Xantelasma, revelaban una alta tasa de colesterol y que sus arterias se estaban colapsando.
El hombre de negocios apretaba los dientes mientras pasaba las hojas de su periódico.
No le daba más de diez años de vida.
Su Mondeo azul, curtido ya en mil batallas, inició la marcha suavemente entre el tráfico matutino de la carretera de Marylebone. Thorne introdujo la cinta de Massive Attack en el radiocasete y se reclinó sobre el asiento. Si hubiera querido relajarse y desconectar, hubiera puesto algo de Johnny Cash o, Gram Parsons o Hank Williams; pero no había nada como el hipnótico ritmo machacón, del que se había pasado ya veinticinco años de la edad, para poder concentrarse en sus pensamientos. Como siempre, cuando el ritmo electrónico de Unfinished Sympathy empezaba a retumbar por los altavoces, se imaginaba la mirada atónita de la dependienta en la tienda de música. La jovencita imbécil petulante se le había quedado mirando, como si fuera un viejo sádico que pretendía hacer creer que seguía teniendo mucha marcha.
De repente, la cara llena de granos de la adolescente se transformó en el rostro, infinitamente más atractivo, de Anne Coburn. Se preguntaba qué tipo de música le gustaría. Clásica, probablemente, pero seguro que guardaba uno o dos discos de Hendrix entre los de Mozart y Mendelssohn. ¿Qué pensaría de su afición al trip-hop y al speed-garage. Seguro que ella se sumaría a la teoría del viejo sádico. Se detuvo en el semáforo y bajó la ventanilla para inundar de ritmo machacón a una rubia pija, a bordo de un Saab, junto a su coche. Thorne se le quedó mirando y, cuando el semáforo se puso en verde, le guiñó un ojo y reemprendió suavemente la marcha.
¿Qué ocurriría cuando volviese a la comisaría central? El gorgojeo convincente de voces, supuestamente eficientes, el trasiego de informes y los timbres y zumbidos de faxes y módems. Thorne seguía el ritmo, aporreando el volante. El seguimiento de todo este montaje de procedimiento efectivo se llevaría en la pared: una pizarra con todos los nombres, fechas y ACCIONES; debajo de estos, una fila alineada de fotografías: Christine, Madeleine y Susan. Mostrando el mismo tono de inerte palidez en sus rostros; pero, cada una de ellas, según apreciaba Thorne, con la impronta de un trágico instante final, evidenciando una extraña emoción, confusión, terror, remordimiento. Todo llevado al extremo. Subió un poco el volumen de la música. En las fábricas y las oficinas de todo Londres, los trabajadores dedicaban miradas furtivas a las chicas del calendario: a la descarada Sandra, la traviesa Nina, la picara Wendy. Los días, semanas y meses que seguían, se contarían, para Thorne, con las caras de reproche de la muerta Christine, la muerta Madeleine y la muerta Susan.
—¿Qué tal va eso, Tommy?
Christine Owen, de treinta y cuatro años de edad, tirada sobre los escalones...
—¡Dales fuerte, Tom, por lo que más quieras!
Madeleine Vickery, de treinta y siete años de edad. Muerta sobre el suelo de la cocina. Una sartén de espaguetis resecos al fuego...
—Por favor, Tom...
Susan Carlish, de veintiséis años de edad. Su cuerpo se descubrió en un sofá, viendo la televisión...
—Cuéntanos qué piensas hacer, Tom.
Harían muchas listas, sin duda, largas listas que se cruzarían entre sí. Los detectives harían las mismas preguntas a cientos de personas y mecanografiarían sus anotaciones, que se cotejarían y se clasificarían y que quizá, tras recopilar material suficiente para empapelar la comisaría, podrían dar algo positivo...
—Lo siento, chicas, de momento no tenemos nada.
No conseguirían coger a este tipo usando el procedimiento convencional. Thorne estaba seguro de ello. Sabía que esto no se iba a solucionar con un oportuno presentimiento del típico policía de una novela de suspense. Cabía la posibilidad de que el asesino se dejase atrapar. Sí, había posibilidades de que eso ocurriese. Los expertos en estudiar perfiles psicológicos coincidían en que, en el fondo, estos sujetos querían que los atrapasen. Tenía que preguntar a Coburn su opinión al respecto, la próxima vez que la viese, no le molestaría que eso ocurriese más pronto que tarde.
Thorne se metió en el aparcamiento y cortó la música. Se quedó mirando el sucio edificio marrón que se había convertido en la sede de Backhand. La antigua comisaría de Edgeware Road estaba destinada al cierre desde hacía meses y estaba ahora lejos de parecer desierta. Las oficinas vacantes de arriba eran perfectas para albergar una operación como Backhand. Perfectas para los afortunados que no tenían que trabajar allí cada día. Una gigantesca planta diáfana; una enorme pecera para los pececitos de agua dulce con unas cuantos recipientes, situados en los extremos, para los peces gordos.
De repente, le embargó un profundo miedo a entrar allí. Se apoyó en el capó del coche hasta que pasó ese difícil momento.
Al acercarse vacilante hacia la puerta, tomó una decisión. No iba a permitir que nadie pusiera una foto de Alison en la pared.
Catorce horas después, Thorne llegó a casa y telefoneó a su padre. Hablaban tan a menudo como Thorne podía pero se veían poco. Jim y Maureen Thorne habían cambiado North London por St. Albans hacía diez años pero, desde que su madre murió, Thorne sentía que la distancia entre su padre y él aumentaba constantemente. Ahora los dos vivían solos y sus conversaciones telefónicas eran siempre desesperadamente triviales. Su padre estaba siempre dispuesto a contarle las historias más sucias o los chistes del pub y Thorne siempre se mostraba encantando de escucharlos. Le gustaba dejar que su viejo le hiciera reír y le gustaba oírle reír. Aparte de la forzada alegría de estas conversaciones, sospechaba que su padre no se reía demasiado a menudo. Su padre sabía bastante bien que no lo hacía.
Te voy a contar dos bien buenos, Tom.
—Vamos a por ellos, papá.
—¿Qué es lo que tiene un gancho de un centímetro y cuelga boca abajo?
—No sé.
—Un murciélago.
No era uno de sus mejores chistes.
—¿Qué es lo que tiene un gancho de quince centímetros y se cuelga boca arriba?
—Ni idea.
Su padre colgó el teléfono.
Se sentó y, durante algunos minutos, permaneció allí sin decir nada. Comenzó entonces a hablar muy suavemente.
—Quizá, ahora que lo pienso, la nota del parabrisas era un poco jactanciosa. No es mi estilo, en realidad. Yo no soy ese tipo de persona. Supongo que, únicamente, quería disculparme por las otras. Bueno, si soy sincero, debo admitir que una parte de mí quería vanagloriarse un poco. Y creo que Thorne es un hombre con el que se puede hablar. Parece el tipo de hombre capaz de entender lo orgulloso que me siento de haber hecho las cosas bien. La perfección lo es todo, ¿no es cierto?, ¿no es lo que me han enseñado desde siempre? Puedes estar segura, me han enseñado muy bien. Ha sido un esfuerzo muy grande y no pretendo decir que no voy a volver a cometer más errores; aunque la difícil tarea que realizo me da el derecho de errar, ¿no crees? Lo único que me frustra es que sólo puedo imaginarme qué se siente conectado a esas máquinas. Seguridad y limpieza. Libertad para relajarse y dejar volar la imaginación. Sin complicaciones. Y si me siento orgulloso de liberar un cuerpo de la tiranía de lo zafio y lo mezquino, nadie puede condenarme por ello, eso es seguro. Es la única y auténtica libertad por la que vale la pena luchar. Sentirnos libres de nuestros torpes movimientos, de nuestras heridas, de nuestra sensibilidad. Libres de la monotonía del día a día, debidamente aseados y alimentados, observados y cuidados. Liberados de todos nuestros repugnantes fluidos corporales. Y, por encima de todo, la sensación de saber. Ser consciente de que todas esas maravillas están sucediendo. ¿Qué sabe un cadáver de su lavado y cuidados? Debe ser maravilloso conocer y sentir todas esas cosas.
Dios, ¿en qué estoy pensando? Lo siento mucho. No debería contarte todo esto ¿No crees, Alison?
Ayer vinieron a verme Sue y Kelly, de la guardería. Mi visión ha mejorado ya bastante. Pude distinguir que Sue llevaba puesto más contorno de ojos de lo habitual. Se cuentan muchos cotilleos. Obviamente, no se cuentan tantos cuando estoy yo delante, pero aún así, me he enterado de algunos muy buenos. Mary, la encargada, tiene a todo el mundo cabreado. Planta su culo en la silla y se dedica a corregir los mensajes de todos los niños. Daniel sigue siendo un poco diablillo. Dicen que estuvo llorando por mí la semana pasada. Le contaron que me había ido a España de vacaciones. Me contaron que, en cuanto saliese, iríamos todos a emborracharnos y que preferirían quedarse aquí cada día que seguir cambiando pañales cagados a tres libras sesenta la hora...
No pasó mucho más después de eso.
Y, por fin, un poco de auténtica agitación. Una especie de palangana o escupidera, o algo así, se atascó. Sí, ya sé que no es un acontecimiento impresionante, pero todo se llenó de agua y las enfermeras se cabrearon muchísimo.
Supongo que la agitación es relativa.
Soñé con mi madre. Ella era muy joven, como cuando yo iba al colegio. Me estaba vistiendo y yo discutía con ella sobre la ropa que quería llevar y ella lloraba y lloraba...
Y soñé con el hombre que me hizo esto. Soñé que estaba en esta habitación, hablándome. Reconocí enseguida su voz. Era también la voz que reconocí después de que todo pasara. Mi mente está hecha papilla. Se sentó en mi cama, me cogió de la mano y trató de explicarme por qué me había hecho esto. Pero no le entendí demasiado bien. Me decía que debía sentirme feliz. Es la voz que me dijo que me divirtiera, mientras me pasaba la botella de champán y yo le daba un buen buche.
Debí invitarle a que pasara. Seguro que lo hice. Supongo que la policía lo sabe. ¿Se lo habrán dicho a Tim?
Ahora que los sueños son lo más cercano que tengo a las sensaciones, se han vuelto bastante intensos. Sería fantástico que pudieras pulsar un botón y elegir el sueño que te gustaría tener. Obviamente, alguien debería presionar el botón por mí, pero me encantaría que eligiese una selección de familia y amigos, con una buena dosis saludable de historias picaronas.
En serio, una vez que te han jodido hasta este extremo, un buen polvo es del todo irrelevante, ¿no es cierto?