CAPÍTULO UNO

A Thorne le fastidiaban los polis curtidos. Un poli curtido era inútil, como la pintura atemperada, simplemente... resignado. Resignado a un vagabundo con el cráneo fracturado y la palabra «basura» tatuada en su pecho, a media docena de chicas decapitadas bajo un puente, por cortesía de un conductor de autobuses. Y lo peor: resignado a mirar a los ojos a una mujer que acaba de perder a su hijo, royéndose el labio inferior, con ojos vidriosos, mientras se prepara un té con aire ausente. Thorne se había resignado a todo eso y, también, se había resignado a Alison Willetts.

—Un golpe de suerte, señor.

Se había resignado a tener que pensar en esta cosa, con forma de mujer joven, embutida en un kilómetro de spagheti médico; un gran descubrimiento para la medicina, un caso de buena fortuna, un golpe de suerte. Y ella apenas se encontraba ya entre nosotros. Lo que sería innegablemente afortunado era que ellos la hubiesen encontrado en primer lugar.

—Entonces, ¿quién la ha jodido? —el detective David Holland había oído hablar de que Thorne iba siempre al grano, pero no estaba preparado para responder a esa pregunta justo al llegar junto a la cama de la chica.

—Bueno, para serle franco, señor, la chica no cumplía con el perfil. Quiero decir, estaba aún viva y era tan joven.

—La tercera víctima sólo tenía veintiséis años.

—Sí, lo sé, pero échele un vistazo.

Tenía veinticuatro años y parecía tan desamparada como una chiquilla.

—En principio, se trataba simplemente del caso de una persona desaparecida, hasta que los chicos empezaron a seguir la pista de un novio —Thorne levantó una ceja.

Holland cogió instintivamente su cuaderno de notas:

—Hum... Tim Hinnegan. Es lo más cercano a un pariente que hemos encontrado. Tengo una dirección, vendrá más tarde. Creo que la visitaba todos los días; llevaban juntos dieciocho meses. Ella se mudó aquí desde Newcastle hace dos años para tomar posesión de un puesto de puericultora.

Holland cerró su libreta y miró a su jefe, que mantenía los ojos fijos en Alison Willetts. Se preguntaba si Thorne sabía que el resto del equipo le llamaba el Wíbol y era fácil suponer por qué. Thorne medía... ¿cuánto?, ¿uno cincuenta y cinco?, ¿uno sesenta? Y tenía el centro de gravedad tan bajo y una anchura tal que parecía imposible que se cayera si se tambaleaba. Había algo en sus ojos que indicaba inequívocamente que nada conseguiría hacerle caer.

Su viejo había conocido a algunos polis como Thorne, pero él era el primero de ese tipo con el que Holland trabajaba. Decidió que sería mejor no soltar el cuaderno todavía; parecía que Wíbol tenía muchas más preguntas que hacerle. Y ese puñetero tenía la manía de formular las preguntas sin apenas abrir la boca.

—Ah, así que volvía a casa después de una noche de juerga... hum, el martes de hace una semana... y acaba en el ala de Accidentes y Emergencias del Hospital Royal London.

Thorne se estremeció. Ya conocía ese hospital. Recordó el dolor que siguió a su operación de hernia de hacía seis meses y que todavía estaba desagradablemente fresco. Se quedó observando cómo una enfermera, con un uniforme azul, asomaba la cabeza por la puerta; les miró y luego echó un vistazo al reloj. Holland fue en busca de su identificación pero la enfermera ya se había retirado cerrando la puerta tras de sí.

—Cuando llegó parecía un caso de sobredosis, entonces se encontraron con la extraña circunstancia del coma y la transfirieron aquí. Pero incluso cuando descubrieron que era una apoplejía no vieron una relación obvia con Backhand. Tampoco consideraron necesario buscar benzodiacepinas, ni avisarnos.

Thorne seguía contemplando a Alison Willetts. Necesitaba que le recortaran el flequillo. Parecía que los ojos se habían dado la vuelta dentro de las cuencas. ¿Se daría cuenta de que estaban allí? ¿Podría escucharles? ¿Y podría recordar?

—Señor, si quiere mi opinión, el único tipo que está bien jodido es el asesino.

—Trae un par de tazas de té, Holland.

Thorne mantenía su mirada fija en Alison Willetts y sólo el crujido de la puerta le indicó que Holland se había marchado.

El inspector Tom Thorne no había deseado trabajar en la operación Backhand, pero estaba contento de que lo hubieran transferido de la pomposa recién creada Brigada Criminal. La reestructuración tenía a todo el personal desorientado; así que, al menos, la operación Backhand se trataba de un típico caso policial a la antigua usanza. De todas formas, no lo ambicionaba aunque, evidentemente, era un caso muy llamativo; pero él era uno de esos tipos que nunca se hacía cargo de un caso que no supiera, a ciencia cierta, que podía resolverse. Y este caso era bastante raro, eso seguro. Por lo que sabían hasta entonces, había ya tres víctimas de asesinato, todas a causa de una fuerte presión ejercida sobre la arteria basilar; había algún maníaco suelto que se estaba dedicando a seguir a las mujeres a sus casas, atiborrarlas de drogas y provocarles un derrame cerebral.

Provocarles un derrame cerebral.

Hendricks era uno de los patólogos más accesibles del laboratorio hasta hacía una semana. A Thorne no le hizo demasiada ilusión que Hendricks le aprisionara la cabeza y el cuello con sus manos para demostrarle la técnica del asesino.

—¿Qué diablos crees que estás haciendo, Phil?

—Apagarte la cara, Tom. Tu cara está desconectada por los tranquilizantes, puedo hacer contigo todo lo que quiera. Puedo doblarte la cabeza así y aplicar presión sobre este punto de aquí, para pinzar la arteria. Es un procedimiento delicado, se necesita un conocimiento experimentado... No sé. ¿El ejército? ¿Artes marciales, quizá? Además, es un cabrón muy listo no deja marcas que puedan identificarle. Es virtualmente indetectable.

Virtualmente.

Christine Owen y Madeleine Vickery presentaban factores de riesgo: una era de mediana edad y la otra era una fumadora empedernida y tomaba la píldora. Ambas se encontraban en sus casas, en extremos opuestos de Londres. Ambas se habían lavado recientemente con jabón carbólico, como pudieron comprobar más tarde los patólogos y, aunque el marido de Christine Owen y la compañera de piso de Vickery lo habían considerado bastante extraño, nada podía negar o explicar la presencia de una barra de carbólico en el baño. Se encontraron restos de tranquilizantes en ambas víctimas y se atribuyeron, en el caso de Owen, a una prescripción en un caso de depresión y en el de Vickery a un hábito ocasional de drogadicción. No se encontró conexión alguna entre estas muertes trágicas aunque aparentemente naturales.

Pero en el caso de Carlish no se daban factores de riesgo de apoplejía y, los tranquilizantes que se encontraron en el apartamento de una sola habitación, en Waterloo, en una botella sin etiquetar, constituían todo un misterio. Sólo gracias a la fractura de los ligamentos del cuello y a un patólogo jodidamente listo pudieron empezar a tener alguna idea de la causa de su muerte. Ni siquiera Hendricks podía evitar sentir admiración por esa particular línea de trabajo. Un trabajo muy fino.

Pero no tan fino como el trabajo del asesino.

—Está jugando a un juego de porcentajes, Tom. Hay un montón de gente ahí fuera con un alto factor de riesgo de derrame cerebral. Tú, por ejemplo.

—¿Qué quieres decir?

—¿Todavía tienes la tarjeta dorada de ese club de amantes de los vinos?

Thorne había empezado a protestar pero se lo pensó mejor. Ya había estado cabreado con Hendricks demasiadas veces.

—Elige tres áreas diferentes de Londres, sabiendo que las posibilidades de que las víctimas se conozcan sean mínimas. Hace su trabajo y nosotros aquí pasmados sin tener ni idea de lo que ocurre.

Thorne escuchaba ahora el resoplido persistente del aparato de ventilación artificial de Alison. Lo llamaban síndrome de bloqueo. No podían estar completamente seguros, pero pensaban que no podía oír, ver o sentir nada. Alison era, casi con toda probabilidad, consciente de todo lo que pasaba a su alrededor y, era total y definitivamente incapaz de moverse. Ni el músculo más insignificante.

Denominarlo síndrome no era del todo apropiado. Era más bien una sentencia. ¿Y quién era el bastardo que había dictado esa sentencia? ¿Un colgado de las artes marciales? ¿Un miembro de los cuerpos especiales? Esa era la posibilidad que consideraban más lógica, era la única posibilidad con que contaban, no tenían ni idea...

Tres áreas distintas de Londres. Vaya follón se había montado. Tres comandantes sentados alrededor de una mesa, jugando al juego de «¿quién está más perdido de los tres?» y tratando de coordinar la operación Backhand.

Thorne no tenía dudas en lo que concernía al equipo. Tughan era, al menos, eficiente y Frank Keable era un buen detective, aunque demasiado prudente a veces. Debería tener unas palabras con él acerca de Holland y su libreta. Nunca soltaba la maldita libreta. ¿Es que no había en toda la división un oficial de policía que tuviese algo más de memoria retentiva que un pescadito de colores?

—¿Señor?

El chico pescadito volvía a la sala, con el té.

—¿Quién nos avisó de lo de Alison Willetts?

—Fue el especialista en neurología... el doctor...

Holland carraspeó y tragó saliva. Tenía una taza de té en cada mano y no podía sacar su libreta. Thorne decidió ser amable y le cogió una de las tazas. Holland se apresuró a sacar la libreta.

—Doctora Coburn. Anne Coburn. Hoy imparte una clase práctica en el Royal Free. Le he concertado una cita para esta tarde.

—Otro médico al que tendremos que estar agradecidos.

—Sí y otro golpe de suerte. Resulta que su marido es especialista en patología, un tal David Higgins. Hace algo de trabajo forense. Ella le cuenta cosas de Alison Willetts y él le responde: «Eso es muy interesante, porque...»

—¿Qué es eso? ¿Y él dice? ¿Y ella dice? ¿Es esa su cháchara informal después de echar un polvo o qué?

—No lo sé, señor, eso tendrá que preguntárselo a ella.

Thorne se echó a un lado para permitir que una enfermera de pelo anaranjado le cambiara la sonda a Alison y decidió que ese era el mejor momento para su cita. Entonces, le devolvió la taza de té intacta a Holland.

—Quédate aquí y espera hasta que aparezca Hinnegan.

—Pero, señor, la cita no es hasta las cuatro y media.

—Mejor, así llegaré temprano.

Recorrió una maraña de pasillos, buscando el camino más rápido hasta la salida y procurando escapar de aquel olor que él, y cualquier persona en sus cabales, detestaba tanto. La Unidad de Cuidados Intensivos estaba situada en un ala nueva del Hospital Nacional de Neurología y Neurocirugía, pero conservaba ese olor. Lo tenía perfectamente identificado: desinfectante. Usaban un producto parecido en los colegios y eso le trajo a la memoria la visión de gimnasios olvidados y el horror de la Educación Física en calzones. Este olor era diferente.

Diálisis y muerte.

Tomó el ascensor para bajar hasta la recepción donde observó el impresionante contraste de su arquitectura victoriana con el estilo moderno de las partes recién construidas del hospital. Perduraba cierto aire de grandeza decadente en las planchas de piedra de las paredes y en las inscripciones en placas de madera con los nombres de los especialistas del hospital. El orgullo del lugar se concentraba en un retrato a tamaño real de Diana, la princesa de Gales, antigua patrona del hospital. El retrato estaba bastante logrado, a diferencia del busto de la princesa que habían colocado cerca de allí en un pedestal. Thorne se preguntaba si no sería obra de un paciente.

Al acercarse a la salida, el murmullo de palabrotas y los paraguas empapados que se acercaban, le hizo comprender que el verano había terminado. Una semana y media de agosto y se acababa el verano. Permaneció unos instantes bajo el elaborado pórtico rojo de ladrillo del hospital y entrecerró los ojos para intentar distinguir, entre la lluvia, el lugar en donde había aparcado el coche, junto a la verja de hierro de Queen Square. La gente corría bajo la lluvia, con la cabeza gacha, cruzando los jardines o dirigiéndose a la estación de metro de Russell Square. ¿Cuántos de ellos serían doctores o personal sanitario? Había una docena de hospitales y centros de salud en el radio de un kilómetro. Desde allí podía ver el gran hospital infantil de Ormond Street, el lugar donde nació.

Se subió el cuello del abrigo y se preparó para salir corriendo de allí.

Al principio pensó que se trataba de un tique del aparcamiento y lo quitó bruscamente del limpia parabrisas. En cuanto quitó la cuartilla de tamaño A4 de la bolsita de plástico que la contenía y la desplegó, se dio cuenta de que aquello era algo distinto. La volvió a introducir cuidadosamente en la misma bolsa protectora, le sacudió las gotas de lluvia y comenzó a leer el mensaje cuidadosamente mecanografiado. Después de las primeras cuatro palabras ya no era consciente del agua que le resbalaba por el cuello.

QUERIDO INSPECTOR THORNE. ¿QUÉ PODRÍA DECIRLE? LA PRÁCTICA CONDUCE A LA PERFECCIÓN, ¿NO SIENTE ENVIDIA POR ELLA, A ESA PERFECTA... DISTANCIA? LE INVITO A CONSIDERAR EL CONCEPTO DE LIBERTAD. LA AUTÉNTICA LIBERTAD. ¿LO HA CONSIDERADO SERIAMENTE ALGUNA VEZ? SIENTO MUCHO LO DE LAS OTRAS. SINCERAMENTE. NO INSULTARÉ A SU INTELIGENCIA CON CHÁCHARA SOBRE EL FIN Y LOS MEDIOS, PERO COMO COMPENSACIÓN, LE OFREZCO MI REFLEXIÓN ACERCA DE QUE LAS GRANDES TAREAS, A MENUDO REQUIEREN UN APROPIADO MARGEN DE ERROR. TODO ESTÁ RELACIONADO CON LA PRESIÓN, INSPECTOR THORNE, YA SABE USTED LO QUE ES ESO. EN SERIO, TOM, QUIZÁ LE LLAME UN DÍA DE ESTOS.

Presión...

Thorne miró a su alrededor, sintiendo los fuertes latidos de su corazón. Quienquiera que hubiese dejado esa nota debía estar muy cerca, el coche no llevaba allí demasiado tiempo. Todo lo que veía eran caras sombrías, empapadas por la lluvia y a Holland que se dirigía hacia él sorteando los charcos de la calle.

—Señor, el amigo acaba de llegar. Debe haberse cruzado con él cuando salía.

El gesto desencajado de Thorne lo dejó plantado en el sitio.

—Lo de Alison no ha sido una cagada, Holland.

—Por supuesto que no, señor. Yo sólo me refería a...

—Escucha. Esto es lo que quiere conseguir —dijo señalando hacia el hospital—, ¿comprendes?

Tenía la camisa pegada al cuerpo, empapada de lluvia y sudor. Casi no podía entender lo que él mismo trataba de decir. Apenas podía creer las palabras que luchaban por salir de su boca. Holland se quedó mirando a Thorne, con la boca abierta, como ayudándole a pronunciar esas palabras que le estaban costando tanto esfuerzo. Palabras que, nada más formarse entre sus labios, le revelaban que nunca debía haber accedido a trabajar en este caso.

—Alison Willetts no es el primero de sus errores. Ella es la primera víctima en la que todo ha salido de acuerdo a sus planes.

Tim no está llevando esto demasiado bien. Tenía esa extraña sequedad en la garganta mientras hablaba con Anne. ¿Anne? Ese es su nombre del colegio y nunca nos hemos visto. De todas formas, parece una chica agradable. Me gustan nuestras charlas de la tarde. Obviamente es una apreciación parcial pero, al menos, alguien sabe que algo pasa aquí, todavía hay alguien que sigue aquí.

A propósito, ¿he mencionado lo de las pruebas? Absolutamente excelentes. Bueno, alguna de ellas. Básicamente, existe un juego de herramientas, tal como suena, que vienen recogidas en un estuche especial y sirven para comprobar si eres o no un completo vegetal. Para probar si estás en Estado Vegetativo Crónico. EVC. Que, constantemente, confundo con el VPL, aunque el EVC es bastante más serio. Examinan todos tus sentidos, golpeando entre sí pequeñas piezas de madera, para comprobar si puedes oír, si reaccionas. Yo no estoy completamente segura de todo lo que he hecho pero parecían bastante satisfechos. Podrían haber prescindido de los pinchazos y de esa mierda que te hacen respirar por la nariz, que se parece a eso que se inhala cuando tienes un buen resfriado. Pero la prueba del gusto es la mejor. Te dan whisky, varias gotas de whisky en la lengua. Este es mi hospital favorito.

Anne hizo las pruebas. Parece bastante atractiva para su edad. No puedo verla bien, pero esa es la imagen que me he formado de ella. En serio, ni siquiera puedo distinguir las siluetas. Es más como la sombra de las siluetas. Y algunas de esas sombras de siluetas son, sin duda, de policías. Tim parecía bastante nervioso mientras hablaba con uno de ellos. Calculo que debe ser bastante joven.

El hombre de fuera de la casa, con la botella de champán, hizo... ¿qué? Me había convertido en una conversadora bastante aburrida, pero, ¿y qué más podía hacer? Puedes herirme donde quieras pero nada puede hacerme sentir la herida.

Todo mi cuerpo parece una cicatriz.

¿Qué si me tocó? ¿Será la última persona que me toque?

Vamos, Tim. Estoy viva. Sigo siendo yo, más o menos. Tú te estás viniendo abajo y a mí me toca cantar La chica del Coma en solitario...

Me ha alegrado que hayan venido Carol y Paul. Por Dios, espero que este asunto no haya arruinado la boda.