CAPÍTULO VEINTICINCO
Thorne no había podido cumplir con la promesa de comprar las entradas para el fútbol. Hendricks no estaba muy satisfecho, pero retransmitían el partido por televisión de todas formas, así que accedió a conformarse con media docena de latas de cerveza barata y un encargo de comida rápida del Bengal Lancer.
No montaron ninguna escena; ningún momento de aprobación o de perdón. Hendricks llamó en cuanto se enteró de lo ocurrido y charlaron durante un rato. Era todo lo que necesitaban.
Ha pasado casi un mes.
Thorne se culpó a sí mismo cuando James Bishop murió en la mesa de operaciones, pero el examen forense reveló la existencia de la droga; así que, aunque hubiera reaccionado más rápido, el desenlace habría sido el mismo. Warfarina. Un fármaco que se prescribe para tratar ciertos desajustes del corazón y los pulmones y que, irónicamente, se emplea para evitar la apoplejía. Es un anticoagulante. Una droga que evita que la sangre se cuaje.
No podían estar seguros, pero suponían que llevaba tomándola desde, al menos, dos semanas. ¿Lo tenía todo planeado desde entonces? ¿O había estado tomando la droga por si había que llegar a un desenlace? Un desenlace final entre él, su padre y un escalpelo.
Nunca lo sabrían con seguridad.
Jamás llegarían a saberlo, aunque Thorne estaba bastante convencido de que fue Bishop el que había hablado con la prensa. Revelando paulatinamente detalles para liberar los canales de información. Y una vez practicados varios agujeros en el velo del misterio, podía estar perfectamente al tanto de todo lo que ocurría en relación al caso. El conducto que proporcionaba información a Bishop había sido muy complejo, fluyendo en muchas direcciones y a distintas velocidades, partiendo del mismo Thorne, a través de Jeremy Bishop, Anne y, desde luego, Rachel, con quien James se reunía desde hacía algún tiempo.
Nunca volvió a presentarse a los exámenes.
Anne no sabía con seguridad cuándo volvería Rachel al colegio o cuándo ella misma volvería al trabajo. Eso es lo que había dicho hacía unas semanas. Thorne había hablado frecuentemente con ella durante algunos días que siguieron a la noche del ático, pero nada más. Pensaba mucho en ella, pero nunca dejaba de preguntarse si su propia estupidez había contribuido a precipitar las cosas. ¿Sería el responsable de que Anne y Rachel se encontraran en ese ático?
Una de tantas preguntas sin respuesta con las que le gustaba torturarse.
No había actuado de esa forma aquella noche, en el ático, para que Anne se sintiera inclinada a pensar mejor de él. No había habido héroes. Sólo gente que murió y gente que estuvo a punto de hacerlo.
Quizá Anne llamase algún día. Eso es algo que debía salir de ella.
Sabía que debía pasar algún tiempo para que cicatrizaran algunas heridas invisibles, pero comenzaba a sentirse mejor. Se había equivocado y sabía que volvería a hacerlo más veces. Era un pensamiento reconfortante. Había estado maravillosa, horriblemente equivocado y, en realidad, se sentía como si se hubiera levantado el hechizo que pesaba sobre él.
El haberla cagado podía, después de todo, haberle salvado.
¿Y Helen, Susan, Christine, Madeleine y Leonie? Las chicas se habían retirado en silencio. Thorne sabía que esto no se debía a que estuvieran en paz o vengadas, ni nada por el estilo. No creía en ese tipo de chorradas. Estaba bastante seguro de que el silencio iba a ser sólo temporal. Volverían a hacer bastante ruido cuando llegase el momento. Ellas u otras como ellas.
En este preciso instante, simplemente, no tenían nada que decir.
Permaneció en silencio, confuso durante algunos segundos, mientras Hendricks brincaba del sillón y comenzaba a bailar en medio de la salita. Volvió a mirar la pantalla de la tele, justo a tiempo para ver la repetición. El Arsenal acababa de meter un gol. Tres nuevos puntos que se perdían y otro clavo más para el ataúd de la temporada.
Simplemente, otra cosa más a la que Thorne se había resignado.