CAPÍTULO VEINTIUNO
Viernes, 15 de junio de 1985 casi la hora de volverá casa.
Es uno de los grandes. El mayor desde el Destripados Quince mil entrevistas en dieciocho meses y no han conseguido nada. Los de la prensa se están volviendo chiflados, pero no tan chiflados, obviamente. No es que esté matando mujeres o tipos corrientes, después de todo. La medida justa de atrocidad, con una pizca de sentimiento de autosuperioridad moral y con comentarios ocasionales acerca del «riesgo inherente de elegir ese estilo de vida».
Sin motes chabacanos, aunque si a los de the Sun se les hubiera ocurrido lo de «Asesino de Maricas», seguro que lo habrían usado.
Simplemente «Johnny Boy».
La cuarta víctima le había dicho a un amigo que iba a encontrarse con otro amigo que se llamaba John para tomarse una copa. Eso ocurrió una o dos horas antes de que le sacaran el corazón y le cortaran los genitales. Un cartel con una aproximación de lo que podría ser la cara de Johnny Boy colgaba de todas las comisarías del país. Tiene el pelo rubio grasiento y tez amarillenta. Sus ojos son azules y muy muy fríos.
Es uno de los grandes.
El detective Thomas Thorne se apoya sobre la pared de una sala de interrogatorios, en la estación de Paddington, mirando a un hombre con el pelo rubio grasiento y ojos azules.
Francis John Calvert. Treinta y cuatro años. Albañil autónomo de la zona de Londres Norte.
—¿Podrían conseguirme un cigarro? Me muero por dar una puta calada —Calvert sonríe. Una sonrisa de ganador. Dientes perfectos.
Thorne no dice nada. Se queda mirándole hasta que vuelve el inspector Duffy.
—¿Seguro que no tengo derecho a fumarme un puñetero cigarro? —la sonrisa de estrella de cine comienza a desvanecerse.
—Cierra el pico.
De pronto, la puerta se abre y Duffy entra de nuevo. El interrogatorio continúa y Tom Thorne no vuelve a abrir la boca.
No se trata de nada fascinante. Duffy no se emplea demasiado a fondo. Después de todo, es pura rutina. Calvert está ahí únicamente por su ocupación.
Una semana antes de morir, la tercera víctima le dijo a un compañero de piso que había conocido a un hombre en un bar. El hombre le había dicho que era albañil. El compañero de piso hizo un chiste acerca de las herramientas de trabajo y el trasero de los albañiles. Siete días y un cuerpo más tarde, el chiste dejó de ser divertido, pero el compañero de piso recordó lo que le había contado su querido amigo.
Se interrogó a miles y miles de albañiles. A algunos en sus casas, a otros en su lugar de trabajo. Calvert recibió una llamada de teléfono y se acercó a Paddington para tener una charla.
Más tarde, desde luego, diría que ya había tenido alguna charla antes con la policía.
Duffy y Calvert hablan durante unos minutos. Duffy le da a Calvert su cigarro.
Quiere irse a casa.
Thorne también quiere irse a casa. Lleva casado menos de un año. Es todo oídos para las respuestas que recita Calvert.
En casa, con su mujer... tres niñas son una buena carga... le gustaría poder salir por las noches... no a ese tipo de sitios, obviamente. Otra vez esa sonrisa. Se muestra decidido a ayudar, preocupado. La esposa estará encantada de hablar con usted, si quiere. Desea que atrapen a ese chalado y que lo linchen. No importa lo que hagan esos pervertidos con su vida privada, lo que hace este asesino es repugnante.
Duffy le pasa a Calvert un breve informe para que lo firme y eso es todo. Una cruz más en la lista. Le da las gracias.
Uno de estos días tendrán mejor suerte.
Duffy se levanta y se dirige a la puerta.
—Muéstrale la salida al señor Calvert, ¿quieres, Thorne? El inspector se retira para empezar con el proceso tedioso de anotarlo todo. La investigación está inundada de papel. Se escuchan rumores lejanos sobre la llegada de los ordenadores que, muy pronto, simplificarán la tarea. Pero eso es todo lo que son. Rumores lejanos.
Thorne abre la puerta y Calvert pasa hacia el pasillo. Pasa por delante de otras salas de interrogatorio, con las manos en los bolsillos, silbando. Thorne le sigue. Oye el sonido lejano proveniente de una radio, probablemente del vestuario. Se trata de una de sus canciones favoritas There Must Be An Angel, de Eurythmics. Jan le regaló el disco la semana pasada. Se pregunta qué le habrá preparado para cenar. Quizá pueda pasarse por un establecimiento de comida rápida. Pasan entre las primeras puertas correderas y se dirigen a la izquierda, por otro pasillo que conduce hasta recepción. Calvert se detiene y espera hasta que Thorne se pone a su altura. Le sujeta la puerta.
—Apuesto a que estarán haciendo una pasta en horas extra.
Thorne no dice nada. Está deseando verle la espalda al jodido gallito. Pasan junto a otro retrato de Johnny Boy. Alguien ha añadido un bocadillo con unas palabras. Dice, «Hola, marinero». Thorne tararea la canción de Eurythmics mientras camina.
Llegan a las últimas puertas. El sargento le hace una señal de saludo con la cabeza desde el mostrador. Thorne pasa por delante de Calvert, abre las puertas y se detiene. Hasta aquí piensa llegar. Esto no es un hotel y él no es un puto botones. Calvert atraviesa las puertas, se detiene y se da la vuelta.
—Ánimo, entonces.
—Gracias por su ayuda, señor Calvert. Nos pondremos en contacto con usted si volvemos a necesitarle.
Thorne le ofrece la mano instintivamente. Mira hacia el sargento del mostrador, que mueve los labios para comunicarle algo sobre una fiesta que están organizando para una de las secretarias que se va. Thorne siente cómo la mano, grande y callosa, toma la suya y se vuelve para mirar a Francis John Calvert.
Todo cambia.
No es el parecido con el retrato robot. Miró la foto en cuanto puso los ojos en Calvert, pero los apartó enseguida. No es el parecido, pero es la cara.
Thorne mira la cara de Calvert y, de repente, lo sabe todo.
Lo sabe.
No dura más de un segundo o dos, pero es suficiente. Puede ver lo que hay tras esos profundos ojos azules y lo que ve le llena de terror.
Ve alcohol sí y fútbol los sábados y silbidos a las chicas y una furia incandescente que no puede contenerse dentro de la cómoda conformidad de un matrimonio sin amor, sin sexo.
Ve algo profundo, oscuro y podrido. Algo fétido. Algo burbujeante de sangre, que se derrama sobre la tierra.
No puede explicarlo, pero sabe sin la menor sombra de duda, que Francis John Calvert es Johnny Boy. Sabe que el hombre que tiene frente a él, el hombre que le está dando la mano, es responsable de acechar y masacrar a media docena de homosexuales durante el último año y medio.
Thorne se queda helado, sin saber con seguridad si podrá volver a moverse. Está paralizado por el miedo. Se va a orinar en los pantalones en cualquier momento. Entonces ve lo más terrorífico de todo.
Calvert sabe que lo sabe.
Thorne piensa que su cara está helada, sin expresión. Muerta. Obviamente, se equivoca. Observa el cambio en la mirada de Calvert cuando encuentra sus ojos. Sólo una pequeña sacudida. El matiz más insignificante.
La sonrisa que comienza a desaparecer.
De pronto, todo acaba. El apretón de manos concluye y Calvert sigue caminando por el vestíbulo hacia la puerta principal de la comisaría. Se detiene un segundo y se da la vuelta, la sonrisa ha desaparecido completamente. El sargento sigue parloteando sobre la fiesta, pero Thorne observa cómo Calvert abandona el edificio. La mirada que ha percibido en su cara es algo parecido al miedo o, quizá, al odio.
Mientras, desde la distancia, una voz aguda y dulce sigue cantando a unos ángeles imaginarios.
No se lo dice a nadie. Ni a Duffy, ni a ninguno de sus colegas u oficiales. ¿Qué podría decirles? No se lo dirá ajan, desde luego. Ella tiene la mente en otras cosas, de todas formas. Están intentando tener un niño.
Ese fin de semana, con ella en casa sabe que se muestra distante. El sábado por la tarde, mientras pasean por los alrededores de Chapel Market le pregunta si ocurre algo. Thorne no dice nada.
El domingo por la noche ella está dispuesta a hacer al amor, pero cada vez que Thorne cierra los ojos ve a Francis Calvert, con un brazo alrededor del cuello del chico al que besa intensamente apretando su boca contra la suya. Mientras gime y entra en su joven esposa, visualiza la otra mano de Calvert, fuerte y callosa, buscando en el bolsillo su cuchillo dentado de veinte centímetros.
Mientras Jan duerme profundamente a su lado, permanece despierto toda la noche. Por la mañana, se convence de que se está comportando como un estúpido y una hora más tarde, se encuentra sentado en su coche, en una callejuela junto a Kilburn High Road. Vigilando el piso de Francis Calvert.
Lunes, 18 de junio de 1985.
Necesita volver a verle, eso es todo. Una vez que lo observe saliendo de la puerta, lo verá tal como es. Un pozo de inmundicia, seguro, pero eso es todo. Un desgraciado al que, probablemente, hayan multado por conducir sin seguro, que miente para no pagar el canon de la televisión pública y que, posiblemente, pegue a su mujer.
Pero no un asesino.
Una mirada más y Thorne se convencerá de que se ha comportado como un estúpido. Comprenderá que lo que ocurrió en ese pasillo fue una aberración. Lo quejan denominaría una cagada mental.
Espera fuera durante bastante tiempo. La gente no ha comenzado aún a abandonar sus casas para dirigirse al trabajo. La furgoneta Astra blanca de Calvert sigue aparcada en la puerta.
Durante la siguiente hora se dedica a observar a la gente saliendo de sus casas. Observa cómo se abren las puertas, escupiendo hombres y mujeres, portando bolsas y maletines. Se montan en sus coches o motos, caminan deprisa hacia la parada del autobús o al metro.
La puerta de Calvert sigue cerrada a cal y canto.
Thorne permanece sentado y observa la polvorienta furgoneta blanca. Lee la inscripción en el lateral: «F. J. CALVERT. ALBAÑIL».
Carnicero.
¡Estúpido! Está siendo un estúpido. Debería arrancar el coche y dirigirse al trabajo, reírse con algunos compañeros, ayudar a organizar la fiesta de despedida y olvidarse completamente de Francis John Calvert. Sin embargo, se sorprende a sí mismo cruzando la calle.
Se sorprende llamando a una sucia cancela verde.
Se sorprende empapado en sudor al no recibir respuesta.
En la euforia respetuosamente contenida de los días venideros, ante el hecho insólito que supone que Calvert haya sido interrogado hasta en cuatro ocasiones, ante las resignaciones, ante el escándalo nacional... habrá palabras de elogio para el detective Thomas Thorne. Un oficial joven con iniciativa que hace bien su trabajo sin pensar en los riesgos para su integridad física.
Sin pensar.
Es como si se observase a sí mismo, comportándose como un transeúnte entrometido. No tiene ni idea de por qué está frente a la puerta, de por qué se apoya contra ella. Vuelve apresuradamente al coche y saca una porra del maletero.
La mujer de Calvert parece sorprendida de verle. Observa sus ojos bien abiertos al entrar en la cocina, con la respiración contenida y el corazón a punto de estallar. Está tirada en el suelo, con la cabeza apoyada en la sucia puerta blanca del armario que hay bajo el fregadero. El moratón que tiene en el cuello está empezando a ennegrecer. Aún sujeta en la mano una cuchara de madera.
Fue la primera en morir. Tenía que serlo. Las niñas le darán esa información.
Dense Calvert. 32 años. Estrangulada.
Thorne se mueve por el piso como un submarinista explorando los restos de un naufragio. El silencio le golpea los oídos. Sus movimientos son lentos y estilizados y, los fantasmas bucean en el agua que le rodea.
Las encuentra finalmente en la pequeña habitación situada al final del apartamento. Permanecen inmóviles en el suelo, unas junto a otras, entre las camas y un pequeño colchón.
No puede apartar la vista de los seis piececitos.
Se siente incapaz de rellenar sus pulmones, se deja caer de rodillas y gatea por el suelo. Empieza a asimilar lo que tiene ante sus ojos, pero algo en su interior se niega a procesar correctamente la información. Consigue tomar algo de aire y deja escapar un grito. Grita a los cuerpos de las niñas. Les hace una súplica. Por favor... llegaréis tarde al colegio.
En realidad, les estaba suplicando que le salvaran.
Al tomar aire percibe el olor del champú en su pelo. El olor fresco de los camisones recién lavados y el de la orina que los empapa. Ve la mancha en el colchón del suelo, donde debió colocarlas a las tres. Las niñas habían sido dispuestas con los brazos cruzados sobre el pecho, en una grotesca representación de paz.
Pero no murieron en paz.
Lauren Calvert. 11 años. Samantha Calvert. 9 años. Anne-Marie Calvert. 5 años. Asfixiadas.
Tres niñas pequeñas que gritaron, lucharon, patalearon y corrieron, hasta descubrir a su madre y que siguieron gritando aún más fuerte con su madre ya muerta, en el único estado en el que puede soportar tanto horror sobre sus hijas. El hombre al que quieren y en quien confían cerró la puerta del dormitorio y comenzaron a agitarse, presas del pánico, como polillas atrapadas en un farol. Se golpearon contra las paredes, se abrazaron unas a otras y, cuando agarró a una y la tiró sobre el colchón, las otras le mordieron, arañaron y gritaron; se defendieron como pudieron, arañando con sus pequeños deditos la carne de esas manos fuertes y callosas.
Thorne tenía que creer en eso. No podía aceptar que se quedaran sonriendo a su papá, mientras les colocaba la almohada sobre la cara.
No podía aceptarlo.
Pasarían unos treinta minutos hasta que descubrió a Calvert. No tenía ni idea del tiempo que había pasado en esa pequeña habitación, intentando digerir lo que había pasado. Pensando en Jan. En el niño que ambos intentan conseguir desesperadamente.
Abre bruscamente la puerta de la salita y sus sentidos se tensan inmediatamente. Percibe el olor a whisky, tan fuerte que casi se ahoga en él y, el aroma penetrante de la pólvora, que hasta entonces, sólo había conocido en el campo de tiro.
Descubre el cuerpo en el suelo, frente a la chimenea.
Los sesos están desparramados por el cristal que hay sobre la base de la chimenea.
Francis John Calvert. 37 años. Suicidio con arma de fuego.
Thorne se desplaza sobre la alfombra de un pálido color champiñón como un sonámbulo. Sin bajar la mirada al golpear una botella vacía de whisky con el pie. Sin quitar los ojos de encima a Calvert. El brazo estirado sigue aún sujetando el arma. Sus calzoncillos están marrones de la sangre coagulada. ¿Cuándo ha ocurrido esto? ¿La noche pasada o a primera hora de la mañana?
Las manos no muestran señales de dedos pequeños.
Thorne permanece junto al cuerpo, con los brazos colgando pesadamente a los lados, respirando profunda y desesperadamente. Se inclina hacia delante, sabiendo lo que está a punto de suceder, sorprendido, teniendo en cuenta que no ha desayunado nada. Siente un espasmo que le sacude rápidamente desde las tripas, al pecho y luego a la garganta y desparrama su vómito, humeante, amargo y húmedo sobre lo que queda de la cara de Francis Calvert.
—No ha sido culpa tuya, Tom. Sé que ha debido ser horrible, pero no puedes pensar que todo ha ocurrido por tu culpa.
Thorne permanecía sentado en el sofá, mirando el techo de un pálido color magnolia. Desde la distancia, se percibía el sonido desesperado de la sirena de un coche de bomberos o de una ambulancia.
Anne le cogió con fuerza de la mano, sintiéndose doctora. Pensó de repente en Alison.
—Tenías razón cuando pensaste que era una aberración. El encontrarte con ellos fue tan sólo una coincidencia. Una horrible coincidencia.
Thorne no tenía más que decir. El cansancio que había sentido durante todo el día le atenazaba y no se sentía con fuerzas para luchar más contra él. Anhelaba la paz de la inconsciencia, una oscura sombra que lo envuelva todo y que devuelva a su lugar todo lo que recordaba y describía. Que volvería a poner todo en orden.
Cerró los ojos y dejó que le invadiese.
Anne había aguantado el tipo mientras Thorne le contaba su historia, haciendo un esfuerzo por no mostrar ninguna expresión en la cara, pero ahora sentía que le invadían las lágrimas. Pensando en los pequeños pies de su propia hija.
Era fácil descubrir qué guió a este hombre. Lo que había provocado esta obsesión por saber. Deseó que, con el tiempo, los sentimientos de Thorne hacia Jeremy desaparecieran como fantasmas, como ecos distorsionados de un horror pasado. Quería que se esfumaran.
Ella estaría ahí para ayudarle.
Sintió un ligero escalofrío. La sombra seguía cerniéndose sobre ellos y su frialdad le envolvió el hombro. Descansó la cabeza sobre el pecho de Thorne que, en pocos segundos, comenzó a subir y bajar regularmente en sueños.
Las imágenes aún están borrosas, pero las palabras aparecen ahora más claras. Es como si viera una película que ya he visto antes, pero desde la última vez que la vi, la visión se ha vuelto borrosa y todo aparece muy difuso.
Estamos en la cocina. Él y yo.
Le digo que deje su bolsa por cualquier lado y yo sigo balanceando la botella de champán y preguntándole si quiere un café o una cerveza o lo que sea. Me habla muy bien del piso. Cojo una lata de cerveza que Tim se ha dejado en el frigorífico. La abre y sigo hablándole de la fiesta. Sobre los indeseables de ese club. Gente que va de coca. Él me sigue la corriente, diciéndome que ya sabe cómo son los hombres y que no puedo echarle la culpa de eso a él, ¿verdad?
La música suena durante unos segundos cuando enciendo la radio, después desaparece mientras busco una buena emisora y termino por dejarlo.
Dice que necesita hacer una llamada de teléfono y lo hace, pero no le escucho decir nada. Sólo mueve los labios. Sigo balbuceando cosas, pero no puedo entender lo que digo. Sólo farfullo palabras. Algo acerca de que comienzo a sentirme un poco mal, pero no me está prestando atención.
Me disculpo por estar tan mareada. Debe pensar que estoy hecha una puta pena, tirada en el suelo de la cocina, apoyada en el armario de la cocina, casi incapaz de hablar. No hay de qué, me dice y le oigo abrir su bolsa. Busca algo dentro. No hay nada malo en pasar un buen rato, me dice. Yo voy a hacerlo.
Tienes toda la puta razón, le digo, pero no es así como sale de mi boca.
Percibo el sonido de mis zapatos, chirriando contra las baldosas, mientras me arrastra hacia el otro lado de la cocina. Oigo el tintineo de mis pendientes y mi collar cuando los tira sobre un plato.
El ruido de los gruñidos viene de mí.
Sueno como si no supiera hablar. No puedo. Como un bebé. O como un anciano sin dientes al que se le ha ido la cabeza. Intento decir algo, pero sólo emito sonidos.
Me dice que me quede quieta. Me dice que no me moleste en intentarlo.
Me pone las manos encima y me describe todo lo que me hace. Diciéndome que no me preocupe y que confíe en él. Hablándome durante todo el proceso. Me dice los nombres de los músculos que va tocando.
Nombres estúpidos. Médicos.
Aguanta la respiración y permanece quieto unos instantes. Un par de minutos.
No puedo escucharme diciendo una sola palabra durante ese intervalo. Ni una palabra de queja. Sólo el goteo de la baba, saliéndome de la boca y precipitándose sobre las baldosas que tengo delante.
Consigo emitir un sonido gorgojeante.
Suena también un par de gruñidos, pero el sonido comienza a desvanecerse mientras me voy escurriendo del todo.
Entonces ocurre algo importante. La última cosa que consigo oír. Cuatro palabras que suenan con un eco extraño, como si viniesen de muy lejos. Como si me las susurrara desde el otro extremo de un tubo, como cuando mi amiga decía mi nombre a través del tubo de la aspiradora, cuando éramos niñas.
Necesito contar esto, creo.
Me dice buenas noches. Hasta mañanita...
Lo que dice después suena casi a bobada. Utiliza un tono dulce y encantador. Es una palabra que he vuelto a escuchar desde entonces.
Una palabra que escuché cuando me desperté y me encontré en este estado.
Una palabra que describe bastante bien lo que soy.