CAPÍTULO SEIS
¿Adónde vamos, señor?
—A Muswell Hill, por favor.
—Muy bien, señor. ¿Y dónde está eso?
Thorne suspiró profundamente al comprobar que el simple desplazamiento desde su piso en Kentish Town se convertía, de repente, en una propuesta de alto riesgo. Era culpa suya por haber llamado un minitaxi. ¿Por qué tenía que ser siempre tan tacaño?
Intentaba no pensar en el caso, esta era su noche libre. Consiguió engañarse tan sólo durante el tiempo que empleó el taxi en llegar al final de su calle. Le hubiera encantando disfrutar de una tarde sin sus chicas de calendario, pero eso iba a ser harto difícil, sobre todo, considerando adónde iba y con quién. El asunto de Jeremy Bishop podía ser terreno prohibido con Anne Coburn. Cada vez quedaba más claro que eran bastante allegados. ¿Habría algo más entre ellos? Thorne intentó descartar esa posibilidad. Sea como fuere, su relación enrarecía bastante las cosas en todos los ámbitos, sobre todo en el procedimiento.
Thorne odiaba el estereotipo de poli instintivo casi tanto como el de poli duro. Pero sabía perfectamente que el de poli instintivo era tan sólo un estereotipo porque contenía un germen de verdad. Los presentimientos no traían otra cosa que problemas. Si no eran acertados causaban vergüenza, dolor sentimiento de culpa y muchas más cosas. Pero los presentimientos que se confirmaban eran aún peor. Los Policías... los buenos policías, no nacían con esos instintos; los desarrollaban. Después de todo, a los contables se les daban tan bien los números porque trabajaban a diario con ellos. Incluso el poli más mediocre podía saber cuándo alguien mentía. Algunos desarrollaban un sentido, un gusto, un olfato para la gente.
Esos eran los más desafortunados.
—Usted dirá, señor.
El conductor del minitaxi le pasó una vieja agenda con un mapa. Joder, pensó Thorne, ¿quieres que conduzca yo por ti?
—No necesito el callejero. Le iré indicando el camino. Siga derecho por Archway Road.
—Muy bien, señor. ¿Por dónde está eso?
Thorne miró a través de la ventanilla. Otra cálida tarde de finales de agosto y un montón de amantes del sábado noche en camiseta hacían cola para entrar en el auditorio. Al pasar a su altura, estiró la cabeza para ver el nombre de la banda que daba el concierto, pero sólo distinguió la palabra «Maniacs» ¡Qué bonito!
Ahora vivía a menos de un kilómetro del lugar donde creció. En su época de adolescente este había sido su territorio: Kentish Town, Carden, Highgate y Archway. Había trabajado junto a la estación de Holloway durante seis meses. Conocía la calle donde había vivido Helen Doyle. Había tomado copas en el Marlborough Arms. Al menos, deseaba que ella se lo hubiera pasado bien esa noche.
Jeremy Bishop.
Sí, había empezado como una extraña familiaridad, que aún no podía comprender, pero se había convertido en algo más. Durante los pocos días que transcurrieron desde que vio a ese hombre por primera vez, sus sentimientos hacia él comenzaban a asentarse en pilares cada vez más sólidos.
Thorne no había tardado en descifrar la sonrisa de Bishop cuando le dijo que iba a averiguar por qué le habían avisado a él la noche que ingresaron a Alison. Se sorprendió al comprobar que era imposible seguir el rastro de las llamadas a los busca de los médicos. No existía un registro oficial. La llamada podía haberse efectuado desde cualquier sitio. Era incluso posible que uno se mandase un aviso a sí mismo. Ninguno de los posibles candidatos recordaba haber llamado al busca de Bishop la noche que trajeron a Alison Willetts. Habló con el director del hospital, el secretario de admisiones y el anestesista de guardia y su memoria sobre los hechos que rodeaban esa noche era tan imprecisa como había imaginado Bishop. Quedaba bastante claro que ya estaba allí cuando la llevaron al ala A/E, pero su coartada, en lo relativo al momento en que sufrió el ataque y en el que la abandonaron en la puerta del hospital, no era tan sólida como había imaginado Anne Coburn en un principio.
Aún no podía ensamblar las piezas, ni mucho menos, pero había otros detalles.
El cerco de la zona en la que había desaparecido Helen empezaba a dar sus resultados. Al menos tres personas la habían visto después de que abandonara el bar. Una de ellas era un vecino que la conocía bien. Todos los testigos dijeron que le vieron hablar con un hombre al final de la calle. En sus descripciones dijeron que «parecía contenta», «hablaba muy alto» y «parecía como si estuviera borracha». Las descripciones del hombre variaban un poco, pero coincidían en una serie de aspectos.
Era alto, tenía el pelo corto y gris y llevaba gafas; posiblemente tendría poco menos de cuarenta años. Pensaron que se trataba del nuevo novio de Helen Doyle. Bastante mayor que ella.
Todos los testigos coincidían en algo más. Helen bebía de una botella de champán. Ahora ya sabían cómo se administraba la droga. Tan simple, tan insidioso. Cuando la capacidad de resistencia de la víctima se esfumaba, todas se sentían... ¿Qué? ¿Especiales? ¿Sofisticadas? A Thorne le daba la impresión de que el asesino pensaba en sí mismo exactamente en los mismos términos.
El conductor encendió la radio. Una canción antigua de los Eurythmics. Thorne se incorporó rápidamente en su asiento y le dijo que la apagara.
El taxi salió de la Al y se dirigió hacia Highgate Woods.
—Está justo al salir de Broadway, ¿vale?
—Broadway...
Thorne observó el reflejo de la mirada del taxista en el espejo. Era un gesto de disculpa pero sin que, en realidad, le importara lo más mínimo.
—Si los taxistas negros presumen de saberlo todo, ¿de qué presumís vosotros?
—¿Decía algo?
—Nada, no importa.
Había dejado pasar un día antes de hablar con Fran Keable.
Mientras entraba en la oficina del inspector repasa a mentalmente el relato de sus sospechas: los detalles que señalaban a Bishop. Diez minutos más tarde, salía de la oficina, cargado de frustración.
—Debo ser honesto contigo, Tom. No, no tiene un coartada sólida como una roca, pero...
—No para todos los asesinatos, señor. Lo he comprobado con...
—Pero lo que tienes son un montón de datos que, de acuerdo, no nos permiten descartarle. ¿Y qué pasa con la descripción? Dos testigos dicen que tiene poco más de treinta años.
—El dato de la altura coincide, Frank. Bishop aparenta ser mucho más joven de lo que es en realidad.
En ese preciso instante, Thorne comenzó a darse cuenta de que todo empezaba a parecer poco convincente. Decidió parar antes de que pudiera decir algo que le hiciera parecer vagamente desesperado. ¡Y es médico! Y no me gusta, en absoluto...
Esa misma noche entró en su piso y escuchó la voz de una mujer que provenía de la salita.
—...en la oficina. Dios, cómo odio estos chismes, lo siento. Bueno, llámame, por favor, estoy deseando hablar contigo.
Thorne sonrió. ¿Cómo una mujer que se dedicaba a sonsacar información de los cerebros podía sentirse tan intimidada por un contestador automático? Le parecía un detalle muy simpático. Más tarde se enteró de que pensaba que estaba siendo condescendiente con ella. Levantó el auricular.
—¿Tom?
¿Qué preguntaba? ¿eres Tom o puedo llamarte Tom? En cualquier caso, la respuesta era la misma.
—Sí. Hola.
—Soy Anne Coburn, lo siento, sólo quería charlar un rato. He intentado dar contigo en tu oficina, espero que no te aporte.
Thorne le había dejado el número de teléfono de su casa en el reverso de la tarjeta que le dio. Tiró el abrigo sobre el sofá y arrastró el teléfono junto a la silla.
—No, está bien. Acabo de entrar en casa ahora mismo. Bueno, ¿de qué estabas deseando hablar conmigo?
—¿Cómo?
—Eso es lo que acabas de decir. Lo he escuchado en el contestador automático mientras entraba en casa.
—Ah, sí. Es sobre Alison. Creo que está comenzando a comunicarse.
Se inclinó a un lado intentando alcanzar la botella de vino medio vacía, junto a la silla, pero volvió a sentarse erguido.
—¿Qué? Eso es fantástico.
—No tan aprisa, he dicho que está empezando y, debo decir que hay gente que no está tan convencida como yo de que sus movimientos no son involuntarios, pero creo que deberías venir a verlo por ti mismo.
—Sí, por supuesto...
—Ha matado a otra chica, ¿verdad?
Thorne se reclinó sobre el respaldo de la silla, se colocó el auricular entre la oreja y el hombro y se sirvió un gran vaso de vino. ¿Habría salido en los periódicos? El no había visto nada. Suponiendo que hubiera sido así, no había ninguna conexión con las otras muertes. ¿Cómo habría conseguido ella...?
Bishop obviamente le había hablado de su última visita. ¿Cuánto le habría contado Anne sobre los otros asesinatos? Necesitaba preguntárselo, con mucho tacto.
—Escucha, entiendo que no quieras comentar nada del caso, Tom.
—No es eso, es que le estaba dando vueltas a algo en la cabeza. Sí, hemos encontrado otro cuerpo.
Ahora fue ella la que guardó silencio.
—Ya sé que te dije que Alison no haría ninguna declaración y lo mantengo; al menos en el sentido convencional, pero quizá... Verás, no quiero levantar falsas esperanzas.
—¿Crees que podría ser capaz de responder preguntas?
—De momento no, pero creo que lo hará, más adelante. Preguntas simples. Sí y no. Quizá podamos inventarnos un sistema apropiado. Lo siento, pero otra vez estoy parloteando sin mucho sentido. Es evidente que necesitamos conversar relajadamente sobre esto, pero quería que lo supieras...
—Me alegro de que me lo hayas dicho.
Anne, seguidamente, le invitó a cenar.
Le ofreció una bolsa de plástico con una botella de su tinto favorito en cuanto Anne abrió la puerta.
—Gracias, pero no era necesario.
—No te emociones demasiado, sólo es una bolsa de plástico.
Anne se rió y avanzó un poco para darle un beso en la mejilla. Exhalaba una fragancia hipnotizadora. Llevaba una camiseta sin mangas de color marrón, pantalones de lino de color crema y zapatillas de deporte. A Thorne le llamó la atención y parecía no desagradarle en absoluto que Anne fuera algunos centímetros más alta que él. Es algo a lo que estaba acostumbrado. Tenía la impresión de que iba a disfrutar mucho. Sus buenas expectativas se esfumaron al instante cuando vio, al otro lado del pasillo por encima de su hombro, la silueta de un hombre en la cocina.
Jeremy Bishop permanecía apoyado sobre la en cimera abriendo una botella de champán.
Anne se apartó a un lado para dejar entrar a Thorne y cruzó con él la mirada.
—Lo siento —dijo en voz baja, encogiéndose de hombros.
Mientras Thorne se quitaba la chaqueta y hacía un gesto de aprobación ante la exquisita decoración del piso, se preguntaba que había querido decir. ¿Lo siento? No podía tener ni idea de lo que pensaba acerca de Bishop, así que, ¿de qué se disculpaba? Al entrar en la cocina llegó a la alentadora conclusión de que Anne sentía que no pudieran estar a solas. Bishop le ofreció la mano sonriéndole. Thorne le devolvió la sonrisa. «¿Lo siento?» Ahora que lo pensaba, no estaba muy seguro de que él se lamentara, en absoluto.
—Justo a tiempo, inspector —Bishop le ofreció un vaso de champán.
Thorne sintió un escalofrío al aceptarlo. Bishop parecía encontrarse en casa, moviéndose con soltura por una cocina que, obviamente, le resultaba muy familiar. Llevaba un pantalón chino y una camiseta sin cuello. Tenía aspecto de ser de seda. Probablemente, él la definiría como una blusa. De repente, Thorne se sintió inapropiadamente vestido con su corbata, e instintivamente se desabrochó el botón del cuello de la camisa que él, categóricamente, definía como una camisa.
Bishop vació su vaso de un trago.
—¿Le ha estado dando más problemas esa hernia?
—¿Cómo dice?
—Me vino a la cabeza cuando usted y el oficial abandonaron mi casa. Vamos, no me diga que usted no le ha estado dando vueltas a la cabeza también. Su hernia del año pasado. Yo era su anestesista —sin esperar respuesta (podía haber estado esperando bastante tiempo), se volvió hacia Anne—. Acabo de mover la comida, Jimmy, voy al baño —le dio el vaso a Anne y pasó junto a Thorne, hacia las escaleras.
Se quedaron en silencio hasta que escucharon cerrarse la puerta del cuarto de baño.
—¿Es una situación violenta para ti, Tom? Dime si lo es.
—¿Por qué debería serlo?
—No lo he invitado.
Un poco de buenas noticias. Thorne sonrió con agrado.
—No te preocupes.
—No tenía ni idea de que iba a venir. Apareció por aquí y hubiera sido muy desconsiderado por mi parte no haberle invitado a pasar. Sé que le has interrogado hoy, lo cual es bastante ridículo...
Thorne tomó un sorbo de champán. No era una bebida que le agradase demasiado.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Es una situación incómoda?
Lo de «situación incómoda» era bastante suave. Thorne no podía recordar la última vez que compartió una agradable cena con un primer sospechoso.
Recordaba la escena en la oficina de Keable. Convirtiéndolo en su sospechoso principal.
Por otra parte, podría ser interesante. Ya conocía los datos básicos. Los dos chicos, la esposa que falleció. Pero era incuestionable que sería útil buscar otro enfoque distinto. Anne le miraba fijamente. No había respondido a su pregunta. En vez de eso, le hizo otra pregunta:
—¿Jimmy?
—Es un apodo de mis tiempos de estudiante de medicina. James Coburn. Ya sabes, de Los Siete Magníficos. Era el que llevaba los puñales.
—Ya. ¿Era bueno también con los bisturíes?
Anne rió divertida:
—Sea cual fuere la razón equivocada que te haya llevado a interrogar a Jeremy, puedo comprender perfectamente que esta situación te esté poniendo en una posición incómoda, pero hay dos buenas razones por las que deberías quedarte a cenar —Thorne no tenía intención de irse a ningún sitio, pero le agradaba que intentase persuadirle—. Una, me encantaría que lo hicieras y dos, hago los mejores espaguetis carbonara de todo Londres Norte.
La cena estaba fantástica. Indudablemente, era la mejor cena que Thorne había tomado en bastante tiempo, aunque su apreciación crítica no tenía demasiado valor; que sus hábitos alimenticios se habían vuelto descuidados quedaba patente. Cuando recibía en casa a familiares y amigos bien podrían enviarle una tarjeta de agradecimiento que dijera: «¡Eres un cabrón miserable!». Los diez números que marcaba con mayor frecuencia no eran precisamente los de sus parientes y amigos. Tenía la esperanza de no ganar el viaje de la oferta. Dos semanas en Lanzarote con el gerente del restaurante Bengal Lancer y con un séquito de repartidores de pizza en motocicleta, no era una perspectiva demasiado halagüeña.
—Espero que mi interrogatorio resultara provechoso, inspector detective —por la forma en la que Bishop enfatizó el rango de Thorne, daba la impresión de que lo había leído de la lista del reparto de una obra policíaca de teatro amateur. Su evidente regodeo ante la situación indicó a Thorne que estaba más que dispuesto a representar su papel, pero Anne se apresuró a intentar desviar la atención del caso.
—Vamos, Jeremy, estoy seguro de que Tom no quiere hablar de ello. Probablemente no podría, aunque quisiera.
Aquello satisfizo a Thorne. No tenía necesidad de hablar del caso. Quería dejar hablar a Bishop y no quedó decepcionado, una vez que se establecieron los límites. Bishop tenía muchas historias que contar. Parecía estar permanentemente divertido, no sólo con su propia palabrería, sino también ante el acogedor grupo que formaban los tres. De nuevo, a Thorne le parecía bien. El anestesista dominaba la conversación, haciendo esfuerzos ocasionales por enganchar al policía en la cháchara.
—¿Dónde vive, Tom?
—Kentish Town. Ryland Road.
—No conozco esa zona. ¿Es bonita?
Thorne agitó la cabeza. No, no especialmente.
Probablemente, Bishop era un anecdotista ingenioso Y ameno.. Thorne hizo un esfuerzo por reírse cuando debía, aunque se sentía torpe y patoso cuando observaba a los otros comensales enredar los espaguetis con destreza y delicadeza profesionales.
—...y allí estaban los dos sentados, hablando de la crisis de las vacas y de que iban a ejercitar sus derechos como consumidores contra los franceses.
—¿Política en el ala de A/E? —dijo Anne, volviéndose hacia Thorne—. Allí, generalmente, sólo se charla de fútbol, telenovelas o «ya sé que es un corte bastante feo, pero él nunca me había pegado antes, de verdad».
—Pero atención a lo mejor —Bishop se acabó el vaso de vino, dejando a los demás esperando el remate del chiste. ¡Les escuché decir que iban a boicotear las patatas fritas a la francesa!
Thorne sonrió. Bishop arqueó las cejas ante Anne y ambos dijeron, a la vez:
—¡TDN!
Sofocando la risa, Anne se inclinó hacia Thorne.
—Típico de Norfolk.
Thorne sonrió:
—Cierto. Estúpidos o endémicos —Bishop asintió con la cabeza.
Thorne se encogió de hombros. Sólo soy un poli. Muy duro de mollera.
Anne seguía riéndose. Ya se habían pulido dos botellas de vino y aún no se habían terminado la pasta.
—Siempre hay algún médico con demasiado tiempo en sus manos para inventarse estos chistes. Hay un montón, y generalmente no tan suaves.
—Vamos, Jimmy, son divertidos. Seguro que Tom tiene que vérselas a veces con algunos GAPEPAs, ¿no es cierto, Tom?
—Oh, seguro que sí. ¿Y esos son...? —Thorne arqueó las cejas.
—«Gente A Punto de Estirar la Pata» —explicó Anne—. Cuando un paciente va a morir. Odio ese chiste —se sirvió otra copa de vino y se recostó en la silla, apartándose momentáneamente de la conversación, mientras Bishop seguía con su tema.
—Jimmy se pone muy susceptible y aprensiva con algunos de los chistes más macabros que escuchamos cada día. Aunque, hablando en serio, usamos algunas abreviaturas para entendernos rápidamente entre colegas.
—¿Y mantener a los pacientes en la ignorancia, al mismo tiempo?
Bishop se encajó bien las gafas con la yema del dedo índice. Thorne observó que sus uñas estaban perfectamente cortadas y esculpidas:
—Absolutamente cierto. Otra de las manías de Jimmy, pero es el método más útil, si quiere mi opinión. ¿Qué sentido tiene decirles cosas que no van a entender? Si se las dices y las entienden corres el riesgo de meterles el miedo en el cuerpo.
Anne comenzó a retirar los platos.
—¿Así que es mejor un paciente en las sombras que un GAPEPA?
Bishop levantó las gafas hacia Thorne, parodiando un saludo burlón:
—Y eso no es lo mejor. Tengo que tratar con muchos GAPEPAs, pero Jimmy, especializada como está en todo tipo de casos, se ha convertido en la santa patrona de los TJ PTVs —dijo, esgrimiendo una sonrisilla y dejando ver una hilera de dientes perfectos—. «Totalmente Jodidos, pero Todavía Vivos»
Thorne podía oír a Anne en la cocina, cargando el lavavajillas. Thorne recordó la mirada de suficiencia de Bishop al poner las tazas del café en su lavavajillas, hace algunos días. Ahora tenía la misma expresión en la cara. Thorne le devolvió la misma risilla:
—¿Qué pasa entonces con Alison Willetts? ¿Es una TJ PTV?
Thorne comprendió enseguida que si, por un momento, había pensado que conseguiría poner nervioso a Bishop lo estaba subestimando seriamente. La reacción del doctor fue de claro y manifiesto regocijo. Arqueó las cejas y lanzó un grito a Anne, a la cocina:
—Dios, Jimmy, estoy en desventaja —se volvió hacia Thorne y mostró, de repente, cierto temple de acero tras su displicencia—. Vamos, Tom, ¿es la indignación moral la que rezumaba el último comentario, queriendo sugerir que le preocupan más sus víctimas, que a nosotros nuestros pacientes? ¿Qué somos simples monstruos sin sentimientos, mientras que el Departamento de Investigación Criminal está plagado de almas sensibles como usted?
Dios, Tommy, vaya un bastardo petulante...
Susan, May, Christine, y Helen...
—No estoy sugiriendo nada. Es que me ha parecido un poco duro, eso es todo.
—Es sólo un trabajo, Tom. No demasiado agradable, a veces; y sí, está bastante bien pagado, después de sudar tinta durante siete años de formación y de haber besado algunos culos para llegar a un nivel decente —esto, definitivamente, hizo sonar la campana—. Nos pagan para tratar a la gente, no para que nos importe. La simple verdad es que el Servicio Nacional de Salud no puede permitirse que le importe, en el sentido amplio de la palabra.
Anne puso un enorme plato de pastel de queso en el centro de la mesa:
—La cara y la cruz, me temo. Soy muy buena con la pasta, pero un desastre con los postres —se volvió a la cocina, permitiendo a Bishop seguir con su ataque.
—Siempre digo a los estudiantes que tienen que tomar una decisión. Pueden pensar en los pacientes como John o Elsieo Bob o quién sea y, perder el poco tiempo de sueño que les queda.
Thorne acercó su plato para servirse una porción de pastel de queso.
—¿O...?
—O pueden decidir ser buenos doctores y tratar con cuerpos. Vivos o muertos, son cuerpos.
¿Qué le había dicho antes Thorne a Keable?
¿Vas a permitir que se escape con toda esta mierda, Tommy?
No estoy seguro de lo que voy a hacer. ¿Por qué no me ayudas? ¿Es él? ¿Es este nuestro hombre?
Esa es la pregunta a la que nunca encontraban respuesta.
Thorne comenzó a comer.
—¿Qué suelen decidir principalmente sus estudiantes?
Bishop se encogió de hombros y se metió en la boca un gran trozo de pastel. Se rió entre dientes.
—Aquí hay otro.
—¿Cómo?
—DEMOs. Otro acrónimo.
Thorne sonrió a Anne cuando volvió a sentarse y le sirvió una porción. Bishop carraspeó, demandando la atención de su audiencia. Parecía obvio que iba a decir algo muy ingenioso. Thorne se volvió hacia él y esperó. Vamos, dispara...
—«Detectives Mal Organizados».
Bishop fue el primero en abandonar la casa. Le dio la mano a Thorne y... ¿le había guiñado un ojo? Anne le acompañó hasta la puerta y le dio su chaqueta, dejando a Thorne sentado en el sofá, con un vaso de vino y escuchando cómo se despedían. Su obvia familiaridad le incomodaba desde cualquier ángulo en que quisiera analizarla. Lo que quedaba de la tarde, fuera como fuese, debería manejarse con mucha sutileza. Sus voces bajaron el tono, pero se percibía claramente el murmullo de satisfacción de Bishop al darle un beso de despedida a Anne. Thorne se preguntaba si seguiría siendo igual de ocurrente y charlatán con el puño de un detective incrustado en su garganta. Se preguntaba si sería tan petulante en una asfixiante sala de interrogatorios. Se preguntaba qué tendría que hacer para arrastrarle hasta una.
Escuchó el ruido de la puerta principal al cerrarse y suspiró profundamente. Ahora quería estar a solas con Anne y no sólo por lo que esta pudiera decirle acerca de Bishop.
Anne volvió a la salita de estar y se encontró a Thorne con la mirada perdida y una amplia sonrisa.
—¿A qué viene esa risa? —Thorne se encogió de hombros. No quería empezar con mal pie y decirle que acababa de inventarse su propio acrónimo para Jeremy Bishop. Uno bastante apropiado: PC.
Presunto Culpable.
—¿Dónde está Rachel esta tarde? ¿La has encerrado en su habitación con un vídeo de las Spice Girls?
—Está por ahí, celebrando sus notas.
—Dios, claro que sí, era hoy —había aparecido en todos los periódicos. El incremento en el porcentaje de aprobados. El desnivel, cada vez más acusado, entre las chicas y los chicos. Chavales de seis años con sobresaliente en matemáticas—. ¿Celebrando? ¿Debe haberlo hecho muy bien?
Anne se encogió de hombros:
—Bastante bien, supongo. Quizá podía haber estudiado más en dos asignaturas, pero estamos bastante contentas.
Thorne sacudió la cabeza, sonriendo.
—¿Estamos? Hum..., una madre exigente.
Anne se rió, dejándose caer en el sofá que había frente al suyo y cogiendo su copa de vino. Thorne se incorporó en el asiento para rellenar su copa.
—Háblame de la mujer de Jeremy.
Anne suspiró profundamente.
—¿Me preguntas como policía?
—Como amigo —mintió.
Pasaron algunos segundos antes de que respondiera:
—Sarah era una amiga muy íntima. Los conocí a los dos en la facultad de medicina, soy la madrina de sus niños; es por lo que creo que tu interés por él es una completa pérdida de tiempo y no quiero que sigas con esto; está empezando aparecerme un poco insultante.
Thorne no quería mentirle, pero lo hizo de todas formas.
—Sólo es rutina, Anne.
Anne se quitó los zapatos y se sentó sobre sus pies.
—Sarah se mató hace diez años, creo que deberías saberlo.
—Algo sé de eso.
—Fue horrible. Nunca consiguió superarlo. Sé que puede parecer un poco seguro de sí mismo, pero eran muy felices y nunca ha vuelto a estar interesado en nadie más.
—¿Ni siquiera en ti?
Anne se ruborizó:
—Bueno, al menos ahora estoy segura de que esta no es una pregunta oficial.
—Absolutamente extraoficial y horriblemente entrometida, lo sé, pero me preguntaba...
—Estuvimos juntos una vez, hace ya mucho tiempo, cuando éramos estudiantes.
—¿Y nunca más desde entonces? Lo siento...
—Eso también lo pensaba mi marido, si eso hace que te sientas menos entrometido. David siempre ha tenido una fijación con Jeremy, pero se trataba en realidad de rivalidad profesional, que disfrazaba de otra cosa.
Como su pelo, pensó Thorne.
Había intentado controlarse y Anne había bebido bastante más que él, pero, definitivamente, empezaba a sentirse mareado.
—¿Qué hacen sus hijos?
James, veinticuatro y, Rebecca, veintiséis, otra médica. Estos detalles y muchos más rellenaban tres páginas de una libreta que había en el cajón de su escritorio.
—Rebeca es ortopedista. Trabaja en Bristol.
Thorne asintió con la cabeza, con aspecto de estar muy interesado. Cuéntame algo que no sepa.
—En cuanto a James, bueno, le han pasado un montón de cosas en los últimos años. Ha tenido bastante mala suerte, siendo un poco blanda.
—¿Y siendo dura?
—Digamos que está viviendo a costa de su padre. Jeremy es un poco blando. Tienen una relación muy estrecha. James iba en el coche cuando ocurrió, cuando tuvieron el accidente. Estuvo una temporada bastante afectado —suspiró lenta y profundamente—. No hablaba de esto desde hacía una eternidad...
De repente, Thorne se sintió fatal. Quería abrazarla, sin embargo, se ofreció a prepararle otra taza de café. Ambos se levantaron a la vez.
—¿Sólo o...?
—Escucha, Tom, debo decirte algo —Thorne creyó percibir que empezaba a sonar algo enfadada—. No sé lo que piensas de Jeremy, no sé por qué has tenido que ir a interrogarle, en realidad, me da miedo incluso pensarlo; pero, sea lo que sea, me gustaría que dejaras de malgastar tu tiempo. Estamos hablando de uno de mis amigos más antiguos y sé que le gusta hacerse pasar por médico duro y cínico, pero sólo es un numerito que suele interpretar. Se lo he visto hacer cientos de veces. Se preocupa mucho por sus pacientes. Está muy interesado por los progresos de Alison...
Alison. La única persona de la que se suponía que iban a hablar y que no lo habían hecho.
—En realidad, quería hablar contigo unas palabras acerca de ese tema, ¿Sabes que estamos intentando poner algunos datos fuera del alcance de los periódicos?
El rostro de Anne se ensombreció.
—¿Estoy a punto de escuchar que cierre la boca? —dijo, sin parecer molesta, en absoluto.
—Parece que sabe mucho del caso y me preguntaba si...
Avanzó un paso hacia él, sin rehuir la pelea:
—Sabe mucho del caso médico, sí. Hablamos de Alison con regularidad y, obviamente, conoce los otros ataques, porque guardan relación entre sí.
—Lo siento, Anne, no quería...
—Es un colega a cuyo consejo doy mucho valor y con cuya discreción se puede contar. Empeñaría mi palabra por él, pero parece que no tiene mucho valor.
Se quedó mirándole fijamente, haciéndole recordar lo terrorífica que le pareció aquel primer día, en el aula. Evidentemente, él no tenía la misma capacidad de intimidarla a ella. Algo en su cara, que ignoraba completamente, pareció divertirla de repente y sus facciones se suavizaron.
—Bueno, ¿cuánto tiempo ha sido? ¿Unas cuantas semanas? Y ya hemos tenido nuestra segunda gran riña. Esto no augura nada bueno, ¿verdad?
Thorne sonrió. Esto le dio muchos ánimos.
—Realmente, yo calificaría más bien la primera como una reprimenda, si queremos ser precisos.
—¿Vas a traer ese café, o qué?
Mientras rellenaba las tazas de la cafetera, le escuchó gritar desde la salita:
—Voy a poner algo de música. ¿Clásica? No, déjame adivinar qué te gusta...
Thorne añadió la leche y pensó, no acertarías ni en un millón de años. Respondió con otro chillido:
—Pon lo que quieras... soy fácil de complacer.
Al volver con los cafés, casi suelta una risotada cuando la vio sujetando una copia en vinilo, bastante sobada, del Electric Ladyland.
Mientras el taxi —uno negro, no iba a volver a cometer el mismo error de nuevo— le llevaba de vuelta a Kentish Town, las conversaciones de la tarde tintineaban en su cabeza como monedas en un sobre. Podía recordar cada palabra que se habían dicho.
Bishop se había estado riendo de él.
El taxi pasó por Archway Road, en dirección a Suicide Bridge; se asomó por la ventanilla al pasar junto a Queens Wood. Se imaginó a la zorra, moviéndose rápida y silenciosamente entre los árboles, en dirección a su madriguera. Llevando a casa entre sus mandíbulas el cuerpo, aún con vida, de un conejo y dejando a su paso un rastro de sangre sobre la hojarasca y las ramas caídas. Una camada de hambrientos cachorros desmembrando su cena, despedazando pálidos trozos de la carne de Helen Doyle, mientras su madre los observaba, montando guardia...
Thorne observaba los escaparates que se iban sucediendo rápidamente ante sí. Tienda de muebles, librería, boutique, centro de belleza. Cerró los ojos. Hombres tristes y empapados y, mujeres frías y crispadas, juntos durante unos minutos que ambos tratarían de olvidar más tarde. No era una imagen agradable pero, al menos, algo mejor. Por ahora.
Sabía que Helen y Alison y el resto estarían de nuevo con él por la mañana, hurgando en su resaca, pero por ahora, sólo quería pensar en Anne. Su beso en la puerta había parecido el principio de algo y eso, junto con la agradable sensación de tener a Bishop fuera de su vista, le hacía sentir tan bien como no se había sentido en mucho tiempo.
Decidió que, aunque fuera ya tarde, llamaría a su padre en cuanto llegara a casa. Era ridículo. Tenía cuarenta años. Pero quería hablarle de esta mujer que había conocido, esta mujer con una hija adolescente, por amor de Dios. Rachel había vuelto a casa justo cuando él se iba. Dijo un fugaz hola antes de hacer una rápida escapada cuando empezó la inevitable discusión acerca de lo tarde que había vuelto.
Quería decirle a su padre que «quizá», con una buena dosis de «tal vez» y una medida decente de «olvídalo, de eso nada», uno de ellos dejaría de pasar tanto tiempo solo.
Añadió dos libras de propina al cargo de seis libras y caminó en dirección a la puerta de entrada con una sonrisa de bobo en los labios. Siempre era un asunto arriesgado para los taxistas recoger a clientes borrachos. ¿Una buena propina o un vómito en el asiento trasero? Esas eran las opciones. Bueno, uno había tenido suerte esta noche.
Thorne tarareaba All Along the Watchtower mientras metía la llave en la cerradura y, percibió vagamente la oscura figura que emergió de las sombras y recorrió el camino de la entrada detrás de él. Se revolvió a tiempo para oír el gruñido salvaje que escapó de la boca, tapada por un pasamontañas y el brazo bajó sobre él. Se sintió enfermo instantáneamente cuando el dolor estalló en su cabeza.
Y, de repente, era mucho más tarde.
Los objetos de su salita de estar estaban apilados en el fondo. El equipo de música, el sillón y la botella de vino medio vacía resplandecían y se bamboleaban frente a él. Trató desesperadamente de centrar la atención, de recuperar el equilibrio, pero todas sus pertenencias mundanas yacían boca abajo, pareciéndole testarudamente desconocidas. Levantó la mirada. El techo se le venía encima. Hizo acopio de fuerzas y se giró, quedándose boca abajo sobre la alfombra y vomitó. Después, se quedó dormido.
Una voz le despertó. Tosca y abrasiva.
Pareces un tipo fuerte, Tom. Vamos, compañero.
Al levantar la cabeza comprobó que había mucha gente en la habitación. Madeleine, Susan y Christine permanecían sentadas en el sofá, con las piernas elegantemente cruzadas. Secretarias esperando una entrevista de trabajo. Ninguna de ellas le miraba. De pie, a un lado, se encontraba Helen Doyle mirando al suelo y mordiéndose nerviosamente las uñas. Apiñadas en un sofá había tres niñas jóvenes. Tenían el cabello delicadamente cepillado y sus camisones habían sido lavados con esmero. La niña más pequeña, de unos cinco años de edad, le sonreía pero su hermana mayor la apretaba bruscamente contra su pecho como una madre. Una mano le agarró y le ayudó a incorporarse sobre las rodillas. La cabeza le iba a estallar. La garganta estaba abrasada por la bilis. Se humedeció los labios, saboreando el aroma a vómito en la boca.
Vamos arriba, Tom, buen chico. Abre bien los ojos. Muy bien.
Bizqueó hasta enfocar la figura que se apoyaba sobre la repisa de la chimenea. Francis Calvert levantó una mano para saludarle.
—Hola, detective —el sucio pelo rubio, ennegrecido por el humo del tabaco, era más escaso ahora pero la sonrisa era la misma. Cálida, acogedora y completamente terrorífica. Tenía demasiados dientes, todos en mal estado—. Ha pasado mucho tiempo, Tom. Te preguntaría que cómo te va, pero ya veo que... Has tenido un poco de acción, ¿verdad?
Intentó hablar, pero tenía la lengua pesada y estropajosa; inerte en la boca, como un pescado podrido.
Calvert caminó hacia él, sacudiendo la ceniza del cigarrillo sobre la alfombra y sacando su arma en un movimiento terriblemente rápido. Thorne dirigió la vista desesperadamente hacia las niñas del sofá. Ya no estaban allí.
Al menos, no tendrían que presenciarlo.
Sabiendo lo que inevitablemente seguiría, volvió su atención hacia Calvert, cuya cabeza oscilaba rítmicamente sobre sus encorvados hombros, lenta y pesada como una bola de demolición. Calvert le sonrió maliciosamente, dejando al descubierto sus dientes podridos y haciéndolos rechinar teatralmente contra el cañón del arma.
—Butaca de primera fila esta vez, Tom. En fantástico tecnicolor. Espero que ese traje no sea nuevo.
Intentó cerrar los ojos, pero los párpados le pesaban como lonas empapadas de lluvia.
La explosión fue ensordecedora. Observó cómo la parte posterior de la cabeza de Calvert se emplastó contra la pared y comenzó a descender, despacio, como un juguete viscoso para niños. Movió la mano, para limpiarse las cálidas lágrimas, que le resbalaban por las mejillas. Sus manos se impregnaron de una sustancia roja, salteada con trozos de cerebro, entre los dedos. Al desplomarse en el suelo, distinguió vagamente a Helen, que se desplazó hasta el sofá y se unió a las demás, liderándolas hacia un cerrado y educado, aunque sincero, aplauso.
Aquello era como estar terriblemente borracho y tremendamente resacoso a la vez. Sabía que no volvería a desvanecerse. Las caras seguían amontonándose en su cabeza, como un chiquillo hojeando rápidamente un libro de fotografías, pero la velocidad iba decreciendo. Casi había vuelto el equilibrio, pero el dolor seguía siendo insoportable.
Estaba solo, había vuelto en sí y se arrastraba por la alfombra manchada de vómito, avanzando agónicamente, centímetro a centímetro. No tenía ni idea de qué hora era. No entraba luz por la ventana. Era noche cerrada o primera hora de la madrugada.
Sus dedos se aferraron a las fibras de nailon de la alfombra. Respiró profundamente. Apretando los dientes y emitiendo un ahogado grito de agonía, intentó hacer avanzar las rodillas algunos centímetros, a través de los despiadados tres metros que le separaban del teléfono.