CAPÍTULO DIECISIETE
Keable y Tughan tenían preparadas las preguntas y Thorne tenía muchas respuestas. Pero antes, había que solucionar un pequeño asunto relacionado con otra queja de Jeremy Bishop.
—Afirma que había alguien vigilando su casa el sábado por la tarde —dijo Keable, mirando a Thorne.
Thorne se encogió de hombros y miró inocentemente a Holland.
—¿Te mencionó algo de eso anoche?
Tughan tomó la palabra antes de que Holland pudiera responder.
—Te estás moviendo en la cuerda floja, Thorne.
Thorne sonrió. Se sentía eufórico y no había nada que dijese Nick Tughan que pudiera alterar su estado de ánimo. Algún día, muy pronto, arreglarían cuentas. Por ahora, lo mejor era ignorarlo.
Tughan se sentó en una silla apoyada contra la pared, bajo el calendario y Holland se quedó de pie, apoyando la espalda contra la puerta. La oficina parecía abarrotada. Thorne puso las manos sobre la mesa de Keable y se inclinó hacia él.
—¿Qué vamos a hacer ahora, Frank?
Keable arrastró la silla, alejándose de la mesa. Levantó una mano.
—Lo primero, vamos a pensar en lo que tenemos realmente. ¿Cómo diablos puede estar tan segura de que el anillo no es de su madre?
—Está completamente segura.
Tughan lanzó un gruñido.
—Vive en Edimburgo y nunca visitaba a su madre, joder. El anillo podía ser de cualquiera. ¿Quién sabe cuántos hombres la visitaban?
Holland habló con cautela.
—No creo que Margaret Byrne recibiera a muchos hombres, señor.
Tughan se volvió hacia él y le miró fijamente. Holland no desvió la mirada.
—La policía científica no halló huellas en el cuerpo.
Thorne dio un manotazo en la mesa.
—Si la policía científica no la hubiera cagado y hubiese catalogado una evidencia vital como parte de las posesiones de la víctima, ahora no estaríamos aquí. Todo habría acabado a estas alturas.
—No hay huellas en el cuerpo, Tom. El asesino llevaba guantes, así que, cuéntame cómo demonios perdió el anillo.
Thorne respiró profundamente. Responde a la pregunta. Correcta y tranquilamente.
—Creo que se puso los guantes una vez que la víctima estaba inconsciente. Guantes quirúrgicos. Se los puso para usar el escalpelo. Para practicar la incisión. El anillo pudo caérsele en cualquier momento, antes de aquello. Parece obvio que la víctima ofreció resistencia.
Keable miró a Tughan, que sacudía la cabeza.
—¿Qué dice Bishop?
Holland avanzó un paso y descansó una mano sobre el respaldo de la silla de Tughan.
—Afirma haberlo perdido hace algunas semanas.
Tughan seguía agitando la cabeza. Sin querer aceptar nada de lo que se estaba diciendo.
—¿Cómo se pierde un anillo de boda? —dijo, empezando a girar el suyo con los dedos—. No podría quitarme este cabrón ni aunque quisiera.
Holland tenía respuestas, igual que Thorne.
—El suyo se sacaba con bastante facilidad, según me dijo. Se lo quita en el trabajo. Se quita todos los anillos. Dice que alguien pudo sustraerlo de su taquilla.
Keable se detuvo en ese detalle.
—¿Le sustrajeron algo más?
—Su monedero y un reloj. Un Tag Heuer.
—¿Denunció el robo?
—Ni se preocupó por hacerlo. Dice que hay cosas que desaparecen de las taquillas constantemente.
La mirada de Thorne cambiaba rápidamente de uno a otro. Holland lo estaba haciendo muy bien. Keable no seguiría adelante con esto sin pruebas. Necesitaba una carga de razones que apoyara esta teoría y Holland se las estaba proporcionando.
—¿Cuándo ocurrió?
—Hace casi tres semanas. El día once.
Keable sacudió la cabeza.
—El día antes de que asesinaran a Margaret Byrne.
Thorne no dijo nada. El día en que le engatusó para que le llevara a la ciudad. Bishop llevaba el anillo entonces. Dejando que fuera Keable el que tomara la decisión. Era importante que sintiera que la decisión era suya. Seguían sacudiendo la cabeza.
—¿Qué quieres, Tom?
—Quiero una orden de registro.
Tughan se puso en pie de un salto empujando la silla hacia atrás. Keable levantó una mano.
—Echemos mano de ese anillo y llevémoslo a los muchachos del departamento forense. Entonces, hablaremos de órdenes de registro. Nick, llama a Lothian y a Borders. Quiero que me lo traigan aquí, ¿entendido?
Tughan fue el primero en salir. Holland le abrió paso. Cuando Thorne se disponía a seguirle, Keable le detuvo.
—Hay una conferencia de prensa programada para el mediodía, Tom. Quisiera verte en la tarima, por favor.
El tono de Keable implicaba que no aceptaba ningún tipo de discusión. No iba a tener ninguna. La adrenalina fluía por el cuerpo de Thorne. Estaba volando alto como una cometa. Si se lo pidiera habría aparecido sin rechistar en el show más cutre de televisión.
Thorne...
Caminando hacia el centro de operaciones. Evitando el contacto visual con nadie. Reconociendo las palabras amables y las miradas de aprobación. Poniéndole la mano en el brazo a Holland y saboreando la sonrisa que recibe en respuesta. Disfrutando del ceño fruncido de Nick Tughan, mientras el irlandés se pasa los dedos por su grasiento pelo amarillo y coge el teléfono.
Y disfrutando del tono esperanzado en las voces de las mujeres.
Pronto se acabará, ¿verdad?
¿Tommy? ¿Ya lo tienes?
¿Lo vas a atrapar, Tommy?
Agarra a ese cabrón.
Christine, Madeleine, Susan y, finalmente, Helen. Arrojando esperanza para todas ellas, en sus palabras. Una esperanza a la que ya no temía defraudar.
Sí, voy a cogerle. Muy pronto.
Y desde algún lado, en la lejanía, la risa de Leonie Holden.
Lo vio dos veces. En cada edición de las noticias del mediodía, BBC e ITV. Las dos veces extasiado. Las dos veces rió hasta casi perder la voz y aplaudió al final.
Ahora se encontraba con mucho mejor humor. Parecía que las cosas iban mejorando y el abatimiento del día anterior se había evaporado con unas simples noticias. Habían llegado con un poco de retraso, pero eran más que bienvenidas. Aún no tenía una gran urgencia por intentar el procedimiento de nuevo pero parecía que, después de todo, las cosas empezaban a salir como se habían planeado.
Comandante Sincero, Inspector Jefe Cejas y Tom Thorne. Aplaudió cuando, finalmente, presentaron a Thorne a la nación. Todo volvía a marchar sobre ruedas, ¿no es cierto? Tom estaba de vuelta en el equipo.
El comandante habló de «nuevas pistas» y de «nuevas e interesantes líneas de investigación». ¡Ya iba siendo hora! Dijo que seguiría siendo bien recibida cualquier pista que pudieran proporcionar acerca del número de matrícula del Volvo azul y aún mostraban ese horroroso retrato robot cortesía de algún paseante cegato del día en que se llevó a Helen Doyle.
Del caso de Margaret Byrne se hablaría con bastante más precisión.
El Comandante Sincero presentó al oficial que iba a dirigir un «mensaje directo al hombre responsable de estas terribles muertes». La cámara se movió hasta enfocar a Thorne. Parecía un poco nervioso. Distraído.
Se preguntaba cómo se manejaría Thorne con la cámara. Tiene que haber hecho este tipo de cosas antes, debía ser bueno. El irlandés había estado un poco blando pero suponía que Thorne aportaría algo más. Poder, quizá, alimentado por una furia genuina.
Seguro que lo haría. Thorne era un hombre que seguía los dictados de su corazón.
No quedó decepcionado. No traía nada escrito. No necesitaba apuntes. Thorne miró directo a la cámara y habló serenamente pero con fuerza y precisión.
Arrastró la silla un poco hacia delante, colocando la cara a pocos centímetros de la pantalla de la televisión, con la boca abierta de par en par. Era como si Thorne le estuviera hablando directamente a él.
Y, en realidad, así era.
«Aún no es demasiado tarde. Debes hacer que acabe todo esto ya. No puedo prometerte nada, pero si te entregas ahora, si te entregas hoy, tu caso se estudiará desde una perspectiva mucho más favorable».
«A ninguno de nosotros se le ocurre por qué has decidido hacer estas cosas. Quizá sientas que no tienes ninguna opción. Tendrás la oportunidad de explicárnoslo todo si dejas de matar ahora».
«Por supuesto, sabes que usaremos cualquier medio a nuestro alcance para detenerte. Cualquier cosa que haga falta. No puedo garantizarte que no salgas herido. O peor. No queremos ver a nadie más herido y eso también te incluye a ti. Puedes creértelo o no. Es tu elección».
«Así que, párate a pensarlo. Ahora mismo. Sólo unos minutos. Cualquier cosa que quisieras demostrar, considéralo hecho y coge el teléfono».
«Acabemos con esta locura. Ahora. Entrégate hoy y ponte en mis manos, en las nuestras y encontrarás a mucha gente dispuesta a ayudarte.»
De repente, Thorne se acercó un poco más a la cámara con la mirada fija en la pantalla.
«De una u otra forma, esto acabará muy pronto».
Rachel lo había perdonado casi al instante.
La llamó a primera hora y parecía muy avergonzado por lo que había hecho. Sabía que su comportamiento había sido imperdonable y comprendería perfectamente que quisiera acabar con todo.
Esa era la última cosa que ella quería hacer.
Sus disculpas la hicieron sentirse extrañamente poderosa. Era como si hubiera habido un cambio repentino. Podía haber desaparecido pero no lo hizo. Ahora necesitaba su perdón y, una vez que se lo hubiera dado, sentía que su relación alcanzaría un nuevo equilibrio.
Le dijo que las cosas no iban bien en el trabajo. Que había un par de personas con las que no se llevaba bien y que eso le ponía muy tenso. Obviamente, eso no servía de excusa para lo que había hecho, pero quería que supiera que estaba muy estresado, eso era todo. Ella preguntó que por qué no se lo había comentado. Quería compartir ese tipo de cosas con él. Quería compartirlo todo con él. Podía haberle ayudado. Le respondió que quería compartirlo todo con ella y que lo haría muy pronto.
Rachel sintió que se le secaba la boca. Sabía que hablaba de sexo.
Le preguntó si lo había pasado muy mal después de que abandonara el club de la comedia de aquella forma. Ella contestó que la mujer del escenario le dio un poco la lata, pero que hubo un intermedio y aprovechó para marcharse sigilosamente. Se rieron preguntándose lo que habría dicho de ellos el resto de la audiencia. Le dijo que le compraría una falda nueva en compensación por la que le llenó de cerveza. Le dijo que le compraría un montón de cosas.
Se entretuvieron un rato con la despedida pero, finalmente, Rachel le dijo que debía irse. Le dijo que le llamaría más tarde y que le quería y los dos colgaron el teléfono a la vez.
Siguió preparándose para ir a la escuela.
Anne estaba en una reunión que duraría un par de horas más. A Thorne no le desencantó demasiado la idea. Había preguntado en recepción y ahora se dirigía a los ascensores exhalando un suspiro de alivio. Habría estado bien encontrarse con ella. Ambos lo habrían llevado bien; pero ahora, probablemente, sería mejor dejar pasar un día o dos.
Confiaba en que todo habría terminado para entonces.
El día antes, después de la llamada de Sally Byrne, no fueron capaces de hablar de nada. En cuanto se hiciera un arresto, en cuanto se hiciera el arresto, podrían hablar tranquilamente de ello. No sería muy fácil para Anne pero él estaría allí para ayudarla.
Si es que ella aún le quería a su lado.
Lo había vivido muchas veces con gente próxima a los asesinos. Recordaba lo duro que había sido para la madre y el padre de Calvert, aunque aquello había sido muy distinto.
Era un tipo de muerte por la que debería guardarse el debido luto. Anne sufriría la pena del amigo que había perdido. Lo perdería en muchos sentidos y estaría apenada por cada uno de ellos y esto aparte del sentimiento de culpa que la invadiría, la vergüenza que sentiría por haber sido amiga suya y el sentimiento de culpa que sentiría por la vergüenza.
Con toda probabilidad, ella también sería la primera persona a la que llamarían sus hijos y necesitaría consolarlos y cuidar de sus maltrechos sentimientos. Después, tendría que ocuparse de la prensa. Si no podían acechar a un asesino, acecharían a la amiga del asesino. Nada de eso iba a ser fácil.
Anne buscaría a alguien a quien echarle la culpa.
Sería mejor, entonces, evitar cualquier confrontación por una temporada. Alejarse de la línea de fuego. Aún así, todo podía irse a la mierda, de todas formas. Thorne conocía muchos casos, mucho más sencillos que este, en los que un buen resultado se les había escapado de las manos en el último minuto. Una cagada o, más jodido aún, un tecnicismo legal aguardaba tras una esquina para enterrar en el fango a inspectores engreídos. Thorne no quería vender la piel del oso antes de cazarlo. En cualquier caso, se encontraba lo suficiente optimista como para estar aquí, entrando en el ascensor y preguntándose exactamente cómo iba a explicarlo todo.
Al entrar en la habitación de Alison se llevó una desagradable impresión. Anne no le había dicho nada de que la habían vuelto a conectar al ventilador, aún siendo consciente de lo vulnerable que era a las infecciones.
La habitación volvía a ser muy ruidosa, atestada de cosas, pero la chica que había en el centro seguía atrapando su mirada y su corazón. Le habían cortado el pelo desde la última vez que estuvo allí. Fue aquel el día en que trajo la foto de Bishop, justo antes de que le hablaran de las acusaciones anónimas y de que las cosas se salieran de control.
Ahora todo volvía a estar bajo control.
Se movió lentamente hacia la cama, pasando junto a la pizarra, ahora plegada y apoyada en la pared y cubierta con una sábana blanca. ¿Le habría oído Alison entrar? Sabía lo limitado que era su campo de visión y no quería que diera un brinco al sobresaltarse.
¿Un brinco? Estúpido bastardo. No sabía casi nada de cómo era su vida. En lo que se había convertido. Se había prometido a sí mismo que procuraría descubrirlo y no lo había hecho. Había oído hablar de gente que había sufrido amputaciones y que aún podía sentir el miembro que le faltaba. ¿Qué ocurriría con Alison? ¿Podría aún sentir, o incluso imaginar que sentía, lo que era saltar o correr o dar patadas o besar?
Se detuvo en un extremo de la cama desde donde sabía que podía verle. Su globo ocular tembló durante unos segundos y pestañeó.
Hola.
Se desplazó hasta el lateral de la cama, cogiendo la silla de plástico naranja y mirando a su alrededor, con indiferencia, como si fuera otro visitante que se acercaba a la cama para cumplir con las cortesías de rigor. No veía flores por ningún lado.
No había nada que hacer, excepto empezar a hablar.
—Hola, Alison. Espero que no te importe que me haya pasado por aquí, pero hay unas cuantas cosas que quería explicarte. Porque, en realidad, nadie más lo ha hecho y creo que tienes derecho a saberlas. La doctora Coburn te ha dado todos los cuidados médicos, la parte sanitaria de las cosas, pero yo quería intentar explicarte lo que te ocurrió esa noche después de que dejaras el bar. Obviamente, no sabemos cuánto puedes recordar de aquello. Probablemente nada.
Se sirvió un muy necesitado vaso de agua de la jarra que había sobre la mesita. Se preguntaba para qué habrían dejado una jarra allí, si Alison no podía beber.
—Sólo podemos hacer conjeturas acerca de lo que te pasó desde que saliste del bar hasta que llegaste a casa, pero no importa. Podrás decirnos dónde te encontraste con el hombre con la botella de champán cuando te quiten este ventilador y te sientas mejor, pero sabemos que entró en tu casa y que la droga que había mezclado con el champán comenzó a hacer efecto y que no había nada que pudieras hacer cuando... te puso la mano encima.
Se oyó un fuerte golpe en el pasillo. Pudo observar la reacción de Alison. Una tensión en la piel de los ojos casi imperceptible. Obviamente, los sonidos eran importantes.
Thorne tenía que hacerlo ahora. Ya estaba bien de perder el tiempo. Le había contado a muchos padres cómo habían muertos sus hijos. ¿Por qué le resultaba esto tan difícil?
—Muy bien, Alison, las cosas son así. No sobreviviste. Quiero decir... sí, por supuesto que lo hiciste, pero eso era lo que él quería.
Le dio un golpecito a un lado de la cama, desvió la mirada a las máquinas, los monitores, los tubos y volvió a centrarse en Alison.
—Esto... es lo que buscaba, lo que pretendía conseguir.
—Parece una locura, ya lo sé y es precisamente lo que es. No intentaba matarte. Podría haberte matado fácilmente porque, en realidad, lo que te hizo es increíblemente difícil. Lo había intentado antes y después no ha conseguido repetirlo... y otra mujer ha muerto, así que...
¿Así que qué? Thorne dudaba si debía haber empezado con esto. ¿Qué le diría ahora? ¿Lo afortunada que había sido?
—Así son las cosas. No voy a decirte que fuiste afortunada por no haber muerto. Eso es algo que únicamente tú puedes considerar. Pero fuiste lo suficientemente fuerte para no morir, así que, estoy seguro de que eres lo suficientemente fuerte para salir de aquí.
—No tengo ni idea de por qué lo hizo, Alison. Ojala pudiera darte alguna razón. Podría hacer alguna conjetura, pero la jodida verdad es que no tengo la más mínima idea.
—Sin embargo, puedo decirte una cosa y, si te soy sincero, supongo que es por eso por lo que he venido. Muy pronto él mismo me dirá por qué lo hizo. Quiero que lo sepas. Muy pronto. Me mirará a los ojos y me dirá por qué lo hizo.
Le tomó la mano y la apretó.
—Y voy a meter a ese cabrón en la cárcel para el resto de su vida.
¿Seguro? Entiendo. Gracias por dejarte ver por aquí y aportar esos interesantes datos a la conversación.
Me ha hecho esto deliberadamente. Me quiere en este estado. Conectada a la máquina, totalmente jodida.
Vale...
Es difícil aceptar las noticias de otra manera que no sea sosegada cuando te encuentras en este estado. Mis reacciones tienden a parecer muy similares siempre. Al menos, desde el exterior. Puedo parecer estar muy tranquila. Cualquiera que me mirase, pensaría: Qué bien se lo ha tomado, ¿verdad?
Desde el interior, ya es otra historia.
Enfurecida. Comprendo qué significa que te hierva la sangre, porque puedo sentir cómo burbujea. Siento cómo fluye por mis venas, como lava incandescente. Porque ahora lo sé. Porque ahora estoy segura.
Más o menos me lo había estado imaginando..
Ya suponía que tenía que tratarse de algo así.
De algo asquerosamente retorcido.
He tenido mucho tiempo para pensarlo y no hace falta ser un genio para averiguar qué ocurría algo extraño.
No me convertí en su víctima por algún rasgo físico en concreto.
No había motivación sexual. Anne me lo había dicho.
Al principio, consideré que intentaba partirme el cuello, pero no me dejó ni una sola marca. Admito que es bastante fácil matar a alguien si realmente se quiere y me he estado preguntando por qué no quiso.
¿Así que conmigo le salió bien? ¿Me he convertido en el testamento vivo y casi coleando de la pericia de ese tipo?
Mientras otras mujeres murieron.
Percibo que la sangre crepita y sisea por las arterias. Mi piel comienza a humear.
Thorne parecía bastante confiado en que iba a atraparlo. Algo en su voz me indica que, el que me hizo esto, va a sentirlo mucho cuando Thorne le eche el guante. En realidad, no creo que conocer sus razones ayude a que me sienta mejor. Pero sí me ayudará saber que lo han atrapado. Thorne dijo que no sabía cuánto podía recordar. Yo tampoco.
Pero si eso sirve de ayuda para coger a este bastardo, voy a hacer un jodido esfuerzo por averiguarlo.