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DONDE LA CONCIENCIA CAMINA DE ESPALDAS
Entre las sábanas limpias de su cama con dosel de la Torre dels Corbs, dando sorbos de una jarra de agua que le han puesto en la mesilla de noche, Menelaus Roca se dedica a estudiar los documentos que Blokium le ha dejado. Tal como ya había sospechado a partir de los fragmentos copiados, VITA PUELLAE FORMOSA es una hagiografía, una de las muchas leyendas que circulaban sobre santos infantiles en los primeros siglos de la cristiandad. En sus rasgos principales, sigue el patrón tradicional, recogiendo elementos presentes en la mayoría de esas leyendas y adaptándolos al contexto local. De familia noble cristiana, criada en «un domus del desierto sarrianense», la Niña Hermosa tiene diez años cuando el emperador Diocleciano emite su edicto que prohíbe el culto a Jesucristo. La niña, descrita con rasgos fabulosos, «siempre rodeada de un círculo de pájaros que cantan su beldad», se presenta ante el prefecto Daciano para protestar por que los cristianos verdaderos no pueden obedecer esa ley que los obliga a abjurar. El prefecto intenta persuadirla con regalos y después con amenazas, pero la niña se mantiene firme y la acaban prendiendo. Daciano la somete a martirio «el día segundo de los idus de febrero» y ordena que la claven desnuda a una cruz en forma de X. Ya muerta, la dejan crucificada y desnuda para que se la coman las aves. Sin embargo, para ocultar su desnudez, su cabello crece mágicamente y una nevada milagrosa cae sobre la ciudad, cubriendo el cuerpo de la niña. Al cabo de tres días en la cruz, unos cristianos la descuelgan y le dan sepultura.
Menelaus Roca cierra con cuidado el libro. Se trata probablemente de un códice perdido durante las décadas posteriores a su escritura, alrededor del siglo VIII, lo cual explicaría que no hubiera pasado a integrar la tradición. Y, sin embargo, mientras lo abre para leerlo por segunda vez, a Roca le da la impresión de que hay algo fuera de lugar en la leyenda del códice. Sentado en la cama, se hurga en los bolsillos en busca de papel y una mina de carbón y se pone a bosquejar una traducción de la conversación de la niña con Daciano:
NO SON LOS ÍDOLOS DE GAYO AURELIO VALERIO LAS FORMAS EN QUE EL SEÑOR QUIERE SER AMADO, DIJO LA NIÑA CON MUCHA INTELIGENCIA, PUESTO QUE NUESTRA IGLESIA NOS ENSEÑA A CONSTRUIR EL ALTAR SOBRE LA TUMBA, Y LA BASÍLICA SOBRE EL ALTAR, DE MANERA QUE LOS HUESOS NUNCA ESTÉN LEJOS DE LAS RODILLAS QUE REZAN. PORQUE EL HIJO CRECE SIEMPRE CERCA DE LA MADRE, Y SE NUTRE DE SUS MAYORES AUNQUE SE HAYA HECHO ÉL MISMO TAMBIÉN HOMBRE, Y ES POR ESO QUE AL PUEBLO Y A LA PARROQUIA DE CADA UNO LO LLAMAMOS MADRE Y REZAMOS POR ÉL, DE LA MISMA MANERA LA ROCA Y EL ÁRBOL QUE NOS VIERON NACER HAN DE VERNOS MORIR, Y ASÍ ES COMO DIOS LO QUIERE, QUE SIGAMOS EL MODELO DE IESUS EL CRISTO, Y NO ABJUREMOS DE NUESTRA IGLESIA PARA ABRAZAR A ÍDOLOS DE TIERRAS LEJANAS.
El fragmento entero le resulta extraño, con su alejamiento poético de la ortodoxia teológica. Hay algo ambiguo en la nomenclatura, como si el autor hubiera querido extender o difuminar el sentido de los términos. «La parroquia de cada uno» («VICUS QUISQUEM»), por ejemplo, se refiere con probabilidad al lugar donde se acude para el rezo, pero la expresión también alude a la aldea o al vecindario, o incluso al lugar que uno tiene cerca o que le es cercano. Por «ECCLESIA NOSTRAM» el lector puede imaginar que se está hablando de la Iglesia de san Pablo, a quienes los primeros cristianos tenían como patriarca, pero también al templo local. Los «mayores» («PARENTES») que lo nutren a uno pueden ser sus ancestros, por supuesto, pero también los lugares de procedencia. Varias páginas más adelante, estando la niña ya en su celda, pronuncia un sermón para los feligreses que la vienen a adorar.
DE NADA HABÉIS DE PREOCUPAROS MIENTRAS NO OS ALEJÉIS DE LOS PILARES DE VUESTRA FE, LES DIJO LA NIÑA. PORQUE ASÍ HA PERDURADO NUESTRA IGLESIA Y ASÍ LLEGAREMOS A LOS ÚLTIMOS DÍAS. Y UNO DE LOS CREYENTES LE PREGUNTÓ: ¿ACASO NO HEMOS DE PREOCUPARNOS DE DETENER LA MANO DEL QUE PROMETE DARTE MARTIRIO? Y LA NIÑA, MUY SERENA, DIJO: NO HABÉIS DE PREOCUPAROS POR MÍ, PORQUE YO VIVIRÉ EN MIS HUESOS Y EN MIS CENIZAS, Y VOSOTROS VENDRÉIS A VERME IGUAL QUE EL AVE VUELA UNA Y OTRA VEZ A SU NIDO, PORQUE DE ESA FORMA LOS VERDADEROS CREYENTES LO HEMOS HECHO DESDE LOS TIEMPOS DE IESUS CHRISTUS, ADORANDO A LOS SANTOS DEL LUGAR.
De nuevo le asaltan las dudas acerca del término «pilares» («CREPIDINIS»), así como de la expresión «los santos del lugar» («SANCTUS LOCI»). Sentado bajo el dosel, Menelaus Roca comprende que tiene delante un espacio cerrado. Uno de esos espacios impermeables donde la conciencia solamente puede entrar de espaldas. Caminando a ciegas hacia el pasado, mirando desde la perspectiva inversa, igual que ciertos recuerdos que la mente ha borrado vuelven a ser accesibles cuando uno desanda sus pasos. El códice es el inicio de todo: pasado y futuro confluyendo en un único remolino.
Roca se pone a pasar páginas, buscando los pasajes que tiene frescos en la memoria. Diez minutos más tarde ha identificado los cuatro sermones más extensos de la niña y sus escenarios. El primero es pronunciado en «los huertos de Poniente»; el segundo en «una capilla en el bosque, en la montaña de la que la ciudad extrae sus piedras»; el tercero en «el rompiente de las olas», y el último en los calabozos, «al pie de la Vía Hispánica». Los huertos de Poniente, «por donde pasa la Vía Augusta», solamente pueden ser los futuros huertos de San Pablo del Campo. El rompiente de las olas es San Beltrán, a la sombra de la montaña. La montaña de la que la ciudad saca sus piedras es Montjuich. Y la Vía Hispánica se convertiría con los siglos en la calle del Carmen, cuyos únicos calabozos eran el hospital de leprosos, en el actual Padrón. Los cuatro lugares donde Blokium dejó a sus víctimas. A continuación Roca vuelve a leer los sermones. En el primero, tras bendecir el pan para una comida comunitaria después de una Eucaristía en los huertos, la niña afirma que «COMERÉIS ALLÍ DONDE VUESTROS PADRES CAYERON MUERTOS, Y SU SANGRE SERÁ LA SAVIA DEL ÁRBOL QUE OS ALIMENTE». En la playa, la niña traza una espiral con un palo en la arena y dice: «CON ESTE SÍMBOLO ADORARÉIS AL SEÑOR, Y EL SENTIDO DE ESTE SÍMBOLO ES LA UNIDAD DE TODAS LAS COSAS EN LO SAGRADO, PORQUE TODAS LAS COSAS DE LA CREACIÓN SON UN REFLEJO DE DIOS, Y ÉL ESTÁ PRESENTE EN TODAS ELLAS». En la capilla de lo alto de la montaña, la niña hace que florezcan milagrosamente las plantas en pleno invierno y que sobre sus macizos vuelen las libélulas. Y en el calabozo, mientras habla de los santos del lugar, abraza a un perro que ha entrado en su celda y pide que lo dejen pasar con ella sus últimas horas, «PUESTO QUE DIOS ESTÁ DENTRO DE ÉL, COMO EN TODAS LAS COSAS DE SU CREACIÓN, Y ES QUE DIOS ES MUCHOS».
Armado con una lámpara, Menelaus Roca baja la escalera que lleva al salón cruciforme y se lo encuentra vacío, iluminado por los relámpagos. Ya está a punto de salir cuando ve un bulto encogido en un rincón. Un animal oscuro y tembloroso, envuelto en una aureola pinchuda de velos y lazos de encaje. Bajo el resplandor amarillo de la lámpara, las manos enguantadas de la criatura se separan para dejar asomar una carita redonda y pálida. Con el cabello encrespado por la electricidad estática de la tormenta. La geografía de las manchas de mugre de las mejillas de Inana sugiere que ha estado llorando. Por fin un guante de encaje señala la escalerilla espiral de hierro que asciende alrededor de una columna desde el centro del salón.
—El mundo está llorando, mi señor —dice la niña.
El hueco de la escalera que sube por el centro del torreón es un cañón tan estrecho que Roca se ve obligado a subir estrujándose contra la pared. El bramido del viento es ensordecedor. La corriente de aire que sube por debajo de él hace que los faldones de su camisa floten a su alrededor. Y cuando llega por fin a la terraza gélida del observatorio, la ventisca le apaga de golpe la lámpara. Roca levanta la vista y examina el lugar a través de la nube de su aliento. El observatorio tiene un piso inferior abierto con ventanales a la tormenta y uno superior donde Dado Blokium está plantado ante su telescopio, con su abrigo ondeando al viento. Roca sube por la rampa que conecta los dos niveles hasta detenerse detrás de la espalda del dueño de la casa, tiritando.
—Doctor Roca —dice Blokium, ajustando las ruedas del telescopio—, ahora conoce usted nuestro secreto.
Menelaus Roca niega con la cabeza.
—Pero ¿por qué yo? —pregunta por fin.
Blokium se gira para mirarlo.
—¿Sabe? —dice el diplomático, con la cara de cera perlada de gotas de agua de lluvia—. Yo era un niño cuando lo vi por primera vez a usted. Debió de ser en el cuarenta y uno o el cuarenta y dos. Mi familia iba en un carruaje que quedó atrapado en un tumulto, en medio de la calle. No entendíamos qué pasaba. Todo el mundo corría. Luego vimos a un par de curas que arrastraban a un niño. Detrás venían más curas y una horda de niños desarrapados que mi padre me dijo que eran del hospicio. No se imagina la impresión que me causaron aquellos niños famélicos. Y usted era el niño al que estaban arrastrando, claro. El niño endemoniado. Por lo que tengo entendido, el recuerdo de aquel día sigue vivo en las memorias de muchos. Los curas lo arrastraban a usted de los brazos y usted chillaba y pataleaba mientras el sol le hacía llagas en la piel y en los ojos. Lo llevaban a usted al Carmen, claro. Para el exorcismo. El superior de la Orden lo acababa de aprobar aquel mismo día. Tres días enteros duró el ritual. —Sus rasgos componen una sonrisa tan gélida como la atmósfera—. Como ve, investigué el caso. Después de aquello, creo que me puse enfermo. El recuerdo me atormentaba por las noches. No me lo podía quitar a usted de la cabeza. Y no podía parar de preguntarme si me había visto a mí, de la misma manera que lo había visto yo a usted.
Roca señala el telescopio con la cabeza.
—¿Por qué estamos aquí? —pregunta.
—No es usted de este mundo, doctor —continúa Blokium, mientras acciona una palanca para mover el telescopio—. Es usted un trasgo, literalmente. Un demonio de la ciudad. Créame que sé de lo que hablo. Aquel niño del carruaje creció y dedicó muchos años de su vida adulta a estudiar los demonios. En América Central, en Mesopotamia. Allí fue donde compré la máscara que después usaríamos con usted. Es por eso que lo elegí. Porque no es uno de ellos. Ellos lo destruirán todo, doctor. Esta ciudad es una diosa que agoniza. —Hace una pausa y parece reflexionar sobre lo que acaba de decir—. Tal vez sería más exacto decir que fue usted quien me eligió a mí.
La conciencia de Roca se sigue abriendo paso, retrocediendo a ciegas, caminando hacia atrás hacia el lugar impermeable, sin perder de vista el punto diametralmente opuesto que espera en el futuro.
—Las constelaciones —Roca señala el fragmento de cielo que el viento ha despejado al otro lado de la cúpula abierta—. Los movimientos de la carta celeste…
—Fuimos nosotros, claro —Blokium se aparta para dejar que el otro se asome a la mirilla del aparato—. Cada pieza mueve al resto, ¿recuerda? Nosotros creamos las variaciones. Puede comprobarlo. —Señala los papeles que han volado por todo el observatorio—. Ahí están las lecturas con sus fechas. Y esta noche el cielo se moverá por última vez.
Algo se mueve detrás de la espalda de Roca, sin hacer el bastante ruido como para hacerse oír por encima del rugido de la tormenta, pero sí desplazando la suficiente cantidad de silencio como para hacerse notar. Roca mira por el telescopio en la dirección en que Blokium le está indicando. El firmamento del horizonte sur ya no guarda ninguna relación con el de antes de las variaciones. La conciencia sigue retrocediendo, abarcando ahora semanas y hasta meses enteros en un solo minuto.
Roca se separa del telescopio.
—¿Qué pasa esta noche? —dice, pero se detiene, como admitiendo ante sí mismo y ante el dueño del observatorio que en realidad ambos conocen perfectamente la respuesta.
Se gira hacia su interlocutor y se encuentra con que Blokium ya está mirando en dirección a lo que sea que acaba de subir al observatorio. A la cosa renqueante que se mueve por detrás de la espalda del anatomista. Roca no se atreve a mirar. A un nivel profundo ya sabe lo que se va a encontrar si mira. Y, sin embargo, es imposible no mirar. Es tan imposible como le resultaría a una pluma no ser arrastrada por un maremoto.
—Quédese la casa, doctor —dice Blokium, sin dejar de escrutar las sombras—. Quédese a los niños. Ya está todo a su nombre. A mí se me ha acabado el tiempo, pero usted puede continuar. Tiene que continuar. Use el códice, si quiere, o encuentre otro. Use cualquier otra cosa como libro sagrado. Consiga más niños. Necesitará hacer más sacrificios, claro. —Se encoge de hombros—. No se construye ninguna fe sin derramar sangre. Al principio tendrán que esconderse. Vivir bajo tierra. Encontrará usted muy útiles las catacumbas.
—¿Todo está a mi nombre? —Roca sigue resistiendo el impulso de mirar atrás.
—Nos impondremos, doctor. —La mueca parecida a una sonrisa regresa por última vez a la cara de Dado Blokium—. Prevaleceremos. Detendremos esta gangrena que llaman el progreso. Detendremos sus máquinas y sus fábricas. Criaremos a una nueva tribu que expulsará a los profanadores de la ciudad.
Esta noche es el desagüe de los tiempos. El universo entero gira en torno a la cosa renqueante que ahora gatea por el observatorio, con una botella de aguardiente en la mano. Y por fin, la conciencia en retroceso de Roca alcanza el final de su itinerario. No tanto una orilla como el final de una expansión elástica, ese momento de reposo infinitesimal antes de iniciar la contracción violenta. Las cosas se colocan en su sitio. Y cuando por fin se gira para mirar por encima del hombro, y ve la silueta empapada de Aniol Almarrosa, reducida a un espantajo negro bajo la ventisca, entiende por qué ha de ser Almarrosa y por qué todas las cosas confluyen esta noche.
Almarrosa se incorpora hasta ponerse primero de rodillas y luego de pie, con las piernas temblorosas. Las alas de murciélago le ondean alrededor. Tira la botella contra el suelo y suelta otro de sus borboteos vagamente parecidos a risas. Roca ve la crisálida de sangre apelmazada y cristales en que se le ha convertido la mano. A la luz de los relámpagos ve la negrura de sus ojos y por fin comprende la verdadera naturaleza de esa negrura. La Nada esencial que hay en ella. Y comprende que Aniol está muerto. Igual que una parte de él mismo murió durante aquel exorcismo en el templo del Carmen, ese cuerpo que ahora chorrea y suelta borbotones delante de ellos es el cuerpo de un ahogado. De un hombre que murió ahogado en algún momento de su infancia. Otro demonio de la ciudad. Por fin busca con la mirada a Blokium.
—Se me acaba el tiempo, doctor —dice el diplomático.
Almarrosa se acerca dando tumbos a Blokium y lo envuelve con un abrazo largo y teatral. La expresión de Blokium se suaviza, incluso se permite colocar una mano en el hombro del novelista. Luego algo cambia. Blokium abre mucho los ojos, con una expresión de sorpresa suprema. Una sorpresa que no se puede confundir con nada. Almarrosa se separa de él. Blokium baja la mirada para contemplar la empuñadura del cuchillo que le sobresale del pecho. Después echa un vistazo asombrado a su alrededor.
Por fin cae al suelo en dos tiempos. Primero sobre las rodillas y por fin de bruces.
A los pies de Aniol Almarrosa.