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EL CUADRO DESCOLGADO
Nadie que dispusiera de alguna formación en la investigación criminal, o simplemente de buen ojo para los detalles, tendría problemas para encontrar los múltiples indicios que ha dejado el merodeador frente a la entrada de la mansión del doctor Fauré, en las afueras de Sarriá. Está, por ejemplo, el silencio que ocupa el lugar acústico donde deberían estar las voces de los cárabos. Está la farola apagada, de la que todavía sale alguna voluta de humo grasiento. Y están las marcas que ha dejado por la tierra el merodeador al arrastrar una escalera de mano para apoyarla primero contra el poste de la farola y después contra la tapia del jardín. El merodeador, por cierto, no parece especialmente hábil ni experimentado en el arte de infiltrarse clandestinamente en las propiedades ajenas. A juzgar por la multitud de indicios que ha dejado a su paso. Sin embargo, cuando el carruaje del dueño de la casa se detiene en medio de una nube de polvo frente a la cancela, el doctor Fauré se baja, saca su manojo de llaves y camina hasta la cancela sin reparar en nada fuera de lo común. Sus ojillos húmedos someten la calle a ese examen sucinto y ceñudo de la gente que examina la calle en busca de salteadores de caminos antes de introducir su llave en la cerradura. Deteniéndose únicamente para echarle un vistazo malhumorado a la farola apagada. Por fin le hace una seña al cochero para indicarle que ya se puede marchar. Y todavía no se ha disipado la polvareda de los caballos, ni los ecos de la verja al cerrarse, cuando el merodeador le sale al paso en el caminillo que atraviesa el jardín de su casa.
Por un momento, plantados debajo de los pinos, los dos hombres parecen contemplar la diferencia casi cómica de sus envergaduras. Fauré es poco más que un esqueleto recubierto de piel rosada y gelatinosa. El asaltante embozado, por su parte, pese a no ser enorme en ninguna de sus dimensiones, produce una impresión inexplicable de corpulencia. O por lo menos de haberla tenido en otra época y ahora estar disfrutando de los réditos de la misma. El toxicólogo oye un susurro de tela y de pronto el aliento cálido y putrefacto del intruso le golpea la cara. En su mano acaba de aparecer un destello de metal.
—Mare de Déu del cel! —exclama Fauré—, coja todo el dinero que llevo, pero, por favor, no me mate.
—¿Quién hay en la casa? —dice el intruso.
—La criada y mi mujer.
—¿Qué otras entradas hay?
—La del servicio solamente.
La cara embozada del intruso se gira para contemplar el bloque de piedra esgrafiada de la mansión de Fauré y su balcón gótico con parteluces. Una ráfaga de brisa agita las ramas de los árboles cercanos. Durante un segundo, un edificio de otro mundo se insinúa entre las ramas en movimiento. Una compleja estructura poliédrica de planos de cristal superpuestos, sostenidos por vigas alabeadas de hierro, que se estrecha sinuosamente en forma de pagoda como si fuera la versión descomunal de una pajarera. La luz de la luna rebota en su geografía fractal y envuelve la construcción en un aura plateada. La cara embozada del intruso contempla el invernadero y por fin lo señala con el objeto metálico que tiene en la mano. Un bisturí. El objeto con que el intruso está amenazando al dueño de la casa es un bisturí.
Siguiendo el camino que le indica el intruso, y que elude las ventanas iluminadas de la casa, Fauré se dirige al aura plateada. El intruso le hace una señal con la hoja del bisturí para que abra la puerta del invernadero. En el interior los envuelve una lengua de calor abrasador. El invernadero está tan abarrotado de cultivos que solamente alguien que lo conozca a la perfección puede moverse por él. Complejas geologías selváticas en los parterres, con las diferentes especies subiéndose las unas a hombros de las otras. Arbolitos meticulosamente podados dentro de tiestos tan altos como un hombre. Plantas con aspecto de rocas y plantas con aspecto de animales. Cisternas con mangueras saliendo de sus partes bajas para los cultivos hidropónicos, con el agua cubierta de una capa de limo verde. Y bajo el tejado de pagoda, dispuestas en varios niveles verticales, las melenas enredadas y exuberantes de cientos y cientos de plantas colgantes. Respirando con dificultad por culpa del calor, el intruso le indica a Fauré que se agache entre las plantas y procede a quitarse la máscara dando tirones exasperados de la tela. A ambos lados de la nariz ganchuda de Fauré, sus ojillos parecidos a moluscos temblorosos se iluminan de furia.
—¡Usted! —dice, y hace el gesto de levantarse—. ¡Le dije que no volviera por aquí!
Menelaus Roca no dice nada. Y hay algo en la forma en que se limita a mirar a su antiguo profesor que hace que éste se calle y se vuelva a agachar entre las frondas. Alrededor de sus botas crece una verdadera selva de matas de muérdago y eléboro blanco; plantas de cicuta, alcaravea y acónito; arbustos de acebo y de nuez moscada. En cantidades suficientes para diezmar al pueblo entero.
—Me mintió usted —dice Roca, con la cara bañada en sudor—. Usted ya esperaba que yo lo fuera a ver. Alguien se lo había dicho. Por eso me contó lo que me contó.
—Menuda estupidez. Usted está loco. Lo sabe todo el mundo.
—Todo eso que me contó sobre la mimosa hostil y la hierba de los dioses. Y la saliva de la luna. He consultado todos los compendios botánicos —Roca hace una pausa—. No existe literatura sobre el tema. Nada. Nadie conoce esa droga en Europa. Ni siquiera en América Central se conoce demasiado.
El doctor Fauré se limita a observar a su antiguo discípulo con una mueca de odio puro en su cara sin cejas. Una mueca que haría retroceder espantado a cualquier otro. La cara de Fauré no solamente no tiene cejas, sino tampoco pestañas ni barba ni ninguna otra manifestación folicular. La canícula del invernadero hace que su piel rosada se vea todavía más gelatinosa que de costumbre. Como la epidermis de ciertos moluscos. O como esas epidermis que sobreviven perpetuamente cubiertas de una capa de limo.
Jadeando, Roca se quita el abrigo y lo tira al suelo.
—Fue usted —dice—. Usted me drogó, ¿verdad? Usted cultiva esa droga, en este mismo invernadero.
La cara rosada de Fauré se abre inesperadamente por la mitad para soltar una risita parecida a un chapoteo.
—Es usted un lunático —dice por fin—. Me sorprende que haya conseguido que lo suelten.
Roca mira al toxicólogo mientras le caen goterones de sudor de la nariz y de la barbilla. A continuación se agacha a su lado y sin decir palabra le clava el bisturí en el vientre. A Fauré se le abren mucho los ojos. De haber algún otro miembro de la profesión médica prestando atención a la maniobra, probablemente habría podido descifrar los movimientos precisos de la muñeca de Roca. La cuchilla se ha hundido únicamente un par de dedos, cogiendo grasa y músculo y evitando tocar ningún órgano vital.
—¿Quién le contrató para envenenarme? —dice Roca—. ¿De Paula? ¿El gobernador?
El cuerpo entero del doctor Fauré se ha puesto a temblar tan violentamente que se ve obligado a apoyar las manos temblorosas en los hombros del hombre que lo acaba de acuchillar. A Roca le asombra lo poco que pesa.
—No fui yo —dice el anciano con un hilo de voz—. Se lo juro. No sé quién fue.
—Usted conoce la droga. Conoce perfectamente los efectos.
—La he tenido —dice Fauré—. Aquí en mi casa. Soy la única persona en Europa que la ha estudiado. Nadie más la tiene. ¡Pero yo no lo envenené, se lo juro! Yo la estudiaba. Si alguien lo drogó a usted, la debieron de robar de aquí.
Roca hunde un poco más el bisturí, pero el otro se limita a gemir.
—¿De dónde sacó la droga?
—Me la trajo la señorita Sullivan.
—¿Quién es la señorita Sullivan?
—Era la institutriz de mi hijo. Había estado en las misiones, en México y en Guatemala, y seguía viajando allí a veces.
Roca piensa en la casa de Fauré, en los retratos de las paredes. Los cuadros del toxicólogo y su mujer. De sus antepasados.
—Pero usted no tiene ningún hijo —empieza a decir.
Y en ese momento se acuerda del cuadro descolgado.