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DEBAJO DEL HIELO

La luz que cae sobre la terraza del sanatorio del doctor Sigfrido Moria es la luz más fuerte que Aniol Almarrosa ha visto desde hace muchos meses. Protegido del sol con su sombrero de ala ancha, gafas ahumadas y su capa negra de la que solamente asoma la mano que sostiene el bastón, Aniol destaca poderosamente en medio del ejército de pacientes con camisas de dormir blancas, médicos con batas blancas y monjas con hábitos blancos que llena la terraza del sanatorio. Aunque no están a más de cinco leguas de la ciudad, el cielo de encima del sanatorio es un cielo azul y despejado. La brisa que viene del mar huele a sal y a espacios abiertos y un poco a carcasas de animales marinos. No huele a humos industriales ni a excrementos ni a miles de personas apiñadas en un puñado de manzanas. Mirando desde la terraza hacia el sur, Amol puede ver la ciudad como si fuera un inmenso animal mecánico acostado, con su espina dorsal de chimeneas industriales, tejados de fábricas y depósitos de aguas. Encima de la misma, como un gigantesco hongo o una flor que se eleva majestuosamente hasta las nubes altas, la nube de humos químicos. El Dosel de Sombras.

La voz del médico distrae su atención del paisaje:

—Los padres de usted deben de estarle infinitamente agradecidos —dice el médico con voz obsequiosa desde detrás de su mascarilla clínica—. Hay pocos hijos que sean tan buenos cristianos en los tiempos que corren. La familia se está debilitando. La sociedad entera está enferma, con esa fiebre del oro de la que todos hablan. Es usted un ejemplo para los jóvenes, señor Almarrosa. Y yo por mi parte tengo que felicitarlo por la inteligencia que demuestra al elegir el tratamiento de heroína del doctor Sigfrido Moria de Leipzig.

Aniol se gira para contemplar a su madre. La señora Almarrosa está sentada en una hamaca de lona a rayas. La manta de hacer vahos le cubre la cabeza y el torso y deja al descubierto la parte inferior de su cuerpo consumido. Los manchones de orina en la camisa de dormir. Las garras moteadas y aferradas a los brazos de la hamaca. Las piernas cubiertas de llagas y rematadas con pantuflas.

La monja que la está atendiendo levanta la manta de hacer vahos. Su madre separa la cabeza del plato con las brasas de heroína que ha estado inhalando. Sus ojos no son más que medias lunas blancas por debajo de los párpados caídos. De la boca abierta desdentada le cae un chorrito de babas.

—La heroína es la revolución de la medicina pulmonar —continúa el médico—. Solamente hace un par de años que se usa, pero es fulminante. Creemos que en una década habrá erradicado la tuberculosis, el asma y la bronquitis de la faz de la tierra. Con las primeras dosis se detiene el espasmo de la tos y la irritación nerviosa que lo acompaña. Con los tratamientos combinados de jarabes y vahos de heroína, nuestros pacientes recuperan las ganas de vivir en cuestión de semanas.

Aniol Almarrosa mira a su madre con una ceja enarcada. Sentado detrás de ella en otra hamaca de lona a rayas, su padre permanece escondido detrás de un ejemplar abierto del Diario de Barcelona. Al final de la terraza, más allá del grupo de pacientes con camisas de dormir que están pintando marinas al óleo bajo la supervisión de un instructor, la orquestina del sanatorio está destrozando una rapsodia húngara de Franz Liszt.

—No hace falta que le recuerde —dice el médico— que solamente hace diez años que el tratamiento para los tísicos como su madre se basaba en supersticiones. Poner a los pacientes en la cima de una montaña, por ejemplo. Espero no importunarlo. —El médico se saca del bolsillo un ejemplar enrollado de la última entrega de La ciudad secreta y lo alisa dándole unos golpes con la mano—. Pero me preguntaba si me podría firmar una copia de su célebre novela.

Aniol coge la novela y la pluma que le ofrece el médico y firma en la primera página.

—No quisiera desaprovechar la oportunidad —dice el médico— para animarlo a que escriba sobre nuestro sanatorio. Ya que está usted aquí. El mundo tiene derecho a conocer nuestros milagrosos tratamientos.

Aniol lo piensa un momento. Por fin dice:

—Puedo ponerles un anuncio en la contraportada, si acaban deprisa con mi madre y dejan de mandarme facturas.

El médico ríe la ocurrencia y se vuelve a meter la novela en el bolsillo con gesto distraído. A continuación se excusa para continuar su ronda de visitas a los pacientes. Aniol Almarrosa se queda a solas con sus padres. Su padre pliega ruidosamente su ejemplar del periódico y se queda mirando a su hijo con una mueca de desprecio.

—¿Y ahora qué collons quieres? —dice—. ¿No tienes ya lo que querías?

Aniol pasea de arriba abajo por la terraza, golpeando el suelo con su bastón. La idea que lo ha traído al sanatorio ya le empezó a rondar la cabeza en los días posteriores a que se publicara el parricidio de Merlín Fluxá. Las ventas de la novela han subido tanto que ha tenido que comprar una nueva imprenta para el taller. La máquina llegó hace dos días a la calle de la Canuda en una vagoneta colosal arrastrada por un tiro de veinticuatro caballos, en medio de los vítores y los aplausos del público. El reparto ya llega a todas las poblaciones vecinas. Probablemente incluso hasta este sanatorio, donde ahora la brisa del mar hace ondear su capa negra. Por fin se detiene delante de sus padres y se saca algo del bolsillo. Un documento amarillo y atado con varias vueltas de cordel negro. Lo desdobla con prolijidad, revelando un plano de grandes dimensiones. El tiempo ha desvaído la tinta hasta darle un color ocre muy parecido al del mismo papel y casi invisible en algunos puntos. El padre de Aniol se queda mirando el plano con cara perpleja.

—¿Para qué traes eso aquí? —dice.

—Es muy sencillo —Aniol sostiene con una mano el plano agitado por la brisa mientras con la otra se aguanta el sombrero—. Puedo vender los derechos de publicación de La ciudad secreta a un impresor de Madrid para doblar la tirada. O triplicarla. Me han llegado varias ofertas. Pero no me hace falta. Puedo comprar un taller allí. O una imprenta, ya puestos. Puedo comprar la que quiera. —Hace un gesto con las manos como si fuera un prestidigitador—. La Imprenta Almarrosa se convertiría en la más grande del país. Claro que tendría que reunir capital. Vender tierras, que tampoco es que a la familia le queden muchas. Para eso no me hace falta vuestra firma. Pero también está esto. —Agita el plano—. La cripta familiar.

La madre de Aniol da cabezadas con los ojos entrecerrados. La barbilla le cae una y otra vez sobre la pechera babeada del camisón. Su padre suspira.

—Olvídate ya de nosotros, desgraciat —dice por fin—. Ya no nos puedes hacer más daño. Ya no tenemos hijo. Estamos mejor así.

—La cripta de los Almarrosa está en la mejor parte del cementerio —continúa Aniol—. He hablado con los responsables. Es la parte más elevada y la que menos se inunda cuando llueve. Ciento treinta varas cuadradas, con obra de granito y mármol de la montaña. Todo construido hace menos de ochenta años. He hecho tasar la cripta, padre. Con lo que me darían podría montar un taller nuevo con seis máquinas. Si me conformo con cuatro, os puedo comprar una parcela pequeñita en el cementerio nuevo que están haciendo en Montjuich.

—Pero quin tros de malparit. —Su padre niega con la cabeza—. Después de todo lo que hemos hecho por ti. Demasiado bien te tratamos. Si no hubieras estado siempre entre algodones, no habrías salido como has salido. —Vuelve a negar con la cabeza y regresa a la lectura del periódico.

La madre de Aniol levanta lentamente la cabeza y mira a su hijo con los ojos bizcos.

—Aniol, rei meu —le dice—. Yo siempre te he querido. Y te querré siempre. El meu pobret, que se cayó debajo del hielo.

Al fondo de la terraza, sobre el rumor de fondo del batir de olas, la orquesta continúa destrozando la rapsodia húngara con indiferencia jovial. El comentario de su madre coge a Aniol por sorpresa. Como una ráfaga de aire que aviva una llama que tiene muy adentro. Nota cómo le arden las mejillas y el nacimiento del pelo. Por un momento, el recuerdo lo deja paralizado: la excursión familiar a las faldas del Montseny, cuando Aniol tenía siete u ocho años, y la sensación fabulosa de ver la nieve por primera vez en la cima del Pedraforca. Y luego el desastre: estaba patinando en una balsa helada cuando el hielo se resquebrajó, y la zambullida que duró el instante más largo de su vida. Porque debajo del hielo el tiempo se detuvo. Un mundo inmóvil de color verde iridiscente, con las manchas anaranjadas de los peces suspendidos. El instante interminable en medio del mundo verde, inmóvil, asombrado, mirando a los peces que se acercaban a mirarlo con curiosidad. Un instante que probablemente duró apenas unos segundos, hasta que su padre se zambulló para sacarlo, pero que al mismo tiempo duraría para el resto de su vida. Luego los dos años que se pasó en la cama, recuperándose, con la cara llorosa de su madre siempre a su lado, siempre aplicándole compresas y dándole jarabes y metiéndose con él en la cama cuando el frío le provocaba violentos temblores. Ahogándolo con su amor. Y después, cuando por fin estuvo en condiciones de salir de la cama, nada cambió. Su madre seguía llorando día y noche por él, por aquel chico que ya se quedaría debilucho y enfermizo para siempre. Pobret Aniol por aquí y pobret Aniol por allí. Y aquellos abrazos blandos y húmedos que no le dejaban respirar.

El recuerdo se disipa con el enésimo chirrido desafinado de la orquesta. Aniol mira a su madre con los ojos repentinamente inyectados de sangre.

—Ya he reservado la parcela nueva —dice, doblando el plano con furia y atándolo de cualquier manera—. Los huesos de los abuelos y las tías los pueden pulverizar y meterlos todos en el mismo nicho. Tampoco es que les haga falta nada más. Vosotros podéis ir juntos para ahorrar espacio. Mi abogado traerá los papeles mañana mismo para que los firméis. Son cinco años de alquiler para daros un poco de tiempo a disfrutar la parcela antes de ir a la fosa común. Alegraos. —Hace una pausa para ver el efecto de sus palabras. Ahora la terraza entera los está mirando—. Me han dicho que tiene vistas al mar.

En el coche de caballos que lo lleva de vuelta a la estación del ferrocarril, y a bordo del tren que lo devuelve a la ciudad, Aniol Almarrosa rememora con satisfacción la cara de horror de su madre. El ataque de toses y asfixias en medio del cual la ha dejado, victorioso por fin, alejándose con su capa negra al viento, mientras las monjas corrían a atenderla. Mirando por la ventanilla del tren, repasa mentalmente las mejores partes de su discurso en el sanatorio y fantasea imaginando partes del mismo que no se le han ocurrido a tiempo. Un par de horas más tarde, se apea del tren. Aunque todavía es mediodía, comprueba con satisfacción que la penumbra se ha adueñado del mundo. La ciudad entera se asfixia bajo el Dosel de Sombras. Otro carruaje lo lleva hasta la imprenta, donde supervisa la composición del texto y las ilustraciones de la nueva entrega de su novela. A última hora, cuando ya apenas queda media docena de trabajadores en el edificio, Aniol se dirige al jefe de impresores y le encarga que esta vez le deje un ejemplar de la primera edición listo sobre su mesa para poder revisarlo nada más llegar por la mañana.

—No le entiendo —dice el impresor—. La semana pasada ya le dejé un ejemplar sobre la mesa, justo antes de irme a dormir.

—Pues se debió de equivocar usted de mesa —dice Aniol—. Más le vale no volver a equivocarse esta vez.

Ya es de madrugada cuando llega a su casa y se desploma en la cama sin desvestirse y duerme hasta que lo despiertan los gallos.

Desde su ático, Aniol ve cómo el sol asoma sobre las colinas. A continuación se mira la ropa y el pelo acartonados. En menos de media hora se ha lavado y se ha cambiado de camisa y se ha subido a un coche que lo devuelve a la calle de la Canuda. Sube las escaleras a trompicones, silbando una melodía, y abre con brío la puerta de su despacho para encontrárselo bañado por los rayos rosados de la luz matinal. Busca y rebusca por su mesa, pero el ejemplar para su lectura privada no está por ningún lado.

Lo que sí hay, encima de los montones de libros y papeles desordenados, es otra página escrita en latín. Con la misma caligrafía arcaica, apretada y casi ininteligible. Un bloque de texto sin separación entre palabras ni párrafos, «IESUSCHRISTUSETDULCISQUE.» Con las volutas laboriosas de las letras copiadas por la misma mano torpe y analfabeta. Aniol se queda mirando la página durante un rato muy largo, sin moverse, mientras el sol asciende por encima de los tejados.